creadordesensaciones
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Capítulo 29
La niña, el puente.
Madrid 2003
Tras aquella noche, por la mañana, mientras los dos tomaban café junto al pequeño balcón. Alberto le dijo
- Tenemos que hablar Merche.
- ¿De qué cariño?
- Anoche… Otra vez metimos a tu madre en…
- Cariño, ya lo hemos hablado, solo es un juego.
- Sí, pero cada vez me gusta menos.
- Tu rabo no dice lo mismo decía Merche mientras se reía.
- Sabes a qué me refiero. No es muy normal meter a tu madre en nuestra cama.
Merche se puso seria.
- Alberto, mírame a los ojos, mírame. Nunca, nunca, metería a nadie en nuestra cama, a nadie.
- Pero es que. Anoche. Anoche volvimos a meter a tu madre a la niña esa… no puedo Merche, no quiero.
- Alberto, te repito que es un juego, pero me parece bien. Buscaré otra forma de ponerte cachondo dijo esto último mordiéndose el labio.
- Algo se te ocurrirá, seguro.
A media mañana, se ducharon, se vistieron y salieron a recoger a Irene para ir a comer.
Esta vez Irene iba más discreta, con un traje de pantalón y chaqueta, negro. Una camisa de color crema bajo la chaqueta.
Cuando dentro del coche Irene se quitó la chaqueta, Alberto pensó “joder con la discreción”
La camisa era prácticamente transparente y se veía todo el sostén de Irene, negro, sujetando las tetas de la mujer en el medio y levantándolas un poco, lo que hacía que se vieran perfectamente redondas y colocadas.
Alberto miró a Merche por el retrovisor y ésta le devolvió un gesto, encogiendo los hombros.
Aquel día iban a comer a casa de Sanchís. Alberto pensaba que solo la familia. Pero al llegar, cuando vio los coches, se percató de que no iba a ser así.
María, la señora que cuidaba y arreglaba la casa de Sanchís, salió a la puerta a recibirles.
- Señora Irene, guapísima como siempre.
- Gracias María, feliz navidad.
- Señorita Merche… preciosa.
- María, cuánto me adulas.
- Don Alberto. Que joya se lleva usted.
- María, feliz navidad.
Nada más entrar en casa, Alberto preguntó a Merche.
- María, tiene familia ¿verdad?
- Sí, está casada y tiene un par de críos, bueno ya son mayores.
- ¿Y qué hace aquí hoy? ¿No debería estar con su familia?
- Nunca… no lo había pensado.
Merche se fue para la cocina, mientras Alberto fue saludando a los invitados. Los mismos que la noche anterior. Incluida Mónica.
Esa mañana la niña se había propuesto poner cardiacos a los hombres. Llevaba una minifalda muy cortita, con un poco de vuelo y una camiseta ajustadísima, bajo la que se notaba que no había sostén.
- Buenos días Alberto se acercó a él, le pegó las tetas al pecho y al oído le dijo.
- ¿Que tal me follaste anoche?
Se dio la vuelta y se marchó, no sin antes girar la cara hacia Alberto y guiñarle un ojo.
Alberto se quedó cortado, en mitad del salón. Sanchís le ofreció una bebida de una bandeja que habían colocado sobre un aparador a un lado del salón.
- ¿Qué tal todo Alberto? ¿Qué tal lo pasaste anoche?
- ¿Anoche?
- ¿En la cena? ¿Qué te pareció?
- Ah bien, muy bien.
En ese momento, Merche salía de la cocina, muy decidida se acercó a su tío.
- Tío, María tiene todo preparado, solo hay que servirlo.
- Claro hija, como siempre.
- Ya, ya, lo que digo es que ¿por qué no dejas que se marche a su casa a comer con su familia? es Navidad.
- Pero ¿quién sirve?
- Yo misma tío, solo hay que servir.
- ¿Tú? ¿Qué dices?
Irene se acercó.
- Mira Irene lo que dice tu hija y le contó la ocurrencia de Merche.
- Pues me parece perfecto, entre las dos, servimos, o traemos la comida, que cada uno se sirva del centro de la mesa.
- Esto… esto ¿Qué opinas Alberto?
- Me parece muy buena idea.
- Bueno, pues. Si os parece bien... le diré a María que se marche.
Merche se acercó al oído de su tío, y abrazándole le dijo.
- Ya le he dicho que se marche.
- ¿Cómo? ¿Pero?
- Esa es Merche, decisión y acción. Dijo Alberto.
Sanchís se reía del comentario.
- Eres un cielo, Merche le dijo a su sobrina.
Merche se puso a organizarlo todo, separó los adornos de la mesa, para que pudieran entrar las fuentes con la comida. Irene en la cocina le ayudaba a prepararlo todo.
- Mónica, sal por favor a la leñera, al lado de la barbacoa y traes unos trozos de leña, los más rectos que veas y finos.
Mónica se dirigió a Alberto.
- Acompáñame y me ayudas, por favor.
Alberto miró a Merche.
- Claro.
Ambos salieron al jardín, recorrieron la senda bajo el parterre de rosas ahora vacío y giraron hacia la barbacoa.
Nada más llegar, Mónica se lanzó al cuello de Alberto, le besó. Alberto se separó de ella.
- ¿Qué haces?
- Besarte, lo estas deseando.
- En absoluto, eres una cría.
Ella se levantó la camiseta, unas tetas impresionantemente redondas y bien colocadas, con unos pezones rosados endurecidos por el frio de la época, aparecieron frente a los ojos de Alberto.
- ¿Estas son tetas de una cría?
- Mónica, vale, por favor.
Ella se acercó, le agarró el paquete y notando su principio de erección.
- Esta no opina igual, te pones tu cachondo con facilidad ¿eh?
- Mónica, ya está bien, nos van a ver.
- Ah ¿es por eso?
Le agarró de la mano y abriendo la puerta del cuartito junto a la barbacoa, entró con él de la mano.
Nada más entrar, la mano volvió a la entrepierna, bajó la cremallera y la coló dentro.
Alberto trató de separarse, pero Mónica estaba con la otra mano agarrada a su nuca.
Le sacó la polla, que empezaba a crecer, se arrodilló, y la metió en su boca.
Alberto volvió a intentar separarse, pero ello no quería soltar su presa, le mamaba con ansia, y la polla de Alberto respondió endureciéndose. Ella siguió con la mamada, metiéndose la polla hasta la garganta.
Le agarró la cabeza y empujó hacia ella. No podía parar, aquella niña le estaba mamando la polla con maestría.
Cuando ella consideró suficiente, se levantó, se apoyó contra una mesa de trabajo y sacando el culo, levantó su falda, apartó el tanga y le invitó a meterla.
Alberto, con el pensamiento irracional del calentón, agarró su tranca, apuntó, y la metió de un golpe, la follaba con violencia, mientras ella gemía y se dejaba hacer. Dio varios envites, hasta que de repente en su mente se encendió la luz de la sensatez.
La sacó, se la guardó en su pantalón, ella estaba esperando, sin fijarse en que él ya se la había guardado.
Alberto se acercó por detrás a ella, y le dijo al oído.
- No vuelvas a acercarte a mí en tu puta vida.
Entonces ella se dio cuenta de lo que había ocurrido y colocándose las braguitas y la falda, con ira en la mirada le dijo.
- Me vas a follar, algún día, me follarás, me lo darás todo.
- Ni lo sueñes.
- Tú, tú eres el que vas a soñar con follarme, con terminar esto que has empezado. No vas a poder resistirte.
Alberto se dio la vuelta y salió del trastero.
Rebuscó entre los troncos y seleccionó varios. Cogió dos o tres y dejó otros tantos en la mesa junto a la parrilla. Ella salió, se colocó el cabello, y cogió la leña. Sin hablar volvieron a la casa.
- Toma Merche, ¿dónde los ponemos? Preguntó Mónica.
- A ver, cogió los troncos y los colocó formando un salva mantel. - Habéis tardado un poco ¿no?
- Es que Alberto no se decidía.
- Es muy meticuloso con todo.
- Sí, eso me ha parecido, al principio coge uno y luego decide que no lo quiere.
- Él es así. Rio Merche.
Durante la comida, Mónica volvió a sentarse junto a Alberto, con la excusa de la carrera.
En varias ocasiones, le pasó el pie descalzo por la pierna, en otras ocasiones, directamente le ponía la mano en la entrepierna.
Para Alberto la comida fue un suplicio. Pero por fin llegó a su fin.
A media tarde, Merche y Alberto salían de aquella casa, Irene se quedó con su hermano.
Cuando se despedían, Mónica le dijo muy bajito.
- Me follarás, ya lo verás, algún día me follarás.
- Te he dicho que ni lo sueñes.
- Cuando se la metas a ella, pensarás que es mi coñito.
Mónica se separó de Alberto y se despidió de Merche.
- Qué envidia me das Merche.
- Anda ¿y eso?
- Alberto es tan guapo, tan caballero…
- Tengo suerte ¿verdad?
- Pues sí, cuídale, la suerte no dura siempre.
Y se alejó de ellos, metiéndose en la casa.
Los dos se miraron, y caminaron hacia el coche.
En el camino de regreso, Merche le preguntó:
- ¿Cómo tardasteis tanto con la leña?
- No te lo vas a creer.
- ¿Qué ha pasado?
Alberto le contó todo, por supuesto a excepción de que se la había metido y lo había disfrutado. Le contó cómo se la había agarrado, cómo se la sacó, cómo se la chupó, y cómo él consiguió zafarse.
- ¿Pero llegó a chupártela?
- Fue muy rápida, a ver se la metió en la boca, pero la aparté.
- Cómo es posible, que haya podido llegar hasta ahí.
- A ver cariño, no quería hacerle daño, podía haberla apartado con brusquedad, pero ¿y si le hacía daño?
- Joder Alberto, que te la ha chupado…
- Ya, pero casi no me ha dado tiempo a enterarme, además no la tenía ni dura.
Merche puso cara de circunstancias, y añadió:
- Joder con la niña.
Cuando llegaron a casa se cambiaron de ropa, se pusieron más cómodos, más sport y bajaron a pasear.
Iban por la calle, agarrados de la mano, caminando en dirección al parque del torreón.
- No me quito de la cabeza a la putita de la niña dijo Merche.
- Pues deberías, no pasó nada.
- Pero es que llama la atención, tan mosquita muerta…
- Ya ves.
El teléfono de Alberto comenzó a sonar. Alberto lo miró:
- Es Julia.
- Cógelo ¿no?
Alberto pulsó el manos libres, y mientras respondía se sentaron en un banco.
*/¿Sí? Julia, ¿qué tal?
*/Hola, ¿qué tal las fiestas?
*/Pues en familia, ya sabes, la de ella, Imagínate.
Merche le dio un codazo y añadió ella.
*/Es un exagerado Julia, ni caso.
*/Merche guapa, ¿qué tal?’
*/Aguantando al idiota este.
*/Así me gusta que os queráis, jajaja.
Alberto preguntó.
*/¿Bueno qué? ¿sólo has llamado para meteros conmigo?
*/No que va, a ver os cuento. Los del restaurante, y hotel, o sea los hermanos siniestros.
*/Jajajaj.
*/Nos han propuesto que cenemos con ellos en nochevieja.
*/Anda ¿y eso?
*/Según nos han contado, En noche vieja, tanto el hotel como el restaurante, los cierran, y organizan una cena, fiesta y todo, con todos los empleados que quieran ir.
*/Anda, mira con lo agarraos que parecen. Dijo Merche.
*/El caso es que, Javier ha estado hablando con algunos empleados, y le han dicho que es verdad, que se lo pasan de puta madre, y en general a la gente le molaría que participáramos.
Alberto entonces preguntó:
*/Pero tendremos que colaborar económicamente o algo ¿no?
*/Javier ha pensado, que nos podemos encargar de la decoración del salón, de poner luces, y esas cosas.
*/Pues a mí me parece bien dijo Alberto.
*/¿Has hablado con los demás?
*/No, de momento solo contigo.
*/Pues mañana si queréis lo comentamos entre todos, cuando lleguemos.
*/Pero ¿volvéis mañana ya?
*/¿Y cuándo vamos a volver?
*/No sé, mañana viene Joaquín también.
*/No puede pasar tanto tiempo sin ti añadió Merche.
*/Sera eso.
*/Pues mañana por la mañana vamos para allá, si estáis por la casa, comemos juntos.
*/Perfecto. Nos vemos.
Los dos se quedaron un rato en el parque, caminaron por las sendas, y terminaron llegando al puente de madera.
En mitad del puente, abrazados, miraron hacia un edificio y Merche dijo:
- Molaría vivir ahí.
Alberto la miró, sin decir nada.
- Algún día viviremos ahí.
- Pero ahí, justo ahí.
- Merche eres tan perfecta, que has elegido el piso que yo elegí hace mucho, cuando paseaba por aquí.
- Pues ya está todo hablado.
Y se besaron.
Se abrazaron, en mitad del puente de madera, el mismo puente que unos meses atrás sirvió de escenario a los besos de Alberto y Lourdes.
Alberto era feliz y no se volvió a acordar de la niña.
La niña, el puente.
Madrid 2003
Tras aquella noche, por la mañana, mientras los dos tomaban café junto al pequeño balcón. Alberto le dijo
- Tenemos que hablar Merche.
- ¿De qué cariño?
- Anoche… Otra vez metimos a tu madre en…
- Cariño, ya lo hemos hablado, solo es un juego.
- Sí, pero cada vez me gusta menos.
- Tu rabo no dice lo mismo decía Merche mientras se reía.
- Sabes a qué me refiero. No es muy normal meter a tu madre en nuestra cama.
Merche se puso seria.
- Alberto, mírame a los ojos, mírame. Nunca, nunca, metería a nadie en nuestra cama, a nadie.
- Pero es que. Anoche. Anoche volvimos a meter a tu madre a la niña esa… no puedo Merche, no quiero.
- Alberto, te repito que es un juego, pero me parece bien. Buscaré otra forma de ponerte cachondo dijo esto último mordiéndose el labio.
- Algo se te ocurrirá, seguro.
A media mañana, se ducharon, se vistieron y salieron a recoger a Irene para ir a comer.
Esta vez Irene iba más discreta, con un traje de pantalón y chaqueta, negro. Una camisa de color crema bajo la chaqueta.
Cuando dentro del coche Irene se quitó la chaqueta, Alberto pensó “joder con la discreción”
La camisa era prácticamente transparente y se veía todo el sostén de Irene, negro, sujetando las tetas de la mujer en el medio y levantándolas un poco, lo que hacía que se vieran perfectamente redondas y colocadas.
Alberto miró a Merche por el retrovisor y ésta le devolvió un gesto, encogiendo los hombros.
Aquel día iban a comer a casa de Sanchís. Alberto pensaba que solo la familia. Pero al llegar, cuando vio los coches, se percató de que no iba a ser así.
María, la señora que cuidaba y arreglaba la casa de Sanchís, salió a la puerta a recibirles.
- Señora Irene, guapísima como siempre.
- Gracias María, feliz navidad.
- Señorita Merche… preciosa.
- María, cuánto me adulas.
- Don Alberto. Que joya se lleva usted.
- María, feliz navidad.
Nada más entrar en casa, Alberto preguntó a Merche.
- María, tiene familia ¿verdad?
- Sí, está casada y tiene un par de críos, bueno ya son mayores.
- ¿Y qué hace aquí hoy? ¿No debería estar con su familia?
- Nunca… no lo había pensado.
Merche se fue para la cocina, mientras Alberto fue saludando a los invitados. Los mismos que la noche anterior. Incluida Mónica.
Esa mañana la niña se había propuesto poner cardiacos a los hombres. Llevaba una minifalda muy cortita, con un poco de vuelo y una camiseta ajustadísima, bajo la que se notaba que no había sostén.
- Buenos días Alberto se acercó a él, le pegó las tetas al pecho y al oído le dijo.
- ¿Que tal me follaste anoche?
Se dio la vuelta y se marchó, no sin antes girar la cara hacia Alberto y guiñarle un ojo.
Alberto se quedó cortado, en mitad del salón. Sanchís le ofreció una bebida de una bandeja que habían colocado sobre un aparador a un lado del salón.
- ¿Qué tal todo Alberto? ¿Qué tal lo pasaste anoche?
- ¿Anoche?
- ¿En la cena? ¿Qué te pareció?
- Ah bien, muy bien.
En ese momento, Merche salía de la cocina, muy decidida se acercó a su tío.
- Tío, María tiene todo preparado, solo hay que servirlo.
- Claro hija, como siempre.
- Ya, ya, lo que digo es que ¿por qué no dejas que se marche a su casa a comer con su familia? es Navidad.
- Pero ¿quién sirve?
- Yo misma tío, solo hay que servir.
- ¿Tú? ¿Qué dices?
Irene se acercó.
- Mira Irene lo que dice tu hija y le contó la ocurrencia de Merche.
- Pues me parece perfecto, entre las dos, servimos, o traemos la comida, que cada uno se sirva del centro de la mesa.
- Esto… esto ¿Qué opinas Alberto?
- Me parece muy buena idea.
- Bueno, pues. Si os parece bien... le diré a María que se marche.
Merche se acercó al oído de su tío, y abrazándole le dijo.
- Ya le he dicho que se marche.
- ¿Cómo? ¿Pero?
- Esa es Merche, decisión y acción. Dijo Alberto.
Sanchís se reía del comentario.
- Eres un cielo, Merche le dijo a su sobrina.
Merche se puso a organizarlo todo, separó los adornos de la mesa, para que pudieran entrar las fuentes con la comida. Irene en la cocina le ayudaba a prepararlo todo.
- Mónica, sal por favor a la leñera, al lado de la barbacoa y traes unos trozos de leña, los más rectos que veas y finos.
Mónica se dirigió a Alberto.
- Acompáñame y me ayudas, por favor.
Alberto miró a Merche.
- Claro.
Ambos salieron al jardín, recorrieron la senda bajo el parterre de rosas ahora vacío y giraron hacia la barbacoa.
Nada más llegar, Mónica se lanzó al cuello de Alberto, le besó. Alberto se separó de ella.
- ¿Qué haces?
- Besarte, lo estas deseando.
- En absoluto, eres una cría.
Ella se levantó la camiseta, unas tetas impresionantemente redondas y bien colocadas, con unos pezones rosados endurecidos por el frio de la época, aparecieron frente a los ojos de Alberto.
- ¿Estas son tetas de una cría?
- Mónica, vale, por favor.
Ella se acercó, le agarró el paquete y notando su principio de erección.
- Esta no opina igual, te pones tu cachondo con facilidad ¿eh?
- Mónica, ya está bien, nos van a ver.
- Ah ¿es por eso?
Le agarró de la mano y abriendo la puerta del cuartito junto a la barbacoa, entró con él de la mano.
Nada más entrar, la mano volvió a la entrepierna, bajó la cremallera y la coló dentro.
Alberto trató de separarse, pero Mónica estaba con la otra mano agarrada a su nuca.
Le sacó la polla, que empezaba a crecer, se arrodilló, y la metió en su boca.
Alberto volvió a intentar separarse, pero ello no quería soltar su presa, le mamaba con ansia, y la polla de Alberto respondió endureciéndose. Ella siguió con la mamada, metiéndose la polla hasta la garganta.
Le agarró la cabeza y empujó hacia ella. No podía parar, aquella niña le estaba mamando la polla con maestría.
Cuando ella consideró suficiente, se levantó, se apoyó contra una mesa de trabajo y sacando el culo, levantó su falda, apartó el tanga y le invitó a meterla.
Alberto, con el pensamiento irracional del calentón, agarró su tranca, apuntó, y la metió de un golpe, la follaba con violencia, mientras ella gemía y se dejaba hacer. Dio varios envites, hasta que de repente en su mente se encendió la luz de la sensatez.
La sacó, se la guardó en su pantalón, ella estaba esperando, sin fijarse en que él ya se la había guardado.
Alberto se acercó por detrás a ella, y le dijo al oído.
- No vuelvas a acercarte a mí en tu puta vida.
Entonces ella se dio cuenta de lo que había ocurrido y colocándose las braguitas y la falda, con ira en la mirada le dijo.
- Me vas a follar, algún día, me follarás, me lo darás todo.
- Ni lo sueñes.
- Tú, tú eres el que vas a soñar con follarme, con terminar esto que has empezado. No vas a poder resistirte.
Alberto se dio la vuelta y salió del trastero.
Rebuscó entre los troncos y seleccionó varios. Cogió dos o tres y dejó otros tantos en la mesa junto a la parrilla. Ella salió, se colocó el cabello, y cogió la leña. Sin hablar volvieron a la casa.
- Toma Merche, ¿dónde los ponemos? Preguntó Mónica.
- A ver, cogió los troncos y los colocó formando un salva mantel. - Habéis tardado un poco ¿no?
- Es que Alberto no se decidía.
- Es muy meticuloso con todo.
- Sí, eso me ha parecido, al principio coge uno y luego decide que no lo quiere.
- Él es así. Rio Merche.
Durante la comida, Mónica volvió a sentarse junto a Alberto, con la excusa de la carrera.
En varias ocasiones, le pasó el pie descalzo por la pierna, en otras ocasiones, directamente le ponía la mano en la entrepierna.
Para Alberto la comida fue un suplicio. Pero por fin llegó a su fin.
A media tarde, Merche y Alberto salían de aquella casa, Irene se quedó con su hermano.
Cuando se despedían, Mónica le dijo muy bajito.
- Me follarás, ya lo verás, algún día me follarás.
- Te he dicho que ni lo sueñes.
- Cuando se la metas a ella, pensarás que es mi coñito.
Mónica se separó de Alberto y se despidió de Merche.
- Qué envidia me das Merche.
- Anda ¿y eso?
- Alberto es tan guapo, tan caballero…
- Tengo suerte ¿verdad?
- Pues sí, cuídale, la suerte no dura siempre.
Y se alejó de ellos, metiéndose en la casa.
Los dos se miraron, y caminaron hacia el coche.
En el camino de regreso, Merche le preguntó:
- ¿Cómo tardasteis tanto con la leña?
- No te lo vas a creer.
- ¿Qué ha pasado?
Alberto le contó todo, por supuesto a excepción de que se la había metido y lo había disfrutado. Le contó cómo se la había agarrado, cómo se la sacó, cómo se la chupó, y cómo él consiguió zafarse.
- ¿Pero llegó a chupártela?
- Fue muy rápida, a ver se la metió en la boca, pero la aparté.
- Cómo es posible, que haya podido llegar hasta ahí.
- A ver cariño, no quería hacerle daño, podía haberla apartado con brusquedad, pero ¿y si le hacía daño?
- Joder Alberto, que te la ha chupado…
- Ya, pero casi no me ha dado tiempo a enterarme, además no la tenía ni dura.
Merche puso cara de circunstancias, y añadió:
- Joder con la niña.
Cuando llegaron a casa se cambiaron de ropa, se pusieron más cómodos, más sport y bajaron a pasear.
Iban por la calle, agarrados de la mano, caminando en dirección al parque del torreón.
- No me quito de la cabeza a la putita de la niña dijo Merche.
- Pues deberías, no pasó nada.
- Pero es que llama la atención, tan mosquita muerta…
- Ya ves.
El teléfono de Alberto comenzó a sonar. Alberto lo miró:
- Es Julia.
- Cógelo ¿no?
Alberto pulsó el manos libres, y mientras respondía se sentaron en un banco.
*/¿Sí? Julia, ¿qué tal?
*/Hola, ¿qué tal las fiestas?
*/Pues en familia, ya sabes, la de ella, Imagínate.
Merche le dio un codazo y añadió ella.
*/Es un exagerado Julia, ni caso.
*/Merche guapa, ¿qué tal?’
*/Aguantando al idiota este.
*/Así me gusta que os queráis, jajaja.
Alberto preguntó.
*/¿Bueno qué? ¿sólo has llamado para meteros conmigo?
*/No que va, a ver os cuento. Los del restaurante, y hotel, o sea los hermanos siniestros.
*/Jajajaj.
*/Nos han propuesto que cenemos con ellos en nochevieja.
*/Anda ¿y eso?
*/Según nos han contado, En noche vieja, tanto el hotel como el restaurante, los cierran, y organizan una cena, fiesta y todo, con todos los empleados que quieran ir.
*/Anda, mira con lo agarraos que parecen. Dijo Merche.
*/El caso es que, Javier ha estado hablando con algunos empleados, y le han dicho que es verdad, que se lo pasan de puta madre, y en general a la gente le molaría que participáramos.
Alberto entonces preguntó:
*/Pero tendremos que colaborar económicamente o algo ¿no?
*/Javier ha pensado, que nos podemos encargar de la decoración del salón, de poner luces, y esas cosas.
*/Pues a mí me parece bien dijo Alberto.
*/¿Has hablado con los demás?
*/No, de momento solo contigo.
*/Pues mañana si queréis lo comentamos entre todos, cuando lleguemos.
*/Pero ¿volvéis mañana ya?
*/¿Y cuándo vamos a volver?
*/No sé, mañana viene Joaquín también.
*/No puede pasar tanto tiempo sin ti añadió Merche.
*/Sera eso.
*/Pues mañana por la mañana vamos para allá, si estáis por la casa, comemos juntos.
*/Perfecto. Nos vemos.
Los dos se quedaron un rato en el parque, caminaron por las sendas, y terminaron llegando al puente de madera.
En mitad del puente, abrazados, miraron hacia un edificio y Merche dijo:
- Molaría vivir ahí.
Alberto la miró, sin decir nada.
- Algún día viviremos ahí.
- Pero ahí, justo ahí.
- Merche eres tan perfecta, que has elegido el piso que yo elegí hace mucho, cuando paseaba por aquí.
- Pues ya está todo hablado.
Y se besaron.
Se abrazaron, en mitad del puente de madera, el mismo puente que unos meses atrás sirvió de escenario a los besos de Alberto y Lourdes.
Alberto era feliz y no se volvió a acordar de la niña.