Mi cuñado y mi ex

Mereció la pena la espera….saque y volea, magistral
Capítulo 9


Me desperté con la boca seca, el cuerpo agotado y la mente en llamas. No sabía si me dolía más la cabeza por el porro de la noche anterior o por la resaca moral que me taladraba el pecho. A mi lado, Lucía respiraba tranquila, ajena al terremoto que me atravesaba por dentro.

Me levanté con cuidado, entré en el baño, me eché agua en la cara. Me miré al espejo.

No puede volver a pasar, me dije. Pero no sonaba convincente.

Bajé a la cocina todavía con la camiseta arrugada y los ojos entrecerrados. Dani ya estaba allí, vestido con el chándal de siempre, preparando café con ese entusiasmo absurdo de la gente que se levanta con hambre y sin remordimientos.

—¡Hombre, el dormilón! —soltó, dándome una palmada en la espalda—. Qué, ¿dormiste como un tronco?

Me encogí de hombros, fingiendo una sonrisa.

—Más o menos.

—Pues venga, desayuna, que Ana está preparando tostadas y creo que Isabel va a bajar en cualquier momento. Menuda paliza os pegasteis ayer con la piscina, ¿eh?

—Sí, tremenda —murmuré, intentando no atragantarme con mi propia ironía.

Tras el numerito en la caseta, convencí a Isabel de que lo mejor era que ella se fuese a la piscina con los demás, y yo aparecería un rato después. Una tarde divertida y feliz con todos los primitos pijos juntos. Lucía agradeció mi presencia, estuvo especialmente cariñosa, aunque agradecí que por la noche estuviéramos todos tan cansados de la piscina como para no tener ganas de sexo. En mi caso, al menos, no daba para más, y no solo por rendimiento físico, que también, sino por colapso mental.

Andaba en esas reflexiones sobre mi efervescente y del todo imprevista vida sexual, cuando Ana apareció por la puerta del jardín, con una taza de café en la mano y el pelo recogido en un moño rápido. Llevaba una camiseta enorme —de Dani, probablemente— y una expresión neutra. O eso creí al principio.

Me miró. Un segundo de más. Una pausa. Y luego bajó la vista.

—Buenos días —dijo, sin más.

—Buenos —contesté, tragando saliva.

Se sentó frente a mí. En silencio. Tomó un sorbo de café y, sin decir palabra, cogió el tarro de mermelada y empezó a untar una tostada con movimientos lentos, precisos. Como si estuviera afilando el cuchillo contra el pan.

No me atreví a sostenerle la mirada. Porque era consciente de que, de alguna manera, algo sabía. O lo intuía. Ana siempre había tenido esa capacidad inquietante de oler las grietas. No necesitaba pruebas. Le bastaban las vibraciones. Y la tarde anterior en la piscina no nos había quitado ojo a Isabel y a mí. Y hay que reconocer que Isabel no fue demasiado discreta.

Hablando de ella, entraba en ese momento en la cocina.

Llevaba un short corto, de esos que apenas cubren nada, y una camiseta blanca sin sujetador. El pelo rubio revuelto, el cuello todavía ligeramente enrojecido del sol. Era la viva imagen del erotismo. Una Brigitte Bardot en sus mejores años.

—Buenos días a todos —canturreó, como si aquello fuera un desayuno familiar de Disney Chanel.

Se sentó a mi lado. A mi lado, pudiendo haber elegido cualquier otro sitio. Su muslo rozó el mío. Su pie —descalzo— buscó el mío bajo la mesa. Y lo encontró. Jugó con él. Despacio. Como si estuviera escribiéndome algo con los dedos.

Yo me quedé de piedra.

Ana no dijo nada, pero sus ojos se posaron durante un segundo sobre nuestras piernas. Apenas un parpadeo. Suficiente para que me recorriera un escalofrío.

—¿Dormiste bien, Isabel? —preguntó Ana, con una voz suave. Solo yo sabía que envenenada.

—Genial —respondió ella, mirando su taza de café. En ese momento Nacho entró en la cocina–. Aunque aquí el muchacho se pasó un poco con los ronquidos.

–Con lo que se pasó anoche mi primo fue con los gintonics –intervino Lucía, que iba tras de él –. A Álex le pasa igual cuando bebe dos copas.

Dani se rió como un idiota mientras untaba mantequilla.

Ana no rió. Ni yo. Solo crucé los brazos y fingí mirar el móvil.

Isabel dio un mordisco a su tostada, masticando con calma, como si todo aquello fuera perfectamente normal. Como si no se le notara en la sonrisa el sabor de mi semen.

Ana se levantó de repente.

–Os habéis acabado el café –anunció Lucía agitando el paquete vacío.

–Hay que traer de la despensa de abajo –dijo Dani sin levantar la mirada del móvil.

—Voy yo —anunció Ana—. Álex, ¿me acompañas, que yo no sé bien dónde está?

Tragué saliva.

Dani levantó la mirada y me miró y miró después a Ana. Ana miró a Dani y este bajó la cabeza de regreso a la pantalla.

Por mi parte me crucé con la mirada de Isabel. Ella me guiñó un ojo. Muy disimulada. Muy puta.

Me levanté y seguí a Ana. Bajamos y entramos en la despensa. Cerró la puerta tras de sí.

Se volvió hacia mí. Me miró. Lenta, profunda, con los ojos muy abiertos.

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó, sin rodeos.

—¿De qué hablas?

—No me tomes por tonta, Álex. No hace falta que me cuentes nada. Solo quiero saber una cosa: ¿te gustó?

La forma en que lo dijo… No sonaba celosa. Sonaba… peligrosa.

No supe qué responder. Me limité a respirar. A mirarla. A desear que me abofeteara o me besara. Cualquiera de las dos cosas habría tenido más sentido que esa pregunta.

Ana se acercó. Mucho. Me olió, literalmente. Rozó su nariz contra mi cuello. Cerró los ojos.

—Todavía hueles a ella. La novia del primo Nacho va de mosquito muerta pero ya veo que pica bien.

Luego se apartó. Cogió el bote de café, como si de verdad estuviera buscándolo, y salió sin decir nada más.

Yo me quedé allí, solo, con la cabeza ardiendo y el estómago encogido. Arriba, el desayuno familiar proseguía. Como si nada hubiera pasado.

Pero algo había cambiado. Algo se había activado.

Y todo aquello me excitaba a morir.

¡Me alegro! Gracias por comentar.
Enhorabuena por el relato!! Esperando la siguientes entregas!!
 

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