Chupitos de marihuana
Se levantaron igual que se acostaron, enfadados. Dani intentó algún tímido acercamiento sin muy buen resultado. Esa mañana no salieron de casa, Alba había decidido que pasarían el día con su prima, descansando en las tumbonas junto a la piscina. En la cháchara de ambas chicas, él no pudo meter bola, principalmente porque su novia no se molestó en introducirlo en la conversación.
Por suerte su prima pequeña llegó de visita y lo hizo acompañada de Marcos, lo que ayudó a que la mañana fuera más amena. Se metió con su amigo en el borde de la piscina mientras las tres chicas continuaban ajenas con su charla.
Y si el día ya estaba siendo cuando menos extraño, llegaron los amigos de Cristian para estropearlo un poco más. Alba y Dani cruzaron una mirada en cuanto el muchacho apareció entre ellos. Casi pudo percibir cómo se le endureció la cara antes de apartarla con frialdad.
Decidió que no quería verse con ese idiota que enseguida empezó a hacer de las suyas en el agua, así que se salió de la piscina. Marcos volvió con las chicas y él fue hasta la mesa de madera donde reposaba el periódico que Marta compraba a diario y que estaba relativamente lejos de todos. Allí pasó el resto del tiempo, ajeno a lo que ocurría en aquel jardín, incluida la zona de tumbonas. Autoexcluido de todo lo que tuviera que ver con aquel lugar.
Un buen tiempo después, cuando cerró el diario por la última página, estiró las piernas con las manos en el regazo y pasó la mirada por todo el jardín. Era, como siempre, una zona de guerra ocupada por la pandilla de Cristian. Lo buscó con la vista y no lo encontró. Dirigió rápidamente la atención a la zona de Alba. Tampoco estaba con ella y sus primas.
Y entonces lo vio.
Llegaba desde la casa con una bandeja repleta de bebidas en vasos de cartón llenos hasta el borde. Caminaba tal como lo hizo él días atrás, dando pisadas cortas con sumo cuidado de no dar un mal paso. Sus amigos lo esperaban sedientos.
Y ahí fue cuando vio su oportunidad de vengarse.
Se acercó por detrás como si pasara por casualidad y, cuando estuvo pegado a él, bajó su bañador hasta los pies de un rápido tirón. Se apartó ligeramente preparado para ver el espectáculo. No había peligro de que se rompiera ninguna vajilla puesto que todo lo que llevaba en sus manos era de papel o plástico, así que, en caso de caída, su planchazo contra el suelo sería lo más grave.
Por desgracia, el percance no ocurrió como él tenía pensado.
En primer lugar, Cristian se había quedado parado en cuanto notó bajar la prenda; con los pies en la misma posición y sus pantalones reposando sobre ellos, completamente desnudo.
—¿Qué haces, pavo? —le dijo Cristian con despreciable calma. Tenía una mueca de extrañeza y decepción.
Marta y las chicas miraban a Dani con la boca abierta. Sintió el desprecio de Alba que movía la cabeza en sentido negativo, sin dar crédito a su actitud infantil. Los amigos de Cristian tenían rictus similares. La broma no tenía gracia cuando era su amigo quien la recibía.
Para su desazón, y en contra de lo que había creído, acababa de quedar como un niñato en medio de una pataleta. Pero la desgracia no acababa ahí.
Si pensaba que Cristian iba a quedar en ridículo iba listo. Constató con especial dolor que gastaba una polla enorme y que las miradas que estaba recibiendo eran de admiración. Y es que aquel niñato, aquel chaval imberbe que no sabía crecer con su edad, dejaba caer ganchuda una polla que colgaba hasta debajo de los huevos, muy lejos del tamaño que Alba le había hecho creer que tenía. No era como la de Aníbal, pero tampoco le tenía mucha envidia.
Cristian, orgulloso, no se molestaba en cubrirse ni hacer amago de girarse. Al contrario, se exhibía arrogante recibiendo toda la atención.
Dani miró a Martina por acto reflejo, quizás pensando en sí mismo la noche anterior y cerró los ojos con pesadumbre al ver el brillo de su mirada. Imaginó lo que le estaría pasando por su cabeza (y la de todos los demás). La comparación debía ser odiosa. Incluso la propia Marta, la novia de su padre, había bajado las gafas para mirar por encima de ellas con inusitado interés.
—¿Alguno puede echarme una mano? —Cristian pedía con una sonrisa que alguien le subiera los pantalones puesto que él, con las manos ocupadas, no podía hacerlo por sí solo. Para mayor escarnio fue precisamente Alba quien acudió a ayudarlo.
Observó, consternado, cómo se arrodillaba frente a él, quedando su cara justo delante de su polla. Asió su bañador, empapado, con ambas manos y comenzó a subirlo tirando de un lado y otro, despegándolo de su piel a la que se adhería constantemente a causa de la humedad. Su polla pendulaba con cada tironcito amenazando con rozarla en cualquier momento.
Y mientras Alba se concentraba en cubrir, cuanto antes, sus partes con la tela que no dejaba de pegarse, Cristian lo miraba con esa cara de suficiencia que tan “hasta los cojones” le tenía, asomando media sonrisita de niño cabrón por tener a su novia a sus pies o, mejor dicho, frente a su polla.
Y todavía se agrandaría un poco más cuando Alba trató de subir el último tramo hasta la cintura. La polla, que había quedado colgando por fuera del elástico, dio un “latigazo” hacia arriba antes de esconderse dentro de la prenda con el último estirón, lo que hizo que casi rozara su cara. A Dani le costó no cerrar los ojos.
Cuando se levantó, no supo si le dolió más su cara de enfado o la sonrisa de satisfacción de Cristian que ya comenzaba a caminar hacia sus amigos.
—Ya te vale —le susurró su novia—. No pensaba que te rebajarías a esto. Eres, eres…
Apretó las mandíbulas de rabia y se lamentó al darse cuenta de lo que acababa de hacer a ojos de ella. No había sido solo una venganza pobre e infantil contra un crío irreverente y rebelde, sino el ataque de un novio celoso, controlador y malpensado contra la misma persona a la que ayer acusó de follar con ella.
La vio alejarse hacia las tumbonas donde la esperaban sus primas y Marcos. Éste estaba algo apartado de ellas. Le hizo una seña para que se sentara con él. Cuando lo hizo no intercambiaron muchas palabras, pero a Dani le bastó con su compañía en aquel día tan amargo. Se maldijo por su mala suerte. Alba no le hablaba, había quedado como un rencoroso y, por si fuera poco, Cristian tenía un rabo el doble que el suyo, plasmando una vergonzante comparación a todos los presentes.
Y para terminar de fastidiar la mañana, Cristian apareció un poco después. Se plantó con un vaso de cartón delante de las chicas.
—Toma, prima. Todavía está fresquito. —Alba se incorporó, quedando sentada en la tumbona. Alzó un brazo y lo recibió con una amable sonrisa—. No te lo tomes todo de golpe.
—Con este sol no te lo puedo asegurar —contestó ella llevando el vaso a los labios—. Me estoy asando.
Cristian arrugó la frente como si estuviera cavilando.
—¿Y no sería mejor que tomaras el sol sin la parte de arriba? Te van a quedar unas marcas muy feas y total, estás en familia.
Dani se incorporó como un suricata. Aquel crápula estaba tratando de despelotar a su chica delante de todos sus amigotes. Alba cruzó la mirada con él que se la devolvía suplicante. En sus ojos brillaba el mismo rictus indolente que cuando le bajó el bañador al imberbe.
—Claro, por qué no. Total, estamos en familia.
Le devolvió el vaso para que se lo sostuviera y se llevó las manos a la espalda. Cuando la prenda cayó a sus piernas, las tetas rebotaron hacia arriba, libres, excelsas. Una ovación llegó desde el otro lado de la piscina.
Para empeorar las cosas, extrajo un botecito del capazo y comenzó a darse crema por el cuerpo poniendo especial atención en las zonas más delicadas, lo que hizo las delicias de la grada de adolescentes. Cristian, a su lado, esperaba paciente con el vaso en la mano durante toda la operación. No tenía ninguna prisa en volver con sus compañeros, las vistas desde allí eran inmejorables.
—Gracias —dijo alargando el brazo para que le devolviera su bebida.
Él se dobló por la cintura con una mano a la espalda, amagando el gesto de un camarero. Prácticamente colocó el envase delante de sus tetas, justo donde tenía puestos sus ojos. Alba no se dio prisa en hacerse con el recipiente.
Cuando por fin desapareció de allí para volver a su sitio, ella volvió a cruzar la mirada con Dani. Solo fue una fracción de segundo, lo que tardó en esconderla tras un trago de su bebida, pero suficiente para ver ese brillo vengativo tan particularmente suyo.
— · —
A la tarde las cosas retornaron parcialmente a su cauce, quizás porque Alba había visto resarcida su revancha. Volvían a hablarse y habían decidido caminar hasta el centro del pueblo. El paseo junto a la playa estaba concurrido de gente. También la playa lo estaba, con un mar de cuerpos tumbados al sol. No tardó en salir el tema de la piscina.
—¿Por qué has tenido que quitarte el bikini delante de Cristian y sus amigos?
—Lo he hecho para que no me queden marcas. —El tono era cortante, a sabiendas de que los dos sabían perfectamente el motivo real.
—Venga ya, Alba. No me ha hecho maldita gracia que me putees con ese imbécil.
—Pues no te comportes como otro imbécil.
—Ya te he pedido perdón por lo de ayer —respondió sulfurado—. Te fuiste completamente desnuda y tardaste la hostia en volver. Y luego me dices que estabas con él, en pelotas, en mitad de la noche. —Movía las manos delante de su cara—. Joder, tía. Es que cualquiera pensaría mal.
—Yo no soy una cualquiera, Dani —La última palabra sonó a advertencia.
—Tal vez tú no —se mordió la lengua—, pero es que ese Cristian no pierde ni una contigo. Siempre está ahí… como un salido.
Ella retuvo unos momentos sus palabras antes de encararse a él.
—No soy una máquina que de repente se desconecte y deje de gustar a los chicos porque sí. —Hizo una pausa—. Si a ese chaval, con sus hormonas y su tontería de adolescente le gusta mirarme, será su problema. Pero eso no va a hacer que yo te sea infiel.
Encajó la respuesta y siguieron caminando, pensativos en cada una de las palabras del otro.
—Anda que, menudo festín se han dado esos chavales cuando te has soltado las tetas —dijo algo cortado—. Seguro que ya tienes club de fans.
Alba río su comentario, relajando el ambiente. —¿Tú crees? Pues alguno de esos chicos no estaba nada mal.
La miró con la boca abierta. Ella se carcajeó y le golpeó con la cadera. —Eres muy bobo ¿Lo sabes?
Lo abrazó y lo besó con fuerza y Dani la recibió agradecido. Al menos se había acabado la tirantez. Después continuaron caminando cogidos de la mano.
—Por cierto —dijo Dani al cabo de un rato—, Cristian la tiene enorme.
—Sí, es verdad —corroboró ella en tono neutro.
—Dijiste que la tenía pequeña.
—Eso creía. —Se encogió de hombros—. Me confundí.
Siguieron caminando con Alba mirándolo de reojo.
—Estás muy mono cuando pones esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que cuando viste la polla de Aníbal junto a la tuya.
Recorrieron todo el paseo que bordeaba la línea costera hasta llegar a una zona llena de callejuelas. Se perdieron entre ellas hasta que, un rato después, encontraron espacio abierto, como una especie de plaza o rambla donde se juntaban diferentes puestos para veraneantes. Esa tarde estaba lleno. Recorrieron las filas de vendedores hasta llegar a una tienda de aspecto alternativo. Ocupaba el bajo de uno de los edificios que bordeaban esa especie de placita.
—Fíjate, Alba, aquí venden pulseras como la tuya, con garabatos igual de raros.
—¿Ah, sí? A ver.
En ese momento el dueño salió de la trastienda. Era un tipo con aspecto hippy, tan alto que tuvo que agachar ligeramente la cabeza al pasar por la puerta.
—Hola de nuevo, chicos, ¿os puedo ayudar?
Andrés sonreía tan complacido como sorprendido de verlos por allí. Llevaba una camisola muy holgada y deshilachada abierta por el pecho y un pantalón bastante cómodo. Se quedó de pie cogiéndose las manos por delante. Dani no tardó en ofrecerle la suya para saludarlo.
—Así que aquí es donde te ganas la vida —dijo él.
—Me gano la vida… y la vivo —contestó haciendo un pase con la mano señalando la estancia repleta de productos artesanales, con su marca personal en todas ellas.
—Menuda casualidad tan grande que hayamos ido a dar contigo justo aquí.
—Sí, ¿verdad? —dijo Alba demasiado sonriente.
— · —
Acabaron los tres en la trastienda, donde les enseñó su área de trabajo así como el resto de su vivienda. A Dani no le sorprendió su aspecto aunque, era tremendamente peculiar comparado con una vivienda normal.
La estancia principal era una especie de salón-cocina-comedor con viejos sofás raídos, una mesa alargada repleta de botellas, cuencos con cosas raras, plantas y demás objetos extraños.
Andrés se sentó en un sillón-mecedor viejísimo. Tenía tapetes en los brazos que ayudaban a tapar parte de los innumerables chinotes acumulados a lo largo de amplias tertulias filosóficas con sus más que predecibles numerosos amigos. Tan alternativos y peculiares como él. Porque Andrés era en sí mismo peculiar. Peculiar pero transparente. Tal vez no muy sano de cuerpo, pero sí de espíritu.
Acabaron bebiendo unos chupitos de licor de su propia fabricación. Riendo con él mientras contaba sus historias y vivencias, porque si algo tenía aquel hombretón era mucha vida a sus espaldas.
Nunca había estado casado, pero tenía una hija; jamás había tenido una nómina, pero no le faltaba dinero; no fue a la universidad, pero aprobó las asignaturas más importantes. Era, ante todo, un hombre de pocos empleos y muchos oficios.
—¿De verdad trabajaste en un circo? —preguntaba Alba divertida—. No te imagino.
—Y podría seguir haciéndolo.
Se levantó de su sillón y se plantó en mitad de la estancia. Se dobló por la cintura hasta apoyar las palmas de las manos en el suelo sin doblar las rodillas con una elasticidad pasmosa. Contrabalanceó su peso y comenzó a despegar los pies, elevándolos hasta formar una T. Después los izó, formando una figura completamente vertical. Aguanto unos diez segundos antes de volver a ponerse de pie y saludar teatralmente.
—Formaba pareja con una chica. Nos sujetábamos el uno al otro haciendo figuras y posturas de equilibrio y fuerza.
—A ver yo. —Alba se levantó y se puso frente a él. Iba algo tocada de tanto chupito por lo que tuvo que hacer dos intentos antes de tomar posición—. De pequeña lo hacía muy bien.
Imitó el movimiento de Andrés, poniendo ambas palmas en el suelo. Pero lo hizo doblando las rodillas por lo que la postura no quedó muy estilizada que digamos. El culo se le iba hacia un lado y a otro. Dani se masajeó las sienes. «Qué hostia se va a dar —pensó—. Bueno, el suelo es de hule, algo amortiguará».
Comenzó a desplazar el peso hacia sus brazos. Después, para sorpresa de todos, levantó un pie del suelo, luego el otro. Pero ahí quedó todo. Alba se había quedado a medio camino entre un vertical y un oso acróbata.
El hippy la cogió de la cintura. —Sigue. Venga levanta las piernas hasta arriba.
Alba lo intentó a su manera, la manera de una chica medio borracha. Las levantó arqueando demasiado la espalda por lo que sus talones golpearon la cabeza de Andrés, y no lo hizo una sola vez porque, intentando conseguir la verticalidad, se puso a “pedalear” en el aire soltando coces a diestro y siniestro. El hombretón lo resolvió levantándola en el aire por encima de su cabeza con una facilidad asombrosa. Al sentirse sin apoyos, Alba acompañó sus coces involuntarias con manotazos al aire intentando asirse a algo.
—Sube las piernas, vamos súbelas —le decía él. Alba se movía como un conejo flotando en el espacio—. ¿Pero quieres hacerme caso y subir las piernas?
Pero ella estaba en modo pánico y no atendía a razones. Entonces Andrés hizo algo que no esperaba nadie. Abrió la bocaza y le dio un mordisco en el culo. Dani parpadeó para estar seguro de lo que acababa de ver. Andrés había encajado su hocico entre las dos nalgas de Alba metiendo parte de su anatomía entre sus mandíbulas antes de clavarle los dientes por encima de su pantaloncito corto.
El efecto fue inmediato. Por acto reflejo arqueó la espalda y elevó las piernas intentando proteger la zona y, de paso, poniéndose tiesa. Casi consigue la verticalidad deseada. Había soltado un grito y se frotaba la zona dolorida.
—Ayy, me has mordido el culo. —Arrastraba las palabras.
—Ahora estira las piernas y ponlas rectas —animó—. Venga, ponte derecha.
Pero ella seguía intentando alcanzar el suelo con las manos. No lo conseguía, pero al menos había dejado de patalear.
—Dios, qué mareo tengo. Creo que no estoy bien.
Andrés la giró en el aire como un reloj de arena y la posó con suavidad. Ella se abrazó a él como un náufrago a un barril antes de lanzarse a por el sofá más cercano donde se dejó caer como un plomo.
Dani tenía un chupito en su mano. Se lo quedó mirando con detenimiento. «Quizá esto no sea tan sano para el cuerpo como dice Andrés», pensó.
Se estaba acabando la tarde y las luces de la calle eran cada vez más mortecinas. Fue entonces cuando llegó la sorpresa del día. Alguien entró desde la tienda a la zona de la vivienda plantándose delante de ellos. Era una adolescente muy mona de una belleza natural que les sonrió nada más verlos. Ante ellos acababa de aparecer nada menos que la hija de Andrés.
Cristina.
— · —
Nunca hubiera imaginado que fuera precisamente la novia de Cristian, la hija de aquel hombretón. Tan simpática como siempre y muy vivaracha. Tenía una relación con su progenitor muy cercana y bromeaba con él como si fuera uno de sus colegas. Enseguida había entrado en la conversación bromeando y riendo tan fuerte como los demás. Pese a su edad, estaba reduciendo la diferencia de chupitos que le llevaban de ventaja con asombrosa velocidad.
Dani y Alba estaban sentados en el sofá central; Cristina ocupaba otro junto a ellos, formando un ángulo recto con el suyo. Al tenerla tan cerca, pudo apreciar con más detenimiento su cuerpo. La muchacha era delgada pero voluptuosa. Lo mejor de todo era su culo que había podido escanear en varios de los viajes que había hecho hacia la cocina. Llevaba un pantaloncito corto de deporte ajustado que remarcaba a la perfección su trasero con forma de cereza invertida.
Alba le había cazado un par de veces siguiéndola con la mirada, pero iba tan borracha que no se había enterado de nada. Se preguntó qué edad tendría la muchacha. No le gustaría estar poniéndose las botas con alguien sin los años necesarios. Apartó la vista con rapidez cuando se dio cuenta de que Andrés se había quedado mirándolo.
Terminaron hablando del infructuoso intento de Alba haciendo el pino mientras ella se reía a brazo partido.
—Y me ha mordido el culo —decía casi al borde de las lágrimas.
—Te lo merecías. Casi me rompes la crisma a patadas. —Se giró hacia su hija—. No era capaz ni de levantar el trasero del suelo. —Había vuelto a sentarse en su sillón junto al sofá central.
—Que voy pedo, joder. Ya me gustaría veros a vosotros. —Simuló ponerse seria.
—Tu padre la ha levantado en el aire como si fuera una pluma. Es fortísimo —dijo.
—Dani también es muy fuerte —contestó Alba—. A mí me levanta con un solo brazo.
—¿En serio? —preguntó Cristina enormemente interesada—. A lo mejor podrías trabajar también en el circo. Yo una vez intenté entrar allí de equilibrista. Podríamos hacer pareja.
—Seguro que sí —contestó él—. Tú de acróbata y yo recogiendo los cacahuetes para comérmelos en mi jaula.
—No digas eso. —Alba se le echó al cuello besando su mejilla, visiblemente ebria—. Tú eres muy fuerte. Podrías trabajar de eso si quisieras y serías el mejor. —Dani negó con una sonrisa dando a entender que su novia lo quería demasiado para ser imparcial. —Es verdad, es muy fuerte —insistía ella dirigiéndose al resto—. El día que nos conocimos le dio una paliza a tres tíos tan grandes como tú —dijo señalando a Andrés.
Cristina y su padre pusieron una cara entre la duda y la sorpresa.
—No eran tan grandes y, por supuesto, no fue una paliza —rebatió Dani, abrumado. Se vio en la obligación de explicarse para no parecer un buscalíos del tres al cuarto—. Solo hubo una patada en los huevos, un puñetazo en la tráquea y una nariz rota.
Cristina lo observaba con los ojos como platos. —¿Y no quisieron pegarte?
—Lo intentaron, por eso se llevaron una patada en los huevos, un puñetazo en la tráquea y una nariz rota.
—Es que Dani se crió en un orfanato —dijo Alba—. Pero uno chungo de esos con profesores crueles y compañeros cabrones. Ahí es donde aprendió a defenderse.
Él arrugó un poco la cara. No se sentía cómodo hablando de ello.
—Sí, estuve en muchas peleas, por desgracia —se justificó—, pero no os vayáis a pensar, en aquel colegio yo era de los que recibía. —Señaló la cicatriz de la ceja y la del labio.
—Ayy, mi niño —dijo Alba besándolo maternalmente—. Si yo hubiera estado allí, no habría dejado que te hicieran nada.
—Si hubieses estado allí —respondió con una sonrisa—, hubieras acabado como yo, encerrada en el cajón de una cómoda durante horas, donde apenas cabía hecho un ovillo, a la espera de que se cansaran de torturarte.
Cristina se llevó la mano a la boca ahogando un lamento; su padre frunció el ceño consternado. No era de esos que toleraba muy bien la violencia. El hombretón movía la cabeza incrédulo.
—Qué horror.
Cristina se sentó junto a él y lo abrazó rodeando su cuello. Después lo besó, quizás demasiado cerca de la comisura de los labios.
—Oye, oye, que corra el aire, culo bonito —bromeó Alba—, que esto de aquí es todo mío. Tú ya tienes a ese tío grande de ahí atrás —se quedó mirándolo— …con un montón de cosas grandes. Y ahora mi novio me va a levantar a mí igual que ha hecho tu padre antes. —Se levantó haciendo eses por culpa de tantos chupitos y puso las manos en el suelo—. Vamos Dani, sujétame.
Entre todos la convencieron para que se olvidara de hacer nuevas acrobacias, pero la muy cabezona insistía una y otra vez en demostrar su destreza. Tuvieron que sentarla en el sofá a la fuerza. Cristina era la que más forcejeaba con ella. Cayeron en el maltrecho diván como plomos partiéndose de la risa.
—Eres majísima, Cristi. —Alba la abrazó y la besó en la mejilla—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —Había entrecerrado los ojos y la señalaba con el dedo. Su cara estaba casi pegada a la de Cristina. Ésta esperó paciente a que se lo dijera—. Que eres majísima.
Dani se llevó la mano a la cabeza. «Está como una cuba», pensó.
—Pues a mí lo que más me gusta de ti —dijo Andrés a Alba—, es tu vitalidad. Desde luego eres incombustible.
—Oy, qué bonito —contestó—. Ahora vosotros. Venga, decidme qué es lo que más os gusta de mí —pidió con la vista puesta en Dani.
Éste comenzó a toser de forma falsamente exagerada. —Cough, cough, TETAS, cough—. Nuevas risas de todos.
—Eres lo más “tonnto” del mundo —contestó Alba—. Pero te perdono porque soy incombustible. Y porque estoy borracha.
—A mí lo que más me gusta de ti es tu novio —dijo Cristina. Dani se quedó con la boca abierta. Alba la miraba sin saber exactamente el significado de lo que había dicho, parpadeando a la espera de que soltara una frase que finalizara la broma—. Debes ser una chica muy especial y merecer mucho la pena para que un chico como él esté contigo.
Seguía mirándola con una ceja levantada. El alcohol no le permitía interpretar con claridad cuáles eran las intenciones reales de lo que había dicho. Lentamente comenzó a afirmar con la cabeza.
—Lo soy —dijo con sentida afección.
—¿Y a ti, Dani? ¿Qué es lo que más te gusta de mí? —preguntó Cristina todavía abrazada a su novia.
Las dos en el sofá central, mirándolo. Una borracha y la otra no tanto como parecía, pero ambas con la misma mirada de águila que observa una presa hacer un mal movimiento.
—Pues… tu simpatía.
—¿Mi simpatía? —Cristina fruncía el ceño contrariada—. De tu novia te gustan las tetas, ¿y de mí solo dices que soy simpática? —se puso seria—. Venga, dime la verdad.
Su padre lo observaba desde su sillón, con un chupito vacío en la mano que terminó por depositar en la mesita cercana. Su semblante seguía siendo complaciente, aunque ya no sonreía. Ninguno lo hacía, de hecho; como si de su respuesta dependiera el resultado de un examen. No sabía cómo, pero de repente la situación se había vuelto muy rara.
Le hubiera gustado poder ser totalmente sincero y decir que lo que más le gustaba de ella era imaginar follarla, a ser posible desde atrás, con una buena panorámica de su perfecto y prieto culo.
—Bueno, es que… a ver. —¿Habían empezado a jugar a algo y no se había enterado?—. No sé qué decir. —Miró a Andrés dubitativo. Éste se dio cuenta de que pasaba el tiempo y no dejaba de observarlo.
—¿Acaso me estás mirando a mí para que te de permiso para hablar con sinceridad? —preguntó con esa calma que le caracterizaba.
Alba y Cristina seguían atentas, esperando. Dani cogió aire y lo expulsó lentamente.
—Tus labios —dijo por fin—. Son gruesos y carnosos; tiernos como dos pétalos de flor. Se elevan formando un hoyuelo muy sugerente en el medio, que dan ganas de llenarlo a besos. Seguro que los tuyos deben ser muy dulces. —hizo una pequeña pausa—. Y, sobre todo, enmarcan tu sonrisa, haciendo que brille de una forma especial.
Cristina, que escuchaba con la mirada clavada en él, tenía el rictus de concentración, meditando lo que acababa de oír. Como si de alguna manera, aquellas palabras tan bonitas, no fueran la respuesta correcta.
—Es curioso —dijo contrariada—. Creía que lo más bonito de mi cuerpo era mi culo. ¿Es que a ti no te lo parece?
—Claro que sí. Es redondito, prieto y con forma de cereza invertida. De esos que dan ganas de agarrar con las dos manos. Se eleva formando una figura muy insinuante por detrás. De hecho, esos pantalones —dijo señalando con el dedo—, realzan todo lo mejor y más provocativo de él, como ese huequito de luz que queda entre las ingles y que atrae las miradas de los chicos como a las polillas. Es sin duda lo más tentador y atrayente de tu cuerpo.
—Y entonces, ¿por qué has dicho que eran mis labios? —Giró la cabeza de medio lado como si le hubiera pillado en una mentira.
—Pero, habíamos dicho... —Ahora el que ponía semblante fingidamente contrariado era él— que dijera lo que más me gusta de ti, ¿no?
Cristina comenzó a sonreír a cámara lenta, lo que provocaba que sus mejillas se elevaran y sus ojos se cerraran hasta formar una línea recta. Su sonrisa, enmarcada por aquellos labios, brilló de una manera especial.
Dani había hecho el triple mortal y había caído de pie. Alba lo miraba con ese fulgor que aparecía en los momentos más delicados. Movía el mentón sin apartar la vista de sus ojos, evaluándolo.
—¿Y de Andrés? —le preguntó su novia por fin—. ¿Qué es lo que más te gusta de él?
—Ahí no tengo dudas —atajó Dani rápidamente—. Su polla.
Cristina se atragantó con el chupito que acababa de llevarse a la boca, escupiéndolo en una nube de alcohol. Alba soltó una carcajada con la boca completamente abierta e inmediatamente se tronchó a reír. Las chicas se sujetaban la una en la otra.
—Es verdad —corroboró cuando pudo hablar—. Fue en lo primero en lo que nos fijamos Dani y yo cuando le vimos. —Y vuelta a partirse de risa.
—Sí, mi padre suele provocar que las miradas de todo el mundo se concentren en esa zona de su cuerpo. Cualquier día se la van a carbonizar.
Alba volvió a partirse de risa. Entre las dos se lo estaban pasando de miedo.
—¿Sabes que le pusimos un mote a su aparato?
Lo dijo tapándose la boca y la nariz intentando contener un nuevo ataque de risa. Andrés interrogó a Dani con la mirada. Éste, que había dejado su vaso a medio camino de sus labios, movió la cabeza a un lado y a otro, apesadumbrado.
—Es cierto —corroboró—. No te miente. No nos odies. —Terminó de dar el trago a su bebida. En la última media hora apenas había probado un sorbo.
—Claro que no lo hago —sonrió amable—. También yo me fijé en vosotros cuando os vi. Al fin y al cabo estábamos desnudos.
Colocó la vista en la entrepierna de Alba deliberadamente antes de terminar dirigiéndola a los ojos. Ella se la sostuvo durante el tiempo que se metía otro trago. Cuando bajó el vaso, se limpió con el dorso de la mano. Tenía las mejillas sonrosadas. También ella dirigió un fugaz vistazo a la parte baja de su cuerpo.
Dani carraspeó incómodo, preocupado por el efecto desinhibidor de aquellos chupitos caseros.
—¿Cuánto te mide?
La pregunta de Alba llegó a bocajarro. Tanto que los tres levantaron las cejas desconcertados. Incluso Andrés, que había rebosado calma durante toda la tarde, estuvo unos momentos con el rictus congelado procesando la pregunta.
—La verdad, no lo sé. Nunca la he medido. —Bebió de su vaso—. Ni lo pienso hacer. Me parece denigrante.
A Dani le costó creer que le resultara vejatorio con ese pedazo de pollón. Andrés se apresuró a explicarse.
—No quiero decir que no esté orgulloso de lo que tengo. Lo estoy, e incluso aprovecho lo mucho que gusta a las mujeres para procurarme sexo con ellas. Pero medirla sería como medirme yo; como si me valorase por la longitud de mi pene en lugar de hacerlo por lo que tengo aquí dentro. —Se señaló el pecho.
—¿Me la enseñas? —preguntó Alba como si hubiese oído llover. —¿La podemos ver otra vez?
De nuevo bocas abiertas y ojos como platos. Dani volvió a dar un carraspeo doble, intentando dar un toque de atención a Alba para que no virara por caminos no deseados. Andrés sonrió conciliador y se tomó su tiempo en responder.
—Claro, cómo no. Y después… ¿me lo enseñarás tú? —señaló entre sus piernas con un movimiento de barbilla.
A Alba le brillaban los ojos. Mucha culpa tenía la cantidad de chupitos que llevaba entre pecho y espalda. Movía el mentón a un lado y a otro disimulando una sonrisa. Cruzó una pierna sobre la otra tapando figuradamente la zona señalada y se apoyó en el reposabrazos.
—No puedo, guapetón. Tengo novio.
—Seguro que no le va a importar. Además, ya lo he visto antes, ¿no?
Dani frunció el ceño. Juraría que estaban tonteando delante de su cara sin ningún pudor. Cristina debió pensar igual que él porque le puso una mano en la rodilla para tranquilizarlo. Estaba sentada en el borde del sofá, pegado al suyo y le sonrió transmitiéndole esa complicidad de quien está acostumbrada a ese juego de artificio de toma y daca.
—De hecho —continuó diciendo Andrés—, podríamos desnudarnos todos, como en la playa. ¿Qué te parece? Sería… una fiesta nudista.
—Eso estaría bien —intervino risueña su hija—. A lo mejor a mí también me gustaría ver lo que tiene Dani. —Él se quedó cortado por la salida de la muchacha—. Me han dicho que no solo es un chico interesante por dentro.
Sufrió una descarga estomacal. Por supuesto ella debía saber lo de la bajada de pantalones. «Maldito Cristian». Hizo esfuerzos por no ponerse colorado.
Alba retuvo la vista en la mano de Cristina sobre la rodilla de su novio. Después volvió a recuperar su pose. Descansaba con el codo en el reposabrazos, al otro lado del sofá que compartía con la adolescente. Apoyó la barbilla sobre el dorso de su mano y se dirigió a Andrés.
—Si adivinas el mote que le pusimos a tu polla, me desnudo yo sola —dijo con todo el aplomo que su estado ebrio le permitió.
Andrés se echó hacia atrás en su sillón, meditabundo. Entrelazó los dedos de sus manos excepto los índices que los apoyó en su mentón.
—¿Sabes cuál es la parte más atractiva de ti? —preguntó haciendo caso omiso a su propuesta.
—Sí, me lo has dejado claro —contestó ella.
—¿Y sabes por qué? —sus ojos entrecerrados intentaban penetrarla— ¿Sabes por qué no son tus tetas, o tus pezones oscuros, o tus ojos de pantera?
Alba esperaba expectante la explicación con las mejillas encendidas. A Dani le sudaba la camiseta. Cristina apretó ligeramente la mano sobre su pierna. Había subido ligeramente. Lo tranquilizaba con una caída de ojos. “Mi padre controla”, parecía decirle.
Andrés se echó hacia adelante, colocando su cara frente a la de Alba.
—La gente se fija en lo más evidente —explicó con su calma habitual—. Muchas veces influidos por esta sociedad que nos bombardea con estereotipos e ideas preconcebidas que nos han hecho creer que lo más bonito es aquello que cumple ciertas reglas establecidas. Pasando por alto lo realmente cautivador de cada mujer, tan personal y particular que solo unos pocos son capaces de captar. —Hizo una pausa—. Igual que Dani con los labios de Cristi.
Alba volvió a desviar la vista un segundo sobre su novio. La mano de Cristina se había desplazado un poco más.
—La forma de tu pubis y cómo lo llevas, refleja tu forma de ser más que el resto de tu cuerpo —continuó Andrés—. Es tu personalidad o la que tú intentas que sea. Pero lo que hay fuera de tu control… El vello tan fino, pero tupido; esos labios oscuros y gruesos que se intuyen debajo; la piel blanca de alrededor que contrasta con la negrura de tu coño… eso, chiquilla, va impreso en tu carácter más reservado, eres tú en esencia pura. —Hizo una pausa—. Salvaje, indomable, caprichosa… sexual. —Volvió a hacer otra pausa más larga—. Muy sexual...
Dani quedó pasmado por lo bien que había descrito a su novia. Y lo había deducido por su coño. Ya no le parecía un hippy despistado fuera de su comuna de soplaflautas. Ese hombre tenía más mundo del que pensaba.
—Cuatro intentos —dijo Andrés rompiendo el momento—. Y con que te desnudes de cintura para abajo será suficiente.
—¿Me la dejarás tocar? —contestó ella enrocada en sus trece. Andrés pareció no comprender—. Cuando pierdas, ¿te la podré tocar?
—¿Me dejarás que te toque yo a ti? —devolvió en un revés—. Si acierto, por supuesto.
Dani se metió el chupito de golpe. Lo retuvo en su boca unos segundos antes de hacer pasar el líquido por su garganta. Su novia volvía a jugar sola en ese peligroso juego de posturas y pavoneo, en el que solo él tenía las de perder. Cristina volvió a tranquilizarlo. Su mano ya no dejaba de apretar su muslo.
—Dime, ¿me dejarás hacerlo si gano yo?
Dani fue a abrir la boca, pero Cristina tiró de él. Al mirarla, ésta negó con la cabeza y le guiñó un ojo. Se fijó en ella con detenimiento y, por primera vez, no estuvo seguro de que estuviera tratando de tranquilizarlo. Dio un nuevo trago sin dejar de observarla. Con aquella sonrisa ladeada le parecía todavía más guapa y no pudo evitar imaginarla usando sus labios para una cosa que no era dar besos.
Levantó su vaso y lo observó con curiosidad. Después, lo depositó lejos. Debía dejar de beber, ya.
— · —
El juego había empezado en el mismo sitio donde lo habían dejado. Alba mirándolo a través de sus ojos acuosos y Andrés recostado hacia atrás, intentando leer en ella el mote de su pene. Cristina estaba junto a Dani, en su mismo sofá. Había hecho un viaje a la cocina y, al volver, se había sentado con él.
—Anaconda —dijo por fin. Alba sonrió de medio lado sin dar exageradas muestras de alegría. Más bien como una victoria a plazos. Negó con la cabeza.
—¿Tiene nombre de animal?
—No te lo voy a decir —contestó retadora.
—Sí. —La respuesta de Dani cruzó el aire como un trueno cegador. Todos quedaron sorprendidos, incluido él mismo. Cristina, que estaba pegada a él hombro con hombro, levantó las cejas, divertida. Alba movió el mentón hacia adelante antes de volver su atención a Andrés.
El hombretón, en cambio, seguía mirando a Dani, intrigado. No lo había visto así en toda la noche. Se pasó la mano por la barbilla. Volvió a recostarse clavando en él su atención. De nuevo se tomó su tiempo en volver a dar una respuesta.
—Boa constrictor. —Se lo había dicho a Dani. Éste, sin embargo, no reaccionó. Estaba mirando a su novia que le sostenía la vista, impertérrita. Ella tampoco se preocupaba de desmentirlo. Pasaban los segundos sin que ninguno de los dos desvelara nada. Cristina le interrogó con un golpe de su codo.
—¿Es ese?, ¿ha acertado?
Dani esperaba no sabía a qué y su novia seguía en silencio. Ella llevó el vaso a la boca sin perder contacto visual con él y llenó los carrillos antes de tragar. Después se pasó la lengua por los labios, humedeciéndolos.
—No, tampoco. Es un animal mucho más grande —posó el vaso en la mesita junto a ella—. De cuatro patas.
Estaba claro que allí había dos pulsos y en cualquiera de ellos Dani iba a salir mal parado.
…o no.
Cristina agarraba su brazo y se apretaba a él, nerviosa. Podía notar el calor de sus tetas traspasándolo. Al llevar los dos, pantalones cortos, sus piernas estaban en contacto, piel con piel. La muchacha deslizó un pie por detrás colocándolo entre los suyos.
—Todavía quedan dos oportunidades —dijo la chica a su padre.
Andrés asentía lentamente. Comprendiendo algo que no solo pasaba por su cabeza.
—Un animal grande —Repitió el hippy. Alba asintió lentamente, corroborando. —De cuatro patas —Nuevo asentimiento.
Cavilaba intentando filtrar las posibles opciones que coincidieran con las pistas.
—¿Más grande que una persona? —Alba volvió a asentir sin sonreír, pero se veía la excitación en sus mejillas.
Cristina se apretó más contra el brazo de Dani. Casi podía notar los latidos acelerados de su corazón.
—Trompa de elefante. Elefante —Alba negó y por una vez, dejó aflorar un inicio de sonrisa.
Andrés se quedó meditabundo con la mirada fija en Dani. Como si esperase una reacción de éste u otra pista que lo acercara sin ambages a la respuesta final. No llegó ninguna de las dos.
Su hija seguía encaramada a su brazo. El pie que había colado por detrás del de Dani se había desplazado arrastrándolo entre los suyos. Ahora el pie de él estaba atrapado entre los de Cristina. Alba también los miraba, pero no con los mismos ojos que Andrés …ni la misma calma.
—Creo que éste es buen momento para terminar aquí la noche —dijo de repente Andrés, levantándose de su sofá.
—¿Ya? Pero el juego no ha terminado —Cristina miraba a su padre contrariada—. Queda una oportunidad más.
—Cierto, y eso quiere decir que nadie pierde.
Y como si acabaran de despertar de un sueño, comenzaron a levantarse y a prepararse para volver a su casa. Ni Alba ni Dani pusieron objeción a la finalización del juego. Solo Cristina sentía frustración por no ver su desenlace.
Dani se despidió de su anfitrión con un fuerte apretón de manos. Cada vez le parecía más interesante aquel individuo. Al borde del precipicio, él había sido el único capaz de dar un paso atrás. Alba, por el contrario, tuvo una reacción fría. Tal vez por el excesivo alcohol que circulaba por sus venas.
—¿Sabéis volver? —preguntó Andrés.
—Claro, Alba se conoce la zona.
Ella estaba en ese momento apoyada en un poste de la entrada de una manera no muy vertical. Trataba de colocarse la tira del bolso por encima de la cabeza sin conseguirlo. Casi se cae al suelo en el último intento.
Decidieron que Cristina les acompañaría para que no se perdieran callejeando, lo cual fue todo un acierto porque Alba terminaría cogiendo varias direcciones equivocadas en cada esquina. Andrés, por su parte, iba a dar su habitual paseo nocturno. Al parecer le gustaba caminar por la playa de punta a punta al albur de la oscuridad.
A Dani le pareció harto extraño esa práctica, pero tampoco le dio mayor importancia siendo él como era, tan peculiar de carácter. Frunció el ceño cuando le vio encaminarse entre las callejuelas, lejos de la zona de costa.
Al cabo de un rato, cuando dejaron atrás la telaraña de calles y llegaron al paseo junto a la playa, Cristina les convenció para continuar por la arena. Se descalzaron y continuaron el trayecto hacia su casa en línea recta. Llegó un momento en que la conversación dejó de ser de tres para convertirse en una de dos. Alba hacía silencios cada vez más prolongados hasta que, sin previo aviso, se dobló por la cintura y vomitó.
Llevaban recorrido más de la mitad del camino. Dani la sostuvo para que no cayera de bruces mientras Cristina le sujetaba el pelo. Hubo algunas arcadas más hasta que su cuerpo encontró la paz.
—Dios, estoy fatal. Descansamos un rato, ¿vale?
Sin esperar respuesta se arrodilló en la arena justo antes de posar el culo y dejarse caer a un lado. Después apoyó la cabeza en un brazo y cerró los ojos. No hubo más Alba aquella noche.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Cristina—. No sé si yo estoy en condiciones de poder ayudar mucho.
Efectivamente, Cristina se movía a un lado y a otro involuntariamente, cambiando el peso de cada pie continuamente. Los chupitos también le estaban pasando factura. Dani suspiró con resignación y levantó a Alba en brazos.
—Agárrate a mí, anda. No te vayas a caer —le dijo a la muchacha comenzando a caminar. La adolescente obedeció instantáneamente asiéndose de su brazo.
—Tu novia tenía razón, eres muy fuerte —dijo con deje borrachuzo—. Pero… hay mucha distancia hasta tu casa. ¿Ya vas a poder con ella hasta allí?
—¿Qué dices, chiquilla? Mis brazos son de acero. —Ella se carcajeó y se pegó a él agarrándose más fuerte de su brazo.
—Ya lo veo —dijo palpándolo hasta el pecho—. ¿Sabes que me fijé en ti cuando te vi en la piscina? No me pareció que estuvieras tan cachas.
—En realidad tengo unos brazos tan gordos como Chuacheneguer. Es tu embriaguez lo que nubla la visión de mis músculos.
Cristina no dejaba de reír…y de arrimarse. Dejó caer la cabeza contra su hombro.
—También me pareciste muy mono. No sabía que además eras tan gracioso.
El efecto desinhibidor del alcohol provocaba un cortejo de Cristina cada vez más descarado que, a Dani, empezó a agobiarle un poco. Lo último que quería era liarse a espaldas de Alba, y menos con la hija de Andrés. Aunque no podía negar que la chica exudaba sensualidad por cada poro de su piel. Estuvo tentado de corresponder a su halago con otra confesión y decirle que a él también le pareció muy guapa, pero temía que ella dedujera maniobras equivocadas por su parte.
—Ha sido una pena que mi padre no quisiera acabar el juego. ¿No crees?
—Si lo piensas bien —contestó eligiendo las palabras—, ha sido el mejor final para una bonita noche.
—Pues a mí me hubiera gustado que acabase.
Sonó a rabieta de niña enfurruñada. Dani, en cambio, había respirado aliviado. Las cosas se ven de diferente manera cuando el cerebro no está regado de alcohol y, no estaba del todo seguro de que, a la mañana siguiente, le hubiera hecho mucha gracia que Alba hubiera terminado la noche meneándole la polla a su padre, o que Andrés terminara sobándole el coño y quién sabe si algo más, tal y como estaba transcurriendo la velada.
—Para saber cómo lo tenía tu novia ahí abajo —explicó ella—. Mi padre lo ha puesto tanto por las nubes que me he quedado con la intriga.
Dani sonrió al ver el intento de Cristina por despistar sus verdaderas intenciones. Aun así, ella continuó su hostigamiento. —Y al final ¿cuál es el mote que le habéis puesto al pene de mi padre?
—No se puede decir. Es algo entre Alba y yo. —Su novia seguía inconsciente en sus brazos ajena a toda la conversación.
—¿Es el mismo que utilizáis para ti? ¿También lo llamáis así entre tú y ella cuando…?
—No te lo pienso decir. —Sonrió misterioso. Si su polla tuviera un apelativo no iba a parecerse al de su padre ni de lejos.
—Seguro que sí lo es —dijo ella haciendo caso omiso—. Cristian me dijo que eras un chico muy interesante por ahí abajo.
Dani volvió a sonreír, enigmático. O le vacilaba, o quizás su novio no le había contado todos los detalles del incidente.
Cristina arrastraba cada vez más las palabras y se colgaba más de él para sujetarse, señal de que la borrachera le seguía subiendo.
—A mí me lo puedes decir —insistía ella.
—O podemos dejar que haya algo de misterio entre nosotros. ¿No te parece?
Ella le golpeó con la cadera en una respuesta de complicidad, interpretando el sentido contrario de lo que quería decir.
Por fin llegaron a las rocas desde donde comenzaba la ascensión hacia la casa de Marta. Pensó que ya era el momento de despedirse de ella y así se lo hizo saber.
—¿Y no prefieres que te acompañe hasta arriba? Podrías necesitar ayuda para subir a través de este montón de piedras —protestó ella.
—Nah, mi superfuerza es inagotable. Y ya no queda nada —contestó él.
Pero ella no hizo caso y se empeñó en acompañarlo. El camino era muy estrecho así que la obligó a que se agarrase a su cadera, tras él, con ambas manos. La chica iba cada vez peor y temía que se rompiera la crisma entre aquellos pedruscos.
La cuesta con Alba en brazos no fue tan llevadera como pensaba. Le dolían los hombros y además iba tirando de Cristina que caminaba como un zombi, desequilibrándolo continuamente. Le costaba hablar, haciendo que los espacios entre sus palabras fueran cada vez más grandes.
Cuando se plantó delante de la portezuela del jardín, Cristina se adelantó para abrirla. «Al menos, traerla ha servido para algo», pensó. En cuanto la cruzó, Cristina volvió a ponerse tras él y a tomarlo de las caderas, pero en esta ocasión pegada completamente a su espalda. A estas alturas ya iba como una cuba. Deslizó las manos por su cintura hasta colarlas en los bolsillos de él. Las introdujo hasta dentro extendiendo los dedos hasta donde le permitía la tela. Dani los sintió muy cerca de sus ingles y el calambrazo en su entrepierna fue instantáneo.
—Tus bolsillos son enanos —se quejó ella.
—Ya, bueno —contestó dubitativo—, pero deja de empujarlos tanto que me vas a bajar los pantalones.
—¿Sabes qué? —preguntó haciendo caso omiso mientras jugueteaba con las manos todavía en ellos—. Mi amiga y yo decimos que tú eres un chico de tercer vistazo.
No quiso preguntar qué era eso y se concentró en llegar a la puerta principal sin perder los pantalones por el camino. Era muy complicado caminar con ella pegada a los talones y con su polla cada vez más dura por culpa de sus manos maniobrando tan cerca de esa zona.
—La primera vez que te vimos —continuó diciendo Cristina—, nos dijimos: “bueno, vaya”. —Hizo una pausa observando la reacción de él—. La segunda vez, recuerdo que estaba con Cristian, y fue como… “No está mal”.
—¿Me puedes abrir la puerta?
Habían llegado a la entrada a tiempo para que ella no continuara con su explicación. Cristina tardó en reaccionar y cuando lo hizo se movió despacio, como si le costara abandonar aquel abrazo de oso. Le rodeó y subió el escalón, pero en lugar de abrir la puerta, apoyó la espalda en ella quedando frente a él.
—A partir de la tercera fue cuando me dije: “Este tío no está pero que nada mal”. Y desde entonces, cada vez que te veo, me pareces más guapo. Bueno, guapo no, es… como si fuera otra cosa. Es algo que tienes y que atrae. Y no soy solo yo, mi amiga dice lo mismo.
—Cristi, ¿podrías abrir la puerta ya? Se me empiezan a cansar los brazos.
Ella no se movió y en su lugar se fijó en Alba. Dormía como una marmota, con la cabeza apoyada en el hombro de Dani y la boca un poco abierta.
—Hacéis muy buena pareja —dijo ella que parecía no escuchar—. Me dais mucha envidia. Ella tiene mucha suerte de estar contigo.
—Cristi…
—¿Te cuento una cosa? Ayer, Cristian y yo follamos en vuestra cama. Él no lo sabe, pero yo pensaba en ti mientras lo hacíamos. —Hablaba como si su lengua fuera de trapo. Se tapó la boca como una niña mala.
Dani se quedó con la boca abierta. Después, por acto reflejo, pensó en Cristian con la seguridad de que él había pensado lo mismo, imaginando que era a Alba a quien se la metía. Se preguntó de quién habría sido la idea de hacerlo en su cama y recordó que esa noche, el niñato de su novio, había bajado para ver en pelotas a Alba, en el baño.
—No sé cómo tomarme eso, pero en serio… —La apremiaba para que abriese de una vez.
Cristina se mordía el labio inferior con la vista fija en él. Sus ojos vidriosos indicaban que la borrachera le había subido por completo. Sin perder contacto visual, se llevó las manos hacia atrás y accionó la manija empujando la puerta con el culo. Dani pasó entre ella y el marco.
Una vez dentro atravesó el vestíbulo hacia los sofás. No veía el momento de liberar sus brazos de ese peso. Dos escalones cruzaban la estancia partiéndola en dos. El vestíbulo, en la superior, y la zona con los sofás, en la inferior. Se plantó ante ellos preparado para bajarlos con cuidado. Con Alba delante no veía por dónde pisaba, por lo que tanteó con la punta del pie buscando el inicio del escalón. Sin embargo Cristina lo volvió a abrazar desde atrás sujetándolo, y esta vez sus manos no se detuvieron dentro de los bolsillos. Una mano le agarró la polla por encima del pantalón y la apretó con fuerza.
—Lo sabía. Estaba segura de que la tenías dura.
Se quedó de piedra, inmóvil. El aire de sus pulmones se vació por completo. Ella comenzó a besuquearlo en un lado del cuello dando pasadas con su lengua. La cabeza de Alba estaba apoyada en el otro.
—Pero qué coño haces —vociferó en un susurro para no despertarla—. Estate quieta, joder.
Pero Cristina hacía tiempo que no oía. Y no solo no se retiró sino que metió la mano por dentro del pantalón, agarrando su polla por completo.
—Humm, vaya, qué curioso.
—HOSSS-TIAS. Joder, ¡Para! —Susurró lo más enérgicamente que pudo.
Y por segunda vez, en menos de una semana, sus pantalones bajaron hasta los tobillos. Acto seguido la mano de ella volvió a su polla y empezó a pajearlo. Lo hacía tan bien que Dani tuvo que cerrar los ojos y morderse los labios para no soltar un gemido.
Alba cada vez pesaba más. Necesitaba descargarla cuanto antes para descansar su espalda y liberar sus brazos. Los escalones estaban justo delante. Podía tocar el borde del primero con la punta del pie, pero si intentara bajarlos, con el pantalón enredado en los tobillos, la hostia estaba asegurada. Hacia atrás tampoco podía ir. Cristina lo tenía acorralado.
—Tendríamos que habernos desnudado los cuatro en casa de mi padre. Como una especie de fiesta nudista. Lo hubiéramos pasado bien.
—No lo creo. Cristina, para. Oummm. —Resopló de nuevo por la paja. Con la otra mano le sobaba los huevos—. Por favor, que Alba está aquí delante. Ufffff.
—A tu novia le pone mi padre. —Se había tomado un tiempo en contestar.
—Y a mí me pone ella, que para eso es mi novia. Jodd-dder, mmmmm. Y para ya, que se va a despertar.
—Mmmm, no la tienes así de dura por ella, ¿verdad?
Sintió el regusto del amargo remordimiento en el estómago. No tenía respuesta para eso y se mordió la lengua culpable.
—Dilo, di que te la pongo dura. Reconoce que me quieres follar.
Había ralentizado la paja y en su lugar le acariciaba con suavidad en toda su longitud.
—Reconócelo y lo dejo.
Dani no dijo nada y ella continuó con el masaje, apretando un poco más la mano cada vez. Él siguió con su mutismo, con la polla cada vez más cerca del clímax mientras ella aumentaba la velocidad.
—Ooooooh… vale, me pones —dijo por fin. Pero ella no paró.
—¿Solo eso? Venga, sé sincero. Di todo lo que sientes. Dime cuánto te gusto si quieres que deje de pajearte.
Dani luchaba consigo mismo y con sus impulsos. Una batalla que tenía perdida de antemano.
—Me pones mucho, hummm. Quiero follarte. Y quiero hacerlo a cuatro patas, desde atrás, para poder agarrar ese culo prieto de putita que tienes. Estás buenísima. Para. Oooooh, oooooh.
Y para su sorpresa, paró, y Dani soltó un suspiro que ni él mismo supo si era de alivio o de frustración.
Pero antes de que se pudiera dar un respiro, Cristina se colocó delante, de rodillas y se la metió en la boca. Lo hizo sin preámbulos ni delicadezas. Se tragó su polla hasta que sus labios tocaron el pubis.
Por acto reflejo comenzó a retirarse hacia atrás pero ella lo frenó apoyando las rodillas entre sus pies, sobre sus pantalones, dejándolo totalmente inmovilizado.
—Habías dicho…
—Que dejaba de pajearte.
Volvió a meterla en la boca. Después todo fue humedad, calor y un suave deslizar. Se la estaba chupando. Aquella niñata le estaba haciendo una mamada de campeonato.
—Joder… Cristina, pero tú… ¿Qué edad tienes?
Ella no contestó con rapidez y todavía dio unas mamadas más antes de sacársela de la boca.
—La suficiente.
Alba seguía en brazos, completamente ajena a todo. Sin saber que a su novio se la estaban chupando delante de sus narices, o mejor dicho a sus espaldas. Dani pegó su frente con la de ella con los ojos fuertemente cerrados mientras recibía todo el placer de la adolescente. Había que reconocer que la chica era muy buena chupando.
Sin ser consciente había terminado flexionando las piernas y había ido abriendo las rodillas para facilitar el acceso a su polla y a sus huevos. Se mordía con fuerza los labios, gimiendo en la cara de su novia unos inaudibles “mmff” acompasados con cada chupada. El momento del orgasmo se acercaba y Cristina también lo notó.
—¿Quieres que pare?
Dani no dijo nada. Solo aguantaba la respiración y cerraba los ojos con fuerza.
—Dímelo, dime que pare y lo haré. —El mismo mutismo—. Tu novia está aquí, contigo. ¿Vas a ser capaz de ponerle los cuernos corriéndote en mi boca? —Le pajeaba con la mano cada vez que se la sacaba para hablar—. Solo una palabra y paro. Venga, dime que pare, dime que lo deje.
Calló y se odió a sí mismo. Ella sonrió.
—¿Quieres saber mi edad? —preguntó maledicente. Dani volvió a callar como un hipócrita. Abrió los ojos y vio la cara de su novia. Descansaba como un ángel con la boca ligeramente abierta y la respiración rasposa. —Dime, ¿quieres saber cuántos años tengo? Ralentizó la paja y dejó de sobarle los huevos. —Venga, ¿no quieres saber si te la está chupando una niñita?
Alba estaba preciosa con la camiseta de tirantes y esos pantaloncitos cortos. Se veía un huequito de luz en el nacimiento de sus piernas. Se fijó en esa zona y recordó su coño negro a la vista de todos en la zona nudista. Se preguntó si el de Cristina sería igual. Sacudió la cabeza y volvió a cerrar los ojos con fuerza.
—No. —Se odió a sí mismo. Cristina sonrió satisfecha y aceleró la mamada.
Y allí, en medio del vestíbulo a altas horas de la noche, con los pantalones en los tobillos, las piernas flexionadas y las rodillas completamente abiertas como una rana, comenzó a correrse en la boca de una adolescente con los labios más bonitos y sensuales que hubiera visto nunca.
Y cuando todo acabó, cuando las bocanadas de aire y placer dejaron de ahogarse en su garganta; cuando todo el semen acumulado en sus pelotas acabó en la boca de aquella muchacha sinvergüenza de labios como pétalos de flor, fue consciente de lo que acababa de suceder.
Él, con todas sus sospechas y celos, con todo su rencor por las personas que rodeaban a su novia, acababa de ponerle los cuernos delante de su cara. Y nunca mejor dicho. Porque se había corrido mientras la sostenía en brazos mirándola a la cara, ajena a lo que su infiel novio estaba haciendo allí, con ella.
Cristina se levantó y se colocó tras él para besarlo en la mejilla.
—No ha estado mal, pero… —estuvo pensando un momento— yo me había esperado otra cosa.
Depositó un pañuelo de papel donde había escupido todo el semen de su boca, sobre el regazo de Alba. Después, desapareció por la puerta.
Con el ánimo por los suelos, arrastró los pies hasta el primer escalón y deslizó la punta del pie hasta tocar el siguiente peldaño sin que se enredaran los pantalones. Luego deslizó el otro y repitió la operación hasta conseguir colocar los dos sobre la alfombra. Comenzó entonces a caminar como un pingüino hasta el sofá. Sintió un alivio tremendo cuando la depositó en el mueble y pudo, por fin, liberar sus brazos.
Se masajeó los hombros y sacudió las manos doloridas. Un ruido llamó su atención. Al girarse descubrió con estupor a alguien mirándolo desde el descansillo de la escalera. Era Marta y su cara no era muy diferente a la que tenía él en ese momento, solo que además la suya estaba llena de asco. Se agachó con rapidez para subirse los pantalones, como si con ello pudiera esconder lo que había hecho el último cuarto de hora. Marta, con una mano en el pecho y otra en la boca, negaba con la cabeza con un semblante de decepción. Después se dio la vuelta y desapareció escaleras arriba.
Y allí se acababa su relación con Alba. No por culpa de Rafa, Aníbal o alguno de los idiotas que la rondaban. Se acababa por su propio error de cerdo pervertido. Porque había sido él quien hubiera podido pararlo y no lo hizo.
Se sentó junto a Alba y se llevó las manos a la cabeza. Mañana se sabría todo y la bronca sería lo menos duro de aquella ruptura.
Fin capítulo XXV
Perdón por la tardanza. Se me olvidó completamente. Si no me llegan a avisar...