creadordesensaciones
Miembro muy activo
- Desde
- 3 Oct 2024
- Mensajes
- 58
- Reputación
- 379
Capítulo 43
Soltando pesos
Zaragoza 2019
Al final, Alicia consiguió que todos volvieran a la casa, pero decidieron parar en el restaurante, a instancias de Alicia.
- Mejor vamos al restaurante, ¿no os parece?
En el grupo, Alberto, Julia, Eva y José estaban decaídos, deprimidos. El resto intentaban animarles.
Charo no se separó de Alberto ni un momento.
Julia estuvo apoyada por Javier y Alicia, que tampoco la dejaron sola.
Por su parte Luis, hizo lo propio con Eva.
Por otro lado, José, acompañado de Lourdes, estaba asolado. Una y otra vez repetía que era culpa suya.
Al entrar en el restaurante, Javier intentó animar al resto, pidió jarras de cerveza para todos.
Laura fue la encargada de servirlas, los veía y sus ojos se mojaban.
- Ha sido duro ¿no? Le dijo a Javier.
- Imagínate, a ver si somos capaces de animarles, respondió Javier.
- Lo que necesites, no dudes en pedirlo.
- Gracias Laura, Gracias.
Ocuparon una mesa larga, en la terraza.
Charo al lado de Alberto miró a Javier al otro lado de la mesa con Julia.
Fue una mirada de, “hay que hacer algo”
Javier se acercó a Eva.
- ¿Tenéis para conectar una tarjeta de memoria? ¿O un pendrive?
- Sí, en el salón... Espera, y aquí si quieres también.
Eva se levantó y habló con una camarera. La chica se metió para dentro y al rato salió y le entregó algo a Eva.
- Toma, con esto bajas esa pantalla dijo señalando hacia el final de la terraza y allí está el proyector, que tiene lector de tarjetas y usb, se maneja con el mismo mando.
- Perfecto.
Javier se acercó a Alicia y le pidió algo, ella buscó en su bolso y sacó un pendrive, él se encaminó hacia el proyector, y con la ayuda de Laura, bajaron la estantería que lo sostenía y enchufaron el pendrive. Luego pulsó un botón del mando y una pantalla bajó del techo.
Laura pulsó un botón en la pared y los toldos laterales de la terraza comenzaron a bajar y ceñirse a la barandilla, creando un espacio oscuro en torno a la mesa.
- Señores, ya hemos llorado, ahora toca recordar a nuestros amigos con una sonrisa, como a ellos les gustaría.
Todos asintieron, Javier, apretó un botón del mando y el proyector comenzó a emitir una música y a continuación unas imágenes.
Era un montaje, con música divertida, imágenes de la obra, de las fiestas, de las comidas, en la casa, salían todos.
Las imágenes y la música hicieron que todos empezaran a relajarse, a serenarse.
Charo seguía junto a Alberto, le dijo al oído.
- ¿Estás mejor?
- Sí, gracias. Y Alberto le dio un beso en al mejilla.
En la pantalla se sucedían imágenes, y llegaron las de la excursión a las pozas de Belchite.
Una foto de la poza grande, se veía al fondo, hacia un lado, casi en las rocas, a Alberto, Merche y Charo.
Charo miró a Alberto y Alberto le devolvió la mirada con una sonrisa.
Después más fotos, incluso una de Merche con su micro bikini.
- Fiuuu fiuuu dijo Charo.
- Que buena estaba dijo Javier mirando a Alberto.
- Ya te digo respondió éste.
- Javier, que te oigo dijo Alicia, provocando las risas de todos.
- Estaba buenísima añadió Charo.
Empezaron a hacer bromas, y echaron de menos los chascarrillos de Sebas y las respuestas de Arenas.
Cuando el video acabó, todos estaban menos tristes, algunas risas, así había que recordarles, siempre.
Alberto se levantó y sin decir nada, salió del restaurante, se encendió un cigarro. Paseó por la puerta del restaurante, se apoyó en un coche estacionado allí.
Charo salió y se acercó a él.
- No me gusta verte así.
- Lo siento, no puedo evitarlo.
- ¿Qué hago para que sonrías?
- De verdad Charo, hoy está siendo muy difícil.
- ¿Quieres que demos un paseo? Vamos al río.
- ¿Te apetece? Pasear con un aburrido triste.
- Me apetece pasar contigo todo el tiempo que pueda.
- Que grande eres Charo. Que grande.
Los dos echaron a andar en dirección al río. Alicia les vio desde la terraza y le dijo a Javier.
- Si no es hoy, ya no será nunca.
- ¿Cómo?
- Charo lleva toda la vida enamorada de Alberto, si no es hoy…
- ¿Y Bernardo?
- Javier cariño, a veces no me creo que seas tan inocente.
- Ya me lo explicarás.
- No hay mucho que explicar.
Alberto y Charo después de desaparecer de la vista de los demás, habían cogido por el camino a la izquierda de la casa. Llegaron a las cercas de madera, junto al río.
Charo se aupó y se sentó sobre una de ellas. Alberto se apoyó a su lado.
- Alberto, ven, ponte aquí le señaló delante de ella.
Él se acercó. Charo le rodeó con las piernas y le atrajo hacia ella.
- ¿Si te beso? ¿Me corresponderás? Preguntó Charo.
- ¿Cómo?
- Que quiero besarte. Quiero darte un beso que te haga olvidar el pasado un rato.
- Ja ja ja Estás loca.
Charo se acercó a Alberto y le besó en la boca, él no se retiró, y ella metió su lengua para buscar la de él.
Juguetearon, danzaron con sus lenguas, se persiguieron. Alberto la abrazó, y sintió las tetas de Charo en su pecho.
- Antes te abrazaba y no había nada, ahora es raro.
- Antes me abrazabas y me ponías nerviosa.
- ¿Ahora no?
- Estoy temblando como una quinceañera.
- ¿Qué quieres Charo?
- Quiero pasar la noche contigo, que me hagas el amor, que me desees, hacerte gozar y que me hagas sentir mujer.
Alberto la miró, interrogándola.
Charo le volvió a besar, fue un beso corto, con cariño.
- ¿Te acuerdas, el día de la poza?
- Como para olvidarlo jajaja.
- Recuerdas, en la comida…
- Sí, nos dijiste que si algún día te ofrecíamos. No llegaste a decir el qué, que dirías que no.
- Era evidente, ¿el que no?
- Sí, pero dirías que no. Aunque nunca te lo habríamos ofrecido.
- ¿Tú crees?
- Yo creo que no, pero es verdad que con Merche nunca se podía decir que no.
- En aquel momento, hubiera hecho lo que me hubierais pedido.
- ¿Y Bernardo?
- Desde que empecé con Bernardo, siempre le he contado todo, lo que he hecho, poco o nada, y lo que no he hecho.
- ¿Cómo que lo que no has hecho?
- Sí coño, imagínate, un tío me mola y pienso a ese me lo follaba. Pues yo siempre se lo he dicho.
- ¿Y él qué dice?
- Siempre lo mismo, si alguna vez quiero acostarme con otro, lo único que pide es que se lo diga yo, no quiere enterarse por otros.
- Que valiente.
- Nunca he tenido necesidad de acostarme con otro. Joder y aquí durante toda la obra tuve oportunidad de sobra. Con Arenas al principio.
- Ja ja ja ¿Con arenas lo hiciste?
- No. No lo hice. Con Luis, si hubiera sido por Luis… pero siempre ha sido un señor.
- Luis es un señor.
- Con Merche, me hubiera acostado, con Merche sin dudarlo, que buena estaba la hija de puta. Que morbo.
- Estás como una chota.
- Contigo, contigo me hubiera acostado con que me lo pidieras.
- Pero yo no…
- Un día hablé con Bernardo, bueno él conmigo. Me dijo que se me notaba que me gustabais, que si tenía la oportunidad que aprovechara…
- ¿Pero?
- Pero yo le dije que no, que nunca le haría eso, ni con vosotros ni con nadie.
- Entonces ¿Qué ha cambiado?
- Que Bernardo tenía razón, llevo toda la vida enamorada de vosotros, de Merche y de ti.
- ¿Y se lo has dicho?
- No ha hecho falta, le llamé y cuando le dije que quería hablar con él, me dijo que lo hiciera, que me acostara contigo, pero que no se lo contara, que nunca lo hablaríamos, como si no hubiera pasado.
- Qué fuerte, me pones en un aprieto. Charo, a ver, que siempre me he fijado en ti, pero…
- ¿En mí? ¿Tú? ¿Con esa pedazo de mujer a tu lado?
- No quiero acostarme contigo, somos amigos, y quiero seguir contando contigo, no quiero estropearlo.
- Quizás tengas razón. No lo sé.
- Vamos a volver, luego seguimos hablando si quieres.
- Sabes lo que quiero, no es coña Alberto.
Alberto la besó, apoyó las manos en sus muslos y añadió.
- Charo siempre has estado buena, tenías morbo, eras una cachonda, pero no tenías tetas…un fallo…
- Que cabrón.
- Ahora lo tienes todo, piernas, culo, tetas y encima madurita…
Charo le miró, le recorrió con los ojos. Se bajó de un salto de su asiento y juntos se encaminaron de vuelta a la casa.
Por el camino Alberto buscaba las palabras, necesitaba explicarle que no quería acostarse con ella, quería que le quedara claro que era una mujer especial para él, que le encantaría, que alguna vez lo había imaginado, que en los polvos con Merche lo había fantaseado, pero no quería hacerlo.
- Charo, no sé cómo explicártelo…
- ¿Qué?
- Me gustas, mucho, pero no quiero acostarme contigo, no es despreciarte, al revés, es…
- No te entiendo. Te gusto, pero no quieres…
- A ver, es que… no quiero joder nuestra amistad.
Llegaban a la casa y había gente de su grupo por allí, Alberto decidió no seguir hablando.
- Luego hablamos cariño le dijo Alberto.
- Alberto, le miró a los ojos, transmitiéndole toda la ternura del mundo, haré lo que tú quieras, lo que tú quieras.
Alberto se acercó a ella y la besó en la mejilla.
- Sigues siendo un sol.
Alberto entró en la casa y Charo se quedó fuera, pensando, dando vueltas a su cabecita. Alicia se acercó a ella.
- Te ha dicho que no, ¿verdad?
- ¿Cómo?
- Has intentando acostarte con él, llevas muchos años deseándole.
- ¿Cómo lo sabes?
- No lo sé, ¿instinto? No sé porque, pero lo sé.
- No quiere, dice que le gusto, que siempre le he atraído… pero no quiere.
- No quiere compromisos, a ti te quiere demasiado como para que solo sea una noche de sexo.
- Es que solo quiero eso.
- Tienes que entenderle… La única mujer que le va a sacar de eso, es Lourdes.
- ¿Lourdes?
- Lourdes fue su novia, hace muchos años, antes de Merche. Salían juntos, lo dejaban, hasta que apareció Merche.
- ¿Y sigue enamorado de ella?
- No sé si es enamorado, solo sé, que ella es la única con la que Alberto tendría otra relación, no sé porque, no sé la razón, pero es así.
- Pensaba que este fin de semana…
- Acompáñale, dale fuerza, sé cómo siempre, su amiga, pero no le pidas más, o te harás daño, hazme caso cariño.
Charo abrazó a Alicia, ella siempre sabía lo que había que hacer, lo que había que decir.
En la casa, mientras unos charlaban de cómo les había ido la vida, otros simplemente escuchaban, sin entrar en conversaciones, como no queriendo dar explicaciones, una de ellas era Julia. Apoyada en una pared, con la cerveza en la mano, escuchaba a Luis hablando con Eva, explicándole cómo era su mujer, cómo la conoció, qué le enamoró de ella, irremediablemente ella se acordaba de Arenas, de su primera noche juntos, de los miedos de él.
- ¿Cómo estás? Preguntó Javier.
- Bien, escuchando.
- ¿Pero?
- Pero nada. Estoy bien.
- Es difícil ¿verdad?
- Mucho, pero decidí venir, por él, por mí y por nuestro hijo.
- ¿Dónde está?
- Con mis padres, no sé quién cuida a quien, pero con ellos.
- Aquí en Zaragoza.
- En el pueblo, al lado.
- ¿Mañana le traerás? ¿Al acto?
- No lo sé, lo he pensado, pero no sé qué quiero hacer…
- Sus padres deberían conocerle… ¿no crees?
- Pero… si ni siquiera saben de mí, cómo les digo yo, ahora, quince años después que tienen un nieto.
- Julia, yo no soy el más indicado para dar consejos... yo que en quince años he sido incapaz de tener una relación…
- Pero ahora estás otra vez con ella… Joder lo que daría yo por volver a verle, ya no te digo besarle, abrazarle, quererle… sólo verle.
- ¿Ves? Sus padres son parte de él. Yo creo que deberías hablar con ellos.
- No lo sé. No lo sé.
Javier le hizo un gesto cariñoso apretándole el brazo.
- Piénsalo.
Lourdes, sin separarse ni un instante de José, observaba todo lo que sucedía en la casa, veía los corrillos, veía a Alicia, y la veía tan feliz con Javier, se le notaba la tristeza del momento, pero en cuanto Javier se acercaba a ella, sus ojos brillaban.
José parecía más animado, ver a sus amigos le estaba haciendo mucho bien. Tener a Lourdes a su lado le hacía todo más fácil, ella siempre se había portado con él como una amiga, como una buena amiga, alguna vez se le había pasado por la cabeza intentar algo con ella, pero al final siempre terminaba dándose cuenta de que ella sólo tenía ojos para uno.
Eva, como llevaba haciendo durante esos quince años, escondía sus recuerdos en el trabajo, apartaba sus lamentos con el trabajo, había llevado el hotel, el restaurante, la gestión de la casa, solo para olvidar, o al menos tratar de olvidar que quince años atrás fue, durante al menos 5 meses, la mujer más feliz del mundo. Solo 5 meses y no había vuelto a encontrar a nadie que le igualara, a nadie que le hiciera la mitad de feliz que lo hizo Sebas.
Cada uno tenía sus cargas que soportar, sus lamentos, sus recuerdos, pero en ese momento, todos juntos, sentían que todo era menos importante, menos grave, que sus miedos podían superarse, que lo momentos felices se deberían quedar en el lugar de los recuerdos amargos.
Sus amigos no iban a volver, y seguro que estarían felices de verles de nuevo juntos, riendo, como antes.
Estaba cayendo la tarde, el sol empezaba a desaparecer, dejando un brillo especial en la casa, cuando Laura entró en la casa, acompañada de varios camareros y camareras. Se acercó a Eva.
- Vamos a montar la mesa atrás, en el porche.
- Perfecto, os ayudo.
- No hace falta, no te preocupes. Laura la miró y Eva entendió que aquel día no le iban a dejar hacer nada, sólo disfrutar de la compañía de aquellos que en su día se abrieron a ella y la dejaron entrar en sus corazones, en uno en especial.
Montaron una mesa con varios platos de comida repartidos a lo largo de ella. Traían la comida en unos contenedores que varios camareros se llevaron una vez descargados, dos camareras se quedaron a servir la bebida junto con Laura, que discretamente se hizo a un lado y permaneció allí durante todo el servicio, pendiente de que no faltara de nada.
Los comensales, no se sentaron, iban cogiendo comida de pie, y bebida de la barra. Luis vio a Laura y se acercó.
- ¿Qué tal estás?
- Muy bien. ¿Y tú?
- Ya me ves, más mayor.
- Estás guapo, te han sentado bien los años.
- A ti más.
Laura le respondía, pero no mostraba interés en agradarle.
- Me acuerdo mucho de ti dijo Luis.
Laura, le miró a los ojos.
- ¿Por eso me has llamado tan a menudo?
- Lo siento…
- Da igual Luis, no te estoy recriminando nada, pero no pretendas que caiga rendida a tus pies…
- No, no es eso…
- Luis, lo que pasó, pasó, nos divertimos, ya está.
- Lo siento Laura, quizás debería haber llamado…
- Luis, de verdad, estoy trabajando…
Luis se alejó y volvió junto a Alicia y Javier que hablaban con Alberto de los planes para la próxima semana.
Cuando Laura creyó que ya no era necesaria la presencia de los camareros, mandó recoger la mesa, limpiaron la barra y discretamente salieron de la casa.
Luis la vio alejarse, no pudo evitar recordar que una vez, hace muchos años, aquella chica le había alegrado las noches, o por lo menos lo había intentado.
La noche fue cayendo, la gente había salido al porche trasero, y estaban repartidos por los sofás que ahora se esparcían por aquel jardín, rodeados de luces tenues colocadas estratégicamente para dar ambiente a la noche.
Alberto sentado en uno de aquellos sillones, miraba a Lourdes, miraba a Javier a Alicia, desplazaba su mirada a José. Los veía y los recordaba sonriendo, y ahora los veía tristes.
Luis se acercó a él.
- ¿Cómo lo llevas? Preguntó Luis.
- Bien. ¿Y tú?
- Bueno, para mí, quizás es menos difícil.
- Te he visto hablando con Laura.
- Ya, está muy guapa ¿verdad?
- ¿Estuviste con ella?
- Bueno, no se puede decir estar, nos acostamos, algunas veces, pasamos alguna noche juntos.
- ¿Y qué pasó?
- Que soy un cabrón Alberto. Que cuando me marché, no la llamé, ni me despedí ni nada.
- Y claro, ahora te ha dado calabazas.
- Evidente.
- No tienes arreglo, tío, vas de modosito y eres un cabronazo.
- Ja, ja, ja, tú no, tú eres un santo.
- Imbécil eres.
Chocaron sus copas, y rieron, Javier se acercó a ellos.
- Mis compas de juerga, ¿cómo estáis?
- Aquí descubriendo que Luis es un poco cabrón.
- ¿Luis cabrón? ¿Qué dices? Decía Javier con ironía.
- ¿Tú sabías que se lio con Laura? preguntó Alberto.
- Claro, tú no te enteraste, porque después de… porque hubo una época en la que no estabas.
- Lo sé. Fue difícil.
- Lo hiciste difícil. Añadió Luis.
- Joder, me quedé solo decía Alberto.
- No, perdiste una parte, pero no estabas solo. Como no estás solo ahora dijo Javier.
- Bueno, tú tampoco estuviste muy sociable… le respondía Alberto.
- Ahora entendéis porque me lie con Laura dijo Luis.
- Fuimos unos egoístas ¿no? Preguntó Javier.
- No, yo creo que hicisteis lo normal, yo intenté animaros a los dos, pero es complicado, os entendí, de hecho, sigo aquí con vosotros.
- Y por muchos años levantó Javier la copa.
Luis y Alberto brindaron con él.
- Por muchos años.
Soltando pesos
Zaragoza 2019
Al final, Alicia consiguió que todos volvieran a la casa, pero decidieron parar en el restaurante, a instancias de Alicia.
- Mejor vamos al restaurante, ¿no os parece?
En el grupo, Alberto, Julia, Eva y José estaban decaídos, deprimidos. El resto intentaban animarles.
Charo no se separó de Alberto ni un momento.
Julia estuvo apoyada por Javier y Alicia, que tampoco la dejaron sola.
Por su parte Luis, hizo lo propio con Eva.
Por otro lado, José, acompañado de Lourdes, estaba asolado. Una y otra vez repetía que era culpa suya.
Al entrar en el restaurante, Javier intentó animar al resto, pidió jarras de cerveza para todos.
Laura fue la encargada de servirlas, los veía y sus ojos se mojaban.
- Ha sido duro ¿no? Le dijo a Javier.
- Imagínate, a ver si somos capaces de animarles, respondió Javier.
- Lo que necesites, no dudes en pedirlo.
- Gracias Laura, Gracias.
Ocuparon una mesa larga, en la terraza.
Charo al lado de Alberto miró a Javier al otro lado de la mesa con Julia.
Fue una mirada de, “hay que hacer algo”
Javier se acercó a Eva.
- ¿Tenéis para conectar una tarjeta de memoria? ¿O un pendrive?
- Sí, en el salón... Espera, y aquí si quieres también.
Eva se levantó y habló con una camarera. La chica se metió para dentro y al rato salió y le entregó algo a Eva.
- Toma, con esto bajas esa pantalla dijo señalando hacia el final de la terraza y allí está el proyector, que tiene lector de tarjetas y usb, se maneja con el mismo mando.
- Perfecto.
Javier se acercó a Alicia y le pidió algo, ella buscó en su bolso y sacó un pendrive, él se encaminó hacia el proyector, y con la ayuda de Laura, bajaron la estantería que lo sostenía y enchufaron el pendrive. Luego pulsó un botón del mando y una pantalla bajó del techo.
Laura pulsó un botón en la pared y los toldos laterales de la terraza comenzaron a bajar y ceñirse a la barandilla, creando un espacio oscuro en torno a la mesa.
- Señores, ya hemos llorado, ahora toca recordar a nuestros amigos con una sonrisa, como a ellos les gustaría.
Todos asintieron, Javier, apretó un botón del mando y el proyector comenzó a emitir una música y a continuación unas imágenes.
Era un montaje, con música divertida, imágenes de la obra, de las fiestas, de las comidas, en la casa, salían todos.
Las imágenes y la música hicieron que todos empezaran a relajarse, a serenarse.
Charo seguía junto a Alberto, le dijo al oído.
- ¿Estás mejor?
- Sí, gracias. Y Alberto le dio un beso en al mejilla.
En la pantalla se sucedían imágenes, y llegaron las de la excursión a las pozas de Belchite.
Una foto de la poza grande, se veía al fondo, hacia un lado, casi en las rocas, a Alberto, Merche y Charo.
Charo miró a Alberto y Alberto le devolvió la mirada con una sonrisa.
Después más fotos, incluso una de Merche con su micro bikini.
- Fiuuu fiuuu dijo Charo.
- Que buena estaba dijo Javier mirando a Alberto.
- Ya te digo respondió éste.
- Javier, que te oigo dijo Alicia, provocando las risas de todos.
- Estaba buenísima añadió Charo.
Empezaron a hacer bromas, y echaron de menos los chascarrillos de Sebas y las respuestas de Arenas.
Cuando el video acabó, todos estaban menos tristes, algunas risas, así había que recordarles, siempre.
Alberto se levantó y sin decir nada, salió del restaurante, se encendió un cigarro. Paseó por la puerta del restaurante, se apoyó en un coche estacionado allí.
Charo salió y se acercó a él.
- No me gusta verte así.
- Lo siento, no puedo evitarlo.
- ¿Qué hago para que sonrías?
- De verdad Charo, hoy está siendo muy difícil.
- ¿Quieres que demos un paseo? Vamos al río.
- ¿Te apetece? Pasear con un aburrido triste.
- Me apetece pasar contigo todo el tiempo que pueda.
- Que grande eres Charo. Que grande.
Los dos echaron a andar en dirección al río. Alicia les vio desde la terraza y le dijo a Javier.
- Si no es hoy, ya no será nunca.
- ¿Cómo?
- Charo lleva toda la vida enamorada de Alberto, si no es hoy…
- ¿Y Bernardo?
- Javier cariño, a veces no me creo que seas tan inocente.
- Ya me lo explicarás.
- No hay mucho que explicar.
Alberto y Charo después de desaparecer de la vista de los demás, habían cogido por el camino a la izquierda de la casa. Llegaron a las cercas de madera, junto al río.
Charo se aupó y se sentó sobre una de ellas. Alberto se apoyó a su lado.
- Alberto, ven, ponte aquí le señaló delante de ella.
Él se acercó. Charo le rodeó con las piernas y le atrajo hacia ella.
- ¿Si te beso? ¿Me corresponderás? Preguntó Charo.
- ¿Cómo?
- Que quiero besarte. Quiero darte un beso que te haga olvidar el pasado un rato.
- Ja ja ja Estás loca.
Charo se acercó a Alberto y le besó en la boca, él no se retiró, y ella metió su lengua para buscar la de él.
Juguetearon, danzaron con sus lenguas, se persiguieron. Alberto la abrazó, y sintió las tetas de Charo en su pecho.
- Antes te abrazaba y no había nada, ahora es raro.
- Antes me abrazabas y me ponías nerviosa.
- ¿Ahora no?
- Estoy temblando como una quinceañera.
- ¿Qué quieres Charo?
- Quiero pasar la noche contigo, que me hagas el amor, que me desees, hacerte gozar y que me hagas sentir mujer.
Alberto la miró, interrogándola.
Charo le volvió a besar, fue un beso corto, con cariño.
- ¿Te acuerdas, el día de la poza?
- Como para olvidarlo jajaja.
- Recuerdas, en la comida…
- Sí, nos dijiste que si algún día te ofrecíamos. No llegaste a decir el qué, que dirías que no.
- Era evidente, ¿el que no?
- Sí, pero dirías que no. Aunque nunca te lo habríamos ofrecido.
- ¿Tú crees?
- Yo creo que no, pero es verdad que con Merche nunca se podía decir que no.
- En aquel momento, hubiera hecho lo que me hubierais pedido.
- ¿Y Bernardo?
- Desde que empecé con Bernardo, siempre le he contado todo, lo que he hecho, poco o nada, y lo que no he hecho.
- ¿Cómo que lo que no has hecho?
- Sí coño, imagínate, un tío me mola y pienso a ese me lo follaba. Pues yo siempre se lo he dicho.
- ¿Y él qué dice?
- Siempre lo mismo, si alguna vez quiero acostarme con otro, lo único que pide es que se lo diga yo, no quiere enterarse por otros.
- Que valiente.
- Nunca he tenido necesidad de acostarme con otro. Joder y aquí durante toda la obra tuve oportunidad de sobra. Con Arenas al principio.
- Ja ja ja ¿Con arenas lo hiciste?
- No. No lo hice. Con Luis, si hubiera sido por Luis… pero siempre ha sido un señor.
- Luis es un señor.
- Con Merche, me hubiera acostado, con Merche sin dudarlo, que buena estaba la hija de puta. Que morbo.
- Estás como una chota.
- Contigo, contigo me hubiera acostado con que me lo pidieras.
- Pero yo no…
- Un día hablé con Bernardo, bueno él conmigo. Me dijo que se me notaba que me gustabais, que si tenía la oportunidad que aprovechara…
- ¿Pero?
- Pero yo le dije que no, que nunca le haría eso, ni con vosotros ni con nadie.
- Entonces ¿Qué ha cambiado?
- Que Bernardo tenía razón, llevo toda la vida enamorada de vosotros, de Merche y de ti.
- ¿Y se lo has dicho?
- No ha hecho falta, le llamé y cuando le dije que quería hablar con él, me dijo que lo hiciera, que me acostara contigo, pero que no se lo contara, que nunca lo hablaríamos, como si no hubiera pasado.
- Qué fuerte, me pones en un aprieto. Charo, a ver, que siempre me he fijado en ti, pero…
- ¿En mí? ¿Tú? ¿Con esa pedazo de mujer a tu lado?
- No quiero acostarme contigo, somos amigos, y quiero seguir contando contigo, no quiero estropearlo.
- Quizás tengas razón. No lo sé.
- Vamos a volver, luego seguimos hablando si quieres.
- Sabes lo que quiero, no es coña Alberto.
Alberto la besó, apoyó las manos en sus muslos y añadió.
- Charo siempre has estado buena, tenías morbo, eras una cachonda, pero no tenías tetas…un fallo…
- Que cabrón.
- Ahora lo tienes todo, piernas, culo, tetas y encima madurita…
Charo le miró, le recorrió con los ojos. Se bajó de un salto de su asiento y juntos se encaminaron de vuelta a la casa.
Por el camino Alberto buscaba las palabras, necesitaba explicarle que no quería acostarse con ella, quería que le quedara claro que era una mujer especial para él, que le encantaría, que alguna vez lo había imaginado, que en los polvos con Merche lo había fantaseado, pero no quería hacerlo.
- Charo, no sé cómo explicártelo…
- ¿Qué?
- Me gustas, mucho, pero no quiero acostarme contigo, no es despreciarte, al revés, es…
- No te entiendo. Te gusto, pero no quieres…
- A ver, es que… no quiero joder nuestra amistad.
Llegaban a la casa y había gente de su grupo por allí, Alberto decidió no seguir hablando.
- Luego hablamos cariño le dijo Alberto.
- Alberto, le miró a los ojos, transmitiéndole toda la ternura del mundo, haré lo que tú quieras, lo que tú quieras.
Alberto se acercó a ella y la besó en la mejilla.
- Sigues siendo un sol.
Alberto entró en la casa y Charo se quedó fuera, pensando, dando vueltas a su cabecita. Alicia se acercó a ella.
- Te ha dicho que no, ¿verdad?
- ¿Cómo?
- Has intentando acostarte con él, llevas muchos años deseándole.
- ¿Cómo lo sabes?
- No lo sé, ¿instinto? No sé porque, pero lo sé.
- No quiere, dice que le gusto, que siempre le he atraído… pero no quiere.
- No quiere compromisos, a ti te quiere demasiado como para que solo sea una noche de sexo.
- Es que solo quiero eso.
- Tienes que entenderle… La única mujer que le va a sacar de eso, es Lourdes.
- ¿Lourdes?
- Lourdes fue su novia, hace muchos años, antes de Merche. Salían juntos, lo dejaban, hasta que apareció Merche.
- ¿Y sigue enamorado de ella?
- No sé si es enamorado, solo sé, que ella es la única con la que Alberto tendría otra relación, no sé porque, no sé la razón, pero es así.
- Pensaba que este fin de semana…
- Acompáñale, dale fuerza, sé cómo siempre, su amiga, pero no le pidas más, o te harás daño, hazme caso cariño.
Charo abrazó a Alicia, ella siempre sabía lo que había que hacer, lo que había que decir.
En la casa, mientras unos charlaban de cómo les había ido la vida, otros simplemente escuchaban, sin entrar en conversaciones, como no queriendo dar explicaciones, una de ellas era Julia. Apoyada en una pared, con la cerveza en la mano, escuchaba a Luis hablando con Eva, explicándole cómo era su mujer, cómo la conoció, qué le enamoró de ella, irremediablemente ella se acordaba de Arenas, de su primera noche juntos, de los miedos de él.
- ¿Cómo estás? Preguntó Javier.
- Bien, escuchando.
- ¿Pero?
- Pero nada. Estoy bien.
- Es difícil ¿verdad?
- Mucho, pero decidí venir, por él, por mí y por nuestro hijo.
- ¿Dónde está?
- Con mis padres, no sé quién cuida a quien, pero con ellos.
- Aquí en Zaragoza.
- En el pueblo, al lado.
- ¿Mañana le traerás? ¿Al acto?
- No lo sé, lo he pensado, pero no sé qué quiero hacer…
- Sus padres deberían conocerle… ¿no crees?
- Pero… si ni siquiera saben de mí, cómo les digo yo, ahora, quince años después que tienen un nieto.
- Julia, yo no soy el más indicado para dar consejos... yo que en quince años he sido incapaz de tener una relación…
- Pero ahora estás otra vez con ella… Joder lo que daría yo por volver a verle, ya no te digo besarle, abrazarle, quererle… sólo verle.
- ¿Ves? Sus padres son parte de él. Yo creo que deberías hablar con ellos.
- No lo sé. No lo sé.
Javier le hizo un gesto cariñoso apretándole el brazo.
- Piénsalo.
Lourdes, sin separarse ni un instante de José, observaba todo lo que sucedía en la casa, veía los corrillos, veía a Alicia, y la veía tan feliz con Javier, se le notaba la tristeza del momento, pero en cuanto Javier se acercaba a ella, sus ojos brillaban.
José parecía más animado, ver a sus amigos le estaba haciendo mucho bien. Tener a Lourdes a su lado le hacía todo más fácil, ella siempre se había portado con él como una amiga, como una buena amiga, alguna vez se le había pasado por la cabeza intentar algo con ella, pero al final siempre terminaba dándose cuenta de que ella sólo tenía ojos para uno.
Eva, como llevaba haciendo durante esos quince años, escondía sus recuerdos en el trabajo, apartaba sus lamentos con el trabajo, había llevado el hotel, el restaurante, la gestión de la casa, solo para olvidar, o al menos tratar de olvidar que quince años atrás fue, durante al menos 5 meses, la mujer más feliz del mundo. Solo 5 meses y no había vuelto a encontrar a nadie que le igualara, a nadie que le hiciera la mitad de feliz que lo hizo Sebas.
Cada uno tenía sus cargas que soportar, sus lamentos, sus recuerdos, pero en ese momento, todos juntos, sentían que todo era menos importante, menos grave, que sus miedos podían superarse, que lo momentos felices se deberían quedar en el lugar de los recuerdos amargos.
Sus amigos no iban a volver, y seguro que estarían felices de verles de nuevo juntos, riendo, como antes.
Estaba cayendo la tarde, el sol empezaba a desaparecer, dejando un brillo especial en la casa, cuando Laura entró en la casa, acompañada de varios camareros y camareras. Se acercó a Eva.
- Vamos a montar la mesa atrás, en el porche.
- Perfecto, os ayudo.
- No hace falta, no te preocupes. Laura la miró y Eva entendió que aquel día no le iban a dejar hacer nada, sólo disfrutar de la compañía de aquellos que en su día se abrieron a ella y la dejaron entrar en sus corazones, en uno en especial.
Montaron una mesa con varios platos de comida repartidos a lo largo de ella. Traían la comida en unos contenedores que varios camareros se llevaron una vez descargados, dos camareras se quedaron a servir la bebida junto con Laura, que discretamente se hizo a un lado y permaneció allí durante todo el servicio, pendiente de que no faltara de nada.
Los comensales, no se sentaron, iban cogiendo comida de pie, y bebida de la barra. Luis vio a Laura y se acercó.
- ¿Qué tal estás?
- Muy bien. ¿Y tú?
- Ya me ves, más mayor.
- Estás guapo, te han sentado bien los años.
- A ti más.
Laura le respondía, pero no mostraba interés en agradarle.
- Me acuerdo mucho de ti dijo Luis.
Laura, le miró a los ojos.
- ¿Por eso me has llamado tan a menudo?
- Lo siento…
- Da igual Luis, no te estoy recriminando nada, pero no pretendas que caiga rendida a tus pies…
- No, no es eso…
- Luis, lo que pasó, pasó, nos divertimos, ya está.
- Lo siento Laura, quizás debería haber llamado…
- Luis, de verdad, estoy trabajando…
Luis se alejó y volvió junto a Alicia y Javier que hablaban con Alberto de los planes para la próxima semana.
Cuando Laura creyó que ya no era necesaria la presencia de los camareros, mandó recoger la mesa, limpiaron la barra y discretamente salieron de la casa.
Luis la vio alejarse, no pudo evitar recordar que una vez, hace muchos años, aquella chica le había alegrado las noches, o por lo menos lo había intentado.
La noche fue cayendo, la gente había salido al porche trasero, y estaban repartidos por los sofás que ahora se esparcían por aquel jardín, rodeados de luces tenues colocadas estratégicamente para dar ambiente a la noche.
Alberto sentado en uno de aquellos sillones, miraba a Lourdes, miraba a Javier a Alicia, desplazaba su mirada a José. Los veía y los recordaba sonriendo, y ahora los veía tristes.
Luis se acercó a él.
- ¿Cómo lo llevas? Preguntó Luis.
- Bien. ¿Y tú?
- Bueno, para mí, quizás es menos difícil.
- Te he visto hablando con Laura.
- Ya, está muy guapa ¿verdad?
- ¿Estuviste con ella?
- Bueno, no se puede decir estar, nos acostamos, algunas veces, pasamos alguna noche juntos.
- ¿Y qué pasó?
- Que soy un cabrón Alberto. Que cuando me marché, no la llamé, ni me despedí ni nada.
- Y claro, ahora te ha dado calabazas.
- Evidente.
- No tienes arreglo, tío, vas de modosito y eres un cabronazo.
- Ja, ja, ja, tú no, tú eres un santo.
- Imbécil eres.
Chocaron sus copas, y rieron, Javier se acercó a ellos.
- Mis compas de juerga, ¿cómo estáis?
- Aquí descubriendo que Luis es un poco cabrón.
- ¿Luis cabrón? ¿Qué dices? Decía Javier con ironía.
- ¿Tú sabías que se lio con Laura? preguntó Alberto.
- Claro, tú no te enteraste, porque después de… porque hubo una época en la que no estabas.
- Lo sé. Fue difícil.
- Lo hiciste difícil. Añadió Luis.
- Joder, me quedé solo decía Alberto.
- No, perdiste una parte, pero no estabas solo. Como no estás solo ahora dijo Javier.
- Bueno, tú tampoco estuviste muy sociable… le respondía Alberto.
- Ahora entendéis porque me lie con Laura dijo Luis.
- Fuimos unos egoístas ¿no? Preguntó Javier.
- No, yo creo que hicisteis lo normal, yo intenté animaros a los dos, pero es complicado, os entendí, de hecho, sigo aquí con vosotros.
- Y por muchos años levantó Javier la copa.
Luis y Alberto brindaron con él.
- Por muchos años.