Desnudo integral
Se despertó sin saber qué hora era. De nuevo se había quedado frito en la cama y Alba lo había dejado dormir. Cuando bajó a buscarla la encontró en el mismo lugar que el día anterior, en el balancín charlando con su prima Marta. Cuando acudió a ellas para saludarlas notó que bajaban el tono e incluso le pareció que cambiaban de tema de forma precipitada. Marta le sonrió de una manera extraña y dedujo que sería por el polvo de anoche. Alba había gritado muy fuerte y, seguramente, lo habrían oído en toda la casa. No pudo reprimir cierto orgullo por lo que se pudo intuir de puertas afuera.
Recordó la conversación que mantuvieron Alba y ella meses atrás. “Escasito”, le había dicho entonces, y Marta se encargó de restregárselo después del incidente de la vajilla. Se preguntó si ahora Marta pensaría lo mismo de su polla.
Fue entonces cuando pensó en Cristian y en lo que se le habría pasado por la cabeza al oírla gritar a pleno pulmón después de haberla estado viendo en bolas durante todo el día. No sabía si era un cabrón con suerte o un pobre miserable que ve cómo alguien como Dani disfruta de aquel bellezón.
El resto de la mañana pasó con tranquilidad, sin ninguna novedad destacable hasta que los amigos del omnipresente Cristian hicieron su aparición. Al igual que la última vez, su novia estaba con ellos por lo que el carácter del muchacho estuvo muy apaciguado.
La muchacha estaba de muerte, con un culo bien prieto y unas buenas tetas. En una ocasión la vio darse crema y tuvo que hacer un esfuerzo para no empalmarse viéndola frotarse la piel cuando llegó a su trasero. Definitivamente Cristian era un cabrón con suerte.
Marta estuvo atareada complaciendo y saciando a aquel grupo. La tarea le hacía sentir bien. Estar rodeada de gente que la necesitaba le ayudaba a no sentirse sola.
Dani se había mantenido alejado del bullicio, en compañía de Alba, disfrutando y padeciendo del sol que lo hacía dormitar y sudar a partes iguales. Se incorporó y se abanicó con la mano.
—Voy a dentro, a mear. ¿Te traigo algo a la vuelta? —le dijo a ella.
—Pues ahora que lo dices… algo frío, que me está entrando sed con este calor.
El interior estaba mucho más fresco. Cruzó el salón hasta el baño y se coló dentro. La sorpresa vino cuando vio que estaba ocupado.
—Perdona, no sabía…
—No, tranqui. Ya he acabado. Pasa, pasa.
La chica que le habló desde dentro era la novia de Cristian. Se ajustaba la parte superior del bikini frente al espejo y se atusaba el pelo. Se giró a un lado y a otro para verse por completo.
La miró embobado clavando los ojos en las partes donde la prenda que la cubría apenas hacía su trabajo.
Se apartó a un lado y él avanzó para pasar al fondo. Casi se tocan pecho con pecho. Le dio la impresión de que ella, en lugar de pegar su espalda a la pared, la había arqueado, inflándose para detener su paso.
—Así que tú eres Dani, ¿verdad?
—Sí, y tú Cristina.
Se concentró en no desviar la mirada más abajo de la barbilla. Ella lo miraba divertida.
—Pues… encantada.
—Lo mismo digo.
Se despidió con una sonrisa que no supo descifrar, pero que, en cualquier caso, hizo que odiara a Cristian. «¿Cómo un idiota como él ha podido ligarse a una chica como ésta?» Sacudió la cabeza y se acercó al váter. Cristina, que en ese momento salía por la puerta, se giró y echó una última miradita. Por el rabillo del ojo, vio que iba destinada a la altura de su entrepierna por lo que supuso que su novio ya le habría hablado del “pequeño” incidente de la piscina. Puso los ojos en blanco y suspiró resignado.
Esperó unos segundos antes de sacársela. Alguien intentó entrar de nuevo. Era Cristian.
—Perdona, tío. No sabía que estabas.
—Enseguida te dejo. —Lo dijo por acto reflejo. En realidad no quería intercambiar una sola palabra con él.
—Ah, tranqui, te espero.
En lugar de volver a salir y quedarse afuera, permaneció tras él. Si ya es difícil mear cuando alguien mira, más lo es cuando ese alguien es el propio Cristian. Y la cosa empeoró cuando empezó a hablar.
—Qué pasada ayer. Menuda flipada de sitio.
—Sí, ya me han contado. —Quería acabar cuanto antes, pero el caso es que no salía ni gota.
—¿Y Alba? Ua, chaval. Qué pasada de novia tienes.
Lo que le faltaba, que se pusiera a hablarle de ella. Para restregarle que se había puesto las botas mirándole las tetas. «Puto toples de mierda», pensó.
—Permite que te felicite. Menuda suerte tienes.
—Ya, vale, gracias. Intento mear.
—Cómo se nota que tenemos los mismos gustos. —Bajó la voz—. Ya te habrás fijado en Cristi, ¿no?
—No mucho, la verdad —mintió.
Pasaba olímpicamente de coleguear sobre sus novias y hacer comparaciones con sus tetas. Bastante buena paja se habría hecho ya a costa de la suya. Probablemente anoche, mientras la oía gritar.
—Ahora que —continuó Cristian—, los pezonacos que tiene tu novia… a eso Cristi no le gana ni de palo.
—Oye, tío. ¿Me puedes dejar mear tranquilo y esperar fuera?
—Vale, vale. Relaja, ¿eh?, primo. Que solo te estoy diciendo que tienes mucha suerte, Joder. No sé cómo dejas sola a una tía como esa. Supongo que será para que te la calienten y llegue con ganas de que se la metas. Ala, hasta luego —dijo mientras salía.
Y entonces recordó las ganas de follar con las que vino Alba. Y recordó los gritos que debieron oír por toda la casa. Y ya no estaba seguro de que pensaran de él lo mismo que había creído a la mañana.
«Puto niñato impertinente», pensó Dani.
Había vuelto a joderle de nuevo. Terminó de hacer pis y se dispuso a salir, pero justo en ese momento oyó el sonido de un mensaje entrante en su móvil. Era un Whatsapp de origen desconocido.
Al iniciar la aplicación constató que no había número de origen y en su lugar aparecía “Número Oculto”. Al entrar en el mensaje vio que solo había una foto.
Eran dos chicas. Desnudas por completo. Las reconoció a ambas. Una de ellas era Alba. Casi se le para el corazón.
Se quedó mirando la imagen sin poder dar crédito. Intentando comprender por qué aparecía así y, sobre todo, quién se la enviaba. Junto a Alba, aparecía Lidia sentada a su lado sonriendo a la cámara. Lidia se daba crema en los brazos, extendiéndolos y descubriendo con ello sus tetas que, como bien suponía, eran de tamaño medio y bien formadas. Nada comparables a las de Alba que refulgían orgullosas mientras posaba sentada con los brazos hacia atrás. El triangulito del pubis era visible aunque sus piernas permanecieran juntas.
Un nuevo sonido indicó que acababa de llegar una segunda foto.
Esta vez solo salía Alba. Estaba en la orilla del lago, con el agua hasta las rodillas, de frente a la cámara. También aquí se encontraba completamente desnuda.
Alguien le salpicaba desde atrás, provocando que arqueara la espalda y gritara por efecto del frío sobre su piel caliente. Al hacerlo alzaba su pecho y adelantaba su cadera. Lo más llamativo eran sus grandes areolas oscuras y sus pezones duros a causa del frío. Su coño negro dentro de un triángulo de piel blanca hacía la escena más obscena si cabe.
Un nuevo tono de aviso y otra foto se coló en su móvil. En esta imagen Alba estaba subida a la espalda de Aníbal. Los dos con el agua hasta la cintura. Las tetas de ella contra la espalda de él. Ambos reían a brazo partido. Dani cerró los ojos un momento y tragó saliva.
Pero la foto más perturbadora y que iba a ser la causa de que el día volviera a ser una mierda fue la siguiente.
Era un primer plano de la cara de Alba. Chupaba una polla con la punta de la lengua y los labios. Más bien chupaba medio glande pues era enorme como un fresón. Ella, con los ojos cerrados por el placer, parecía degustarlo. No había más en aquella foto, solo su cara y aquel glande rosado.
En un primer momento se resistió a creer que la imagen fuera de verdad, pero lo cierto es que sí lo era. Era ella, eran sus labios y aquello era una polla como una olla. Y de repente, la imagen se evaporó, al igual que las otras.
Se quedó con dos palmos y la boca a medio abrir. Quien quiera que se las hubiera enviado las había hecho desaparecer, borrándolas antes de que hubiera tenido tiempo de guardarlas de alguna forma. ¿Por qué lo había hecho? ¿Era parte de alguna broma macabra? ¿Alguien decidido putearlo y regodearse con su desgracia?
Salió del aseo como un zombi. Alba no le había dicho toda la verdad anoche.
Otra vez.
Se encontró a Cristian aguardando junto a la puerta apoyado con la espalda y un pie hacia atrás, en la pared. Trasteaba con su móvil. ¿Habría sido él quien le enviara las fotos para joderle? Se le ocurrió otra idea ¿Y si hubiera sido Eva? ¿Y si tratara de prevenirlo sin destaparse por miedo a represalias? Recordó lo que le costó convencerla para que le contara lo de la fiesta de la primera noche.
—Ya era hora, ¿no? —dijo Cristian cuando lo vio.
Se irguió para pasar dentro y Dani se hizo a un lado.
Se alejó de allí, directo al jardín. Alba estaba en la tumbona hablando acaloradamente en susurros con su prima. Movía mucho las manos mientras Marta asentía preocupada. En cuanto lo vieron se callaron. Sospechó que le estaba contando algo gordo. Algo que él no debía oír.
Ayer, había llegado a la conclusión de que no quería perderla. No quería irse de allí sin ella; sin el que era el amor de su vida; con quien quería compartir todo, lo bueno y lo malo.
Ahora, con la imagen de la polla en su boca, el plan se hacía más difícil. La escapada a Arenas no había sido solamente un día de playa y sol. De nuevo, su novia aprovechaba a dar rienda suelta aprovechando que él no estaba. Alba siempre había tenido debilidad por las pollas grandes y hacía mucho que no disfrutaba de una.
Y de repente vio claro por qué había traído a escondidas el falo de plástico. Cayó en la conclusión de que ella nunca había dejado de usarla. «A todas nos gusta una buena polla», recordó oírle decir a su prima.
Cuando se acercó a ellas lo hizo como un autómata. Marta se alejó con alguna excusa que no llegó a oír y él se quedó sin saber qué hacer ni qué decir. Se sentó en su tumbona y se recostó hacia atrás. Cerró los ojos preguntándose quién de todos sus amigos habría conseguido que se la chupara. Aníbal tenía todos los boletos pero, según Alba, su polla no concordaba con el pedazo de aparato que había visto. Tampoco Cristian calzaba aquellas medidas.
¿Y si hubiera sido Javier? Alba no lo había mencionado ni había dicho nada de él. «Hijo de puta», pensó.
—¡Dani! —inquirió Alba brazos en jarras. Dani sintió un escalofrío. ¿Habría estado pensado en voz alta?
—¿Qué?, ¿qué pasa?
—¿No ibas a traer algo para beber?
—Ah, es que… al final no he ido a la cocina.
Ella lo miraba extrañada. —¿Te pasa algo?
—No, que va.
—¿Seguro?
—Que sí, joder.
Terminó girándose para no entrar en una conversación que no podría mantener sin perder la compostura y sin hacer que el plan se estropeara. Necesitaba guardar la calma.
Su novia estuvo todo el tiempo con la mosca detrás de la oreja. No dejó de intentar sonsacarle. Al final, optó por escaquearse yendo solo a la playa. Para su desgracia, Alba fue tras él.
—Estás raro.
—Que no, mujer. Que es solo cansancio.
Caminaron por la arena y se sentaron en el mismo sitio que de costumbre. Una voz conocida les llamó desde atrás. Era Martina que venía acompañada del resto del grupo.
Otra vez.
En esta ocasión casi agradeció verlos para no tener que continuar dando largas a su novia. Vio Aníbal, que en ese momento hablaba con Marcos, y apretó los dientes.
Se sentaron con ellos formando un círculo. Todos con unas ganas enormes de hablar, lo que permitió a Dani pasar desapercibido. No dejó de observar a Eva, al otro lado del círculo. Necesitaba hablar con ella.
La oportunidad surgió cuando decidieron ir al agua. Le hizo una seña para que se quedara con él.
Una vez a solas, ella le contó que fue Gonzalo quien se empeñó en traer a su amigo Javier, el gasolinero, cuando pararon a repostar. También le habló del circuito de barro. Al parecer fue una encerrona de Celia que ya sabía lo que se cocía. La propia Eva lo pasó muerta de vergüenza por su culpa cuando se reunieron con los chicos. Ellos las esperaban en una cala muy alejada de las cabinas.
—¿Hicisteis nudismo integral? Alba me dijo que solo estuvisteis en toples con ellos.
—No… es decir, a ver —cogió aire—, al principio solo toples, pero cuando nos juntamos todos, como estábamos en una zona nudista pues… —resopló con la vista al cielo— tuvimos que quitarnos todo.
—¿De quién fue la idea? —Había cerrado los ojos un momento.
—No lo sé. De todos supongo. Ellos ya estaban desnudos cuando llegamos.
—¿Todos?
—Sí.
—¿Antes de llegar vosotras?
—Sí.
Los muy falsos ya contaban con tener a las chicas en bolas. Supuso que no sería muy complicado hacer que dieran un pasito más con la última prenda. Sospechó que la idea de ir a Arenas no fue tan espontánea.
—Hoy he recibido unas fotos en mi móvil. Fotos de ayer cuando hacíais nudismo. Muy raras.
—¿Fotos? Oy, Dios, espero no aparecer yo porque… qué vergüenza.
Dani observaba su reacción intentando adivinar su implicación. Ella se tapaba la nariz y la boca con ambas manos y una cara de terror. No parecía ser la autora del envío.
—En una de ellas Alba aparecía chupando una polla.
Eva abrió la boca de par en par. —¿En serio? ¿También hay una foto de eso?
El que ahora se quedó con cara de plátano fue él. —¿Cómo que también? —consiguió preguntar— ¿Pero qué coño pasó allí, Eva? ¿A quién cojones le chupó la polla mi novia?
—No, no, a nadie. —Movió las manos frente a él como intentando deshacer un humo imaginario—. Es que… a ver, eso que tú has visto no era una mamada. —Se acercó para hablarle más bajito—. Fue una broma de Cristian y de Javier —aclaró—. Se habían sacado unos helados de limón o lima o… no sé, algo así. El caso es que eran sabores muy parecidos. Apostaron con Alba que no sería capaz de diferenciar cada uno por el sabor.
Dani empezó a atar cabos. Casi supo por dónde iban a ir los tiros.
—Le dieron a probar cada uno con los ojos cerrados para que ella acertara. —Hizo una pausa—. Te puedes imaginar el resto.
Se la imaginó abriendo la boca para recibir el helado y a uno de ellos poniendo su polla para que la catara.
—Putos cerdos —blasfemó—. ¿Quién fue? ¿Quién le puso la polla? —En realidad ya sabía la respuesta—. Fue Javier, ¿no?
Eva abrió la boca deseando no poder dar una respuesta, pero terminó bajando la cabeza y afirmando de manera muy sutil.
Dani contuvo un acceso de ira. Dio varias respiraciones largas para no empezar a maldecir en alto. Aquel cabrón se la había devuelto por la de los cafés en la gasolinera. Miró hacia donde estaba el grupo. Se salpicaban unos a otros y se reían en alto. Alba, que recibía enormes salpicones de agua, también reía sin darse cuenta de que estaba siendo el objetivo de todos. Aníbal se acercó por detrás y la cogió en volandas antes de tirarla al agua. Cuando emergió, saltó sobre su espalda intentando derribarlo. La foto de ella desnuda sobre él le golpeó como un puñetazo.
—¿Se enfadó por la broma de esos dos idiotas?
Su amiga pareció dudar, como si le costara encontrar las palabras adecuadas o la respuesta exacta.
—A ver, no se puso a reír, si es eso a lo que te refieres.
—¿Pero se enfadó con ellos o no se enfadó?
—Bueno… —Movió la cabeza a un lado y a otro haciendo memoria— les dijo algo así como: “Sois idiotas” o “qué par de idiotas”, no sé. Recuerdo que se levantó y se fue sola a dar un paseo. Creo que Martina fue con ella para calmarla.
—¿Y al volver?
—Pues, no sé. Llegó normal. Creo que ya se le había pasado el cabreo. A ver, al final, no dejaba de ser una broma. Le tocó a ella pero podía haber sido cualquier otra que hubiese entrado al trapo. También me lo propusieron a mí. Si lo piensas, solo fue una tontería de adolescentes.
«O de dos cabrones que se quieren tirar a mi novia», pensó.
—Estábamos de chufla —insistió Eva—. Tampoco era momento para ponerse a dar voces delante de todos.
Dani refulgía por dentro. Su novia había chupado un pollón de los que tanto le atraían. Seguro que en el fondo hasta le había gustado. Eso explicaba que llegara a la cama tan caliente. «Puto Javier de los cojones. Y puto niñato de Cristian».
No habló mucho más con Eva a la que la conversación le había puesto nerviosa. Incluso se separó ligeramente para que pareciera que no estaban juntos. Alba llegó algo después, corriendo desde el agua y se sentó junto a él. Eva aprovechó para levantarse. Alba la siguió con la vista mientras se alejaba.
—¿No vienes al agua?
—No me apetece. Sigo con mal cuerpo.
Lo besó en el cuello y susurró en su oído como una gata en celo. —A lo mejor yo puedo hacer que te sientas mejor.
Se le marcaban los pezones por encima de la tela. Tal vez a causa del frío.
Tal vez.
—Dime una cosa —dijo Dani a sabiendas de que debía mantener la boca cerrada—. Ayer, cuando dijiste que os quitasteis la parte de arriba del bikini… —la miró a los ojos escrutándola—. Solo fue eso, ¿no?
—Sí, en el circuito de barros, ya te lo dije.
—¿Y no os desnudasteis por completo después?
Alba empezó a mutar su rostro y a endurecer el rictus haciendo que los labios formaran una línea recta. Durante unos instantes enfocó la vista en Eva que en ese momento se tumbaba junto a Quico que había permanecido ajeno a la guerra acuática de sus amigos.
—Ya tuvo que saltar la mosquita muerta esa —farfulló entre dientes—. A ver, ¿Qué te ha contado?
—No me ha contado nada. Solo hemos hablado, y… —moduló la voz para que pareciera más grave— ha salido el tema del nudismo que hicisteis.
—¡Pero si te lo dije! —maulló.
—No me jodas, Alba. Dijiste que os quedasteis sin la parte de arriba. No con todo… al aire.
—Ay, nene, que sí —dijo alargando la última vocal en un sube y baja—. Estuvimos en toples durante el circuito, pero después, cuando llegamos a la playa, nos quedamos desnudas. Recuerdo muy bien que te lo conté. Para que no hubiera mosqueos. ¿Recuerdas?
—Pero… ¿Nudismo Integral?
—¿Y qué querías que hiciera? Es una playa naturista y allí todo el mundo está obligado a ir sin nada. Además, estábamos todos igual, no voy a ser la única que les haga salir de allí. —Puso una mano sobre las de él—. El sitio es chulísimo. Hubiera sido una putada largarnos por un arrebato de pudor. —Se hizo el silencio—. Sí, vale, me quité toda la ropa pero, al final, si estábamos todos igual, tampoco es para tanto, ¿no?
—No, si no aprovechas a quitarte las bragas cada vez que no esté delante.
Se arrepintió de decirlo nada más abrir la boca, pero el mal ya estaba hecho. Vio cómo Alba encajaba el golpe. De nuevo aparecía el novio rencoroso y malpensado.
Quiso disculparse, pero el grupo de amigos comenzó a llegar del agua y a desparramarse por las toallas interrumpiendo la conversación.
—Esto se está poniendo a tope —dijo Gonzalo—. ¿Qué os parece si vamos a la zona nudista? La que está detrás de las rocas. Esa zona siempre suele estar muy tranquila. Y si nos da el punto, hasta podríamos ponernos cómodos …como ayer.
Dani dio un bote y miró a Alba rogando porque no accediera. Ella le sostenía la mirada, con el mismo semblante dolido. Se giró hacia su amigo.
—Claro, por qué no.
— · —
Caminaban en silencio, algo apartados de los demás, con las toallas al cuello.
—Joder, Alba. ¿Por qué has dicho que sí? Sabes que me da palo.
—¿No decías que hago cosas sin ti? —Sonrió de medio lado—. Pues así aprendes.
Martina llegó desde atrás metiéndose entre ellos dos, rodeando el cuello de su prima con un brazo.
—¿Y qué, Dani? ¿Nos vas a hacer otra exhibición de las tuyas cuando lleguemos a la nudista? Un chico tan guapo como tú.
Se le escapó el aire de los pulmones. La cabrona le vacilaba con el tema de la bajada de pantalones.
—Me lo estoy pensando. La primera vez casi os hago vomitar. A lo mejor lo consigo a la segunda.
Martina soltó una risotada. —Pero qué bobo eres. Anda, ven aquí, chico guapo.
Lo abrazó a él también y lo besó en la mejilla de una manera que lo descolocó y tranquilizó a partes iguales. Caminaron los tres abrazados el resto del camino. En el fondo, que sacara el tema de la bajada de pantalones, había ayudado a quitarle hierro y a que se sintiera más seguro consigo mismo y, de paso, estaba cogiendo más confianza con ella.
Al llegar al otro lado de las rocas, las chicas fueron quienes eligieron el lugar de asentamiento. Marcos y los demás se colocaron separados de ellas. Dani no supo dónde sentarse. No quería quedarse con los chicos. Mejor dicho, no quería quedarse cerca de Aníbal. Eligió un sitio a medio camino de ambos.
—Bueno, a mí esto me sobra —dijo Celia desabrochándose la parte superior del bikini—. ¿No creéis, chicas?
Gloria la imitó destapando sus tetas y ambas interrogaron a Alba con la mirada. Ésta negó de manera sutil.
Dani respiró aliviado.
Las dos chicas en bolas fueron al agua seguidas por Gonzalo mientras, en un lateral, Enrico discutía en voz baja con Eva. Dani frunció el ceño cuando lo vio forcejear con ella. Estaba intentando quitarle la parte superior del bikini. Le cabreó que ese idiota no la respetara. Al final consiguió salirse con la suya y la prenda salió volando.
Eva se tapó como pudo, pero no logró evitar que gran parte de su anatomía quedara a la vista. Era la primera vez que le veía las tetas. Eran tan grandes, redondas y bien formadas como se intuía bajo la tela. Lo que más le sorprendió fueron sus prominentes pezones y sus grandes areolas rosadas. No rivalizaba con las de su novia, pero se podría decir que, a su lado, el resto de chicas jugaba en segunda división. Cuando apartó la mirada, Alba lo estaba observando.
Cazada.
Le hubiera gustado darle una explicación, pero solo pudo mirarla con ojos de culpabilidad. El vozarrón de Aníbal lo sacó de su ensoñación.
—Y tú Alba, qué. ¿No te animas?
Ella, sin dejar de perder contacto visual, se tomó su tiempo, tras el cual, llevó las manos a la espalda y se soltó la prenda superior. Después, para su consternación, se la lanzó a Aníbal que la cogió al vuelo.
—Claro, total, a eso hemos venido, ¿no? —contestó ella.
Dani boqueó dolido, pero su castigo no terminaría ahí.
—¿Vamos al agua? —dijo Alba, ahora sí, dirigiéndose a Aníbal.
Sin esperar respuesta se levantó y corrió hacia la orilla dando pequeños saltitos. Lo hizo a posta para provocar que sus tetas botaran. No hubo nadie en toda la playa que no siguiera con los ojos la carrera de aquella muchacha. Aníbal, siempre atento, aceleró hasta colocarse a su lado.
Excepto Eva, Enrico y él mismo, todos acabaron en el agua. Martina tiró de él obligándolo a levantarse.
—Venga, Dani. Tú también al agua.
Se dejó llevar sin convicción. Una vez en la orilla, Martina le salpicó a traición lo que provocó que diera un respingo por efecto del frío sobre su piel caliente. Eso le hizo reaccionar, obligándolo a salir de su estado de bajón.
—Ahora verás —dijo persiguiéndola para pagarle con la misma moneda.
Martina se adentró en el mar huyendo a carcajadas. Antes de alcanzarla, cuando el agua ya le cubría por encima de las pantorrillas, se zambulló dejándolo en medio de la nada. Las demás chicas, oliendo a carnaza, le rodearon y comenzaron a salpicarlo. Todas excepto Alba que, junto a Aníbal, lo observaba taciturna.
Gloria, Lidia y Celia se habían unido a Martina para hacer un frente común. Dani era todo un espectáculo aullando y contorneándose cada vez que el agua helada empapaba su piel. Comenzó entonces a contraatacar barriendo a manotazos la superficie para cegarlas.
La más beligerante era Celia que no dudaba en acercarse para empujarlo o intentar hundirlo en el agua. Sus tetas empapadas botando eran un espectáculo y más de una vez se había aplastado contra ellas.
La lucha continuó un buen rato durante el cual Alba no les había quitado ojo. Aníbal se había quedado junto a ella donde el agua les cubría por la cintura. Estaba muy pegado, seguramente para ver mejor sus tetas. Por suerte para Dani, ella se había cruzado de brazos ocultándoselas. Al menos se permitió ese pequeño alivio. Marcos y los demás se habían vuelto a las toallas.
—Ésta por la del otro día, cabrito. —Martina se colgó del cuello por detrás y le clavó las rodillas en las lumbares, haciendo que cayera de espaldas y desapareciera bajo el agua.
Cuando emergió fue a buscarla para vengarse pero se encontró con Celia que saltó sobre él, abrazándolo del cuello y rodeando su cintura con las piernas. De repente se vio con sus tetas desnudas pegadas a su cara.
Desvió la mirada lo suficiente para ver la cara sonrojada de Alba y su rictus indescifrable. Entonces ella se giró y se alejó caminando hacia la toalla todavía con los brazos cruzados. Se preguntó si habría adivinado que, de tanto forcejear con las chicas, tenía una empalmada de campeonato. Al salir del agua vio que tenía un lateral del bikini completamente metido por el culo. Aníbal, que caminaba detrás, tampoco perdió este detalle.
Alguien tiró de él haciendo que volviera a caer hacia atrás hundiéndose. Por desgracia, al tener a Celia encima, le resultaba imposible enderezarse y hacer pie. Su espalda llegó a tocar el fondo y en ningún momento Celia hizo amago de soltarse. Más aún, llegó a notar sus tetas aplastarse contra su mejilla con más fuerza.
Y entonces ocurrió la desgracia.
Alguien le tomó de la cadera y bajó su bañador de golpe sacándolo por los tobillos. Comenzó a bracear y patalear intentando sacarse a Celia de encima. Tenía la polla como un misil. Lo último que quería era volver a exponerse y menos de esa guisa. «Lo que me faltaba. Joder, otra vez». Pero ella continuaba amarrada a su cuello y cintura como un pulpo.
Tomó una medida desesperada. Tiró del bikini hacia abajo haciendo que su culo quedara al descubierto. Funcionó. Celia dio un respingo y se soltó, liberándolo. Cuando por fin pudo hacer pie y sacar la cabeza se encontró rodeada por las cuatro. Soltó el aire y respiró a bocanadas.
—Ey, joder. ¿Quién ha sido?
—¿El qué? —preguntó Martina.
—¿Quién me ha arrancado el bañador?
Las cuatro al unísono emitieron una mueca de sorpresa.
—¿En serio? —La sonrisa de Gloria iba de oreja a oreja—. ¿Estás sin bañador debajo del agua?
—Venga, va. No tiene gracia. ¿Quién lo tiene?
Todas levantaron las manos en señal de inocencia. Un repaso con la mirada constató que ninguna escondía la prenda. Seguramente la habrían dejado flotando en el agua. Comenzó a dar vueltas sobre sí mismo intentando ver a través de la superficie mientras ellas cuchicheaban divertidas.
—¿Dónde está?, joder.
—Bueno, bueno. Esto se pone interesante —dijo Celia poniendo los brazos en jarras y cara de lascivia—. Ya teníamos ganas de ver qué talla calzas.
Las demás rieron la gracia. A Dani se le encogió el estómago y, por acto reflejo, se tapó sus partes bajo el agua. Seguía con una empalmada del quince.
—Creo que las chicas nos volvemos a las toallas —dijo Celia—. ¿Te vienes con nosotras?
Caminó hacia atrás retándolo a que las siguiera. Sonreía sin disimulo sin dejar de mirar lo que pudiera haber bajo la superficie. Las demás la siguieron entre risitas. Solo Martina mostró algo de empatía. Al menos ella no se burló como las otras.
Y allí lo dejaron, solo. Con el agua hasta la cintura en medio del océano. Intentando desesperadamente encontrar su bañador por el fondo. Pero no hubo forma, el mar se lo había tragado. La buena noticia era que al menos su empalmada había desaparecido.
Intentó contactar visualmente con Alba para que acudiera a rescatarlo, pero las toallas estaban muy lejos y ella no lo miraba. Había otra cosa más.
Estaba con Aníbal.
Se habían sentado juntos y charlaban muy cerca el uno del otro, como si quisieran mantener una conversación privada. De hecho estaban algo separados del resto. Cuando por fin lo miró, braceó haciendo gestos para que se acercara. Ella puso la mano a modo de visera y mantuvo una breve conversación con alguna de las chicas. Y por fin, después de unos segundos eternos, se levantó.
…y se sentó con ellas.
Estaban las cinco en línea. Ella se había puesto en el medio. Todas sentadas con la espalda recta. Solo Eva se había quedado con los chicos. Dani cerró los ojos y suspiró apesadumbrado. Iban a esperar a que les hiciera el paseíllo.
No había más remedio que salir completamente desnudo y, taparse con las manos, no era una opción. Si lo hiciera quedaría como un niño vergonzoso en una actitud sumamente infantil.
Caminó pues, hacia las toallas, paso a paso, con los brazos a cada lado. Asumiendo las consecuencias de sus escaseces. En cuanto el agua dejó de cubrir su polla, empezaron los cuchicheos. Alba no decía nada, pero sonreía como una más. Momentos después se plantó delante de las cinco, brazos en jarras, muriéndose pero no cediendo a enfrentarse ante su propia vergüenza.
—¿Siempre te presentas así delante de las amigas de tu novia? —preguntó Gloria aguantando la risa.
—¿Y tú siempre pones cara de no haber hecho caca?
—Vaya, vaya, Dani —dijo Celia siempre incisiva sin apartar los ojos de su polla—. Eres una caja de sorpresas. Quién lo iba a decir.
—Me alegra que te haga gracia. ¿Dónde está mi puto bañador?
Martina apartó la mirada algo incómoda. No solo ella se dio cuenta de que se habían pasado con él. Lidia también se rebulló. Alba, por su parte, con el mentón a un lado, mantenía esa mirada vengativa que la caracterizaba. Celia seguía a la carga.
—No te pongas así, hombre. Tampoco yo llevo el mío. ¿No lo ves?
Se cogió de las tetas levantándolas en una clara provocación. A Dani le temblaba el labio inferior de rabia y bochorno. Todas allí mirando su polla como si fuera un bicho de feria. El bufón.
—Ya os habéis reído bastante, ¿no? —Se lo decía a Celia, pero el mensaje era para Alba—. ¿Me lo podéis devolver?
—Tranquilo, compañero. —Marcos se había acercado por detrás de las chicas en cuanto lo vio llegar y salía al rescate—. Te dejo uno mío. Pasa de estas cabronas.
Aníbal, que también se había acercado, se había puesto junto a él también dispuesto a mediar. Le puso una mano en el hombro.
—Ya te digo. Pasa de ellas y no te mosquees. Nadie ha visto aquí nada que no hayamos visto ya antes.
—Bueno, bueno —templó Celia—. Aquí algunas han visto menos que otras.
Alba la fulminó con la mirada y Dani se dio cuenta de que se refería a él. Hubo miraditas y sonrisas escondidas que aguantó con paciencia contenida.
—Mira, hacemos una cosa —continuó Aníbal—. Nos lo quitamos los demás y así estamos todos igual.
—Eso, eso —aplaudió Celia—. Pollitas al aire.
Todas las chicas sonrieron, incluida Alba que miró a su novio con ojos cargados de intención. Estaba disfrutando con su humillación. «Dulce venganza», pensó. Se diría que hasta se había puesto caliente con la proposición.
Dani no quería exponerse a comparaciones odiosas. Sin embargo, que Aníbal calzase una polla de su mismo tamaño, lo tranquilizaba.
El primero en despojarse fue el propio Marcos y, sin mediar palabra, le colocó su bañador de sombrero a la mujer de Gonzalo, tapándola hasta los ojos.
—Pero qué puto guarro. Quítame eso de ahí —dijo lanzando la prenda lejos.
Su marido y él se carcajearon a brazo partido. Dani no pudo evitar sorprenderse del tamaño de su polla. Quedaba muy lejos de la suya. Sin duda Martina debía estar muy feliz. León y Quico fueron los siguientes y, de nuevo, casi se cae de culo cuando vio que ambos calzaban unos cipotes del copón. Gonzalo también tenía lo suyo. Cerró los ojos y suspiró por dentro. No había sido buena idea que se solidarizaran con él.
Unos carraspeos le sacaron de sus pensamientos. Las chicas miraban a Aníbal y a él con ojos entre divertidos y maledicentes. Se encontraba a su lado y, por lo visto, eran los dos únicos con pollas más bien… “discretitas”. Le fastidió que fuera eso precisamente lo que ambos tuvieran en común. Al menos, eso sí, se sentía algo más arropado.
Nada más lejos.
Al echar una ojeada, constató con estupor, que el cipote de Aníbal era el más grande de todos los que estaban en aquella playa con amplia diferencia. Debía tener un palmo, por lo menos. Y el grosor no se quedaba atrás. Se dio cuenta entonces de que lo que ellas hacían era comparar sus pollas y sorprenderse por la bochornosa diferencia. David y Goliat.
Alba se mordió el labio inferior y mostró un brillo en los ojos que lo desoló. Muerto de vergüenza una vez más, apartó la mirada.
“Fui-fuiu”, se oyó silbar a alguna de las chicas. Aníbal sonrió orgulloso y se contoneó vacilón a un lado y a otro haciendo que su vástago pendulara.
—¿Habíais probado antes una como ésta, chicas?
—Pues claro que sí. ¿Qué te crees? —respondió Celia retadora.
—¿Y tú, Alba?
León y Quico intercambiaron un guiño. Gonzalo se giró para que no lo viera reír. La pregunta traía a colación la broma de ayer hecha por Javier a Alba. Dani aguantaba como podía su papel de novio que no se entera.
—Qué presumido. El tamaño no importa, sino saber usarla, listo —contestó Martina sonriendo de oreja a oreja.
Aníbal soltó una carcajada. —Eso quiere decir que tú, no. Ya me dirás el día que lo pruebes. O mejor, a ver qué tiene que decir Marquitos.
Martina lo abucheó con los pulgares hacia abajo por engreído.
—¿Y vosotras qué? —lanzó Aníbal—. ¿No os animáis a quitaros el resto? —Miraba a Alba.
—Yo paso —contestó ella—, que ya me liasteis bien ayer.
Se había apiadado de él y había decidido no torturarlo más. O quizás solo se estaba defendiendo a sí misma. En cualquier caso, se levantó y se fue a pasear con su prima. Dejándolos a todos allí plantados con sus chistecitos y sus risas.
Vistas desde atrás, ambas eran muy parecidas. Con unas líneas de vértigo y un culo perfecto. Caminaban de la mano con aquellos bikinis que dejaban poco a la imaginación. Se dio cuenta de que seguía de pie junto a Aníbal por lo que terminó por refugiarse boca abajo sobre su toalla.
Eva, algo apartada del grupo, lo había estado observando. También ella se había tumbado boca abajo, demasiado incómoda para hacer toples delante de todos. Se saludaron con un ligero arqueo de cejas. Ambos demasiado desnudos para el otro, y los dos fuera de su zona de confort.
La observó durante bastante rato antes de armarse de valor para sentarse junto a ella, de frente, con su pene vergonzosamente expuesto. Eva correspondió sentándose igual que él. Sin tratar de ocultar sus tetas más allá de un ineficaz cruce de brazos que seguía dejando todo a la vista, pero avergonzándose de su impúdica exhibición. Les costó un poco más de tiempo mirarse a la cara y enfrentarse a su desnudez.
—Esto es un poco raro —dijo Dani rompiendo el hielo.
—Sí, la verdad.
De nuevo el silencio y de nuevo incomodidad de la situación.
—No tienes por qué hacer todo lo que se le antoje a tu novio. Lo sabes, ¿verdad?
—Ya, bueno. A ver, tampoco es lo que parece. —Su amiga se ruborizó ante lo evidente de su relación con Quico—. Y lo que hago… lo hago porque quiero.
—Vale, solo lo decía por si acaso.
Eva desvió la vista al mar.
—De todas formas, tampoco tienes por qué sentirte avergonzada. —Bajó la vista a sus tetas con toda la intención y la devolvió a sus ojos. Después señaló levemente con la cabeza hacia el resto de chicas—. A esas les pegas mil vueltas.
Celia y Gloria estaban sentadas con las manos hacia atrás. Ambas luciendo demasiado orgullosas sus pechos desnudos. No es que sus tetas fueran feas, al contrario, pero ni su tamaño ni su forma podían competir ni de lejos con las de Eva o la propia Alba.
Eva resopló y volvió a apartar la vista.
—Buff, no sé, Dani. No me siento nada cómoda. He pasado toda la vida aguantando burlas por lo mismo. No es tan fácil que de repente ahora todo sea del revés.
—Entiendo —Asintió con un leve gesto de cabeza.
—Tampoco tú tienes que avergonzarte de nada —dijo ella.
Ahora fue él quien sintió la tentación de cerrar las piernas y taparse.
—Lo digo por lo de antes —matizó—. Cuando los chicos se han quitado el bañador, te ha cambiado la cara. —Puso una mano sobre la suya—. Tú también deberías quererte más. La valía de una persona no se mide en centímetros.
—Ya, bueno. No era solo eso. Es… algo más complicado.
—¿Es por Aníbal?
Dani dejó escapar el aire y se vino abajo.
—No sé si ha querido echarme un capote o terminar de hundirme —piafó—. A ver, el tío conmigo parece majo, y tiene toda la pinta de ser superlegal, pero siempre que me pasa algo, él está detrás. —Hizo una pausa—. Y no dejo de tener la paranoia de que no para de meterle fichas a Alba.
Eva contrajo el rictus y congeló la cara durante unos instantes. Miró a los lados y bajó la voz. —Si te cuento una cosa —dijo con cautela—, ¿me prometes que no te vas a mosquear?
—Pues no. ¿Cómo te lo voy a prometer? Claro que me voy a mosquear. Solo con decirme eso ya sé que va a ser algo malo. ¿Quién inventó ese recurso para evitar el enfado del otro?
Eva le tomó de la mano para que bajara la voz y se calmara. —Está bien, pues te lo digo de todas formas. Pero procura no tomarlo muy a pecho, ¿vale? —Hizo una pausa para coger aire. —La otra noche, cuando estuvimos en casa de Gonzalo y Gloria y te gastaron la broma del armario…
A Dani se le aceleró el pulso.
—Fue idea de Aníbal. Le dijo a León que quería que te mantuvieran todo lo posible alejado del salón.
—No me jodas.
—Por eso te dejaron dentro tanto tiempo. Quico fue el que dijo de colocarte junto a la piscina.
—¿Por eso discutías con él?
Eva apartó la mirada e hizo un mohín. —Discutía porque quería que te sacaran ya, y él no me dejaba. Nadie me tomaba en serio.
—Casi me muero ahí dentro.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio. Sin decirse nada, pero compartiendo todo.
—Eva, ¿te puedo preguntar una cosa de esa noche, sobre las confesiones?
—Bueno, no sé. —Se había puesto tensa.
—¿Fuiste tú la que puso que quería una noche de sexo conmigo?
—¿Yo? ¿Pero qué dices? —Se llevó los brazos al pecho, cruzándolos para taparse.
—No pasa nada. Solo quiero saberlo. A ver, que igual lo hiciste para echarme un capote —dudó—, o como una broma. Si es así, dímelo, que no me importa, te lo juro.
—No, Dani —dudó—, no fui yo.
Los dos se quedaron en silencio, mirando al suelo.
—Todo el mundo pensó que fuiste tú, incluida Alba. —No era un reproche, sino un lamento.
—Ya, menudo palo, también Quico. —Eva seguía sin atreverse a mirarlo. Los silencios que surgían tras cada frase seguían siendo igual de incómodos. Dani estaba pensativo.
—Yo puse lo de que quería casarme con mi novia.
Eva abrió la boca para decir algo, pero Dani la atajó antes de que pronunciara nada.
—No, no fue Marcos el que lo escribió. Ya ves tú, qué cosas.
—Pensaba…
—Pensabas que yo era el que se quería tirar a la prima de Alba, igual que todos, incluso el propio Marcos. Menudo mosqueo se pilló. Estuvo sin hablarme un rato de la hostia.
Nuevo silencio y nuevas miradas al infinito. Eva se frotaba los brazos, cavilante. O nerviosa. —Yo puse que me gustaría hacerlo con una chica de este grupo.
Dani se quedó con la boca abierta.
—No se lo digas a nadie, ¿vale? Ni a Quico —atajó ella con rapidez—. Me da un palo de la leche.
Cerró la boca para no asustarla, intentando no mover un músculo. Como si no le hubiera dejado en shock. Después asintió con lentitud.
—No te flipes, ¿eh? Que no soy boyera. Es solo… que me pone probar. Eso es todo, sin películas raras. —Dani continuaba asintiendo comprensivo, entendiendo ahora el porqué de esos pezones erectos cuando se besó con Alba.
—¿Y Quico, qué puso?
—No sé, eso es cosa suya.
—Eva, por favor. Los dos sabemos de sobra que no tiene ningún reparo en decírtelo, por muy desagradable u ofensivo que te parezca. Seguro que hasta se jactó de hacerlo.
—Que no, que no. Que no lo sé. —Se pasó el pelo por detrás de la oreja y apartó la mirada nerviosa parpadeando con rapidez.
—Cada vez que haces eso, sé que no estás siendo sincera.
—Lo digo en serio. No lo sé.
—Puedes decirme cualquier cosa de ese idiota.
Eva encajó el insulto con dolor en su amor propio. Al fin y al cabo, no dejaba de ser su novio. Mantuvo la mirada unos segundos, sin rencor, sin resentimiento. Después, negó con la cabeza.
Dani no insistió y mostró media sonrisa, comprensivo. Bastante se había sincerado. Tuvo el acierto de poner una mano sobre la suya y decir algo que una chica como ella debería oír más a menudo.
—Lástima que ese idiota no sea capaz de darse cuenta de que la tía buena del grupo se la llevó él.
Si no fuera porque la conocía bien, diría que se había quedado congelada, como si estuviera haciendo esfuerzos para contener una lágrima. No hablaron mucho más y cada uno volvió a su toalla. Cuando Alba volvió de su paseo se sentó con Dani. Le hizo un hueco, aliviado por verla de nuevo acercarse a él. Había temido que acabara en la de Aníbal. Cada vez tenía más claro que era un depredador a la caza de su chica. Estuvieron un buen rato tumbados cada uno al lado del otro hasta que decidieron que ya era hora de volver a casa.
—Chicos, nosotros ya nos vamos —les dijo Alba.
Dani no veía el momento de salir de allí. Había sido otro día difícil, pero por fin los perdía de vista. Otro día menos para volver a su casa.
Fin capítulo XXII