La propuesta

Feliz año 2025 con el firme deseo de que Jorge por fin deje embarazada a Beatriz...:giggle::giggle::giggle::giggle:;););););):follar1::follar1::follar1::follar1::follar1::banana1::banana1::banana1::banana1::banana1::banana1::banana1:🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻🍻
 
Capítulo 13



Escuché unos ruidos y me levanté intentando no despertar a Álex, que dormía plácidamente en la cama de al lado tapado con una fina sábana. En la cocina se encontraban Cayetana y mi suegra. Le di un beso en la mejilla a mi novia y me dijo que saliera al patio mientras me preparaba un café y unas tostadas.

Desayunamos los dos solos en el jardín. Sus padres lo habían hecho mucho antes y mi suegro ya se había ido bien temprano a dar un paseo por su cuenta.

―¿Qué tal has dormido? ―me preguntó Cayetana.
―Bien, aunque hacía un poco de calor, ahora hace más fresquito…
―Sí, aquí en el jardín se está de maravilla ―dijo mi novia con el ceño fruncido.
―¿Estás bien?, pareces enfadada…
―Ya sabes lo que me pasa, lo de siempre, ¡qué cruz tengo, de verdad!
―¿Lo dices por Marta?
―Pues claro, por quién si no… Anoche fue a tu habitación, ¿no?
―Sí.
―Me pidió que vinieras a dormir contigo y ella se pasaba a vuestra habitación, y como le dije que no, se enfadó, y como siempre se tiene que salir con la suya, al final, por sus narices, tuvo que ir a ver a su novio, aunque estuvo poquito…
―Lo suficiente ―afirmé en bajito levantando las cejas.
―¿En serio?, ¿hicieron algo?, ¡¡pero si estabas tú!!
―Yo creo que se pensaban que estaba dormido.
―¿Y no le dijiste nada a mi hermana?
―¿Y qué le voy a decir?
―Pues cualquier cosa antes de que se pongan a hacerlo delante de ti, por lo menos que supieran que no estabas dormido.
―No lo sé, no lo pensé…
―¡Es increíble lo de esta chica!, ¿en serio se acostaron? ―me preguntó bajando la voz y acercándose a mí para que no lo escuchara su madre.
―Sí. Fue rápido, pero intenso.
―¿Te gustó escucharlos o qué…?
―No, claro que no, cómo me va a gustar eso…
―¡No se corta un pelo!, y siempre hace lo que le da la gana. En cuanto se levante, se lo pienso decir.
―Noooo, no digas nada… o yo quedaría fatal. Tampoco es para tanto, son jóvenes, ya sabes que siempre van revolucionados…
―Pues nada, que se salga con la suya, ¡¡como siempre!!, es que te juro que no la soporto…
―¡Buenos días! ―Y al girarnos vimos a Marta que vino directa hacia nosotros y se sentó en la misma mesa.
―Ve a servirte el desayuno, maja…
―Ya me lo trae mamá, tranquila…, mmmm, me encanta este sitio, ¡he dormido de maravilla!, ¿tú no, Jorge?

Se levantó Cayetana con un movimiento brusco y me dejó a solas con su hermana en el jardín.

―Eeeeeh, sí, sí, muy bien…

Y la muy zorrita me echó una mirada picarona mientras su madre se acercaba con una bandeja en la que le traía el desayuno. Apoyó el pie en la silla y me dejó contemplar todo el muslo. Tan solo llevaba una camiseta amplia con el cuello holgado, por lo que se le veía el sujetador y yo me quedé mirando su pierna, que me mostraba relajada, mientras le daba un mordisco a la tostada.

No tardó en regresar Cayetana, que, al encontrar a su hermana en esa pose, se lo recriminó.

―Pero ¿te quieres sentar bien?
―Anda, me sentaré como me dé la gana, a mí me gusta estar así…
―Por lo menos te podías tapar un poquito.
―Voy con una camiseta y no se me ve nada ―dijo mirando hacia abajo tratando de colocarse el trapito, aunque era inútil, pues, si tiraba por un lado, se destapaba por el otro―. Además, aquí estamos en familia, como si me apetece desayunar en biquini, ¿hay algún problema?
―No, tú nunca tienes ningún problema con nada… Habíamos dicho que íbamos a salir para las piscinas sobre las 11:30. ¿Vas a despertar a tu novio o tenemos que esperar todos a que se levante el señorito?
―Este se habrá quedado hasta las tantas viendo el móvil. Siempre hace lo mismo.
―Pues ahora, cuando termines, si te parece bien, claro ―dijo Cayetana en modo irónico―, le despiertas, así nos podemos ir preparando todos…

Por suerte aparecieron mis suegros y terminaron con la discusión entre hermanas.

―He estado preguntando a un vecino y me ha dicho que el camino hasta las piscinas no está muy bien ―anunció el padre de Cayetana―. Hay un tramo de carretera que sí, pero los últimos cinco kilómetros debe ser un camino de cabras lleno de baches y agujeros… Lo digo por Álex, no creo que pueda subir hasta allí con la moto.
―¡Estupendo! ―soltó con sorna mi novia.
―Si tengo que hacer dos viajes para llevaros a todos no me importa ―dijo mi suegro.
―No, ¿cómo vas a hacer dos viajes?, se tarda más de media hora en llegar, al final te pegas una paliza. Nos metemos en el coche los seis como podamos y ya está… ―comentó Marta―. Yo me siento encima de Álex…
―Como nos pillen, ya verás qué multa nos meten… ―le advirtió Cayetana.
―Tú como siempre, ya tuvo que hablar doña perfecta. Alguna vez te podrías arriesgar un poquito… y disfrutar más de la vida, que no pasa nada. ¡Estás amargada todo el día! ―le recriminó su hermana.

Y antes de que se volvieran a enzarzar en otra discusión, intervinieron sus padres y al final decidimos que iríamos los seis en el coche. Me acompañó Marta hasta la habitación y le subió la persiana a Álex.

―¡Venga, despierta!, que salimos en media hora… ―Y se agachó, se sentó en la cama y le dio un beso.
―¡Uf, qué sueño!, ¿qué hora es? ―preguntó un somnoliento Álex, que nos recibió con una bonita erección matutina.
―Pues casi las once ya… ¿Hasta qué hora te quedaste ayer con el móvil?
―Y yo qué sé, tía, serían las cuatro o las cinco. Me pego una ducha y nos vamos…
―Te preparo algo de desayunar y te lo dejo en el patio, venga, date prisa ―le dijo Marta dándole un beso antes de salir de la habitación.

No crucé con él más de dos palabras. Cuando salió de la ducha, le sustituí yo y ni le pude comentar que me había dejado el plato lleno de jabón y de pelos. El chico iba a lo suyo y pasaba de mí totalmente. Bueno, más bien pasaba de todo en general. Al cabrón lo único que le importaba era el móvil y follarse a Martita.

Nada más.

Un poco más tarde de lo previsto, dejamos todas las bolsas y mochilas en el maletero del 3008 y nos dispusimos a subirnos los cuatro en la parte de atrás. La primera que se montó fue Cayetana, en el medio Álex, Marta se puso encima y yo al otro lado.

La hermana de mi novia llevaba un vestido blanco de lino y se le transparentaba todo el biquini negro por debajo. No había lugar a dudas de que la braguita era tipo tanga y me quedé mirando cómo acomodaba su culo en el regazo de Álex, que la cogió por la cintura.

―¿Vais todos bien ahí detrás? ―nos preguntó su padre antes de salir.
―Sí, ya estamos listos ―le contestó Cayetana.

El primer tramo de carretera estaba más o menos bien, pero a falta de unos seis kilómetros cogimos un desvío y nos metimos por un camino parcelario en bastante mal estado, lleno de agujeros, aunque era bastante amplio y cabían bien dos coches. Al primer bache, Marta pegó con la cabeza en el techo y la madre le pidió al conductor que fuera muy despacio.

Otra vez miré hacia abajo y ahora el culo de Marta rebotaba incesantemente contra el paquete de su novio. Intenté disimular ojeando el móvil, pero no podía dejar de contemplar esos glúteos aplastados en los muslos del niñato, que debía estar pasando un buen rato con el traqueteo del coche.

El padre de Cayetana tuvo que ir bastante lento, por lo que ese tramo, por lo menos, duró veinticinco minutos y ver esos rebotes continuos del culo de Martita reconozco que me pusieron caliente. Cuando llegamos a las piscinas, el novio de Marta se quejó de que se le había dormido una pierna, pero tampoco parecía muy disgustado, porque lucía una tremenda erección bajo las bermudas.

¿Es que se pasaba todo el día empalmado?

Las piscinas termales no eran de acceso libre, así restringían un poco los visitantes y solo se podía ir bajo reserva y un número limitado de personas. Había varias zonas de baño, diferentes piscinas con agua caliente y fría, jacuzzis con burbujas, cascadas…; una especie de spa natural y al aire libre, con unas vistas espectaculares.

Lo mejor de todo era la tranquilidad que transmitía el sitio, el paisaje, y que no había mucha gente. Salió Cayetana de los vestuarios con un biquini blanco muy bonito, que yo no conocía, y Álex le pegó un buen repaso a mi chica, aunque enseguida nos separamos y cada parejita decidió probar una cosa.

Nosotros empezamos por las duchas de agua fría y después fuimos a una enorme piscina natural para notar el contraste. Cayetana estaba bastante callada y al ver que se encontraba muy seria le pregunté qué le pasaba.

―Nada, estoy bien…
―A mí no me engañas, yo sé lo que te ocurre.
―Bah, da igual.
―Estás así por lo que ha dicho tu hermana…
―¿Tú piensas eso de mí?, ¿que soy una amargada?
―Claro que no. Lo primero es que no eres ninguna amargada, eres seria, discreta, elegante, correcta y eso me encanta, sí. Quizás podrías romper las reglas alguna vez, pero a mí me gustas así. Es que no se puede ser más perfecta y encima eres un bellezón…
―Es que ella es la guay, la simpática, la que cae bien a todo el mundo, la que nunca tiene ninguna responsabilidad y, además, está buenísima. ¿Crees que debería empezar a hacer deporte?
―Deja de pensar en tu hermana. Te he dicho mil cualidades que me gustan de ti y tú erre que erre con Marta. Haz deporte si te apetece, pero no por tu hermana, para mí así estás muy buena…
―Quizás debería empezar a hacer algo, como Lucía (una amiga suya), lleva un año con una entrenadora personal y el cambio que ha tenido es increíble; o Marta, desde que empezó con eso del crossfit, se le ha puesto un culo que…
―Ya le gustaría tener tu elegancia y tu cuerpo tan esbelto…
―Deja de decirme esas cosas, que al final me lo voy a creer… ―murmuró Cayetana apoyándose en mi hombro y dándome un beso en el cuello.
―Mira el novio de tu hermana. Te ha pegado un buen repaso cuando te ha visto en biquini.
―¿Ah, sí?, ni me he dado cuenta. ¡Menudo idiota que es el pobre!
―Tiene dieciocho años, está muy salido. Y esto quizás no te lo debería decir, pero… va bien dotado, ja, ja, ja…, más que bien, diría yo.
―Anda, no digas esas bobadas, ¿y tú qué sabrás?
―Le he visto en la habitación. Desnudo. No me extraña que tu hermana esté durando tanto con él…
―Pues será por eso, porque luces tiene bien poquitas.
―¿Vamos a otro sitio?
―Sí, ese jacuzzi tiene muy buena pinta, parece que nos está llamando…

Salimos del agua y nos metimos en el jacuzzi, encendimos las burbujas y Cayetana se puso muy acaramelada conmigo, reposando su cara en mi brazo.

―Te quiero mucho…
―Y yo también ―contesté.

Estábamos tan a gusto que ni nos dimos cuenta cuando aparecieron Marta y su novio.

―¿Se puede? ―preguntó ella, metiéndose sin tan siquiera esperar la respuesta.

Cayetana resopló, recuperó la posición con la espalda recta y le echó una mirada inquisitoria a su hermana. Yo no pude evitar fijarme en el culito de Marta, que me restregó por la cara antes de tomar asiento y se situó justo enfrente de mí.

―¿Vamos a otro sitio? ―me pidió Cayetana y yo asentí como disculpándome con los recién llegados.

Al ponernos de pie, me fijé en cómo Álex le pegaba otro buen repaso visual a Cayetana. El niñato no se cortó un pelo y siguió con la mirada las largas piernas de mi novia hasta detenerse en su culo. Le ayudé a salir, dándole la mano y luego, al fijarme en la parejita que se quedaba en el jacuzzi, Marta sonreía y su novio continuaba auscultando con detalle a Cayetana.

Por el camino nos cruzamos con mis suegros y fuimos a la zona de las cascadas, en las que no había nadie. Nos metimos en la piscina y después nos quedamos debajo de un chorro, agarrados de la mano y, cuando menos se lo esperaba Cayetana, le acaricié el culito, apretando con ganas sus glúteos.

―Estás muy guapa con ese biquini… Lo mismo esta noche soy yo el que tiene que hacerte una visita a la habitación…
―Anda, no digas tonterías.
―¿No te gustaría?
―Ya sabes que sí, pero es imposible, mis padres están durmiendo en la habitación de al lado…
―Pues mando a Álex para allá, y tú te vienes conmigo, ja, ja, ja, así le demuestras a tu hermana que de vez en cuando rompes las reglas…
―Y que no soy una amargada, ¿no?
―Eso lo dices tú.
―Sabes que me gustaría, pero ya solo nos queda una noche, la semana que viene buscamos un hueco para estar juntos, ¿vale?, si no vamos al cine…
―Vale, aunque me va a costar esperar tantos días.
―El luuuunes quedamos, tonto…
―Mmmmmm…, pero esta vez en el cine no te va a servir solo con pasarme el dedito ―murmuré volviendo a bajar la mano y acariciando su trasero―. Y, por cierto, al salir del jacuzzi, Álex te ha vuelto a mirar el culo…
―¡Qué personajillo! ¿De dónde sacará a estos panolis mi hermana?… No sabe ni atarse los cordones, parece que le falta un verano.
―Ja, ja, ja, sí, ¿verdad? No he cruzado tres frases con él en todo el finde. Se tumba con el móvil y los cascos y como si estuviera solo…
―Entonces, igualito que mi hermana.
―¡Uf, qué ganas te tengo! ―dije colando un par de dedos por debajo del biquini y tocando directamente su culo.
―Shhh, vale, Jorge, que aquí pueden vernos y eso me incomoda mucho.
―Lo sé, tonta, ya me paro. ―Retiré la mano y le di un besito en la frente.

Me costó dejar de acariciar a Cayetana. Entre el exhibicionismo continuo de su hermana y la escenita de por la noche, cuando se pusieron a follar delante de mí, había ido acumulando un buen calentón y con solo tocar su culo ya se me había puesto dura bajo las bermudas.

Todavía disfrutamos de una hora más del complejo de las piscinas y al final nos tocó esperar unos minutos mientras Álex le hacía un reportaje fotográfico a Marta, lo cual incrementó el cabreo de mi novia con su hermana pequeña.

Después de cambiarnos, llegamos andando hasta el parking y al subir al coche de mis suegros Cayetana se situó a la izquierda, Álex en el centro y Marta se quedó esperando a que subiera yo primero. La miré extrañado, pues debía pasar ella para sentarse sobre las piernas de su novio, pero mi cuñada tenía otras intenciones.

―Antes se le han dormido las piernas a Álex. Creo que es mejor que vaya encima de ti… ―dijo como si nada.
―¿Encima de mí…? ―traté de replicarla, aunque no me salían las palabras.

Glup. Tragué saliva y miré alrededor a ver si alguien me echaba un cable, pero los padres de Cayetana no le dieron ninguna importancia al comentario y el novio de Marta no parecía dispuesto a volver a cargar con su novia. En ese momento me fijé en su vestuario y me quedé de piedra al ver que llevaba el mismo vestido de lino blanco, pero debajo se había cambiado y ahora se le transparentaba un tanguita blanco.

Pasé con timidez al interior del coche y miré a Cayetana, que era la única que no se había enterado de lo que pasaba y, sin tiempo que perder, Marta se sentó encima de mí y cerró la puerta.

―¿Pero qué haces? ―protestó mi novia al ver a su hermana pequeña sobre mis piernas.
―Ahora le toca a Jorge, que antes Álex ha llegado con las piernas dormidas; además, Jorge está más fuerte, se nota que juega al fútbol y seguro que ni se entera…
―Bueno, ya lo que me faltaba…
―¿Qué pasa, Caye? ―le preguntó su madre.
―No, nada…
―Bueno, hija, que solo son veinte minutillos…, enseguida llegamos a la casa rural…
―Veinte minutillos, Caye ―repitió Marta con sorna para picar un poco más a su hermana.

El coche se puso en marcha. Yo no sabía ni dónde meterme. Bajé las manos y las apoyé en el asiento para que no hubiera ningún malentendido. La espalda de Marta me impedía ver el camino y mi mirada se dirigió involuntariamente a su trasero, que reposaba sobre mis muslos; pero, en cuanto el coche comenzó a pillar baches, el culo de Marta fue cediendo y en un par de minutos ya lo tenía encima de mi paquete.

No creo que lo hiciera a propósito, de hecho, ella retomó su posición inicial, incluso se sentó casi encima de mis rodillas, pero ese mínimo contacto me provocó una incómoda erección, que no podía ocultar. Y al siguiente traqueteo, otra vez me plantó sus redondos y prietos glúteos en mi dureza, y el coche comenzó a dar pequeños botes cortos y secos, lo mismo que el culo de Marta sobre mí, que hizo que me palpitara la polla.

Rompí a sudar aunque la temperatura no fuera muy alta, pero es que el cuerpo de Marta desprendía mucho calor y ahora ya no se movía de esa posición. Me aplastaba los huevos y me daba golpecitos constantes con el culo en la polla. No sé si lo hacía de manera intencionada, pero la cabrona parecía que lo estaba disfrutando y exageraba los movimientos del coche, acompasando sus caderas y comenzando un lento vaivén como si estuviéramos follando.

―¿Vas bien, Jorge? ―me preguntó de repente su madre.
―Eeeeh, sí, sí, sin problema…

Miré hacia la izquierda y me encontré a Cayetana, que negaba con la cabeza, resoplando, y luego se giró hacia la ventanilla para no ver el zorreo que se traía su hermana conmigo. Y eso que no se había percatado de nada, si no, se hubiera montado una buena.

Yo no sabía ni qué hacer. Álex pasaba de todo y solo estaba pendiente del móvil y los padres de Cayetana iban hablando, ajenos a lo que sucedía detrás. En uno de los hoyos, Marta casi sale despedida e incluso se golpeó con la cabeza en el techo, por lo que tuve que agarrarla de la cintura para que no saliera volando.

Cuando fui a retirar la mano, ella no me dejó y puso la suya sobre la mía, aprisionándola en su cintura, casi pegados a la puerta, para que nadie pudiera verlo, y buscó acomodar mi polla entre sus glúteos. No se cortó un pelo. Estaba claro que ya se había dado cuenta de mi erección y la niñata se lo quería pasar muy bien a mi costa.

No tenía escapatoria ni podía protestar, así que lo único que hice fue dejarme llevar e incluso se me escapó un gemidito una de las veces que Marta me restregó su culazo desde la base hasta mi sensible capullo, y luego se sentó bien sobre mí sin parar de darme golpecitos, con lo que empecé a ponerme realmente cachondo.

Se volvió intentando mirarme de reojo, y Marta apretó más su mano contra la mía, mordiéndose los labios y poniendo una cara de zorra acojonante. Yo no estaba haciendo nada, me repetía a mí mismo, solo sudaba y permitía que la hermana de mi novia me «follara sin follar».

Y de repente entendí que ese movimiento de cadera podía hacerme explotar en cualquier momento.

Por suerte, Marta me dio un poco de tregua y avanzó treinta o cuarenta centímetros para acomodar otra vez su trasero sobre mis muslos. Ya no quedaba mucho de camino parcelario, apenas un kilómetro, y ella se inclinó hacia delante y le preguntó algo a su madre, que ni tan siquiera escuché, Con la mano en su cintura, me fijé en cómo abría un poco las piernas y me mostraba orgullosa ese culo de gimnasio.

Retiré mi mano avergonzado, Marta me liberó de esa tortura, y ya me dejó tranquilo cuando el coche llegó a la carretera asfaltada. No se me bajó la erección en todo el viaje y resoplé aliviado al llegar a la casa rural. Marta me dio un par de golpecitos cariñosos en las piernas antes de bajarse del coche y yo salí después sin saber cómo ocultar mi empalmada al abandonar el vehículo.

Cayetana estaba tan enfadada que ni se fijó en mis bermudas, lo mismo que Álex, que estuvo con los cascos puestos todo el viaje; pero Marta contempló divertida su hazaña e incluso se permitió el lujo de vacilarme al pasar a mi lado y coger su mochila del maletero.

―No se te han dormido las piernas, ¿no? Ya te dije que estabas más fuerte que este… y yo también he ido más cómoda, así que, si no te importa, mañana repetimos…
―Eso lo tendrá que decidir Jorge, no tú, que eres muy pesada ―le recriminó su hermana―. A mí no me parece bien…
―Ya está doña perfecta, que no pasa nada, hija. Y por aquí no veo mucha guardia civil para que nos pueda multar… Y a tu novio le da igual, no como a ti, ¿verdad, Jorge?
―Eh, sí, claro, eeeeeh, no me importa ―balbuceé tapándome el paquete con la bolsa de las toallas.
―Media horita para ducharnos y cambiarnos y salimos a comer ―anunció su padre mirando el reloj.

No pude hablar con Cayetana y fui directo a la habitación a pegarme una ducha y vestirme con un vaquero corto y un polo. Álex ni se metió bajo al agua y se puso la primera camiseta que pilló en su mochila, con unos pantalones de lino bien arrugados.

Fuimos los primeros que nos cambiamos y enseguida llegaron mis suegros, aunque nos tocó esperar casi media hora a las dos hermanas, que aparecieron discutiendo por lo que había tardado Marta en ducharse.

―El restaurante está en el pueblo, así que nosotros bajamos en la moto ―afirmó Marta, con el pelo todavía húmedo, cogiendo el casco y situándose a la espalda de Álex, que arrancó como alma que lleva el diablo. Tuvo que anudarse una cazadora vaquera detrás o se le hubiera visto el culo con el vestidito rojo tan corto que se había puesto.

En el coche Cayetana se sentó con los brazos cruzados, con la mirada perdida, y yo le hice una caricia en el brazo y le pedí que pasara de ella.

―Luego, si quieres, damos una vuelta y tomamos algo si te apetece…
―Vale ―contestó de manera seca.

Después de comer pasamos la tarde visitando el pueblo y, cuando comenzaba a anochecer, mis suegros nos invitaron a cenar en una terracita muy agradable, pero, en cuanto sirvieron los postres, Álex y Marta se despidieron de nosotros.

―No volváis tarde y cuidado con la moto, por favor. Si vais a beber, volved en taxi o nos llamáis ―le pidió su madre.

Nosotros nos quedamos un ratito más con ellos, dimos otra vuelta y terminamos comiendo un helado. Sobre las doce y media nos dijeron que se volvían al alojamiento rural y hacía una noche tan agradable que a Cayetana y a mí nos apeteció caminar por el pueblo y tomar una copa en alguno de los cinco o seis bares que había.

El pueblo era pequeñito, pero tenía un ambientazo increíble de fiesta y en el primer bar que entramos nos encontramos a la parejita casi de frente. Se estaban comiendo la boca en un lateral de la barra sin importarles que el bar estuviera lleno. Las manos de Álex sobaban el culo de Martita por encima del vestido rojo con todo el descaro del mundo y, antes de que nos vieran, Cayetana me pidió ir a otro sitio.

―¡También vaya casualidad!
―Tampoco es extraño, no hay tantos bares como para no coincidir con ellos…
―¡Madre mía!, qué espectáculo estaban dando…, ¡qué vergüenza, por favor! ―dijo Caye.
―Es lo más normal del mundo en este tipo de sitios, que dos chicos de su edad se estén morreando…
―Parecía una cualquiera con ese vestido y dejándose manosear así… de esa forma tan vulgar.
―¿Podemos hablar de otra cosa? Estás todo el santo día con tu hermana, pasa de ella, ya te lo he dicho mil veces.
―Sí, perdona, Jorge…
―Y, por cierto, a mí no me importaría hacer lo mismo que ellos ―bromeé dándole la mano y caminando hacia otro lado.
―¡Muy gracioso!
―Estás muy guapa con ese vestidito verde, mmmmm.

En el siguiente bar estuvimos más tranquilos, no había tanta gente. Cayetana se tomó un refresco light y yo una copa bien cargada. El día había sido demasiado intenso. Yo no podía dejar de mirar a mi novia y la provoqué pegándome a ella todo lo que pude. De vez en cuando nos dábamos algún beso furtivo, pero eso me sabía a poco.

Todavía me duraba el calentón por lo que había pasado en el coche con Martita, y verlos en el bar morreándose de manera salvaje, y esas manos de Álex sobando su culazo, me habían vuelto a encender.

―¿Habría la posibilidad de perdernos en algún sitio tranquilo?, uf, necesito estar contigo, mucho…
―A mí también me gustaría, Jorge, perooo…
―Podemos ir a la casa rural. Tiene un jardín amplio, ahora está oscuro y tus padres estarán durmiendo. Seguro que fuera hay algún sitio… discreto.
―¿Tú crees?
―Seguro. Terminamos esto y nos pillamos un úber ―dije mirándola fijamente para que viera en mi cara lo excitado que estaba.

Media hora más tarde entramos en el alojamiento rural, dimos una vuelta a la casa, inspeccionando los jardines, y nos situamos en la parte de atrás, donde la luz de los farolillos apenas nos alumbraban.

―Aquí estaremos bien ―susurré buscando su boca.
―Uf, Jorge, no quiero hacerlo así de pie contra la pared…
―Venga, Caye, solo un poquito… ―Y agarré su mano y la llevé a mi paquete.
―¿Quieres que te haga…? ¿Aquí?
―Sí, por favor… ―le pedí colando la mano por debajo de su falda y agarrando sus glúteos por encima de las braguitas.

Ella me apretó la polla y me pegó un par de sacudidas, masturbándome sin llegar a sacármela. Creo que Cayetana estaba dispuesta a hacerme una buena paja, cuando escuchamos el inconfundible ruido de la moto de Álex.

―¡Qué oportunos! ―suspiró Caye― ¿Y ahora qué hacemos?
―No te muevas, que aquí no pueden vernos…
―¿Y si hacen lo mismo que nosotros? Tampoco me extrañaría mucho, tal y como estaban en el bar…
―¡Joder, no lo había pensado! Vamos a entrar deprisa en casa por la puerta de atrás, como si acabáramos de llegar ―dije tirando de su brazo.

Nos despedimos con un beso furtivo, dejé a Cayetana en su habitación y rápido me metí en la mía. Cerré la puerta y con calma me lavé los dientes, me quité la ropa y me dejé caer en la cama, con tan solo una camiseta para dormir.

Un minuto más tarde, entraron sigilosos los dos en la habitación, ni tan siquiera me había dado tiempo a apagar la luz y se quedaron sorprendidos al verme.

―Ah, hola, Jorge, pensamos que… ―dijo Marta que no supo acabar la frase―. Bueno, ya me voy…
―Nooooo, quédate ―le pidió Álex, al que le daba igual que yo estuviera despierto, soltándole una palmadita en el trasero.
―Hoy no, Álex, no podemos…, me tengo que ir, buenas noches, chicos. ―Y se despidió Marta con un beso que en nada tuvo que ver con el que yo me había dado con su hermana. Se comieron la boca unos segundos en medio de la habitación, e incluso Álex se atrevió a meter sus manos por debajo de la faldita de Marta―. Tengo que irme…
―Noooo, no te vayas…, por favor…
―Álex, vale ―insistió revolviéndose para que su novio dejara de sobarla, pero con el movimiento pude ver sus glúteos desnudos apenas un segundo.

Ya se los había visto en biquini muchas veces, aunque me dio mucho más morbo aquella visión furtiva y comprobar que Martita tan solo llevaba un tanguita de hilo negro bajo su vestido. Y al pasar a mi lado me hizo una leve caricia en el hombro.

―Buenas noches a ti también, Jorge… ―dijo saliendo de la habitación, dejándome otra vez a solas con su novio.

Se tiró en la cama con un resoplido y se quitó las deportivas de un puntapié. Lanzó la camiseta contra una silla y después echó una abundante y ruidosa meada antes de volver a la cama y recostarse con el móvil en la mano.

―¿Te importa si apago la luz? ―le pregunté imitando su postura, ojeando el móvil antes de dormir.
―No, tío…, ¡uffff, qué putada, eh! ―dijo en cuanto nos quedamos a oscuras.
―¿Perdona? ―Y miré en su dirección para ver qué hacía.
―Que qué putada que hayan venido los padres de Marta. Hubiéramos estado mejor los cuatro solos, ¿no crees? ―me soltó intentando entablar un mínimo de conversación por primera vez en todo el fin de semana.
―Hombre, era un finde familiar, nos han invitado ellos a las piscinas…
―Sí, por eso te decía, que casi mejor haber estado solos en un sitio así. ―Y se rascó el paquete de manera exagerada.

Un enorme bulto se le marcaba bajo el bóxer negro y estaba claro que mi compañero de cuarto también llevaba un buen calentón encima.

―Oye, ¿Cayetana tiene Insta…?, es que no la encuentro… ―me preguntó de repente.
―No, ella pasa de esas cosas, aunque yo sí tengo, por si quie…
―Era para agregarla y que ella me siguiera a mí. No tengo tantos seguidores como Marta, pero yo también tengo 3245, eh… ―me dijo como si fuera el mayor logro del mundo mundial.
―Enhorabuena, estás hecho todo un influencer… ―ironicé con Álex, aunque creo que no captó mi tono bromista.
―Todavía no, pero me molaría mucho en un futuro…

Después de un par de minutos de silencio, me llegó una notificación de esa red social. Marta había subido tres fotos que su novio le había hecho por la mañana; en tanguita, dos de frente y la última de espaldas para lucir su culazo frente a la cascada.

―Ya está Marta subiendo fotos… ¿La tienes agregada en el Insta?
―Sí…
―Se las he hecho yo. Creo que han quedado muy bien…
―¿Ah, sí? ―quise disimular, como si estuviera viendo otra cosa, pero amplié la tercera foto.

Me dio morbo estar visualizando a Marta delante de su novio sin que él lo supiera y, además, con el añadido de que él hubiera hecho la foto. Enseguida comenzaron a llegar los «me gusta» y me pregunté qué sentiría al saber que era más que probable que muchos de esos seguidores se pajearían con su novia.

―¿Ya las has visto? ―añadió impaciente.
―No, estoy con otra cosa… Apenas entro en ********* ―mentí.
―¡Uf, qué calor hace, así no hay quien duerma! ―resopló, aunque a mí tampoco me parecía que fuera para tanto.

Al mirar hacia él me lo encontré manoseándose el paquete. Estaba claro que el chiquillo tenía ganas de aliviarse antes de dormir.

―¿Te molaría intercambiar alguna foto? ―me soltó el muy cretino.
―¿Intercambiar?
―Sí…, tú me pasas de Caye y yo de Marta. Tienes de ella desnuda, ¿no? Bueno, hoy me valdría en biquini también…

La desfachatez de ese crío no tenía límites, y lo peor es que me lo acababa de espetar con naturalidad, como si fuera algo cotidiano entre los jóvenes lo de pasarse fotos de sus chicas. Era todavía más descerebrado de lo que pensaba, a cada minuto se superaba a sí mismo.

El niñato era una polla con patas y gorra. Y, por lo que parecía, esa noche le apetecía pegarse un homenaje con mi novia.

Le podía haber mandado a la mierda, pero era tontería discutir con él, no tenía nada que ganar y pasaba de ponerme a su nivel, aunque la idea de que tuviera fotos de Marta desnuda en su móvil había conseguido llamar mi atención.

―No tengo de Caye desnuda, y, si tuviera, no te las iba a pasar; y por supuesto no quiero ninguna de Marta. ¡Es la hermana pequeña de mi novia, tío!
―Pues es una pena, porque tu piba está bastante buena, uffff…

Ni le contesté. ¿Para qué?

Dejé el móvil en la mesilla, me di media vuelta y traté de dormirme lo más deprisa posible. Entonces recordé las palabras de Marta al bajar del coche. Otra vez se me iba a sentar encima cuando viajáramos a las piscinas naturales e irremediablemente sufrí una nueva erección, y es que el fin de semana se me estaba empezando a hacer muy largo.

Unos minutos más tarde, ya en duermevela, sentí que Álex se movía más de lo normal. Se debía estar pajeando, seguro que fantaseando con mi novia, pero me dio igual…; total, al día siguiente Martita me iba a restregar su culo delante de sus narices, así que hice el esfuerzo por no girarme en la cama.

No me apetecía mucho, antes de dormir, contemplar la visión de Álex sacudiéndose su pollón…


Capítulo 14



Preferí no comentarle nada a Cayetana sobre la conversación tan interesante y profunda que había mantenido por la noche con el novio de su hermana. Me daba hasta vergüenza ajena decirle que Álex me había pedido un intercambio de fotos y desayunamos tranquilamente con sus padres en el jardín.

No teníamos ninguna prisa en salir hacia las piscinas naturales y esperamos pacientes a que se levantaran Marta y Álex, ya pasadas las once de la mañana. Mi cuñada, con unos shorts vaqueros más largos de lo que ella acostumbraba a llevar, camiseta blanca de tirantes y con el pelo despeinado en un moño mal hecho, tenía unas buenas ojeras y unos minutos más tarde se presentó su novio, al que mi suegra se ofreció a prepararle el desayuno.

Dejamos a la parejita sola en el jardín y quedamos en estar todos listos a las doce, ya junto al coche. Aproveché que no estaba Álex en la habitación para ver bien las fotos de Martita del día anterior en las piscinas. No tenía que haberlo hecho, porque llevaba un buen calentón acumulado de los días previos y con aquello lo único que conseguí fue ponerme más nervioso antes del viaje movidito que nos esperaba.

Pero es que no podía dejar de mirar ese culo. Ampliaba la foto y me deleitaba con cada detalle, esos glúteos redondos, firmes y suaves que en pocos minutos iban a estar sobre mis piernas; o, mejor dicho, sobre mi polla. No quería masturbarme con Marta y solo me acariciaba el paquete de manera furtiva, pero al final tuve que tranquilizarme pegándome una ducha.

Cuando entró Álex en la habitación, ya estaba vestido y preparado. Pensé que me iba a decir algo por lo de las fotos de la noche anterior. Se podía haber disculpado o excusado, diciéndome que había bebido alguna cerveza e iba un poco contentillo, pero nada, él seguía a su marcha, como si la cosa no fuera con él, y se puso el bañador, cogió una gorra y se echó la toalla al cuello.

También estaba listo.

Al llegar al coche metimos las bolsas en el maletero y otra vez las últimas en llegar fueron las dos hermanas. Tragué saliva al ver el vestidito que se había puesto Marta y mi polla volvió a empalmarse con tan solo imaginar que se me iba a sentar encima con ese trapito. Era corto, muy corto, el típico vestido de piscina de tirantes con los bordes blancos y se le ajustaba al cuerpo como si le quedara dos tallas más pequeño.

Ni tan siquiera comentamos cómo nos teníamos que sentar en el coche. Todos dieron por supuesto que nos íbamos a situar como el día anterior, así que Cayetana se quedó en la izquierda, Álex pasó el centro y Marta esperó a que me subiera en último lugar, echándome una miradita que no me gustó nada.

Luego se metió ella en el coche y sin preguntarme se sentó encima de mis rodillas. En ese instante comenzó su show.

Ya tuvo que tirar del vestido hacia abajo para cubrirse los glúteos, pero sus intentos fueron en vano; con tan poca tela no había manera de hacerlo. Posó directamente su culo en mis piernas, lo que me provocó un escalofrío que me atravesó la columna.

Desde mi posición parecía que no llevaba nada bajo el vestido, y Marta se inclinó hacia delante en un nuevo intento de acomodarse la falda, pero lo único que consiguió fue que todavía se le subiera más, y ella misma se dio cuenta de que la única manera de que Álex y Cayetana no se percataran de su exhibicionismo era acercarse lo máximo posible a mi cuerpo.

En cuanto el coche arrancó, Marta se deslizó hacia atrás y posó su culo encima de mi paquete, en toda una declaración de intenciones. Y se le escapó una sonrisilla traviesa, que intentó disimular mirando por la ventana, al comprobar que yo ya estaba erecto.

No me dio ni un segundo de respiro, ni tan siquiera en el tramo de carretera. Con un movimiento sensual, lo primero que hizo fue situar mi polla entre sus glúteos y cuando lo consiguió comenzó un lento vaivén, muy despacio, de manera sutil. Algo que solo podíamos notar ella y yo, pero que me puso demasiado cachondo al instante.

Ya no solo era su trasero, era su cintura, sus caderas; era su espalda desnuda, su pelo, su olor, la situación tan morbosa, delante de Cayetana, en el coche de mis suegros y con su novio a mi lado sin enterarse de nada de lo que estaba pasando. El muy imbécil se había puesto los cascos y llevaba la música a todo volumen, mientras su chica no paraba de darme golpecitos y aplastarme los huevos con su culo desnudo.

Y por más que miraba no lograba encontrar el tanguita de su biquini perdiéndose entre sus cachetes y su vestido se le había subido hasta casi la mitad de los glúteos. Marta ya ni se molestaba en intentar bajárselo. De repente cogió mi mano, la llevó hasta su cuerpo y la colocó sobre su cadera, por el lado derecho, y mi polla palpitó otra vez al sentir la suave piel de mi cuñada.

Me dio mucha vergüenza reposar la mano allí, pero no me moví ni un milímetro y dejé mis dedos tanteando su sedosa piel justo cuando su padre giraba noventa grados y cogía el camino parcelario que nos llevaba hasta las piscinas naturales. Entonces Marta elevó su pierna derecha y apoyó el pie en el asiento, en el único centímetro libre que quedaba.

Mi mano quedó atrapada entre la pierna y su vientre y la retiré de inmediato para que nadie se diera cuenta, pero Marta bajó la suya e hizo que la pusiera en la parte posterior de su muslo, casi rozando con lo que era el comienzo de su culo. Y al primer bote ella lo exageró y se frotó conmigo desde la base hasta mi capullo, tres veces. Me aprisionó bien la polla y la estranguló con sus calientes glúteos.

¡¡Joder, Martita, ¿qué estás haciendo?!!

Ahora ya no llamábamos la atención con el exagerado traqueteo del coche y, aunque su padre conducía muy despacio, los continuos baches de la carretera nos llevaban a todos de lado a lado, por lo que Marta podía hacer conmigo lo que quisiera. La muy zorra incrementó el movimiento de su trasero, subiendo y bajando por todo mi falo y, casi en un acto reflejo, apreté mis dedos en su piel y a Marta se le escapó un gemidito, que pasó desapercibido para el resto.

El movimiento de sus caderas cada vez era más notorio. Desde mi posición contemplaba su culo medio desnudo, su pierna flexionada y, en un bache más fuerte de lo normal, mi dedo pasó a tocar otra parte de su cuerpo.

―¡Cuidado, más despacio! ―le recriminó mi suegra a su marido.
―Si ya voy muy despacio, es que menuda cómo está la carretera…

Tanteé con la yema lo que tenía ante mí y, al notar una zona carnosa, blandita, húmeda, me di cuenta al momento de que ¡estaba en contacto con el coño de Marta!

¿Cómo era eso posible? ¿Es que la muy zorra ni tan siquiera se había puesto la parte de abajo del biquini?

Me quedé quieto. Paralizado. No me atrevía a comprobar si estaba en lo cierto, pero fue Martita la que al sentirme intentó que mi dedo se acomodara en su entrepierna y con un lento movimiento de arriba abajo sentí su coño abriéndose paso ante mí. Y otra vez se levantó, se dejó caer lentamente y se acarició ella misma con mi dedo, que yo solo tenía que dejar rígido e inmóvil para que ella lo disfrutara.

Apenas faltaban dos kilómetros. Se me iban a hacer los más largos de mi vida y Marta inclinó la cabeza hacia atrás y me puso el pelo en la cara. Aspiré su olor y sentí que mi polla palpitaba con más energía.

No es que me diera todo igual, pero en ese instante, con el calentón que llevaba encima, y viendo que pasábamos totalmente desapercibidos, decidí ser un poco más activo y, con un lento giro de muñeca, busqué la apertura de su coño. Marta enseguida se dio cuenta de mis intenciones, tensó las caderas y se penetró ella misma; después se echó hacia atrás, haciendo que mi dedo saliera casi al instante de su interior.

¡Acababa de tener el dedo un segundo en el coño de Marta!

Pero aquello le debió saber a poco y volvió a la carga. Se recostó más contra mí, abrió al máximo la pierna que tenía flexionada y, con un golpe seco de cadera, mi dedo corazón la penetró un poco más profundo. Casi hasta la mitad. En el siguiente recorrido no se llegó a salir del todo y, cuando me quise dar cuenta, Marta se estaba follando mi dedo, incrustándoselo lo máximo que esa postura tan incómoda le permitía.

Tan absorto estaba en sus movimientos que no caí en la cuenta de mi propio placer y se me erizó la piel al sentir a Marta deslizando su mano derecha y clavándome las uñas por debajo del muslo. Fue un escalofrío que me provocó casi de inmediato una descarga eléctrica en mis testículos. Me puse tenso, en alerta, con los ojos como platos y abrí la boca, jadeando, nervioso. ¡No podía ser!

¡¡Estaba a punto de correrme!!

Retiré el dedo de inmediato y dejé a Marta sin mis caricias. Ella miró a un lado, como pidiendo explicaciones. Sus mejillas encendidas y una gota de sudor perlando su frente me indicaron que no era yo el único que estaba pasando calor en aquel coche y la empujé hacia delante, haciendo que bajara la pierna y liberando mi polla de la presión de su cuerpo.

Ante mí apareció su culo casi desnudo y ella trató de bajarse la falda con la ayuda de su novio, que se acababa de dar cuenta de que a su chica se le había subido el vestidito negro más de lo prudente. Fueron unos segundos jodidos, en los que traté de controlar mi eyaculación y, al mirar hacia Cayetana, vi que también contemplaba extrañada la escena, negando con la cabeza por el trapito que llevaba puesto su hermana.

Se me hizo eterno ese último kilómetro. Ni tan siquiera podía fijarme en Marta por si se me escapaba el orgasmo, y es que todavía no las tenía todas conmigo, pues seguía muy excitado con tan solo sentir su culo apoyado en mis piernas, hasta que por fin llegamos a las piscinas naturales. Respiré aliviado y me dejé caer contra el reposacabezas con un resoplido que sonó más alto de lo que imaginaba, aunque me dio igual que me escucharan, y es que todavía me temblaba todo el cuerpo y no se me había bajado ni un ápice la erección.

Estaba convencido de que, si hubiera permitido a Marta continuar dos segundos más frotándose contra mí, me habría corrido irremediablemente.

Menudo numerito montó mi cuñada para bajarse del coche, tratando de que no se le viera nada, pero con ese vestido era imposible y tuve que girarme hacia Cayetana para tratar de disimular y que mi novia no me viera mirando el culazo de su hermanita.

Todos mis intentos fueron en vano, porque, en cuanto salí del coche, me pegué a la parte de atrás y me situé de medio lado para coger la bolsa de playa del maletero, pero esta vez Cayetana se dio cuenta de lo que pasaba, al taparme de una manera demasiado forzada, y se le cambió la cara al comprobar que su novio bajaba del coche empalmado porque su hermana pequeña había estado sentada encima.

No me dijo nada, pero tampoco hizo falta. Se cruzó de brazos y avanzó unos pasos delante de mí sin dirigirme la palabra. Me metí en el vestuario y fingí cambiarme, aunque ya iba con el bañador. Lo único que quería era ganar tiempo para tratar de que se me bajara la erección, cosa que logré en un par de minutos. Ayudó bastante recordar el careto de mala hostia que se le había puesto a Cayetana y la bronca que se me venía encima.

Al salir del vestuario tuve que esperar a Cayetana y Marta, que habían entrado juntas. Estaba claro que mi cuñada tenía que ponerse el biquini, porque ya había comprobado de primera mano que no llevaba nada en la parte de abajo. Y mi novia, seguramente, quisiera mirarse en el espejo antes de salir así en público para comprobar que estaba perfecta.

Mis suegros se despidieron de nosotros y nos dejaron solos a Álex y a mí esperando a nuestras chicas. Mi compi de habitación llevaba la gorra puesta, una toalla al cuello y el móvil en la mano. Es que ni tan siquiera en un sitio tan privilegiado dejaba de mirar vídeos en el TikTok. Era un continuo pasar de uno a otro.

Desesperante.

Pero, en cuanto aparecieron las chicas, se dirigió a ellas decidido y se las ingenió para conseguir una foto de mi novia en biquini. La absurda excusa que puso: fotografiarla junto con Marta para que estuvieran las dos hermanas juntas. No, si al final no iba a ser tan tonto como pensaba. Y es que, además, pese a que a Cayetana no es que se la viera muy contenta posando para el niñato, consiguió un buen reportaje, sacando fotos de las dos en biquini en distintos sitios de las piscinas naturales.

Se puso un poco pesadito, por no decir bastante. Y es que para Marta nunca eran suficientes todas las fotos del mundo. Se notaba que le encantaba posar y podía pasarse horas y horas jugando con la cámara, mientras su novio apuntaba con descaro a su culo; pero yo sabía que a Cayetana no le gustaba mucho hacerse fotos y menos que se las hiciera Álex con su propio móvil y en biquini.

Fue mi novia la que decidió finalizar a la sesión. Yo les iba siguiendo sin decir nada y sin atreverme a sacar ni una foto, por miedo a quedar como un puto pervertido delante de Caye, cosa que a Álex le daba igual, pues el muy cabrito se recreó en mostrar el bulto que tenía bajo las bermudas ante la picarona sonrisa de Marta y la cara de asco de mi novia, quien, al darse cuenta de lo que había provocado, se sintió cohibida y educadamente les dijo que ella ya se quería bañar.

Dejamos a los tortolitos haciéndose más fotos y Cayetana y yo seguimos caminando hasta la piscina de agua templada. Nos gustaba empezar por ahí para luego pasar al jacuzzi calentito y notar más el contraste con las burbujas.

―¿Es que no piensas hablarme en toda la mañana? ―pregunté tirando de su mano para que se acercara a mí.
―¡No me toques!, que todavía no me puedo creer lo que he visto…
―¿Y se puede saber qué has visto?
―Pues nada, poca cosa, a mi novio excitado porque ha llevado sentada encima a mi hermana pequeña. ¿Es que acaso te pone cachondo Marta?
―Nooooo…
―¿Ah, no?, pues no lo parecía hace un rato… No me hubiera fijado, pero ella ya se ha bajado del coche de una manera un poco rara y luego tú, al coger la bolsa, también se te notaba bastante que ibas como de medio lado. ¿Me quieres contar lo que ha pasado y por qué te has puesto así o prefieres que se lo pregunte a ella?
―No ha pasado nada, Caye. NA-DA. Creo que nunca te he dado motivos para desconfiar de mí, ¿no? Me gustaría que me creyeras…
―Mira, no es la primera vez que me sucede esto. Te recuerdo que mi ex me engañó con muchas chicas y lo pasé muy mal y tengo que reconocer que me ha fastidiado verte así, tan excitado…
―¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?
―¡Pues que no quiero que se repita! Y comprenderás que no es agradable ver a tu novio bajarse del coche con… con eso duro por culpa de tu hermana…
―¡Ha sido inevitable!, por el simple contacto. Si hubiera llevado una mochila encima y me estuviera golpeando constantemente en esa zona por los baches, pues, seguramente, me habría sucedido lo mismo. Es como un acto reflejo. Yo no quería que pasara, de verdad que no.
―¿Estás comparando a Marta con una mochila? ¡Mi hermana está buenísima! Hay que reconocer que tiene un cuerpazo…
―Te estaba poniendo un ejemplo…
―Entonces, ¿no estabas así por ella?
―No, no me gusta ni me excita sexualmente hablando. Es una cría. A mí me pones tú, ¿te queda claro?
―¿En serio?
―Sí, y tan en serio, y, para evitar malentendidos, lo mejor es que a la vuelta se siente encima de su novio, ¿te parece mejor?
―Sí, estando su novio, no sé por qué tiene que ir en tus piernas…
―Entonces, ¿asunto olvidado?
―Por mí, sí. Mira, Jorge, me gustas mucho y quiero estar contigo el resto de mi vida… Solo espero el mismo compromiso por tu parte y te pediría que no me hagas daño, que seas como hasta ahora; fiel, sincero, leal, amigo…
―Joder, Caye, no me digas esas cosas, que me derrito… ―Y en ese momento se me hizo un nudo en el estómago al recordar lo que estaba haciendo con Beatriz.

En el fondo no lo consideraba una infidelidad. Era una especie de trabajo que me habían pedido hacer, un favor a la familia, un encargo temporal, que terminaría cuando su prima mayor se quedara embarazada, pero en ese momento, con Cayetana agarrada a mi cuello dándome besitos con ternura y abrazándome de manera cariñosa, me sentí como un miserable.

Si descubriera lo que estaba haciendo, la rompería en mil pedazos.

Las piscinas naturales rebajaron la tensión y conseguimos disfrutar de ese maravilloso lugar durante una hora y media, hasta salir bien relajados. Y al llegar al coche me llevé una agradable sorpresa. Pensé que Cayetana le diría a su hermana que se sentara encima de su novio, pero mandó entrar primero a Marta, luego a Álex y por último me dijo que me sentara y ella se puso sobre mí. Y es que Cayetana era elegante hasta para plantarme el culo en el paquete. Cruzó las piernas de manera recatada y descubrió que no le mentía cuando comenzamos a pillar todos los baches del camino, lo cual hizo que se me pusiera dura casi desde el primer kilómetro.

Salió del coche con una sonrisilla de felicidad, que me gustó mucho, y estiró el brazo para que le cogiera la mano y la acompañara hasta la habitación.

―Te quiero mucho… ―dijo soltándome un pico en los labios.
―Y yo también…
―Vamos a pegarnos una ducha y ahora nos vemos. Tenemos poco más de media hora antes de bajar a comer al pueblo…

Me giré con cara de tonto enamorado, y me encontré de bruces con Martita, que parecía que me estaba esperando antes de entrar en su habitación. Se chocó con mi hombro, buscando el contacto, provocándome, y no le hubiera dado mucha importancia si no es por la frase que me soltó al pasar a mi lado.

―¡Eres un cabronazo…!

Creo que se me cambió la cara y me quedé paralizado. ¿A qué había venido ese insulto?, ¿es que acaso le había hecho algo? ¿Por qué estaba tan cabreada conmigo?

El que no parecía enfadado era Álex, con el móvil en la mano caminó delante de mí sin decir nada, dirigiéndose a la habitación. Se encerró en el baño y estuvo allí por lo menos diez minutos, hasta que le aporreé la puerta para que se diera prisa, porque tenía que ducharme yo también.

―¡Ahora voy, tío!, cinco minutillos… ―me contestó.

Debió tardar otros diez más y tiró de la cadena antes de abrir la puerta, saliendo sin camiseta, con tan solo el bañador puesto.

―¿No te duchas? ―le pregunté.
―No, ¿para qué?, si venimos de la piscina, ya estamos limpios… ―dijo cogiendo el desodorante y echándose medio bote por las asilas y el cuerpo―. Uf, me han quedado unas fotos cojonudas de Marta y tu piba, luego te las paso… ―Y se tiró a la cama tal cual estaba.

El resto del día no pasó nada reseñable. Bajamos a comer al pueblo y a media tarde ya nos fuimos para casa. Álex y Marta en su moto y Cayetana y yo con mis suegros en el coche. Mi cuñada no volvió a dirigirme la palabra y se notaba que estaba muy enfadada conmigo, pero, como ya la conocía bien, no le quise dar importancia. Tampoco había hecho nada para que estuviera así.

Llegué a casa de mis padres con un buen calentón. El fin de semana había sido intenso y el jueguecito con Marta en el coche me había dejado bastante alterado. En la cama me llegó una nueva notificación porque acababa de subir unas cuantas fotos nuevas en ********* y como un acto reflejo mi mano se fue directamente a acariciarme mientras las veía.

Así iba a terminar la semana, con la polla dura, viendo fotos del culazo de Marta. Otra vez me sentí culpable pensando en la conversación que había mantenido por la mañana con Cayetana. No había pasado ni un día y ahí estaba yo, tocándome bajo las sábanas con su hermana pequeña. Y ese sentimiento de lo prohibido, de que estaba haciendo algo mal, me excitaba todavía más.

Entonces se me vino a la cabeza lo que pasó en el coche. Mi dedo entrando y saliendo de su coñito de dieciocho años, sus glúteos frotándose contra mi polla y llevándome prácticamente al éxtasis con unos pocos movimientos. Claro que le había mentido a Caye.

La niñata de su hermana me ponía muy cachondo. Cada vez más.

De repente me llegaron unos cuantos mensajes de Whatsapp de Álex. No me decía nada, ni tan siquiera un «hola». Solo me mandó una cascada de veinticinco fotos que había hecho en las piscinas naturales a Cayetana y Marta.

Se notaba que el cabrón tenía buen móvil y las fotos con su iPhone eran excelentes. Cayetana salía espectacular con su biquini blanco y al ver a las dos hermanas juntas me empalmé como un burro. Sudando, jadeando, tocándome por encima, las fui pasando una a una y supuse que Álex ya las habría utilizado para pegarse una buena corrida a costa de Caye. Le había pillado unas cuantas veces mirándola descaradamente y se notaba que mi chica le ponía tanto o más que su novia.

La última foto era solo de Marta. Se le debía haber colado por error. No eran de la piscina natural. Era una foto medio erótica que él le había sacado en su habitación, con poca luz, y mi cuñada estaba de pie, con la espalda desnuda y tan solo llevaba puesto un tanguita de hilo negro. Miraba a la cámara de medio lado y mostraba su culazo de manera sensual.

¡¡¿Por qué cojones me había mandado esa foto?!!

Sin pensar en las consecuencias, Álex me acababa de poner en un buen compromiso. ¿Y ahora qué hacía yo? Cabía la posibilidad de que fuera un juego de los dos, y Marta supiera que me la había mandado; o quizás fuera cosa solo de Álex, buscando que le devolviera el favor.

Si se lo decía a Cayetana, se podía montar una buena en la familia; y si no lo hacía y luego se enteraba, todavía sería peor. El caso es que, mientras me debatía qué hacer, Marta seguía en mi pantalla y yo no podía dejar de mirar esa foto tan erótica. Nervioso y excitado colé la mano por debajo del calzón y me agarré la polla.

Estaba demasiado dura. «Joder, Jorge, no lo hagas». «Bueno, uffff, solo un poquito». Tampoco pasaba nada porque me la meneara unos segundos. El fin de semana había sido demasiado intenso y necesitaba disfrutar esos momentos de soledad bajo las sábanas.

Me recreé en la foto que me acababa de mandar Álex. «Jodido idiota, me estoy pajeando con tu novia gracias a ti». Aumenté su culo y me fijé en cada mínimo detalle. Su pelo, su espalda fibrada, sus piernas perfectas, los brazos, la carita de zorra mala que ponía y sobre todo en su culo. No podía dejar de mirar esos glúteos que un día antes rebotaban contra mí.

«Solo un poco más», intenté engañarme, pero mi mano ya se movía a toda velocidad y me estaba haciendo un señor pajote con la hermana pequeña de mi novia. Me vino a la cabeza el olor que desprendía su pelo, la suavidad de su piel, su culo aplastándome la polla y deslizándose por toda mi verga hasta dejarme al límite, mientras la muy zorra, con el pie derecho sobre el asiento y abriendo la pierna hacia fuera, se movía delante y atrás y se incrustaba mi dedo hasta el fondo de su coño.

Sentir ese tacto había sido delicioso. Lo estrechito que lo tenía, el calor que desprendía, la humedad que emanaba de su entrepierna. Salí de la cama furioso y rebusqué el bote de muestra en el armario. Lo dejé sobre el escritorio y abrí la tapa. Con el pantalón a medio bajar, apoyé el móvil con la imagen de Marta en la pantalla y sin dejar de mirarla metí la polla en el bote, sujetándolo con una mano y masturbándome con la otra.

«No, Marta, nooooo, joderrrrrr».

Pero mi cuerpo tembló y sentí esa descarga previa al orgasmo. Ya no podía detenerlo, así que aceleré y me abandoné a lo que estaba haciendo. Sí, por primera vez me iba a correr con Marta. Esa puta niñata que no dejaba de provocarme. «¿Era esto lo que querías, zorra?, pues aquí lo tienes, aaaaaah, joderrrrr».

Un lefazo salió con una potencia desmesurada y se estrelló en el fondo del bote. La tenía tan dura que me palpitaba con cada latigazo y mi semen se fue depositando en el fondo hasta llenar casi un cuarto.

¡Una corrida impresionante!

Sin embargo, después me invadió un sentimiento de culpa terrible casi al instante. Me dejé caer en la cama avergonzando y negué con la cabeza. No lo había podido evitar, pero ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Ni tan siquiera podía mirar la foto que llenaba la pantalla de mi móvil. La borré de inmediato y acto seguido le mandé un whatsapp a Álex para tener una prueba por escrito con la que poder defenderme por si se les ocurría cualquier tontería.

Jorge 00:03
Gracias por las fotos de las piscinas naturales. Ah, se te ha colado una por error, la borro y ten más cuidado para la próxima vez.
Un saludo!

No esperé su respuesta. Dejé el móvil en la mesilla y caí exhausto en la cama. Habían sido demasiadas emociones para un solo fin de semana y dormí durante diez horas seguidas…
 
Par de capítulos...!!!
El morbo del paseo a las piscinas lo he recontra leído, el fiestón que se ha mandado Jorge con Marta, esta cuñadita está resultando una brasa ardiente, tal para cual con Álex su novio, que a juzgar lo visto hasta ahora se folla lo que respire.:babeando1:

Habría sido delirante, el culmen del morbo, si en alguno de los viajes en el 3008, una ofendida y vengativa Cayetana se hubiese sentado en el regazo de Álex. No es tarde. ;)

Que bien escribes DL.
 
Cayetana va de ñoña y lo pagará caro porque al final su Jorge dejará embarazada a su prima Beatriz y se acabará calzando a su queriada hermanita Marta; tiempo al tiempo... :cool::cool::cool::cool::rolleyes::rolleyes::rolleyes::rolleyes:;);););):unsure::unsure::unsure::unsure: :dancer1: :dancer1: :dancer1: :dancer1: :dancer1: 🍻 🍻 🍻 🍻 🍻 🍻
 
Marta, Martita, Marta, al final llevaras a Jorge a la perdición:
 
Está claro que a Marta le gusta muchísimo Jorge y diría que eso que le dijo que es un cabronazo es pur celos de verle con su Hermana.
 
Ufff.
Hacia tiempo que no entraba en esta página y desconocía que David - Economista estaba publicando un nuevo relato.
Lo he leído de un tirón y para tus fans como yo es como encontrar un tesoro.
En posteriores Post ire comentado el libro.
David a ver si algún día coincidimos donde tú sabes.
Gracias amigo y saludos
 
No he podido resistir y me he ido y he comprado el libro.
Me lo he leído de una sentada y como siempre me ha encantado.
David es mi escritor preferido, no puedo negarlo.
Desde hace años que lo sigo y nunca me ha defraudado.
Este libro necesita una segunda parte ya
No voy a comentar nada más ya que no quiero hacer spoiler.
Un saludo David y una vez más enhorabuena
 
No he podido resistir y me he ido y he comprado el libro.
Me lo he leído de una sentada y como siempre me ha encantado.
David es mi escritor preferido, no puedo negarlo.
Desde hace años que lo sigo y nunca me ha defraudado.
Este libro necesita una segunda parte ya
No voy a comentar nada más ya que no quiero hacer spoiler.
Un saludo David y una vez más enhorabuena
Excelente que lo hayas leído.
por fin saca un libro que parece dar mayor valor al protagonista masculino. Hay varias escenas que me dejaron dudas, la del asiento trasero es una.
 
Capítulo 15



Según mis cuentas, debía faltar más o menos una semana para que Beatriz entrara de nuevo en sus días fértiles. De momento no había recibido ningún mensaje de Hans, o quizás estaba esperando para decírmelo directamente en persona.

Y es que, a mediados de septiembre, Beatriz y Hans habían organizado una fiesta en su mansión para despedir el verano. No era una reunión estrictamente familiar, pues, aunque asistieron muchos primos y tíos de Cayetana, el matrimonio también había invitado a unos cuantos amigos personales. Solo había un requisito para asistir.

Vestir de blanco.

Sí, podía decirse que era un encuentro rollo ibicenco, y al dejar el coche en el parking me invadió un sentimiento extraño. Era imposible no pensar en que las dos últimas veces que había visitado esa casa fueron para eyacular dentro de la anfitriona y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando tocamos el timbre y esperamos a que vinieran a abrir.

Sonia, la asistente personal de la casa, salió a recibirnos. No fuimos de los primeros en llegar, pero tampoco de los últimos. Dentro ya estaban unos cuantos Beguer y otras personas que no conocía, y, en cuanto nos vieron, Hans y Beatriz vinieron a saludarnos.

Me puse muy nervioso al ver a la prima de mi novia. Tenía que controlar esos temblores involuntarios para no llamar la atención y me quedé mirando a Beatriz, con ese vestido blanco veraniego de falda larga que llegaba hasta el suelo. Adornaba sus brazos con múltiples pulseras y adornos; en el cuello también se había puesto el típico collar que venden en la playa y llevaba el pelo recogido en una coleta.

Simple, guapísima, con la cara lavada, sin ningún tipo de maquillaje y elegante a más no poder. Lo mismo que Cayetana, que había elegido un vestido parecido. El que me sorprendió fue Hans. Acostumbrado a verle siempre de negro riguroso, se presentó con un pantalón largo y camisa de lino de color blanco para no desentonar en la fiesta.

―Hola, parejita ―nos dijo con su acento alemán y después fue Beatriz la que nos dio dos besos, pero enseguida se disculpó con nosotros y fue a saludar a una pareja de amigos que acababa de llegar. Estaba claro que le incomodaba demasiado estar conmigo y con Cayetana.

Y, como siempre, llegaron tarde Marta y Álex. Ella con un vestido corto de color blanco bastante vulgar y él con un pantalón corto y una camiseta del Jack and Jones. Eran tal para cual. Ya habían pasado un par de semanas desde lo de la piscina y Marta seguía molesta conmigo. Estuvo muy seca al darme los dos besos de rigor y su novio me estrechó la mano.

Un rato más tarde, con la fiesta ya avanzada, me encontré a Marta hablando con Hans en el jardín. Estaban apartados del resto y se notaba buen rollo entre ellos. El alemán no paraba de sonreír y le dio un fuerte abrazo a mi cuñada. Luego caminaron juntos, agarrados de la cintura, y se acercaron al improvisado bar que habían montado junto a la piscina.

Me encontraba solo en el jardín con un refresco en la mano. Había perdido de vista a Cayetana, que estaría charlando con alguno de sus primos, cuando noté que alguien se me acercaba por la espalda.

―¡Ey, tío! ―dijo Álex.

No había vuelto a verlo desde el fin de semana en las piscinas naturales y le correspondí el saludo con un golpe en el hombro. Estuvimos charlando de cosas banales; de fútbol, de su moto y de repente y sin venir mucho a cuento me sacó el tema de las fotos que me había mandado.

―Así que te gustaron las fotos que hice, ¿eh?
―Sí, estaban muy bien, aunque debes tener más cuidado, se te coló una privada de Marta. Menos mal que me la mandaste a mí y la borré… Podría haber caído en otras manos y…
―No, no se me coló, te la mandé porque quise, tío…
―¿Y Marta estaba de acuerdo con eso?
―Ella no tiene por qué saberlo. Estas son cosas que se hacen entre colegas. Hoy por ti y mañana por mí…
―¿Sabes que es un delito mandar fotos íntimas de tu pareja sin su consentimiento?

La cara de Álex cambió de golpe y se le borró su sonrisa de «colocado» casi al instante.

―Ey, ¿qué dices?, ¿estás de broma?
―No, es delito difundir ese tipo de contenido, así que ten mucho cuidado, te podrías buscar un buen lío si lo haces habitualmente con tus amigos y Marta se entera…
―No le digas nada, tío. Yo solo quería… Pensé que tú y yo podríamos…, no sé, cambiarnos fotos…

Y al girarme vi a Hans solo en una de las puertas de acceso a la casa. Me estaba mirando fijamente y me hizo un gesto con la mano para que me acercara.

―Perdona ―me disculpé con Álex y le dejé con la palabra en la boca.

Antes de llegar a su altura comenzó a andar y Hans hizo que le siguiera hasta llegar a la escalera. Subimos juntos y al pasar por la habitación en la que tenía los encuentros con Beatriz sentí una punzada de placer en la boca del estómago. Acompañé a Hans hasta su despacho y me hizo pasar. Cerró la puerta y esta vez se quedó de pie.

―Dentro de cinco días Beatriz entrará en sus días más fértiles del ciclo y nos gustaría que vinieras el miércoles, jueves y viernes, los tres días seguidos, ¿te parece bien?
―Sí, claro, ya sabía que más o menos era por estas fechas…
―Te haré un ingreso de 9000 euros.
―Muchas gracias.
―¿Sobre qué hora te viene bien?
―Un poco tarde, por si salgo con Cayetana… En principio el miércoles vendré sobre las once de la noche, ¿vale?
―De acuerdo. Pues en eso quedamos. ―Y abrió la puerta para no demorar mucho más el encuentro.

Llegamos hasta la escalera y antes de bajar le pregunté si me podía quedar unos minutos allí. Me gustaba ver la panorámica del inmenso salón y a los invitados desde arriba, y Hans me dijo que sin ningún problema.

Pude ver a Cayetana hablando con dos de sus primas y al otro lado a Beatriz, charlando risueña con una pareja de amigos, que no conocía. Solo faltaban cinco días para volver a estar con ella, lo que ya me tenía bastante alterado, y, al ver allí a todos los Beguer juntos, imaginé qué sucedería si alguien se enterara de lo que Hans, Beatriz y yo estábamos haciendo.

Si aquello trascendía públicamente sería un golpe muy duro para los Beguer. Provocaría una implosión desde dentro que terminaría con ese núcleo familiar tan unido. Eso seguro. El novio de Caye acostándose con Beatriz, para dejarla embarazada. Esa noticia tendría consecuencias impredecibles y sería devastador para todos, sobre todo para Cayetana.

Y eso me aterraba.

Era lo que más quería del mundo y al verla desde arriba, con su apariencia tan frágil, me dio pena por ella. En ese momento podría haberlo dejado. No estaba obligado a seguir con aquello. Ya había probado las mieles de estar con Beatriz y saldría de todo ese lío sin ninguna consecuencia, con 6000 euros más en la cuenta y habiendo penetrado a la prima de mi novia.

¿Qué más podía pedir?

No podía engañarme a mí mismo, nunca me ha faltado el dinero en casa, mis padres han currado como cabrones, siempre han tenido una buena posición económica, y que me llegara una cantidad tan alta era un aliciente también. A nadie le amarga un dulce, como se suele decir, pero sobre todo hacía esto por un motivo.

Lujuria.

Sí, me invadía la lujuria. La que me provocaba una mujer como Beatriz Beguer. Era imposible haber estado con ella en esa habitación tan solo una vez y no querer repetir la experiencia. No había podido dejar de pensar en ella en todo el mes y deseaba que llegara otra vez el momento de quedarnos a solas y volver a penetrarla.

La idea con la que comenzamos era masturbarme y justo cuando fuera a eyacular metérsela para correrme dentro; pero ya en ese segundo encuentro las reglas habían cambiado y Beatriz había permitido que la embistiera unas cuantas veces antes de hacerlo. Hasta me pareció que se le escapaba un pequeño gemido, por lo que ya no veía nada descabellado que en un futuro, incluso, pudiera hacerla disfrutar.

Esas eran mis intenciones. Follarme a Beatriz. Follármela bien. Que jadeara, me acariciara y me morreara mientras la embestía como un salvaje. Fantaseaba con besar su boca, entrelazar nuestras lenguas, acariciar sus pechos, hacerlo en distintas posturas y que ella me pidiera cada día ir un poquito más lejos. Que se llegara a olvidar de por qué estábamos quedando y que también se abandonara a la lujuria.

Entonces Beatriz miró hacia arriba y me vio allí, junto a la escalera. Fueron dos segundos en los que cruzamos la mirada y me invadió una sensación de euforia increíble.

¿Cómo era posible que aquella mujer me diera tanto morbo?

Mientras bajaba me encontré de frente con Martita en mitad de la escalera. Me estaba esperando y se quedó callada frente a mí con los brazos en jarra.

―¿Qué pasa, Marta?
―¿Es que no piensas decirme nada?
―¿Nada de qué…?
―¿Y todavía me lo preguntas?, de lo que pasó en el coche…, es que ni te has disculpado…
―Mira, Marta, no estoy para tonterías.
―¡Me has decepcionado! Pensé que eras diferente, y al final eres igual que todos, ¿o es que vas a negar lo que hiciste?
―Shhh, baja la voz, joder, aquí puede escucharnos cualquiera, acompáñame… ―Di media vuelta y subí de nuevo por las escaleras. No miré hacia atrás, pero estaba convencido de que Marta me seguía los pasos.

No tenía muchas ganas de que me montara un numerito delante de toda la familia y yo veía a mi cuñada muy capaz de hacerlo. Siempre había que hacer lo que ella dijera y no le gustaba que le llevaran la contraria. Si no zanjaba ese asunto de inmediato, podía verme en un buen lío.

―A ver, ¿qué es lo que hice?, porque creo recordar que fuiste tú la que me cogiste la mano y la pusiste bajo tu falda…
―¿Yoooo?, sí, como siempre, soy yo la culpable. Cayetana y tú sois los perfectitos…, ¿o es que ahora vas a negar que me metiste el dedo?
―Shhh, habla más bajo por favor, no grites… Yo no quería hacerlo, yo no, eeeeeh ―balbuceé.
―Esto no puedes negarlo, ¿no?
―Lo provocaste tú, pero si ni tan siquiera llevabas ropa interior, ¡lo tenías todo planeado! Te sentaste encima de mí y subiste la pierna en el asiento…
―Me metes el puto dedo en el coño y todavía dices que fue por mi culpa…

Viendo que la conversación no iba a ningún sitio, y que lo único que podía lograr era que Marta pusiera el grito en el cielo, al final me di cuenta de que mi única escapatoria era darle la razón y se saliera con la suya, como siempre. Solo así se quedaría satisfecha.

―Mira, Marta, me caes fenomenal, eres una tía de puta madre. Siempre hemos tenido muy buen rollo entre nosotros y me gustaría seguir teniéndolo… Siento mucho lo que pasó en el coche, de verdad, quizás malinterpreté tu actitud. Tampoco era nada fácil para mí, el espacio era reducido, hacía mucho calor y tenerte encima, botando sobre mi cuerpo, puede que me equivocara, pero moviste la cadera y pensé… No sé ni lo que pensé., Perdona, intenté no tocarte...…, tienes que creerme…

Esas palabras parecieron tranquilizar a Marta y su gesto cambió de repente, ya que sus facciones se serenaron. Pasó de estar enfadada a mirarme con ternura en un segundo. Ya estaba contenta. Me había hecho confesar y pedir perdón por algo de lo que yo no tuve ninguna culpa. O casi ninguna.

―Acepto tus disculpas, Jorge…
―Lo mejor es que este malentendido quede entre nosotros, ¿te parece?
―¿Quieres que tengamos secretitos? ―bromeó con voz de zorra―. No creo que le hiciera mucha gracia a mi hermana…
―Por eso, al final no pasó nada, y sabes que soy buen tío…
―Porque me caes bien, si no… Está bien, guardaré el secreto.

Bastante tenía con lo de Beatriz como para verme también implicado en esta tontería con Marta, así que respiré aliviado cuando comprobé que mi cuñada parecía dispuesta a olvidarse de lo que pasó en el coche. Seguramente, en un par de semanas ya la iba a tener otra vez tonteando conmigo a la menor oportunidad que tuviera.

―Eres un idiota ―dijo al pasar a mi lado, tocando con su dedo índice la punta de mi nariz.

Luego bajó por la escalera y me dejó otra vez solo en la planta alta. Entonces me fijé en que Cayetana me estaba mirando e hizo un gesto con la mano para que fuera con ella.

―¿De qué hablabas con Marta? ―me preguntó.
―De nada, de una tontería… ―Negué con la cabeza.
―Pues cuéntamelo.
―No, que no quiero que te enfades. Otra de sus «niñatadas». Desde la casa rural parecía enfadada conmigo, así que le he preguntado si estaba todo bien y me ha dicho que si un día le hablé mal a su novio en la habitación, al día siguiente que si la eché a ella cuando regresamos de fiesta el sábado; bueno, que no es nada… ¡Marta y sus gilipolleces, capítulo 1234! ¡Qué te voy a contar que no sepas!
―¡En fin! Sí, casi mejor no haberlo sabido.
―Ya te dije que era una tontería. ―Agarré su cintura y le di un besito en el cuello―. Por cierto, uf, hoy estás irresistible con ese vestido. No sé si voy a poder controlarme luego ―murmuré en su oído.
―Creo que no te va a quedar más remedio.
―He traído el coche. Podríamos, no sé…

Cayetana abrió los ojos como platos y me miró fijamente.

―¡Jorge!, ya sabes que no…
―¡Joder, Caye!, el verano se termina y va a ser nuestra última noche juntos. La semana que viene ya empiezas la universidad.
―¡No insistas, por favor!

Me jodía un montón que Cayetana no quisiera hacer nada en el coche. Me lo había repetido un millón de veces, que eso era de chonis y guarras y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer. La noche había sido especialmente tensa para mí y necesitaba desahogarme. Entre lo de Marta y la nueva cita que iba a tener con su prima en cinco días, habían sido demasiadas emociones y era mi última oportunidad de correrme antes de reservarme para Beatriz.

Sobre las dos de la mañana se terminó la fiesta. Aguantamos hasta el final y los anfitriones se quedaron en la puerta de su mansión para irnos despidiendo de uno en uno. Mi saludo con Hans fue muy formal y después le di dos besos a su mujer. A pesar de haber estado con ella dos veces en su dormitorio, me seguía intimidando su presencia, y con tan solo aspirar su perfume ya me provocaba un deseo irresistible.

Salí de la mansión con unas ganas terribles de volver en poquitos días y acerqué a Cayetana a su casa en mi coche. No podía dejar a mi novia a las puertas de su chalet y marcharme como si nada sin intentarlo por última vez. No solo era lo excitado que me encontraba, es que mi novia estaba realmente atractiva con el vestido blanco y veía en sus ojos ese brillo que se le ponía cuando también estaba cachonda.

Acaricié una pierna y me incliné sobre ella, buscando su boca. Cayetana me correspondió el beso, pero en la puerta de la casa de sus padres mi chica no iba a morrearse conmigo como me habría gustado.

―¿Vamos a un sitio más tranquilo?, porfa, Caye, quiero estar contigo un poquito más…

Ella negó con la cabeza y se quitó el cinturón.

―¿Otra vez, Jorge? Te lo he dicho muchas veces que en el coche…
―Solo van a ser unos besos y… Bueno, estoy tan excitado que no voy a aguantar casi nada. ¡Me apetece mucho terminar!, por favor. ―Y volví a posar una mano en su pierna.
―Jorge, no me lo pongas más difícil…
―Mira, Caye, eso que piensas de que enrollarse en el coche es de chonis es una tontería. Lo hacen muchas parejas, la mayoría, al final, cuando no se tiene otro sitio y las ganas aprietan, ufff… y no insistiría si no viera que a ti también te apetece. No me digas que no… ―Y me acerqué a su boca buscando otro beso.
―Sí, claro que quiero estar contigo, pero…
―¿No hay ningún sitio en la urbanización donde pueda aparcar y estemos tranquilos sin llamar mucho la atención?
―No, no sé…, quizás por la zona de las pistas ―titubeó Cayetana que parecía ceder un poco a mis pretensiones.
―Van a ser diez minutillos, nada más…, venga, Caye. ―Y acaricié su muslo por encima de la tela―. ¡Hoy estás increíble con ese vestido blanco! Me tienes muy excitado ―aseguré tratando de coger su mano para llevarla hasta mi paquete.
―¡Aquí no, Jorge!, para…

Arranqué el coche y Cayetana se abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Fue tan rápido que no le di ni tiempo a protestar.

―¿Por dónde se va a esas pistas?
―Tira hasta el final y en la rotonda, en vez de salir a la ronda, coge la carretera de la derecha…; luego ya te indico…

En cinco minutos estábamos allí. Dejamos el coche en el parking. No había nadie más a esas horas y apagué el motor y las luces. A lo lejos nos pareció ver a un señor paseando al perro y eso inquietó a Cayetana, que todavía no estaba segura de todo aquello.

―¡Podrían pillarnos! Aquí me conoce la gente y, no sé, si pasara algún coche de la policía…
―No estamos haciendo nada malo y a estas horas no creo que venga nadie… Además, te aseguro que va a ser rápido, Caye ―afirmé quitándome el cinturón y soltando el suyo también―. Anda, ven aquí…

Me pareció extraña la facilidad con la que que había convencido a Cayetana para enrollarme con ella en el coche. Es verdad que en los últimos meses su cambio respecto al sexo había sido considerable, pero mi novia tenía una opinión muy mala con lo de tener sexo en el coche y ahora allí estaba, inclinada sobre mí, buscando mi boca para darme un morreo.

Yo conocía bien a mi chica y sé que lo que le gusta es estar en un sitio tranquilo y que nadie nos pueda molestar, aunque por cómo gimoteaba mientras nos comíamos la boca era fácil adivinar que ella también estaba bastante excitada. Y sin más previos bajó las manos y me sacó la polla.

¡Cayetana me iba a hacer una paja!

―¡Date prisa, eh! ―me advirtió justo cuando comenzaba a sacudírmela besando a la vez mi sensible cuello.
―Aaaaaah, Caye, joder, más despacio o vas a hacer que me corra en menos de un minuto…
―Dijiste que iba a ser rápido, ¿no?
―Sí, pero no pensé que tanto, aaaaah ―jadeé intentando subir su vestido para acariciarle el culo por encima de las braguitas.

Me concedió eso al menos y Cayetana fue buena conmigo, disminuyendo un poco el ritmo frenético al que había comenzado a machacarme la polla.

―Mmmmmm, ¡qué rico!, no sé por qué no hemos hecho esto antes…
―Porque esto es de chonis ―me gimoteó en el oído sacando la lengua para rozarme el lóbulo de la oreja.
―¿Ah, sí?
―Sí, y de guarras…
―¡Uf!, pues ahora lo estás haciendo tú…, ¿te sientes un poco choni?
―Eres un idiota, ¡ey!, ¿qué haces? ―protestó cuando mi mano se coló bajo sus braguitas.
―Nada, yo también quiero que tú disfrutes un poquito…

Decidido avancé con mis dedos hasta su ano y comencé a hacer circulitos alrededor de su pequeño agujero. Yo sabía que a Cayetana le encantaba eso, pero quería que lo deseara. ¡Me daba mucho morbo meterle un dedo por el culo en el coche allí aparcados, en medio de la nada!

―No me has contestado, ¿te sientes como una choni?
―Aaaaah, Jorge, aquí noooo, aaaaaah…, ¡no hagas eso!
―¿Y por qué mueves las caderas?, ¿es que no quieres que te lo meta?
―Aaaaah, aaaaah…
―Mmmmm, ¡qué bien ha entrado!, ¿quieres un poquito más?
―Aaaaaah, Jorge, aaaaah, aaaaah…

Medio dedo ya estaba dentro del cuerpo de mi chica y empujé con suavidad, hasta que se lo incrusté hasta el fondo. El gemido posterior y la tensión de caderas de Cayetana me indicó que le había gustado. Apretó su puño en mi polla y desaceleró cada vez más la velocidad a la que me pajeaba.

―Ya está todo dentro ―suspiré y comencé a follarme su estrecho culo, sacando el dedo despacio y volviéndolo a meter.
―Aaaaah, aaaaah…, aaaaah, ¡qué rico!
―Quieres más, ¿eh?
―Venga, termina, por favor, aaaaah, aaaaah…
―¿En serio quieres que acabe ya?, no lo parece…
―¡Aaaaah, aaaaaah! ―Y ella misma se mordió el puño de la mano que tenía libre.
―¿Quieres correrte?
―Aaaaaah, aaaaaah, así no puedo…
―Pues ponte encima de mí… ¡y muévete!
―No, noooo, eso no, termina ya, aaaah… ―Bajó su puño con un golpe seco hasta mis huevos y reanudó la paja.
―Mmmm, joder, Caye, ¡vas a hacer que me corra! ―exclamé yo también acelerando el dedo que entraba y salía de su esfínter.
―Sí, sííííííí, ¡hazlo! ―gimió moviendo las caderas para facilitar mi penetración anal.
―¡Diossss, qué bueno, Caye!, te estoy metiendo el dedo por el culo en el coche como a una vulgar zorra… y me encanta…
―¡¡¡¿Quééééé?!!!
―Que estás dejando que te meta el dedito y creo que te pone muy cachonda sentirte como una guarra.
―Aaaaaah, aaaaaah…
―Tienes unas ganas locas de correrte…, joderrrrrr, más despacio, aaaaaah, más despacio. ―Pero Cayetana ya no estaba por la labor de dejarme escapar y había puesto la velocidad de crucero para hacerme explotar en unos pocos segundos.

―¡Córrete, córrete ya!
―¿Quieres que te la dé?
―Sííííí, dámela, Jorge, ¡dámela toda!
―¡¡¡¡Vamos, guarra, no pares ahora, vamosssss!!!!
―Aaaaaah, aaaaaaah, sigueeeee, sigueeeee, creo que yo también me voy a venir. ―Y vi que Cayetana bajaba una mano para meterla por debajo del vestido y se frotó el coño sobre sus braguitas.

Lo nunca visto. ¡Cayetana haciéndose un puto dedo delante de mí!

Esa imagen me hizo correrme al momento, lo que desencadenó también su orgasmo y llegamos al clímax los dos a la vez.

―¡¡¡AAAAAH, AAAAAAH, AAAAAH, SÍÍÍÍÍÍ, CÓRRETE, ESO ES, CÓRRETE!!! ―chilló Cayetana con un movimiento descontrolado de cadera mientras mi polla disparaba semen sobre mi propio estómago.

Fue un momento mágico. Acojonante. Nos olvidamos de que estábamos en el coche solos, en medio de la nada, y con los cristales empañados nuestros cuerpos temblaron al unísono en un intenso orgasmo perfectamente sincronizado.

Me la siguió meneando aunque de mi polla ya no saliera ni una gota más, jadeando en mi cuello como si aquello le hubiera sabido a poco. Dejó de masturbarse y destensó los glúteos para que pudiera sacar mi dedo de su culo. Después coló la mano con la que me pajeaba por debajo de la camiseta y se limpió en mi abdomen.

Tenía un brillo especial en los ojos. Buscó mi boca y me dio un beso con lengua antes de volver a su sitio.

―Llévame a casa ―murmuró en un tono casi imperceptible, agachando la cabeza y alisando la falda de su vestido.
―Caye, ¿estás bien?
―Sí.
―No tienes por qué avergonzarte ―dije limpiándome con un pañuelo mi camiseta empapada por mi propio semen―. ¡Ha sido la hostia ver cómo te tocas, uffff!
―Habla bien…
―La leche, ja, ja, ja, ¿mejor?, no me digas que no… Me gusta mucho esta nueva Cayetana, que disfrutes así, que te dejes llevar, sin esos estúpidos prejuicios de si esto está mal o no. No hay nada de malo en lo que hacemos…
―Perdona.
―No tengo nada que perdonarte…, ¡lo de hoy ha sido increíble!, cortito, pero muy intenso, tanto que creo que los dos nos hemos quedado con ganas de más. ―Me acerqué a ella y le di un pico en los labios.

Después dejé a Cayetana en casa de sus padres y llegué a la mía todavía más caliente, como si no me acabara de correr.

Mi cuerpo no paraba de temblar y no podía dejar de pensar en Beatriz. Ni en Cayetana. Ni en Marta. Las tres me excitaban, cada una a su manera. De pie, sobre la taza del váter aspiré el olor que emanaba del dedo que acababa de tener metido en el culo de mi novia. Abrí el ********* y puse una foto del culazo de Martita a toda pantalla y me pasé la lengua por los labios, fantaseando con el encuentro que iba a tener con Beatriz en cinco días.

Apenas tuve que esforzarme para correrme de nuevo en unos pocos segundos. Solo así conseguí rebajar pulsaciones y me tumbé en la cama, saboreando lo que se me avecinaba en las próximas semanas…
 

📢 Webcam con más espectadores ahora 🔥

Atrás
Top Abajo