Un viaje inesperado

Capítulo 96 - El Templo del Fuego - Grace se adentra en las llamas

El enemigo marchaba hacia el sur.

Una columna interminable que se deslizaba como una serpiente de hierro entre el polvo del camino. Al frente, los Shén Dú avanzaban en silencio absoluto, pasos medidos, espaldas rectas, la mirada clavada en un horizonte que nadie más parecía capaz de sostener. Sus ropas negras absorbían la luz y devolvían solo una promesa muda: obediencia o muerte.

Detrás de ellos, los soldados rasos caminaban apretando lanzas y mosquetes con manos sudorosas. El metal chocaba contra el metal con un estruendo nervioso, desordenado, demasiado humano. Cada paso levantaba una nube de polvo que se pegaba a la piel, a la garganta, a los pensamientos. Nadie cantaba. Nadie reía. Solo el ritmo de la marcha… y el rumor.

Porque sí, el rumor había nacido y se había extendido rápidamente. Demasiado rápido.
  • Dicen que no era un hombre… - susurró uno, con la voz quebrada, sin atreverse a mirar a su compañero.
  • Calla… - respondió otro, aunque sus ojos delataban que ya había escuchado lo mismo.
  • El que sobrevivió… en el templo… - murmuró un tercero - Dice que surgió del suelo. Que la tierra lo escupió.
Un joven, apenas salido de la adolescencia, tragó saliva.
  • ¿Es verdad que tenía un solo ojo?
  • Un ojo enorme… - respondió alguien más atrás, casi sin mover los labios - Como un cíclope. Ardía. No con fuego… con algo peor.
Las palabras corrían de boca en boca, deformándose, creciendo, alimentadas por el miedo.
  • Era como cuatro hombres de alto - murmuro uno que ni siquiera había estado allí - Que su sombra se movía sola. Que habló… y la tierra obedeció.
  • No gritaba - añadió una voz temblorosa - Susurraba. Un idioma viejo. Prohibido. Y cuando lo hacía… el suelo se abría a su paso, enterrándolos a todos.
Algunos juraban haber oído que las balas se detenían antes de tocarlo. Otros decían que los hombres se convertían en estatuas, atrapados en barro vivo, con los ojos abiertos para siempre. Que aquel monstruo no corría: avanzaba, imparable, como una montaña que decide caminar.
  • Es el Susurrador… - dijo alguien casi sin darse cuenta - El que habla con la tierra.
Un Shén Dú se detuvo en seco. El sonido inexistente de su paso al girarse fue suficiente para que el murmullo muriera al instante. Sus ojos recorrieron la fila como cuchillas invisibles.
  • ¡Silencio!
No lo gritó. No hizo falta. El miedo a los asesinos del Dragón era antiguo, profundo, aprendido a base de cadáveres ejemplares y cabezas decapitadas. Los rostros se calvaron en el suelo. Las bocas se cerraron. La marcha continuó. Pero el silencio ya no era vacío. El terror caminaba con ellos.

Cada soldado llevaba ahora dos pesos sobre los hombros: el de su armadura… y el de la idea de que, al final del camino, no les esperaba un enemigo de carne y hueso, sino algo que no podía matarse del todo. Los Shén Dú seguían al frente, inmutables, como si nada pudiera alcanzarlos. Como si el susurro no pudiera atravesarles la piel. Como si la tierra no supiera pronunciar sus nombres. Y aun así, incluso ellos apretaban un poco más el paso. Porque aunque la sombra del Dragón fuera larga y oscura, aunque su voluntad aplastara imperios, los hombres que marchaban bajo ella seguían siendo solamente eso: hombres.

Hechos de hueso. De esperanzas y de miedos.
De carne que tiembla cuando la tierra empieza a escuchar.

Al final de aquella columna interminable, donde el polvo levantado por miles de pies formaba una nube baja y persistente, avanzaba Hong Long. El ejército era una serpiente colosal deslizándose hacia el sur: los Shén Dú abrían camino como colmillos silenciosos, el cuerpo lo formaban filas y filas de hombres tensos, y en la retaguardia, marcando el ritmo con su mera existencia, viajaba el Dragón. No como un estandarte de gloria, sino como un cascabel cargado de veneno. Cada sacudida de su presencia advertía de una muerte cercana.

Hong Long no caminaba. Era transportado en un carromato bajo, sin adornos innecesarios, arrastrado por hombres encadenados que sudaban y sangraban para sostener su peso. El traqueteo era suave, casi hipnótico, como el balanceo de una cuna cruel. Dentro, sentado entre cojines oscuros, el Dragón no miraba el camino. No lo necesitaba. El mundo era suyo, siempre le había obedecido.

Solo pensaba en una cosa. Recuperar lo que era suyo. No lo que había perdido - porque Hong Long jamás aceptaba la idea de pérdida - sino aquello que, en su mente, le pertenecía por derecho: el poder, los templos, los espíritus, el equilibrio mismo del mundo sometido a su voluntad. La Tierra, el Fuego, el Agua, el Aire… no como fuerzas vivas, sino como trofeos. Como armas. Como extensiones de su poder incuestionable.

Su sola presencia empujaba al ejército hacia delante. Pero no era el empuje de la esperanza, ni el fervor de la victoria anunciada. Era el avance torpe y forzado del miedo. Los hombres marchaban porque sabían que detenerse significaba morir. Porque comprendían, aunque no se atrevieran a decirlo, que si el Dragón había abandonado su trono para ir a la guerra, era porque la victoria había dejado de ser segura.

Un general al frente inspira confianza: “ganaremos”.
Un rey en la retaguardia promete orden: “resistiremos”.
Pero un Dragón que marcha en persona solo transmite una verdad: el enemigo es demasiado peligroso para delegar su destrucción.

Los soldados lo sentían sin necesidad de palabras. Lo leían en la rigidez de los Shén Dú, en la prisa muda con la que se corregían las filas, en el modo en que nadie se atrevía a mirar atrás. Hong Long no era un escudo. Era una amenaza constante, incluso para los suyos. La fuerza que garantizaba el avance no era la lealtad, sino el terror a quedarse atrás, a no ser digno de marchar bajo su sombra.

Dentro del carromato, el Dragón entrecerró los ojos. Si la Tierra había despertado… aún podía ser sometida. Si el Fuego llegaba a alzarse… debía ser sofocado antes de arder. La ambición le recorría el pecho como un veneno dulce. No había duda en él, solo prisa. Porque en el fondo, muy en el fondo, Hong Long comprendía algo que jamás admitiría en voz alta: cada paso que daba hacia el sur no era una demostración de dominio, sino una carrera contra un equilibrio que ya empezaba a volverse en su contra.

La serpiente avanzaba. Y en su cola, el veneno se preparaba para morder… sin darse cuenta de que, a veces, la mordida más mortal es la que uno se da si mismo.

Y mientras muchos marchaban en busca de guerra, unos pocos lo hacían también, pero en busca de respuestas. La inevitable marcha hacia el sur de la Alianza de las Tres Banderas transformó el mundo a cada paso que daban. Al principio, el paisaje aún conservaba una calma engañosa: colinas suaves, hierba alta ondulando como un mar cansado, el cielo abierto y limpio, demasiado amplio para la guerra que se gestaba bajo él. Caminaban en silencio, como si todos intuyeran que cada palabra podía romper algo frágil que aún no sabían nombrar.

Luego, poco a poco, la tierra empezó a cambiar. El verde se volvió opaco. La hierba perdió altura, como si algo la hubiera peinado a contrapelo. El aire se volvió más seco, áspero en la garganta, con un regusto metálico que no pertenecía al polvo. Y entonces lo vieron. El prado se abrió ante ellos como una herida antigua. A lo lejos, recortado contra el horizonte, se alzaba el arco: enorme, solitario, tallado en madera ennegrecida por el tiempo y por algo más. No era solo una señal de que un templo estaba cerca. Era una advertencia. Un umbral que no necesitaba palabras para anunciar lo que custodiaba.

A cada paso que daban hacia él, la devastación se hacía más evidente. La hierba estaba reducida a ceniza, aplastada y negra, como si el fuego hubiera lamido el suelo hasta cansarse. Los árboles aparecían retorcidos, troncos abiertos en grietas carbonizadas, ramas convertidas en lanzas frágiles que crujían con el viento. Algunos aún humeaban levemente, como si se resistieran a aceptar que ya estaban muertos. Había restos de animales dispersos por el prado: cuerpos calcinados en posturas imposibles, huesos blanqueados por el calor, cuernos y pezuñas fundidos en la tierra. Criaturas que se habían acercado demasiado, atraídas por la promesa de calor… y devoradas por él.

Nadie habló. Incluso el viento parecía evitar aquel lugar. El grupo se detuvo frente al arco. Nadie lo ordenó. Simplemente ocurrió. Como si la tierra misma hubiera impuesto el alto. Grace alzó la vista despacio, siguiendo las líneas quemadas de la madera. Yara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, seco y punzante. Diego apretó los labios, notando cómo el aire vibraba de una forma antinatural, cargado, expectante. Vihaan no dijo nada. Solo observó, con esa quietud nueva que llevaba consigo desde que emergió de la montaña.

Aquel no era un templo cualquiera.
Era el Templo del Fuego.
Y su hija se preparaba para superar sus pruebas.
  • Ten cuidado, ¿me oyes? - dijo Yara, abrazándola con una fuerza que no era solo física, sino desesperadamente espiritual.
  • Lo tendré… - respondió Grace, besándola varias veces en la mejilla, como si quisiera dejar allí anclada una parte de sí misma.
Alzó entonces la mirada y los contempló a todos. A los pocos que quedaban en pie. Rostros marcados por el cansancio, por el dolor, por la pérdida… y aun así erguidos. En sus ojos convivían dos mareas opuestas: el miedo a que no regresara y la esperanza feroz de que sí lo hiciera. Grace sonrió al verlos. No una sonrisa ingenua, sino una nacida del reconocimiento mutuo, de saber que ahí estarían, juntos hasta el final. Sin decir palabra, hizo un gesto con la mano para que se acercaran.

Vihaan fue el primero. Dio un paso al frente y rodeó a ambas con los brazos, firme, protector, como si su abrazo pudiera sostener el mundo entero. Yara apoyó la frente en su hombro, Grace cerró un instante los ojos. Luego Diego se unió, colocándose a su lado, una mano fuerte en la espalda de Grace, la otra en el hombro de Vihaan. Bhagirath llegó después, grave y silencioso, y Yrsa con él, sin dudar, como si aquel círculo fuera el último refugio posible contra todo lo que aguardaba fuera. Uno a uno, todos se unieron. Cuerpos cansados, heridos, temblorosos. Respiraciones agitadas mezclándose. El calor humano en medio de un prado muerto por el fuego. Durante unos segundos no hubo guerra, ni templos, ni la sombra del Dragón. Solo ellos.

Grace cerró los ojos y respiró hondo.
Y entonces los sintió.

No solo a los que la rodeaban, con los brazos apretados y los corazones desbocados. Sintió también a los que ya no estaban. A los que habían caído en el camino, a los que quedaron atrás, a los que nunca llegarían a verla resurgir como algo nuevo. Todos estaban allí, de algún modo, empujando desde dentro. Abrió los ojos y habló, con la voz firme pese al nudo que le cerraba la garganta.
  • No camino sola. Nunca lo he hecho… ni lo haré ahora - Su mirada pasó por cada uno de ellos - Allá donde vaya, iréis conmigo. En cada paso, en cada decisión, en cada llama que arda o se apague. Sois mi fuerza cuando flaqueo y mi rumbo cuando dudo. Si regreso, será porque me habéis sostenido. Y si no lo hago… - tragó saliva - sabed que no habré estado ni un solo instante sin vosotros.
Nadie respondió con palabras. No hicieron falta.
El abrazo se cerró un poco más, como si todos comprendieran que aquel instante debía ser guardado para siempre. Luego, lentamente, se separaron. Grace desato a Maverick de su pecho y se lo entregó a Vihaan, depositó un beso en su frente con sumo cuidado y se volvió.

Dio un paso al frente, hacia el arco y el Templo del Fuego.
Y aunque el miedo caminaba con ella, no lo enfrentaría sola.
Iba acompañada de todo aquello que amaba.
  • Cuida de ellos, Vi - sonrío con sus ojos llenos de desafío.
Vihaan la observó sin decir palabra. De espaldas, firme, erguida como una llama que aún no ha sido desatada. Asintió en silencio cuando Grace dio el primer paso. La vio cruzar el umbral y, durante un instante, el mundo pareció contener el aliento.

Al otro lado, el páramo calcinado despertó de repente.

El suelo resplandeció de pronto, como si una brasa gigantesca latiera bajo la tierra. Las llamas surgieron sin aviso, brotando de las grietas, alzándose en lenguas vivas que danzaban con furia antigua. El aire se volvió irrespirable, denso, abrasador; un calor tan intenso que ni siquiera aquel muro invisible de magia lograba contenerlo del todo. Ondas de fuego chocaban contra la barrera como mareas incandescentes, haciendo vibrar el aire con un gemido profundo.

Grace avanzó y cada paso parecía una conquista. Caminaba despacio, los puños apretados, los hombros firmes, como si estuviera entrando en el corazón mismo de una hoguera sagrada. Las llamas se inclinaban a su paso, no obedientes aún, pero curiosas. El fuego lamía el suelo a su alrededor, se enroscaba en sus botas, trepaba por el aire como queriendo probarla.

Su cabello, encendido por la luz, parecía confundirse con las propias llamas. No ardía: brillaba. Cada mechón reflejaba tonos de cobre, oro y carmesí, como si el fuego la hubiera reconocido como una de los suyos. Por momentos, Grace ya no parecía una mujer atravesando el infierno, sino el recuerdo viviente de una hoguera primordial caminando hacia su origen.

Detrás del arco, Yara dio un paso al frente. Tenía los ojos anegados en lágrimas, la garganta cerrada por la emoción, pero el orgullo brillaba en su rostro con una fuerza imposible de ocultar. Alzó la voz, temblorosa y poderosa a la vez, atravesando el rugido de las llamas.
  • ¡Hija del fuego! Tus hermanos aguardan tu regreso. No lo olvides jamás…
Grace no se volvió. No hacía falta. Aquellas palabras se le clavaron en el pecho como un juramento. Dio un último paso y las llamas se cerraron a su alrededor, envolviéndola por completo. Su silueta se desdibujó entre el resplandor ardiente hasta desaparecer, absorbida por el corazón del incendio.

El páramo siguió ardiendo. Pero, durante un instante eterno, todos supieron que el fuego no la iba a dañar. Y al mismo tiempo, que ella no lo dañaría a él. Grace siguió avanzando. El suelo crujía bajo sus botas como un cementerio de huesos antiguos; cada paso levantaba ceniza incandescente que se arremolinaba a su alrededor, pegándose a la piel como un sudario vivo. Las suelas comenzaron a deshacerse, primero agrietadas, luego blandas, hasta desaparecer por completo. Al final caminó descalza, sintiendo el calor morderle la planta de los pies, trepar por los dedos, enroscarse en los talones, subir por los tobillos, las piernas, los muslos. El fuego no se conformaba con tocarla: quería recorrerla. Y cuando lo consiguió, Grace ardió por dentro. No fue una combustión súbita, sino una invasión lenta, implacable. Una sensación de disolverse, de perder los contornos, como si su cuerpo dejara de ser un límite y pasara a formar parte de la devastación misma: de la ceniza, de la ruina, de la llama primigenia que todo lo devora y todo lo transforma. Por un instante tuvo la certeza de que estaba desapareciendo… no muriendo, sino volviéndose otra cosa.

No había sendero que seguir. No había dirección ni rumbo. Solo un páramo condenado a arder eternamente, una extensión sin horizonte que había olvidado cómo apagarse. El aire era denso, casi sólido, y cada respiración le llenaba los pulmones de humo y calor, raspándole la garganta, obligándola a jadear como si el fuego quisiera instalarse también en su pecho, reclamarla desde dentro. Entonces las llamas se acercaron. Al principio fueron tímidas: lenguas bajas que reptaban por la tierra, rozándole los tobillos con una curiosidad peligrosa. Después crecieron, se alzaron, se volvieron audaces. La rodearon. Le treparon por las piernas, le abrazaron el torso, se enredaron en su cabello. Grace apretó los puños, tensó la mandíbula, preparándose para el dolor que sabía que debía llegar.

Pero no llegó como lo esperaba.

Quemaba, sí. Ardía hasta hacerle temblar los dientes. Pero no destruía. No consumía. Era un calor brutal, torpe, desmedido, como el contacto de alguien demasiado poderoso para comprender la delicadeza. Una caricia violenta, sin malicia, incapaz de amar de otro modo. El fuego lamía su piel, la enrojecía, la obligaba a jadear, le abría heridas que supuraban pus… pero no la rechazaba. No la borraba. La aceptaba. Grace avanzó un paso más, con las piernas temblorosas, el cuerpo al límite, el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra.
  • Si sigues así… acabarás conmigo - susurró entre dientes.
Y aun así, no se detuvo.
Ninguno de los dos lo hizo.

El calor se volvió insoportable. Cada músculo gritaba. El sudor le empapaba la espalda, los ojos le ardían hasta llorar, y la garganta se le abrasaba con cada bocanada de aire envenenado. Sentía la piel tensarse, agrietarse, como si el fuego buscara rendijas por donde colarse: viejos miedos, impulsos no domados, furias nunca apagadas. El fuego no solo la rodeaba… la examinaba. Y entonces, cuando creyó que iba a ser consumida, el mundo se rompió bajo sus pies.

El suelo se abrió ante ella con un estruendo seco, un trueno sofocado bajo toneladas de magma. La tierra incandescente se resquebrajó y Grace perdió el equilibrio. Cayó sin gritar, engullida por el colapso. A su alrededor todo se desmoronó: el páramo calcinado se disolvió, las brasas se fundieron en un océano líquido, y el fuego lo reclamó todo. Impactó de rodillas. Una mano se hundió en el suelo ardiente y un dolor inhumano le recorrió los dedos, la palma, el brazo entero. La piel se le quemó al instante, la carne protestó con furia, y aun así no retiró la mano. El pecho subía y bajaba en respiraciones cortas, rabiosas, mientras el calor le arrancaba jadeos que sonaban casi como gruñidos. Alzó la vista. Se encontraba en una llanura circular, cerrada como un cráter. Un islote de tierra negra la sostenía, frágil y solitario, rodeado por un mar de fuego en perpetuo movimiento. La lava giraba lentamente a su alrededor, formando una espiral viva, hipnótica, como si el propio volcán respirara. Grace alzó aún más la mirada. Entre columnas de humo y ceniza incandescente, distinguió el cielo estrellado. Frío. Distante. Indiferente. Las estrellas observaban desde una eternidad que no ardía ni se apagaba.

Entonces algo la obligó a bajar la mirada.
Un ruido. Un desplazamiento lento, viscoso.
Dentro del mar de lava, algo comenzaba a emerger.

Primero fueron siluetas imprecisas, formas humanas mal esculpidas, como estatuas arrancadas a medio hacer del vientre del volcán. Luego tomaron consistencia: cuerpos de carbón vivo y llama abierta, piel agrietada por donde latía el fuego, ojos encendidos con una luz rabiosa. Uno tras otro, fueron alzándose hasta rodearla.

No eran monstruos.
No eran demonios.
Eran reflejos de ella.

Cada figura tenía su misma estatura, su misma complexión, su misma manera de moverse. Sus gestos. Su postura. Incluso su rostro, deformado por la furia. En sus miradas ardía una violencia conocida, íntima. Eran todas las veces que había golpeado sin pensar. Todas las veces que había rugido desafiando a la tiranía. Todas las órdenes lanzadas desde la ira. Cada incendio provocado sin mirar atrás, sin escuchar a los que ardían con ella, sin pararse a contemplar las cenizas que dejaba a su paso.

La primera figura avanzó.
Luego otra. Luego todas a la vez.

Grace se incorporó con dificultad, el cuerpo temblándole por el esfuerzo y el calor. Desenfundó la espada. El metal ardió al instante al contacto con su mano, obligándola a apretar los dientes hasta sentirlos crujir. El dolor le recorrió el brazo, pero no la soltó.

El fuego tampoco retrocedía.
La cercaba lentamente.

Las figuras avanzaban con espadas de llama viva, rugiendo con su misma voz, un eco multiplicado de su propia rabia. Eran ira sin freno. Eran violencia sin control. Eran la capitana que siempre entraba la primera en combate… sin preguntarse nunca a qué precio. Y el Templo, expectante, aguardaba para ver cuál de todas ellas sobreviviría. Las figuras de lava se lanzaron contra ella con un alarido que no salía de sus gargantas, sino del propio fuego que les dio vida. Grace respondió como siempre había respondido al mundo: enfrentándolo con la cabeza alzada y el rugido incesante en su garganta.

El primer choque fue brutal. El acero de su espada se hundió en el cuello de una de aquellas formas incandescentes y la cabeza rodó por el suelo… pero al tocar la tierra se licuó, convirtiéndose en lava viva. El calor le mordió los pies desnudos. Grace gritó, retrocediendo un paso, la piel abrasándose, el dolor subiendo como un relámpago por sus piernas. Pero no se detuvo. Giró sobre sí misma y cortó el brazo de otra figura. El miembro cercenado cayó al suelo y estalló en una llamarada súbita que la alcanzó de lleno en el pecho. El aire se le escapó de los pulmones, la quemadura la hizo jadear, pero aun así siguió luchando, apretando los dientes, empujada por esa furia antigua que siempre la había sostenido.

Luchó como había luchado toda su vida.
Sola contra todo y contra todos.
Sin rendirse jamás, aunque el final estuviera ya escrito.

Cada estocada derribaba a una, cada golpe parecía una victoria… pero el fuego no retrocedía. Al contrario. Cuantos más reflejos destruía, más la castigaba el propio terreno, más la hería la lava, más ardía su piel. Donde caía un enemigo, nacía una herida. Donde vencía, pagaba un precio. Y nadie la seguía, esta vez. No había hombros a su lado, ni gritos aliados, ni pasos acompañando los suyos. Solo ella, su espada y un mar de reflejos que rugían con su misma voz, con su misma rabia. Una de las figuras la embistió con una fuerza descomunal. Grace bloqueó tarde. El impacto le recorrió el brazo como un trueno y la espada salió despedida de su mano. El arma cayó al suelo envuelta en fuego. Y con ella, algo más cayó.

Grace dio un paso atrás, la palma abierta, en carne viva, ensangrentada, quemada hasta el pulso. El dolor era insoportable… pero al mismo tiempo sintió algo inesperado: Alivio. Ya no tenía que sujetar aquel acero ardiendo. Ya no tenía que empujar, cortar, destruir. Respiró hondo y entonces empezó a comprenderlo. Por primera vez, la capitana pensó que la solución no era siempre luchar.

La primera prueba no era enfrentar el fuego. Ni resistir su ira.
Era resistirse a sí misma. A su impulso ciego.
A su necesidad de lanzarse siempre a la batalla.

Resistir a ese incendio interior que la había convertido en la capitana más temida de los siete mares, que la había empujado a desafiar imperios y dioses, sí… pero también la que la había convertido en un alma con sed de venganza, en la arma de los que no se pueden defender, en la justicia sanguinaria del indefenso y el esclavizado. El Templo del Fuego no quería una conquistadora. Ni una reina hecha de cenizas. Quería saber si podía contener la llama sin apagarla. Si podía gobernar su furia sin negarla. Si era capaz de sostener el fuego sin dejar que este lo devorara todo.

Las figuras volvieron a lanzarse contra ella. Grace gritó, un grito crudo, nacido del pecho, más cercano al instinto que al pensamiento. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Su llama interior resurgió de nuevo. Se inclinó, alargó la mano y agarró la espada del suelo. El dolor regresó al instante, abrasador. Y la batalla continuó. Cada choque fue una explosión. Cada bloqueo, una quemadura nueva. El fuego respondía a su furia creciendo, elevándose, envolviéndola con más fuerza. La hacía más temible… y al mismo tiempo más frágil. Porque cuanto más ardía ella, más ardía el mundo a su alrededor. Y en medio de aquel infierno vivo, aunque Grace empezaba a comprender que no bastaba con arder más alto que los demás. Que había que aprender a no incendiarlo todo. No pudo evitar seguir peleando. Pues esa era su esencia, ese era su sino. Marcada antes de nacer, arrojada a un mundo donde si no matas, te matan. Por eso siguió peleando, por eso siguió ardiendo.

Hasta que un reflejo la desarmó y cayó de rodillas.

La espada resbaló de sus dedos y quedó clavada en el suelo ardiente, vibrando como un corazón herido. Grace apoyó ambas manos en la tierra incandescente, jadeando. El cuerpo le temblaba sin control, los músculos rígidos por el esfuerzo, la garganta rota por el humo. El sudor se mezclaba con la ceniza pegada a su piel enrojecida, y cada respiración era un acto de pura obstinación.
  • No… - murmuró, con la voz rota - Así no…
El fuego rugía a su alrededor, impaciente, expectante, como una bestia a la que siempre había alimentado con sangre y furia. Grace cerró los ojos. Y por primera vez - no desde que cruzó el arco del Templo, sino por primera vez en toda su vida - dejó de luchar.

No apagó el fuego que ardía en su interior.
No intentó sofocarlo ni dominarlo por la fuerza.
Se detuvo. Escuchó. Lo sintió tal como era: voraz, impaciente, incapaz de detenerse.
Un poder nacido para devorar, no para proteger. Un poder que nunca había aprendido a contenerse… igual que ella.

Durante años había sido así: avanzar, arder, arrasar.
Sobrevivir. No mirar atrás. No detenerse jamás.
  • No te temo - susurró, con los labios agrietados - Pero tampoco te obedeceré ciegamente. Si quieres mi alma, ¡Es tuya! Pero no voy a entregártela sin antes luchar hasta mi último aliento…
El fuego dudó. No se apagó. No retrocedió. Simplemente… se detuvo.
Las figuras de lava quedaron inmóviles. Las llamas que las envolvían empezaron a debilitarse, como si alguien hubiera retirado el viento que las alimentaba. El calor seguía siendo insoportable, brutal, primigenio… pero ya no atacaba. Observaba. Esperaba.

Grace abrió los ojos, agarró su espada de nuevo y ayudándose de ella, se incorporó lentamente. Cada movimiento era una punzada: la piel le ardía en parches irregulares, ampollas abiertas en los antebrazos, los hombros marcados por quemaduras profundas donde la carne había enrojecido hasta el límite del dolor. Los pies estaban cubiertos de heridas vivas, la planta de uno de ellos ennegrecida, como si hubiese caminado sobre brasas durante una eternidad. Aun así, permaneció en pie.

Ante ella, una de las figuras, la que la había desarmado, se había quedado más cerca que las demás. Era su propio reflejo. No veía un cuerpo hecho de fuego. Veía su rabia. Su impulso de lanzarse siempre la primera. Su incapacidad para rendirse, para detenerse, para no convertir cada conflicto en una guerra. Aquella capitana que confundía liderazgo con sacrificio absoluto, fuerza con destrucción, coraje con arder hasta consumirse.

El reflejo la miraba con ojos incendiados.
Lentamente, bajó su espada de fuego.

Grace, sin apartar la mirada, imitó el gesto. Sus dedos dejaron de aferrarse al mango invisible de la lucha constante. Su respiración se hizo más lenta. Más profunda. Una a una, las figuras comenzaron a derretirse. No estallaron. No gritaron. Se fundieron consigo mismas, convirtiéndose en ríos de lava que regresaron al mar incandescente que rodeaba el islote. El fuego las reclamó sin violencia, como si nunca hubieran sido enemigas… sino partes de si mismo que volvían a su origen.

Cuando la última desapareció, el cráter quedó en silencio. Grace permaneció allí, cubierta de heridas, la piel marcada por quemaduras que tardarían en cerrar, el cuerpo dolorido hasta el límite. Pero seguía en pie. La primera prueba no había sido resistir el fuego. Ni vencerlo. Ni arder más alto que él. Había sido resistirse a sí misma.

El Templo del Fuego no quería una guerrera, ni un rugido feroz rompiendo la oscuridad. Quería a alguien capaz de sostener la llama sin dejar que lo devorara todo. Alguien que supiera cuándo avanzar… y cuándo detenerse. Las llamaradas se alzaron y la rodearon una última vez, no como un ataque, sino como un reconocimiento silencioso. La capitana había superado su primera prueba. No imponiéndose. Sino dominándose.

La lava comenzó a enfriarse con un gemido profundo, como si el propio volcán exhalara cansado. El mar incandescente se volvió espeso, luego sólido, hasta formar un sendero irregular de roca negra aún humeante que serpenteaba por el cráter. Grace lo observó un instante, los hombros tensos, el cuerpo cubierto de ampollas abiertas y piel enrojecida, pero los ojos firmes. Y empezó a andar. Cada paso era una negociación con el dolor. La roca todavía ardía bajo la planta de sus pies, y el calor subía por sus piernas como una marea lenta. Su respiración era áspera, rota, y cada latido parecía golpearle las sienes desde dentro. Caminaba como camina un alma que ha sido golpeada demasiadas veces, una que ya no sabe retroceder aunque quisiera. No corría. No dudaba. Avanzaba.

Al final del sendero, la roca se alzaba en vertical. Una cascada de lava caía desde lo alto del cráter, un muro vivo de fuego líquido que rugía como una bestia hambrienta. El resplandor teñía el aire de rojo y oro, y el calor era tan intenso que el suelo vibraba. Grace se detuvo frente a ella. Esperó. Un latido. Dos. Pensó que quizá se abriría, que el Templo la reconocería, que le concedería un paso como había hecho la tierra con Vihaan. No ocurrió nada. La lava siguió cayendo, inmutable, indiferente. Grace cerró los ojos un segundo. Inspiró hondo, llenándose los pulmones de aire ardiente, y al hacerlo sintió cómo el fuego la reconocía… y la desafiaba.
  • De acuerdo - murmuró - Lo haremos a tu manera…
Dio un paso al frente. El fuego la envolvió de inmediato. No fue un golpe, sino una invasión total. Sintió la piel arder, abrirse, prenderse como yesca. El cabello se le encendió en un instante, la ropa se volvió brasa, y por un segundo tuvo la certeza absoluta de que estaba muriendo. El dolor era total, sin refugio posible. Un grito le nació en la garganta… y se lo tragó. Siguió avanzando. Cada paso era una negación a rendirse. La lava quemaba, consumía, pero no la deshacía. Era como atravesar un juicio vivo, una frontera que exigía voluntad pura. Cuando salió al otro lado, cayó de rodillas sobre la roca oscura, jadeando, el cuerpo cubierto de llamas que se apagaron poco a poco, dejando tras de sí piel ennegrecida, heridas abiertas y un humo tenue elevándose de su figura.

Seguía viva. Alzó la cabeza. Ante ella no había fuego. Había silencio.
El paisaje había cambiado por completo. Se encontraba en una vasta extensión oscura, sin calor ni frío, como una sala infinita excavada en la nada. El suelo era liso, negro como obsidiana pulida, y reflejaba su figura deformada. No había cielo, ni paredes visibles. Solo vacío… y ecos.

Entonces escuchó voces. No venían de un solo lugar, sino de todos. Susurros, primero. Luego palabras claras que se convirtieron en gritos, en rugidos.
  • ¡Hombres del Red Viper! ¡Hoy no huimos, hoy no nos arrodillamos!
La voz volvió, desde el extremo opuesto.
  • ¡Si hemos de caer, que sea con el viento en la cara, la sal en los labios y el sabor dulce de la muerte en nuestros corazones! ¡Que nos recuerden como la tripulación que hizo temblar a los poderosos… y les robó su orgullo a punta de espada!
Grace se giró al escucharla, pero solo encontró vacío. La voz volvió a gritar de nuevo, desde otro punto.
  • ¡Atacaaaaad! ¡No les deis nadaaaaa! ¡Arrebatádselo todooooo!
Los gritos se sucedían sin descanso.
  • ¡No cedáis un paso! ¡Que el mar recuerde nuestras hazañas, pues las historias que cuenten una vez muramos nos harán eternos!
Grace sintió un nudo en el estómago. Las sombras comenzaron a formarse a su alrededor, proyectándose sobre el suelo negro. No eran figuras de fuego esta vez. Eran escenas conocidas. Recuerdos vividos. Batallas pasadas. Rostros de hombres y mujeres que la habían seguido. Algunos vivos. Otros no. Vio ojos que la miraban con fe ciega. Con miedo. Con admiración.

El Templo la ponía a prueba otra vez. Ahora quería saber si su mente podía cargar con lo que había quemado bajo su poder. La segunda prueba había comenzado. Grace avanzaba - si es que a aquello podía llamársele avanzar - arrastrándose por un vacío que no era oscuridad, sino ausencia. No había sombra ni luz. No había horizonte. Era lo que queda después del incendio: cuando el fuego ya ha devorado incluso el recuerdo de lo que fue. El mundo reducido a ceniza conceptual. Al final de todo.

Sus manos, quemadas y abiertas, se clavaban en un suelo que no era suelo. Cada palmo conquistado era una renuncia. Cada respiración, una batalla perdida de antemano. Pero lo que la hacía caer no eran las heridas del cuerpo, sino los gritos. Los escuchaba con una claridad insoportable. Eran los suyos.

Órdenes rugidas con la voz rota. Discursos inflamados pronunciados antes de cada carga. Palabras encendidas que habían empujado a hombres y mujeres a levantar las armas, a correr hacia el fuego, a creer que la muerte valía la pena si ella y su causa iban al frente. Aquellas voces, que antes habían sido estandartes, ahora la atravesaban como cuchillas. Cada grito apagaba algo dentro de ella. Cada consigna arrancaba un trozo de fuego… hasta dejar solo cansancio.

Las sombras comenzaron a tomar forma. Primero fueron siluetas borrosas. Luego cuerpos. Rostros. Mordisquitos, con su sonrisa ladeada y los dientes de acero manchados de sangre. MacFarlane, erguido como siempre, incluso en la muerte. Las gemelas, idénticas y distintas, mirándola sin parpadear.vVio a Briede, el hijo de Aibori, con los ojos demasiado jóvenes para haber visto el final. Vio a Ngürü, a Gallagher, a Madox… a Hrafnkel, a Alonso, a Agnes, a Will el Hacha, a Fred el Bocas… Uno a uno fueron apareciendo. Todos y cada uno…

No eran fantasmas. No había reproches teatrales ni lamentos exagerados. Estaban allí como se está en los recuerdos que no se pueden enterrar. Como heridas que no sangran, pero duelen igual. Grace intentó incorporarse, erguirse como la capitana que había sido siempre. Pero esta vez el cuerpo no era el que fallaba. Esta vez era el alma.

Las heridas ya no supuraban en la piel. Ardían dentro. En el centro del pecho. En ese lugar donde había confundido tantas veces el valor con la furia, el liderazgo con el sacrificio ajeno. MacFarlane dio un paso al frente. Se detuvo a apenas un metro de ella y la miró largamente. Su expresión era imposible de descifrar. Había alivio - el alivio de ver a alguien amado - pero también algo más oscuro. No odio. No del todo. Era rencor cansado. El rencor de quien siguió la llama… y pagó el precio.
  • Siempre ibas delante, mi capitana - dijo al fin, con una voz que no resonaba en el aire, sino directamente en su cabeza - Y nosotros te seguimos. Siempre lo hicimos.
Grace abrió la boca, pero no salió ningún discurso. Ninguna orden. Ninguna promesa.
Solo un hilo de voz.
  • Creí… - tragó saliva - creí que si luchaba con toda mi alma, nadie tendría que morir.
MacFarlane inclinó ligeramente la cabeza.
  • Ardías como jamás he visto arder a nadie - respondió - Pero el fuego no distingue a quién quema.
Las figuras a su alrededor no se acercaron. No la atacaron. No la acusaron. Simplemente existían, como la prueba definitiva: no de su fuerza, sino de las consecuencias de haberla usado sin medida. Grace bajó la cabeza por primera vez en mucho tiempo. No para rendirse. Sino por ser incapaz de mirar todo lo que había dejado atrás.
  • Siempre supe que acabaría así - dijo él, con voz grave - Siempre supe que subir a tu barco era firmar una sentencia de muerte.
Grace sintió cómo algo se rompía.
  • No… - susurró - No digas eso…
  • Nos llevaste a todos a la tumba - continuó MacFarlane - Uno tras otro. Siempre había otra batalla. Otro enemigo. Otro discurso. Y nosotros… como idiotas… te seguimos.
Ella se encogió sobre sí misma. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, mezclándose con la ceniza invisible del vacío.
  • Yo… yo no quería… - balbuceó - Solo quería protegeros…
  • ¿Protegernos? - escupió al suelo, con desprecio - ¿O necesitabas que alguien ardiera contigo?
Grace se derrumbó por completo. El llanto le sacudió el cuerpo. Se llevó las manos al rostro, como si así pudiera arrancarse aquellos recuerdos de la piel o al menos ocultar la vergüenza que le provocaba al sentirlos.
  • ¡Basta! - sollozó - Por favor…
MacFarlane se inclinó ligeramente hacia ella.
  • Dime, capitana - susurró - ¿Valió la pena? ¿Valió la pena que muriéramos por seguirte? ¿Valió la pena arrebatarle a Yara al hombre que amaba? ¿Valió la pena arrancar de los brazos de Aibori a su hijo? ¿Valió la pena verme fusilado en aquel paredón?
La capitana no pudo contestar. Solo sus lagrimas y sus sollozos encontraron espacio en aquel vacío inmenso. Entonces, algo cambió. MacFarlane frunció el ceño, como si dudara un instante… y dijo con la voz pesada y vencida:
  • Si pudiera volver atrás… no habría subido jamás a tu maldito barco.
Grace dejó de llorar, de repente. Alzó la cabeza despacio. Su rostro estaba rojo, empapado en lágrimas, devastado… pero en sus ojos apareció algo nuevo. Una certeza ardiendo, afilada. Se incorporó con esfuerzo, tambaleándose, y lo miró de frente.
  • No - dijo, con voz rota pero firme - Tú no eres MacFarlane.
Él sonrió con crueldad.
  • Claro que lo soy. Solo que no quieres aceptarlo…
Grace negó lentamente con la cabeza. Sus ojos como dos faros encendidos, iluminándolo todo.
  • ¡No! No lo eres. El hombre que yo conocí… luchó, sangró y murió a mi lado. Y jamás… ¡¿me oyes?! Jamás se habría arrepentido de hacerlo.
MacFarlane dio un paso hacia ella.
  • ¡Todos lo hicimos! Todos nos equivocamos siguiéndote.
Grace apretó los puños y gritó. Un grito crudo, desgarrado, que rasgó la nada. Se lanzó hacia él y lo empujó con ambas manos. Su cuerpo atravesó al espectro como si fuera humo… recuperó el equilibrio, señalando con el dedo a todos los muertos, temblando de arriba a abajo.
  • ¡Recuerdo a cada uno de vosotros! - rugió como si enfrente esperase otra batalla - Cada hermano que luchó a mi lado. Cada guerrero que murió con el rostro alzado. Cada nombre que el viento ha pronunciado y el mar recordará por siempre. Y sí, es cierto… lamento cada día el no teneros cerca…
Las sombras parecieron estremecerse al escucharla.
  • ¡Pero no porque hayáis muerto! - continuó, con la voz quebrada - Sino porque no podré volver a luchar de nuevo a vuestro lado. Porque no podré volver a oír vuestros gritos ardiendo antes de una pelea. Porque no podré volver a sentiros rugir como almas libres y fieras, porque no podré reír con vosotros al regresar heridos… pero vivos después de la refriega.
Respiró hondo, temblando de pies a cabeza.
  • No cargo con vuestra muerte - gritó sin poder dejar de llorar - Pues moristeis siendo lo que amabais ser: fieros, indisciplinados, desobedientes y rebeldes… Pero si cargo con algo, con vuestra ausencia.
MacFarlane retrocedió un paso. Su forma empezó a difuminarse, agrietándose como carbón apagado.
  • ¡Tú no eres él! - repitió Grace, rugiendo con furia - ¡Tu no eres mi contramaestre, y jamás lo serás! El alma de MacFarlane está ahora mismo en el maldito infierno, dando por el culo a los putos demonios y riéndose del mismo Señor de las Tinieblas hasta caer muerto.
El espectro abrió la boca para responder… pero ya no tenía voz. Grace dio un paso al frente, con la voz firme por primera vez.
  • Moristeis siendo libres… Caisteis protegiendo aquello que más amabais en esta maldita vida. No me seguíais a mí, seguíais a vuestro corazón. Y estaré eternamente agradecida de haber podido sangrar a vuestro lado… Sí. Os hecho de menos, porqué no puedo olvidaros…. Porqué cuando os recuerdo, siento un orgullo inmenso latir en mi corazón.
MacFarlane se deshizo en sombra. Las demás figuras comenzaron a apagarse una a una. No con rabia. No con reproche. Sino con una calma triste, casi agradecida, como brasas que aceptan al fin convertirse en ceniza. Grace quedó sola en el vacío. Cayó de rodillas. Rota. Exhausta. Con el cuerpo cubierto de heridas invisibles. Pero la barbilla seguía alzada. El fuego no había intentado destruirla. Había intentado quebrarla desde dentro, obligarla a confundirse, a odiarse, a convertirse en una reina de culpa y ceniza. Quería saber si su llama nacía del remordimiento… o del amor. Y al no encontrar culpa en su corazón - solo memoria, duelo y lealtad - la dejó pasar.

Porque el Fuego no obedece a quien grita más fuerte.
Obedece a quien arde sin mentirse.

La capitana siguió avanzando hasta que el vacío se transformó en piedra. No fue una transición brusca, sino una condensación lenta y gradual: la nada se volvió cueva, el silencio adquirió peso, y el calor - ese calor antiguo, íntimo - regresó como un recuerdo que nunca se había ido del todo.

La gruta era amplia, irregular, respiraba. Las paredes estaban cubiertas de pinturas rupestres, manos rojas, figuras humanas rodeadas de llamas, animales corriendo en manada, escenas de caza, de huida, de abrigo. Historias grabadas con carbón y sangre seca. No eran advertencias. Eran confesiones. En el centro de la cueva, una hoguera. No era enorme ni violenta. Era humilde y acogedora. Cerca de ella, alguien se movía, era un hombre joven. Grace se detuvo al verlo. Era alto, de hombros anchos, el cuerpo cubierto apenas por telas chamuscadas que no terminaban de arder. Su piel parecía humana… hasta que el fuego reparó con él. Las llamas no lo consumían: lo vestían. Reptaban por sus brazos cuando se movía, se recogían cuando se aquietaba. Su cabello era oscuro, como el carbón, pero las puntas brillaban como brasas vivas. No quemaba al mirarlo, no parecía una amenaza. De algún modo… atraía.

El joven en llamas, estaba cocinando. Movía sus manos en forma de cuenco sobre el fuego con una concentración casi infantil, como si aquel gesto sencillo fuera un ancla al mundo. El aroma era cálido, primario. Era hogar. Era supervivencia. Algo que se comparte.

Grace dio un paso. Las llamas de la hoguera reaccionaron al instante, creciendo apenas, curiosas. El hombre alzó la vista. Sus ojos eran oscuros… y peligrosos. No por crueldad, sino por exceso. Demasiada vida contenida en un solo cuerpo. Durante un instante todo fue calma.

Luego, sin causa visible, algo se quebró. El hombre estalló. No como un ataque, sino como un arrebato de colera. Las llamas brotaron de su cuerpo con furia súbita, treparon por las paredes, devoraron los troncos, calcinaron la comida en un aliento. Las pinturas rupestres se ennegrecieron. La cueva entera se inundó de humo y llamas.

Grace se tensó, se detuvo en seco por puro instinto… pero no retrocedió. El joven rugió - no contra ella, sino contra sí mismo - y el fuego respondió con violencia ciega, arrasándolo todo. Durante unos segundos fue solo destrucción, pura, hermosa y aterradora.

El fuego se replegó como una bestia avergonzada. El joven empezó a lamentarse entre cenizas humeantes. Las llamas que lo envolvían se apagaron hasta quedar en brasas temblorosas. Miró a su alrededor: los restos negros, la comida perdida, las paredes heridas. Pasó una mano por el suelo, como intentando arreglar lo irreparable. Las llamas obedecieron, pequeñas, torpes, tratando de recomponer lo que habían destruido. Pero no lo lograron.

Su frustración volvió a prender, breve pero intensa. El fuego subió otra vez… y él lo contuvo a la fuerza, temblando, respirando hondo, como quien aprende a no golpear. Grace lo observó en silencio. Vio la furia. Vio el refugio. Vio la calidez que abriga y el incendio que arrasa. Vio al elemento que da hogar… y al que lo quema todo si no se le escucha.

No se acercó más. Se limitó a quedarse allí, firme, herida, respirando el mismo aire que él.
Y por primera vez desde que cruzó el arco del Templo, el fuego no intentó consumirla.

Solo la miró.
Como quien mira a un igual.

Continuará…
 
Capítulo 97 - El último ladrido del Perro: El renacer de la Furiosa.

Wong andaba nervioso por el prado frente al arco, dando vueltas sobre sus propios pasos. Su caminar era rápido y repetitivo, con los pies removía la ceniza que cubría el suelo como una mortaja gris. Estaban en un lugar demasiado abierto, demasiado expuesto. Sin rocas tras las que guarecerse, sin árboles que ofrecieran sombra o refugio. El escenario perfecto para una emboscada.
  • ¡Deja de dar vueltas, maldita sea! - rugió el Perro entre toses - ¡Nos estamos tragando todo el polvo que levantas, ojos rasgados!
Pero Wong no podía detenerse. Grace tardaba demasiado en regresar del Templo, y cada segundo que permanecían allí aumentaba el peligro. No necesitaba escuchar el estruendo del metal de un ejército en marcha ni ver los ropajes oscuros de los Shén Dú asomar en la distancia. Sabía que iban tras ellos. Era una certeza aún sin revelarse. Y un terreno tan abierto, para un grupo tan reducido como el suyo, era una sentencia de muerte.
  • Tenemos que irnos… ¡no podemos quedarnos aquí!
  • Nadie se va a ir sin Grace - respondió Yara de inmediato.
La cubana estaba sentada sobre un tronco calcinado, limpiándose la herida del muslo con gesto concentrado. A su lado, Bum-Bum dibujaba figuras torpes en la ceniza con un palo, ajeno al peso de la tensión que flotaba en el aire.
  • ¡No he dicho que la dejemos! - se defendió Wong - Solo que deberíamos esperarla en otro sitio.
Diego se acercó despacio, el bastón apoyado en el hombro, observando el horizonte con calma forzada.
  • Wong tiene razón, Yara - dijo con voz serena - Estamos en campo abierto. Si nos rodean…
  • Tener a Vihaan - intervino Yrsa, firme - Él defendernos. Como en el Templo de Tierra.
Vihaan, con Maverick dormido entre sus brazos, negó lentamente con la cabeza.
  • Aquí no tengo poder - dijo - Esta tierra pertenece al fuego.
  • Hay una colina, a unos kilómetros - aportó Halcón, señalando el horizonte - Podemos refugiarnos allí. El desnivel nos dará cobertura y una buena vista del Templo por si la capitana regresa.
Automáticamente, todas las miradas se posaron en Yara. La conocían demasiado bien. Sabían que cuando una idea se le clavaba en la cabeza, sacarla era poco menos que imposible.
  • Está bien… - cedió de mala gana - Vayamos a la maldita colina.
Durante un instante nadie se movió. La cubana se puso en pie con esfuerzo, tomó la mano de Bum-Bum y comenzó a caminar en la dirección indicada. Al notar que nadie la seguía, se detuvo y se giró hacia ellos, una ceja alzada, impaciente.
  • ¿Vamos o no? ¡Venga! Que no tenemos todo el día…
Y uno a uno, aún con el corazón encogido y la vista puesta en el arco ardiente, comenzaron a seguirla. Aunque cabezona, Yara lo sabía. Lo había sabido desde el primer momento, aunque se negara a admitirlo. Eran pocos, demasiado pocos, y además cargaban con dos recién nacidos, frágiles como promesas hechas en mitad de una guerra. Aquel prado abierto no era un punto de espera: era una tumba sin cavar. Pero incluso así, cada paso que daba le pesaba más que la herida del muslo. No por el dolor físico, sino por la rabia de marcharse cuando su instinto le gritaba que debía quedarse junto a la puerta del Templo. Pero ese mismo instinto también podía matarlos a todos, y ella lo sabía mejor que nadie. Habían sobrevivido hasta ese momento porque, a veces, habían sabido retirarse a tiempo.

Buscar refugio no era huir. Era proteger lo que aún podía salvarse. Así que apretó los dientes, sostuvo con más fuerza la mano de Bum-Bum y siguió avanzando hacia la colina. Porque incluso el mar más indomable sabe recogerse cuando la tormenta amenaza con tragárselo todo. Se refugiaron tras la colina poco a poco, sin prisas aparentes pero con el cuerpo tenso, como animales que buscan cobijo antes de la tormenta. Desde allí, el mundo se desplegaba ante ellos con una claridad incómoda. Abajo quedaba el arco: solitario, negro contra el cielo, clavado en la tierra como un presagio. A su alrededor, el prado calcinado se extendía en todas direcciones, una herida abierta donde antes hubo hierba, vida y refugio. Árboles reducidos a esqueletos, troncos partidos, ceniza acumulada en remolinos suaves que el viento empujaba sin ganas.

Y el silencio. Ese silencio espeso, cargado, que ninguno de ellos podía ignorar. El mismo que habían aprendido a temer en cientos de batallas. El silencio que siempre llega antes del estruendo, cuando el mundo contiene la respiración y decide si va a seguir en pie o romperse. Yrsa estaba tumbada junto a Gláfur, apoyando un brazo sobre el lomo enorme del oso. El animal no dejaba de mover el hocico, aspirando el aire con insistencia, las orejas tensas, los músculos bajo el pelaje como cuerdas a punto de romperse. Un gruñido bajo, apenas audible, vibró en su pecho.
  • ¿Hvat er, Gláfur? - susurró ella, acercando la frente a la del animal - ¿Hvat heyrir þú?
El oso respondió con un resoplido inquieto y giró la cabeza hacia el horizonte, olfateando con más fuerza. Yrsa siguió la dirección de su mirada. No vio nada. Solo ceniza, colinas bajas y un cielo encapotado. Halcón se acercó entonces, despacio, y se agachó entre ellos. Entrecerró su único ojo, forzándolo, como si quisiera arrancarle una visión al mundo antes de que este decidiera concedérsela. Pero no hizo falta.

El sonido, esta vez, llegó antes que la imagen. Primero como una vibración lejana, casi imperceptible. Luego como un murmullo grave. Después, ya no hubo duda. El choque rítmico de armaduras, el tintinear de hebillas, el roce de armas contra correas. Miles de piezas moviéndose al unísono, como campanas fúnebres marcando el paso de la muerte. No corrían. No gritaban. Avanzaban. El ejército de Hong Long se acercaba. Y detrás de la colina, todos lo supieron al mismo tiempo: el silencio había terminado, había llegado la hora de pelear.

Yrsa, forjada en el honor y la gloria, aferró el martillo con ambas manos, dispuesta a plantar cara. Pero alguien la frenó. Quizá, de haber sido otro quien la detuviera, se habría zafado del agarre y habría rugido como una auténtica Valquiria, lista para morir con el acero en alto. Pero fue un brazo firme el que la sujetó. Y unos ojos oscuros, serenos como una noche sin luna, los que la hicieron detenerse. Bhagirath no dijo nada. Su respiración pausada, profunda, se impuso al latido salvaje que rugía en el pecho de la nórdica. Y por un instante, aquel gesto silencioso la salvó de cruzar las puertas del Valhalla antes de tiempo.
  • ¿Listos? - preguntó Aibori, con la misma ansiedad contenida que ardía en Yrsa.
Wong la observó. Su postura lo decía todo: el cuerpo inclinado hacia delante, el pulso acelerado, las manos firmes en las empuñaduras de sus espadas cortas. Estaba preparada para saltar, para lanzarse al abismo sin dudarlo. Y, de repente, Wong sintió un respeto profundo, casi reverencial, por aquella mujer. Por aquella guerrera que parecía no conocer el miedo.
  • Hay que esperar… - dijo intentando evitar una carnicería - No podemos lanzarnos de frente, sería un suicidio. No podemos vencerlos…
La amazona lo atravesó con la mirada. En su rostro no había duda ni vacilación. Tampoco simple valentía. Había algo más oscuro, más hondo. Algo funesto. Como si la idea de morir no la aterrara… como si, tal vez, la deseara en realidad. Quizá pensara en su hijo. Quizá en reunirse con él al otro lado del velo.
  • No se trata de vencer… - murmuró - Sino de plantarles cara.
Yrsa asintió en silencio, contemplándola con un fervor casi sagrado. Hijas de mundos distintos, separadas por océanos y dioses, pero unidas por el mismo fuego antiguo: el desafío a la muerte, el ansia de guerra, la negativa a arrodillarse jamás. Y mientras el estruendo del metal enemigo seguía acercándose, ambas supieron que, pasara lo que pasara, no darían un solo paso atrás.

Cuando el inmenso ejército de Hong Long hizo acto de presencia y se dejó ver en su totalidad, todos contuvieron la respiración. Avanzaba con precisión milimétrica y rápidamente las tropas fueron situadas en frente al arco chamuscado. Los Shén Dú se movieron con precisión quirúrgica, distribuyendo a los hombres como piezas de un tablero ya decidido. Varias filas de tiradores armados con mosquetes se alinearon al unísono, todos apuntando hacia la entrada del Templo. Detrás de los fusileros, los cañones fueron atrancados y orientados al mismo punto, sus bocas negras abiertas como fauces hambrientas.

La imagen no dejaba de ser desconcertante. Todo un ejército entero desplegado para enfrentar tan solo a una única mujer. Sin duda, Hong Long comprendía el poder que habitaba en los elementos, y al ver la magnitud de aquel ejército, quedaba claro a cual de los cuatro temía más.

Y entonces apareció él.

El Dragón avanzó despacio, las manos entrelazadas a la espalda, recorriendo el frente con la mirada fría y calculadora de quien no puede permitirse error alguno. Supervisaba cada detalle, cada posición, cada respiración. Todo estaba exactamente donde debía estar. La visión del ejercito desplegado, los hizo palidecer. Incluso Vihaan, ahora portador de un poder que no pertenecía a este mundo, pensó lo mismo que los demás: por muy poderosa que regresara Grace, aquella batalla era imposible de ganar.
  • ¡Bum-Bum! - exclamó Yara sin apartar la mirada del campo de batalla.
El muchacho alzó la vista.
  • ¿Aún conservas el frasco?
Él sonrió, se incorporó y rebuscó nervioso entre sus ropajes hasta encontrarlo. Sacó un frasco rojo, igual que los usados para vencer a la Sombra de Tangaroa. Lo sostuvo un instante entre sus pequeñas manos, como quien contempla un tesoro prohibido, y se lo ofreció.
  • ¿Qué vas a hacer con eso? - gruñó el Perro desde más abajo de la colina, incapaz de agacharse del todo.
Yara se giró hacia él y se lo dijo todo con la mirada, sin pronunciar una sola palabra. El Perro negó lentamente con la cabeza, sabiendo que aquello no iba a funcionar. Avanzó unos pasos cuesta arriba para observar mejor al ejército enemigo.
  • Estamos demasiado lejos, santera. A no ser que tu brazo sea una catapulta, dudo que llegues.
  • El chaval lo hará… - intervino Cortés - Que use el tirachinas.
Bum-Bum negó con la cabeza y comenzó a hablar en aquel idioma del desierto, rápido y áspero como arena arrastrada por el viento. Yara lo escuchó en silencio. El Perro esbozó una sonrisa amarga; no necesitaba entender las palabras para comprender el significado. Sus ojos regresaron al ejército… y entonces lo vio. A Hong Long. Altivo, indulgente, caminando entre sus tropas como si ya hubiera vencido. Una idea temeraria, casi suicida, cruzó la mente de Seamus. Pero antes de que pudiera llevarla a cabo, la tierra al otro lado del arco del Templo volvió a iluminarse.

No fue una llamarada súbita ni una explosión violenta, sino un resplandor profundo, palpitante, como si el propio suelo hubiera inhalado y exhalara fuego. Las runas antiguas grabadas en la madera del arco comenzaron a brillar, primero con un rojo apagado, luego con un naranja vivo, hasta tornarse blanco incandescente. El aire vibró. El calor llegó incluso hasta la colina, seco, cargado de promesas y amenazas.
  • Por fin, hermana… - susurró Yara sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.
Los mosquetes del Dragón se alzaron al unísono. Los Shén Dú tensaron el cuerpo, como felinos antes del salto. Incluso Hong Long se detuvo, por primera vez desde que había llegado, y clavó la mirada en el arco. No sonreía. No fruncía el ceño. Observaba con la atención peligrosa de quien reconoce a una mujer que ya no es del todo humana.

Entonces ella cruzó. Grace emergió del umbral envuelta en un halo de calor ondulante. No había llamas devorándola, pero el fuego la rodeaba como una presencia viva, respirando con ella. Su cabello rojizo, encendido en las puntas, parecía arder sin consumirse; cada paso que daba dejaba la ceniza temblando, como si el suelo recordara antiguas hogueras. Su piel estaba marcada por quemaduras recientes, rojas y brillantes, pero no caminaba como una herida abierta, sino como una llama que ha aprendido a mantenerse en pie. Y sus ojos… esos ojos no eran los de antes. No eran furia desatada. No eran rabia ciega. Eran brasas contenidas.

Vihaan se puso en pie y dio un paso adelante sin darse cuenta. La sintió incluso antes de verla del todo. La tierra había callado, y el fuego reclamaba su lugar. Hablaba a través de ella.
  • Capitana… - murmuró Halcón detrás de él, casi con miedo.
Grace se detuvo un instante tras cruzar el arco. Inspiró hondo. El aire a su alrededor chisporroteó. Luego alzó la mirada y vio el campo de batalla desplegado ante ella: los cañones, las filas de mosquetes, la marea oscura de hombres… y al Dragón, erguido en el centro de su veneno. No desenvainó la espada esta vez, no gritó con la fuerza de una tormenta desatada. Tan solo sonrió. No una sonrisa alegre. No una sonrisa cruel. Una sonrisa tranquila… pero al mismo tiempo, peligrosa. Y entonces habló, con una voz que no necesitó alzarse para imponerse al estruendo del metal y al murmullo del miedo:
  • Huid…
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier cañonazo.
  • Huid si queréis vivir…
Detrás de la colina, nadie respiraba. Yara apretó el frasco rojo contra el pecho. Yrsa sintió a Gláfur tensarse como antes de un terremoto. Diego cerró los ojos un segundo, dejando que el orgullo que sentía por ella, le quemara la garganta. Porque todos lo comprendieron al mismo tiempo. No había regresado la mujer que entró en el Templo. Había vuelto la guardiana del fuego. Y por primera vez desde que el ejercito del Dragón había puesto un pie en aquellas tierras, todos sus hombres entendieron una verdad imposible de ignorar: Aquella batalla… ya no iba a ser como ellos la habían planeado.

Un Shén Dú surgió de entre las sombras habiendo cruzado el campamento con pasos silenciosos hasta detenerse ante su amo. Se arrodilló frente a él, la cabeza gacha, el puño cerrado sobre el pecho.
  • ¿Está todo listo?
  • Sí, mi señor…
Hong Long asintió apenas, sin mirarlo siquiera.
  • Bien. Ya sabéis lo que debéis hacer.
Grace avanzaba lentamente desde el arco, sola, firme, como si el mundo entero se hubiese detenido para verla caminar. La primera fila de soldados mantenían los mosquetes alzados con manos temblorosas. El sudor les corría por la frente, los labios resecos, los ojos desorbitados clavados en aquella figura que se acercaba sin miedo. El silencio era tan denso que dolía. Algunos tragaron saliva. Otros desviaron la mirada. Y, sin embargo, entre todo aquel terror palpable, uno de ellos sonrió. Una sonrisa nerviosa, rota, casi histérica. Grace no se detuvo.
  • ¿Es que no me habéis oído? - su voz resonó clara, implacable - Huid… si queréis vivir.
Pero nadie se movió. Pues sabían demasiado bien que huir o quedarse compartían el mismo destino: morir. Grace alzó entonces la mano derecha, la palma abierta hacia el cielo. Durante un latido no ocurrió nada. Y después, el fuego nació. Primero fue una chispa viva en su palma. Luego el incendio trepó por su brazo, abrazó su pecho, y en un suspiro su cuerpo entero estalló en llamas. El fuego brotó de su piel como si siempre hubiera habitado en ella. Sus cabellos ardieron como lenguas solares, y de sus ojos manó una luz tan intensa que los hombres más cercanos tuvieron que cerrarlos, cegados. Cuando volvió a abrir la boca, no fue una palabra lo que emergió. Fue un rugido. El rugido de un volcán al partirse en dos. El grito primordial de la tierra rompiéndose desde dentro.

Y entonces, antes de que la capitana lo arrasara todo, sonaron los cañones. Hong Long abrió los ojos, y su sonrisa se volvió macabra. Los cañones no escupieron fuego. No escupieron pólvora. Escupieron lo único que podía dañar a Grace… escupieron agua. Una marea brutal, comprimida, devastadora, que se estrelló contra ella con la fuerza de un dios enfurecido. La capitana fue lanzada hacia atrás, su fuego sofocado en un instante. Cayó al suelo envuelta en vapor y humo, el cuerpo humeante, las llamas extinguiéndose a golpes, abatida. Durante un segundo eterno, solo se escuchó el siseo del calor muriendo. Hong Long inclinó la cabeza apenas un centímetro. Fue suficiente. Cuatro Shén Dú salieron disparados al instante, cruzando el campo de batalla para apresarla. El Dragón no había dudado. Y el fuego… había sido contenido antes siquiera que pudiera mostrar su fuerza.
  • ¡Grace, no! - gritó Yara, poniéndose en pie de un salto.
  • ¡Es ahora o nunca! - exclamó Aibori, ya preparada para lanzarse a la batalla.
  • ¡Preparaos! - ordenó Vihaan, desenvainando su espada, la hoja vibrando con un murmullo grave.
Todos se pusieron en pie, dientes apretados, pulso acelerado, manos firmes, hierro desenvainado. Pero antes de que nadie pudiera moverse un solo paso más, antes de que alguien mandara cargar… el Perro los miró a todos. A sus compañeros, a su familia, a los pequeños que debían heredar el futuro. Y entonces decidió hacerlo. Miró a Hong Long, una vez más, con la rabia desatada en su rostro. Y murmuró entre dientes la verdad más antigua de todas. “Muerto el Perro, muerta la rabia”. Solo necesitaba acercarse a él, solo necesitaba engañarlo con su aspecto frágil y decadente; y cuando estuviera lo suficientemente cerca, hacerlo estallar en mil pedazos. Si le cortaba la cabeza a la serpiente, todo acabaría. Así que sin pensarlo dos veces, arrancó el frasco explosivo de las manos de Yara y empezó a avanzar colina abajo. El mundo pareció detenerse. Nadie entendía qué demonios estaba haciendo.
  • ¿Dónde demonios vas, viejo? - gritó Diego, saliendo tras él y agarrándolo del brazo.
O’Driscoll se soltó de un tirón, gruñendo como un Perro rabioso, y lo miró a los ojos. De tú a tú. No había miedo en su expresión. Solo decisión. Una calma feroz.
  • Algunos nacimos para morder, hijo - dijo en voz baja, áspera como la piedra - Y otros… para saber cuándo soltar los dientes.
  • Pero… - Diego se quedó sin palabras.
El Perro avanzó tres pasos más antes de que nadie pudiera decir algo.
  • Si hay que morir, capitán - dijo Vihaan, la voz grave, firme - moriremos todos juntos. Así es como Grace lo hubiera querido.
  • ¡Eso es! - dijo Bhagirath alzándoselos a su lado - ¡Lucharemos hasta el final!
El Perro no se giró. No necesitó hacerlo. Siguió caminando, apoyándose en su bastón improvisado, cojeando sobre la tierra muerta, con el frasco apretado en la mano como si fuera un corazón prestado.
  • No, muchacho… - respondió al fin - Aún no ha llegado vuestro momento.
Diego dio un paso tras él, desesperado.
  • ¡Vuelve! ¡Maldita sea!
El Perro se detuvo un instante. Solo uno. Lo justo para alzar un poco el mentón y dejar que su voz regresara, áspera y cálida a la vez, como una caricia de un animal salvaje.
  • He pasado la vida entera ladrando para que otros no se rindieran - dijo con una sonrisa verdadera - Ya es hora de morder para que vosotros… podáis seguir aullando a la luna.
Cerró los ojos y una lagrima recorrió su rostro arrugado y castigado. Sintió sus respiraciones agitadas detrás, sus corazones latiendo con fuerza, el poco acero que empuñaban sostenido con la fuerza y la determinación de demonios rebeldes y testarudos.
  • No os lo ordeno como capitán, esta vez - dijo girando la cabeza y mirándolos de reojo - Os lo pido como un amigo…
Aibori dio un paso adelante, negándose a aceptar que el Perro marcharse solo. Pero Yara la detuvo suavemente posando una mano sobre su estomago y negando con la cabeza. En su rostro no había lágrimas, solo orgullo y gratitud.
  • Encargaros de que los chicos… - sonrió el capitán mirando a los dos pequeños - Crezcan fuertes y rebeldes como su familia. ¡Seguid adelante mis buenos amigos! ¡Sed libres… que nada ni nadie os detenga jamás!
Y sin más siguió andando. Nadie más se movió. Lo vieron cruzar el valle calcinado, su figura encorvada recortándose contra el gris del humo y la ceniza. Era pequeño. Flaco. Viejo. Cada paso parecía costarle un mundo, pero no se detenía. Cojeaba, sí, pero avanzaba con una dignidad feroz, como si cada metro ganado fuera una victoria arrancada al destino. Vihaan apretó la empuñadura de su espada hasta que los nudillos se le volvieron blancos. Yara abrazaba a Bum-Bum con los ojos, ahora sí, anegados, incapaz de gritar. Yrsa y Aibori mantuvieron la cabeza alzada, los puños cerrados, los hombros tensos, con el orgullo que solo guerreras como ellas podían sentir.

Pero entre todos ellos, solo unos cuantos, aquellos que habían compartido cubierta y destino con aquel gran capitán, se alzaron por encima de los demás. Eran pocos, demasiado pocos, pero su fuerza era omnipresente. Caitlin fue la primera en llevarse el puño al corazón. Las lágrimas le corrían sin vergüenza por el rostro. Luego Snatch se alzó a su lado, el corazón latiendo fuera de sí. Y después tres cachorros más. Eran los que quedaban, los que habían conseguido seguirle hasta su final. No dijeron nada. No hicieron ruido. Se limitaron a mirar a su capitán marchar hacia la muerte. Porque eso era lo que Seamus O’Driscoll hacía. No era un suicidio. No era una locura. Era un sacrificio. El Perro avanzaba solo, con el paso torcido y el alma recta, cargando con la decisión que nadie más había podido tomar. Cada latido suyo parecía decir lo mismo: no miréis atrás. No me sigáis. Vivid por mí. Cumplid vuestro destino.

El viento arrastró su silueta entre la ceniza, y por un instante pareció enorme, más grande que el valle, más grande que el miedo, más grande incluso que el Dragón. El capitán del Madra Ifrinn marchaba solo hacia la muerte. Y lo hacía con orgullo. Marchaba por todos.

Un soldado gritó la advertencia.
  • ¡Señor! ¡Alguien se acerca!
Hong Long apartó la mirada de los Shén Dú que arrastraban a Grace, inconsciente, chorreando agua como si el mismo río la hubiera rechazado de su corazón. Entonces lo vio: un anciano, encorvado y tembloroso, apenas capaz de sostenerse en pie, alzando un pañuelo blanco que ondeaba como una señal silenciosa de paz. El viento se detuvo, los soldados alzaron la vista demasiado tensos para hablar, y con un gesto seco de cabeza del Dragón, dos asesinos rompieron la distancia corriendo hacia él. Cada paso hacía crujir la tierra reseca bajo sus botas. La voz del anciano se elevó, clara y firme, cortando el aire como un látigo.
  • ¡Parlamento! ¡Parlamento! - gritaba con una sonrisa cansada.
Por un instante, todo pareció posible. Los asesinos vacilaron, las armas no se levantaron. Lo escoltaron hasta el Dragón, ojos clavados, tensos como cuerdas a punto de romperse. Hong Long, poderoso y calculador, entendió el significado de esas palabras. Pero había algo que no podía prever: en la boca de un pirata, siempre sucia y traicionera, aquellas palabras no eran más que humo. Quizá fuera su cuerpo esquelético, frágil como la rama de un árbol en invierno. Quizá la edad que doblaba su espalda. O quizá el destino, que jugaba con todos ellos como marionetas. Sea como fuera, Seamus avanzaba con paso torcido y decidido hacía la cabeza de la serpiente, cada movimiento resonando como un tambor de guerra invisible, y en el contraste entre su fragilidad y la presencia abrumadora del Dragón, todo el campo parecía contener la respiración.

El anciano, con el pañuelo temblando en alto, se detuvo frente al Verdugo. Cada mirada, cada gesto, cada respiración parecía un desafío silencioso a la autoridad del hombre más poderoso del Reino Medio. La tensión se volvía casi sólida, como si el aire mismo pudiera prenderse fuego en cualquier instante. Y en ese momento, el mundo entero pareció inclinarse hacia un solo punto: el encuentro inevitable entre la fuerza descomunal de un tirano y la voluntad inquebrantable de un pirata.
  • ¿Quién eres, anciano? - preguntó el tirano, la voz gélida y llena de desprecio.
  • Un simple mensajero… - respondió el pirata, esbozando una sonrisa torcida que no alcanzaba a ocultar la determinación en sus ojos.
  • ¿Y qué mensaje traéis? - El Dragón inclinó la cabeza, esperando con esa calma amenazante que siempre precede a la tormenta.
El Perro desvió la mirada hacia Grace. Estaba demasiado cerca; si activaba el explosivo, la arrastraría con él. Debía improvisar.
  • No traigo mensaje… solo una advertencia… - dijo el pirata con voz firme, dejando que cada palabra se clavara en el aire.
  • ¿Cómo dices? - Hong Long soltó una carcajada que retumbó como un cañón.
La risa se propagó como un fuego contaminante entre todo su ejército, reverberando entre filas de soldados tensos. El Perro los miró con desprecio, apenas intentando ocultar el odio que le hervía en las venas. Hombres ruines, entregados a la causa de un tirano solo por miedo. Para él no valían nada: cerdos sumisos que habían aprendido a amar la correa que los sujetaba, esclavos de su propia cobardía.
  • Detrás de aquella colina aguarda un ejército… - dijo el pirata, la voz firme, aunque cargada de advertencia.
  • No mientas, anciano - replicó Hong Long, la mirada gélida - Sé que sois pocos.
  • Pocos, quizás… - sonrió el pirata, tapándose la boca con el pañuelo mientras tosía suavemente - …pero poderosos.
El Dragón comenzó a caminar a su alrededor, las manos detrás de la espalda, la sonrisa irónica dibujada en su rostro como si todo el mundo fuera un simple entretenimiento para él. Su voz se elevó, cargada de burla, y resonó para todos los presentes.
  • ¡Mirad a este viejo saco de huesos! - dijo, gesticulando hacia el Perro con desdén - Apenas se mantiene en pie… ¡y viene a enfrentarse a mí!
El Perro le sostuvo la mirada mientras lo calumniaba y se burlaba de él. Y aunque la rabia le devoraba las entrañas, en su rostro también se dibujaba una risa feroz. Hong Long se creía todopoderoso, el único hombre con derecho a mandar sobre los demás. Pero no era más que otro tirano, uno más entre los cientos a los que el capitán irlandés había plantado cara a lo largo de su larga e insumisa vida. Se creía un dios, un falso juez del que nacía y moría la ley según su capricho. Pensaba que el mundo le pertenecía, que todo debía inclinarse ante su voluntad. Y sin embargo, aquello que consideraba su mayor arma - el poder - era también su mayor debilidad. Porque el Perro lo sabía bien, lo sabía mejor que nadie: El mundo no pertenece a los poderosos. El mundo es de los locos, de los rebeldes, de quienes se atreven a decir no y a desafiar al amo. El mundo es de los que rompen cadenas, de los que resisten a la tiranía, de los olvidados, de los desarraigados, de los que no tienen nada que perder. Y él era uno de ellos. Un alma indómita, viva, imposible de domesticar. Un alma que estaba a punto de apagarse, sí, pero que aun así seguiría respirando mientras quedara un solo hombre o una sola mujer en este maldito mundo capaz de alzar el rostro y gritar: ¡Basta!
  • ¡Tenemos a Lao Hé! - mintió el capitán de repente - Y a sus discípulos con nosotros.
El cuerpo de Hong Long se tensó en un instante. La sonrisa desapareció como un rayo cubierto por nubes negras. Sus ojos, normalmente calculadores y fríos, ardieron con un odio profundo, antiguo, como si cada recuerdo enterrado de derrota y traición despertara de golpe. La tensión se volvió casi palpable, como si el aire mismo temiera lo que estaba a punto de desatarse.

Seamus lo olió. Y tanto que lo olió. No era solo odio lo que ardía en el interior del Verdugo. No era solo sed de venganza, ni rabia. Aquello olía a miedo. Un miedo puro, antiguo, aferrado al alma como una garra invisible. Incluso el Dragón más poderoso, incluso aquella sombra que parecía abarcarlo todo, temía a alguien. Y él, como buen sabueso que era, lo supo al instante.
  • ¡Llevaos a la prisionera! - ordenó Hong Long con una urgencia que no logró ocultar - ¡Metedla en el barril de agua, atadla bien! ¡Que los hombres cubran la retirada! ¡Nos largamos de aquí!
Los Shén Dú obedecieron al momento, arrastrando el cuerpo inerte de Grace, aún empapada, aún humeante, como si el fuego en su interior se negara a morir del todo. Entonces Hong Long se volvió una última vez hacia el mensajero. Y lo vio. Aquel anciano. Aquel saco de huesos… Sonreía. No era una mueca de locura ni de resignación. Era una sonrisa lenta, torcida… burlona. Se estaba riendo de él. En su cara. Delante de todos sus hombres.

El Dragón sintió cómo algo se quebraba por dentro.
  • ¡Matad a este pusilánime! - escupió con desprecio - Y dejad que se pudra…
Dio unos pasos, dispuesto a seguir a los Shén Dú que se llevaban a Grace.
El frío del acero rozó el cuello del pirata, y él dejó caer el pañuelo blanco al suelo.
  • ¡Eh, Dragón…!
La voz del Perro sonó áspera, cargada de humo y salitre. Hong Long se giró lentamente, endurecido por la ira… y por el miedo que ya no podía ocultar. Seamus estaba allí, tembloroso, cojo, apenas en pie. El pañuelo blanco había caído al suelo. En su mano, el frasco rojo palpitaba como un corazón condenado.
  • ¡¿Sabes cual es el mayor error de los hombres de tu calaña?! - dijo el Perro, con una calma terrible - Que olvidáis algo muy simple…
Alzó la mirada, clavándola en sus ojos.
  • ¡Olvidáis que… hasta el imperio más grande se puede derrocar!
Y sonrió.

La explosión fue un infierno desatado. No fue solo fuego. Fue un rugido. Un estallido que desgarró la tierra y el cielo al mismo tiempo. Los hombres salieron despedidos como muñecos rotos. Cuerpos calcinados, miembros arrancados, gritos ahogados por el estruendo. El valle se llenó de llamas, de polvo, de muerte. El mundo ardió. Entre el caos, Grace cayó y rodó violentamente por el suelo. El fuego la alcanzó y al hacerlo sus ojos se abrieron de golpe. Un jadeo brusco. Las llamas volvieron a respirar en su pecho. Y en el eco lejano de la explosión, como un último ladrido desafiando al mundo… el sacrificio del Perro quedó grabado para siempre en el corazón de los rebeldes.

Desde la colina, todos se cubrieron el rostro cuando el mundo estalló. La explosión rugió como un dios furioso. Una oleada de fuego y aire ardiente barrió el valle, y el calor llegó hasta ellos con violencia, quemándoles la piel como si las llamas intentaran reclamarles también. La tierra tembló bajo sus pies. El cielo se tiñó de rojo y negro. Diego, que había avanzado unos metros más que el resto, quedó de pie entre el polvo y el viento abrasador. Las lágrimas le surcaban el rostro, no de miedo, sino de orgullo. Respiró hondo, como si aquel aire cargado de ceniza fuera lo último que necesitaba para seguir vivo.

Aún quedaban hombres entre el caos, el enemigo aún respiraba, así que desenvainó su espada. El acero cantó al salir, claro y firme, como una promesa. Se giró hacia los que aún quedaban tras la colina. Su mirada se clavó en Caitlin, directa, implacable, encendida por la misma llama que ahora devoraba el campo de batalla.
  • ¡Habéis sangrado con el Perro! - rugió, la voz rota pero indomable - ¡Sangrad ahora conmigo!
No hubo duda. No hubo miedo. Uno a uno, se pusieron en pie. Guerreros cansados. Heridos. Superados en número. Pero libres. Rugieron como animales acorralados. Maldijeron a los dioses, al Dragón y al destino. Alzaron armas melladas, puños temblorosos, corazones ardiendo. No luchaban por la victoria, lo hacía por lealtad, por memoria, por el orgullo salvaje que el capitán irlandés les había enseñado a amar.

Y entonces corrieron. Un puñado contra muchos. La libertad contra el yugo. El eco del sacrificio aún resonando en sus oídos. Y mientras descendían hacia el caos, directos a la muerte, envueltos en gritos y acero, el espíritu del Capitán marchaba con ellos.

Los soldados del Dragón escucharon el rugido. Fue tan brutal, tan cargado de furia, que por un instante creyeron ver descender de la colina a escuadrones de caballería, a cientos, quizá miles de hombres lanzándose a la batalla. Pero cuando la polvareda se disipó y distinguieron que no eran más que unos pocos cuerpos avanzando contra ellos, ninguno sonrió. Al contrario: algo se les encogió en el pecho.

Porque no hay nada más inquietante que un enemigo en clara inferioridad que no duda, que no retrocede, que no se rinde, sino que ruge con más fuerza y violencia. Aquel grito no era una llamada a la victoria, era una declaración de intenciones. Solo un guerrero dispuesto a morir se arroja así a la batalla. Solo alguien que no teme perder nada avanza sin calcular, sin medir fuerzas, sin esperar refuerzos. Y un hombre que no teme perder nada es un hombre peligroso. Imprevisible e imparable.

Además, Hong Long no estaba allí. No había órdenes claras, ni su sombra vigilante, ni su voz imponiendo disciplina. El Dragón había desaparecido, y con él la sensación de estar protegidos por un dios de carne y hueso. Por primera vez, muchos de ellos se sintieron solos ante el peligro. Un puñado de Shén Dú intentó recomponer la formación. Gritaron órdenes, repartieron latigazos, empujaron cuerpos temblorosos hasta alinearlos. Los mosquetes se alzaron, uno tras otro, apuntando hacia la colina. Las manos sudaban, los dedos resbalaban sobre los gatillos. El aire se volvió denso, irrespirable.

El oficial levantó el brazo. Un segundo más y daría la orden.
Pero antes de que pudiera bajarlo, algo estalló a sus espaldas.
  • ¿Qué demonios es eso…? - balbuceó un soldado, al girarse.
El fuego respondió antes que nadie. Grace emergió entre las sombras como una visión imposible, envuelta en llamas vivas que no parecían consumirla, sino obedecerla. Ardía como si la tierra misma la hubiera escupido desde sus entrañas, como un demonio antiguo al que el mundo había olvidado temer. Cada paso que daba era lento, deliberado, y con cada uno el calor se volvía insoportable. El aire se ondulaba a su alrededor, las armaduras crujían, la piel empezaba a arder.

Dispararon, todos de golpe, un estruendo ensordecedor. Mosquetes, gritos, órdenes desesperadas. El plomo atravesó el humo, pero el fuego lo devoró antes de tocarla. Las llamas se alzaron en espirales voraces, abrazaron cuerpos, treparon por piernas y torsos, entraron por bocas abiertas en alaridos que se quebraron en segundos. Hombres corrieron envueltos en fuego, chocando entre sí, cayendo rodando mientras la carne se ennegrecía y el olor a ceniza llenaba el campo. El calor era una jaula, una condena eterna.

Y entonces, desde el otro lado del flanco, el mundo tembló.

Yrsa llegó la primera, sus largas piernas y su corazón salvaje la empujaron a entrar en batalla. Saltó con el martillo alzado, rugiendo junto a Gláfur. El impacto fue devastador: cinco hombres cayeron como muñecos rotos, cráneos abiertos, huesos hechos polvo. La bestia mordía, embestía, despedazaba a su lado, mientras la nórdica avanzaba sin freno, un vendaval de hierro y furia. Dos almas salvajes.
  • ¡Retrocedeeed! - gritaron desde el frente, presas del pánico.
  • ¡Avanzaaad! - respondieron desde la retaguardia, empujando a los suyos hacia la muerte.
Quedaron atrapados. Rodeados por el acero… y por el fuego. Bhagirath danzaba entre las llamas con su talwar, cada movimiento limpio, preciso, letal. El acero cantaba canciones antiguas mientras caían enemigos, uno tras otro, incapaces de seguir su ritmo. Halcón, más atrás, disparaba con calma quirúrgica: un tiro, una vida menos. Nunca desperdiciaba una bala. Cortés y Aibori luchaban espalda con espalda, riendo entre el caos, mirándose como si el mundo no existiera más allá de ellos. Dos amantes entregados a la locura ardiente del combate, al amor que solo sobrevive donde todo arde. Los cachorros aullaban con más rabia que nunca, cada muerte un saludo a la luna, cada herida un regalo para su capitán.

Pero era Grace, sin duda, quien se llevó la atención de todos. El fuego se plegaba a su voluntad. No lo lanzaba: lo gobernaba. Las llamas se abrían a su paso, se cerraban tras ella, subían como muros, caían como cuchillas. El suelo se volvía brasas, las armas ardían en las manos de quienes intentaban alzarla contra ella. No había refugio, no había huida. Solo fuego. Solo destrucción.

Los pocos que lograron escapar aquella noche, lo harían marcados para siempre. Desde aquel día, al recordar aquella figura envuelta en fuego, ya no pronunciarían su nombre.

Ya no la llamarían Capitana Grace O’Malley.
La llamarían… Furiosa.

Y al hacerlo, bajarían la voz.
No por respeto, sino por miedo…

Porque la Furiosa no era humana.
La Furiosa no mostraba piedad.
Era un demonio y el infierno… caminaba con ella.

En lo alto del Templo de la Montaña Arcoíris, Lao Hé abrió los ojos. La quietud de su meditación se quebró como una lámina de agua al recibir una piedra. Su respiración, lenta y profunda, se detuvo apenas un instante. No necesitó palabras, ni señales, ni mensajeros. Lo había sentido. Muy lejos, más allá de valles, ríos y montañas, algo antiguo había despertado entre las cenizas.

Se incorporó con calma, apoyando las manos sobre las rodillas. Frente a él, el incienso seguía ardiendo con una llama dócil, casi reverente. Pero ya no era suficiente para engañar a su espíritu. El aire vibraba de otra manera. El éter se había agitado.
  • Así que al fin has despertado, cabellos de fuego… - murmuró.
Lao Hé frunció el ceño. No por miedo, sino por respeto. Conocía bien a los elementos; no como fuerzas a dominar, sino como voluntades que deben ser escuchadas. Durante toda su vida había aprendido que desatarlos no era un acto de poder, sino de responsabilidad. El fuego, más que ningún otro, era el más honesto y el más cruel. No fingía. No negociaba. Iluminaba o destruía. Calentaba o consumía.
  • Recuerda que el fuego no pregunta - dijo en voz alta, como si la montaña pudiera oírle - Solo revela lo que ya arde en el corazón de quien lo convoca.
Había guiado a aquellos jóvenes por el sendero de los elementos. No para convertirlos en armas, sino en llaves. Llaves capaces de liberar el éter, de devolver al mundo un equilibrio que los hombres habían roto con su ambición y su miedo. Sabía que cada despertar traía consigo un precio. Siempre lo había sabido. Se levantó lentamente y caminó hasta el borde del templo. Desde allí, el mundo se extendía en capas de colores hermosos y una niebla apacible. Todo parecía en calma. Pero él sabía que era tan solo una ilusión.
  • Recuerda que el fuego purifica - continuó - pero también exige. No distingue entre justicia y venganza. Si el espíritu no es firme, devora al portador antes que al enemigo.
Cerró los ojos un instante. Vio llamas, gritos, ceniza elevándose al cielo. No huyó de la visión. Los sabios no apartan la mirada.
  • Si has encendido la llama eterna - susurró - entonces el mundo temblará. Y deberá hacerlo. Porque siempre, antes de construir, algo debe arder primero.
El viento movió las campanas del templo, haciendo que resonaran como un eco lejano de advertencia. Lao Hé juntó las manos frente al pecho y volvió a respirar con calma.
  • Que el fuego recuerde su propósito - dijo finalmente - Y que quien lo empuñe no olvide jamás que incluso la llama más pura puede convertirse en un infierno.
Luego, en silencio, retomó su meditación, sabiendo que el equilibrio se restablecía cada vez más… y que ya no había vuelta atrás.

El Susurrador había despertado la tierra.
La Furiosa la había llenado de luz.
Ahora era el turno de que la Yara…

Bailara con el agua.

Continuará…
 
Capítulo 98 - Rumbo a Chengdu: El Reino de los caballos.
  • Estamos aproximadamente… - dijo Wong, alzando la cabeza hacía el sur - cerca de Kunming. Y debemos dirigirnos hacia el oeste. Al Gran Lago, en Xining. Al que nosotros llamamos Qinghai Hu…
Se puso en cuclillas y comenzó a dibujar sobre la tierra del camino. Con un palo trazó primero unos contornos amplios, luego líneas, montañas esquemáticas, ríos serpenteantes. El mapa crecía bajo sus manos, enorme y tosco, como si quisiera abarcar el mundo entero. Detrás de ellos quedaba el campo de batalla, el valle calcinado y silencioso, aún humeante, como una herida abierta que la tierra tardaría años en cerrar. Ahora se preparaban para avanzar hacia el oeste, hacia tierras más altas y más crueles.

Vihaan se puso en cuclillas a su lado. Observó el dibujo un instante y, con el dedo, trazó una línea recta desde Kunming hasta el punto señalado. Wong sonrió, negando con la cabeza.
  • No, amigo… - respondió - No es tan sencillo como ir en línea recta.
Señaló las montañas que había dibujado, los pliegues abruptos del terreno.
  • Entre nosotros y Xining hay cordilleras que desgarran los pulmones, pasos donde el viento corta como cuchillas, ríos que no perdonan errores. Caminos que desaparecen bajo la nieve o el barro. Y pueblos donde no siempre eres bienvenido.
El silencio se impuso mientras todos observaban el mapa improvisado. La distancia era inmensa.

Ir de Kunming a Xining a pie les llevaría meses. No menos de seis, quizá cinco, si la suerte los acompañaba. Avanzarían primero por colinas verdes y terrazas de cultivo, arrozales y aldeas húmedas donde el aire aún era amable. Luego, poco a poco, el paisaje cambiaría: bosques más escasos, tierras secas, mesetas donde el cielo parecía aplastar la tierra. Finalmente, el mundo se volvería piedra y viento, altura y frío, un lugar donde cada mal paso se paga con la vida.
  • Y cuando lleguemos - añadió Wong, bajando la voz - no penséis que habremos alcanzado un refugio - Alzó la mirada hacia el oeste - Xining no es un lugar seguro. Es un punto clave en la Ruta de la Seda. Y ya lo sabéis… Donde hay comercio, hay riqueza… y donde hay riqueza, hay maldad.
  • La maldita Compañía… - masculló Grace.
  • Así es capitana - respondió con gravedad el guía.
Las Indias Orientales tenía allí una presencia fuerte. Demasiado fuerte. La muerte de Sir Reginald no tardaría en llegar a oídos de todos los capitanes armados de la región. Justicia, la llamarían esos mercenarios. Cacería, sería en realidad. Y por otro lado, aunque el cadáver sin vida de Hong Long aún se consumía calcinado sobre el campo de batalla, nadie dudaba de que seguía vivo. Pues el Dragón siempre tenía otra cabeza.
  • Además - continuó Wong - esa tierra está en disputa. Tibetanos, mongoles, chinos Han… el control cambia de manos como una moneda lanzada al aire. A veces mandan señores de la guerra musulmanes. Otras, líderes tibetanos. Ninguno confía en el otro. Ninguno perdona.
Se acomodó despacio el sombrero sobre la cabeza.
  • En cuanto entremos en Xining, entraremos en la boca del lobo.
Durante unos segundos nadie habló. El viento arrastró polvo y ceniza, borrando poco a poco el mapa dibujado en la tierra. Grace alzó la vista para contemplarlos a todos. Sus miradas eran firmes, su expresión dura y concentrada, quedaba claro que ninguno de ellos estaba dispuesto a dar un paso atrás.
  • ¿Meses andando por territorio enemigo? - preguntó Grace, negando con la cabeza - Es, cuanto menos, peligroso.
  • Es cierto… - añadió Yara - Solo llevamos dos templos y casi no lo contamos. ¿Y ahora debemos cruzar media China a pie? No lo veo, sinceramente.
  • ¿Dónde está el último templo, el del aire? - preguntó Diego.
Wong no respondió de inmediato. Surcó con su dedo de nuevo hacia el norte del mapa dibujado sobre la tierra, atravesando montañas esquemáticas y ríos que se retorcían como cicatrices.
  • Aquí - dijo al fin - En Harbin.
Alzó la mirada, serio.
  • El imperio del hielo, lo llaman.
Solo el nombre dejaba claro a que se refería: una extensión vasta, vacía , más muerta que viva.
  • Tierras donde el invierno gobierna incluso cuando el calendario dice otra cosa. Bosques interminables, ríos congelados la mitad del año, aldeas aisladas que apenas ven forasteros. Harbin es frontera y confín: más allá, el mundo se vuelve blanco y hostil. El aire allí no perdona. Corta los pulmones, endurece la sangre. No es un lugar al que se llegue… es un lugar al que se sobrevive.
  • Si nos lleva varios meses llegar al lago… - Diego se rascó la barba - ¿Cuánto nos llevaría llegar hasta el norte?
Wong se incorporó con calma, dio un trago a la calabaza que colgaba de su cinto y se secó los labios con la manga gastada de su túnica.
  • Demasiado tiempo, capitán…
Grace, que había permanecido en silencio, se puso en cuclillas frente al mapa, lo observó unos instantes y luego alzó la vista para preguntarle algo al guía. Pero no llegó a hacerlo, pues había algo distinto en la expresión de Wong. No era miedo. No era duda. Sino una leve curvatura en los labios.
  • ¿Por qué sonríes? - preguntó.
Wong bajó la mirada y, sin responder, señaló otro punto del mapa. No al norte. Tampoco directamente al oeste. Un lugar intermedio, casi olvidado entre montañas y ríos.
  • Chengdu - dijo - El reino de los Qìkōng Mǎ.
Vihaan frunció el ceño.
  • ¿Qué significa eso?
El Sombrero de Paja alzó la vista, y esta vez la sonrisa fue clara. Dejó que el silencio se asentara antes de hablar. Sus dedos aún reposaban sobre la calabaza, a la que seguro acudiría de nuevo, más temprano que tarde.
  • Como extranjeros - comenzó, con voz baja, casi ceremonial - debéis entender que el Reino Medio no es solo ríos y montañas. Alberga secretos antiguos, historias que no aparecen en los libros y leyendas que se transmiten en susurros. Algunas son solo cuentos. Otras… - sonrió - otras juran quienes las conocen… que son ciertas.
Todos se acercaron para escucharlo mejor.
  • Entre todas las leyendas hay una que persiste a lo largo del tiempo. Dicen que allí, en las misteriosas tierras de Chengdu; existieron adiestradores de caballos. Pero no hablo de caballos comunes. Los llaman Fēng Mǎ, los Caballos del Viento. También reciben otro nombre, más antiguo: Qìkōng Mǎ, los caballos que cabalgan el aire.
  • ¿Caballos voladores? - lo cortó Yara, alzando una ceja - ¿En serio? Creo que deberías dejar de beber tanto de esa maldita calabaza tuya.
Algunos rieron por lo bajo. Wong se giró hacia ella con calma, sin perder la sonrisa. No había burla en su mirada, solo paciencia.
  • No vuelan, Yara - respondió - Eso solo lo dicen los ignorantes. Lo que hacen es algo más propio de un caballo… corren más rápido de lo que el ojo humano puede seguir.
  • ¿Has oído tuerto? - rió Yara dirigiéndose a Halcón - Por fin un desafío digno de tu ojo…
Esta vez todos rieron, mientras el guía negaba con la cabeza ligeramente, como si la historia lo arrastrara.
  • Cuenta la leyenda que hace muchas generaciones atrás, vivía en las afueras de Chengdu un anciano criador de caballos. Lo llamaban Maestro Liu Fengyan, el que escucha al viento. Nadie sabía de dónde vino ni cuántos inviernos había sobrevivido. Solo que sus establos estaban siempre llenos de los caballos más hermosos que jamás nadie haya visto… Dicen que Liu Fengyan poseía un secreto ancestral, transmitido de maestro a discípulo desde antes de que existieran los imperios. No domaba a los caballos con riendas ni espuelas. Les hablaba. Les enseñaba a respirar como el mundo, a sentir el pulso de la tierra y el empuje del aire bajo los cascos.
La cubana estaba a punto de soltar otra burla, pero la pequeña mano de Bum-Bum le tapó la boca. El niño miraba con los ojos abiertos al guía y escuchaba esa leyenda como si fuera lo más alucinante que hubiera oído en su corta y tormentosa vida.
  • Sus caballos - continuó Wong - no se cansaban. Podían galopar durante días sin sudar, cruzar montañas sin bajar el ritmo, atravesar ríos como si el agua les temiera. Se movían tan rápido que el polvo no llegaba a levantarse tras ellos.
Wong bajó la voz. Sus manos y sus silencios acompañaban la historia llenándola de un peso místico y sobrenatural.
  • Dicen que entienden el lenguaje humano. Que si les hablas con sinceridad, obedecen. Y que si les mientes… se detienen y te lanzan al suelo. Nadie ha conseguido montarlos jamás, porque no aceptan a quien no consideran digno.
Miró a cada uno de ellos, disfrutando de su completa atención.
  • Algunos aseguran haber visto a uno de los discípulos del maestro recorrer en minutos lo que a una caravana le tomaría medio año. Otros dicen que esos caballos sienten el peligro antes de que exista y cambian de rumbo sin necesidad de orden.
Wong encogió los hombros, como restándole importancia.
  • Son leyendas, claro está. Historias para viajeros cansados… - hizo una pausa estudiada - Pero si necesitamos cruzar medio Reino antes de que el mundo se nos venga encima, tal vez convenga escuchar las viejas leyendas.
El viento sopló de nuevo, y por un instante, a ninguno le pareció tan imposible la idea de que el aire pudiera tener cuatro patas. Habían visto demasiadas cosas extrañas como para burlarse ya de lo imposible. Vihaan había susurrado a la tierra y esta le había respondido. Grace había enfurecido las llamas hasta convertirlas en un arma viva. Juntos habían atravesado horrores que no deberían existir: monstruos nacidos de las tinieblas, engendros surgidos del mar, un chamán cambia pieles, gigantes, sirenas, incluso la ira desatada de dos dioses distintos. Después de todo aquello, la idea de caballos más veloces que el viento ya no sonaba a locura… sino a posibilidad.
  • ¿No viene de paso? - preguntó Grace.
  • ¿Chengdu? Sí, por supuesto - respondió Wong con rapidez - Debemos cruzar sus tierras para llegar al Gran Lago.
Grace asintió una sola vez.
  • Entonces vayamos a ver a ese anciano que habla con los caballos.
Se puso de pie con decisión, sacudiéndose el polvo de la ropa. El gesto bastó para que los demás comenzaran a prepararse: correas ajustadas, armas revisadas, miradas dirigidas hacia el oeste. El viaje estaba a punto de reanudarse cuando Wong alzó una mano.
  • Esperad…
Todos se volvieron hacia él. La sonrisa se le había apagado levemente.
  • Nadie sabe donde está Liu Fengyan…
El silencio cayó pesado.
  • Cuando la sombra del Dragón se extendió por estas tierras - continuó - sus establos fueron los primeros en sentirla. Nadie vio incendios ni sangre. Simplemente, una mañana, el anciano había desaparecido. Y los caballos… también. Se dice que antes de irse los liberó, que rompió las puertas de los establos y los dejó correr en libertad.
Wong bajó la mirada.
  • Desde entonces, nadie ha vuelto a adiestrarlos. Nadie ha vuelto a poseerlos. Algunos pastores juran haber visto uno galopar libre entre las montañas, tan rápido que el amanecer no pudo alcanzarlo. Otros dicen haber visto una sombra gris beber en un río y desaparecer sin dejar huella. Pero han pasado años… y las leyendas se enfrían con el tiempo.
Grace se acercó a él y apoyó una mano firme sobre su hombro. Sus ojos ardían, no con fuego, sino con convicción.
  • Si alguno de esos Caballos del Viento sigue vivo - dijo - lo encontraremos.
Apretó ligeramente su agarre y sonrió, feroz.
  • ¡Vamos! No perdamos más tiempo. ¡Rumbo a Chengdu!
Wong sostuvo su mirada un segundo, y luego asintió.
El camino los esperaba.
Y, tal vez, también el viento.

Abandonaron las afueras de Kunming al amanecer, cuando la niebla aún se aferraba a los campos como un sudario pálido. Los caminos que partían del sur no eran rutas imperiales bien trazadas, sino sendas viejas, marcadas por generaciones de comerciantes, peregrinos y soldados. Wong los condujo lejos de las calzadas principales, evitando puestos de control y aldeas demasiado grandes. Durante los primeros días caminaron entre colinas suaves y terrazas de cultivo. Los arrozales se extendían como escalones verdes llenos de agua, reflejando el cielo. El aire era húmedo y cargado de insectos; por la noche, el croar de las ranas envolvía los campamentos improvisados. Dormían en bosquecillos, bajo graneros abandonados o en corrales vacíos, siempre apagando el fuego antes de que oscureciera del todo. Pasaron cerca de pequeños pueblos sin nombre, donde las casas de madera se apoyaban unas contra otras como viejos cansados. Allí compraban arroz, sal o verduras secas sin levantar sospechas. Wong hablaba por ellos, usando acentos locales aprendidos en sus innumerables viajes. El resto bajaba la mirada. En tiempos así, una palabra de más podía costar la vida.

A medida que avanzaban hacia el noroeste, el terreno se volvía más áspero. Las colinas se cerraban en valles estrechos, atravesados por ríos rápidos y oscuros. Cruzaron gargantas donde el camino no era más que una cornisa de tierra y piedra, y donde una caída significaba desaparecer para siempre. En uno de esos pasos, una lluvia repentina los obligó a refugiarse bajo una roca saliente; el agua caía con tanta fuerza que parecía querer arrancar la montaña. Una noche, cerca de un antiguo puesto de caravanas en ruinas, Bum-Bum despertó sobresaltado al oír pasos. Resultó ser una familia de arrieros que viajaba en silencio, empujando mulas cargadas de té. Compartieron un cuenco de caldo aguado y unas pocas palabras. Nadie preguntó de dónde venían ni adónde iban. En aquellas tierras, sobrevivir era razón suficiente.

Tras semanas de marcha, el paisaje comenzó a cambiar. Los bosques se hicieron más densos, y luego se abrieron en amplias llanuras onduladas. Entraban en las tierras que marcaban el umbral de Sichuan. El aire era más templado, la tierra más fértil. Se veían prados donde pastaban caballos fuertes y bajos, y caminos anchos por donde circulaban caravanas con más frecuencia. Eso también significaba más ojos. Así que avanzaban de noche siempre que podían, siguiendo el curso de los ríos y senderos secundarios. En una ocasión, tuvieron que permanecer dos días ocultos en una hondonada, mientras una patrulla de soldados Han recorría la zona en busca de bandidos. El silencio fue absoluto. Incluso el fuego interior de Grace pareció replegarse.

Cuando finalmente llegaron a la región de Chengdu, el mundo pareció suavizarse sin dejar de ser peligroso. La tierra se extendía en una vasta llanura verde, surcada por canales de riego antiguos. Los campos de arroz, trigo y hortalizas se sucedían hasta donde alcanzaba la vista, entre montañas salpicadas sin orden alguno. Casas dispersas, granjas amuralladas y pequeños templos marcaban el paisaje. El olor a tierra húmeda y a hierbas cocidas flotaba en el aire. Los caminos estaban llenos de vida: campesinos, mercaderes, monjes errantes, jinetes solitarios. Todo parecía tranquilo… demasiado tranquilo. Wong se detuvo en una colina baja desde la que se divisaban los campos y, más allá, las siluetas difusas de las montañas de Chengdu.
  • Aquí estamos… al fin hemos llegado - murmuró - El reino de los caballos.
El viento movía la hierba alta como si alguien invisible pasara la mano sobre ella. A lo lejos, en los prados, algo se desplazó con rapidez imposible, una sombra fugaz que desapareció antes de que nadie pudiera señalarla. Tal vez solo fuera una ilusión. O tal vez no. Pero después de todo lo vivido, ninguno se atrevió a negarlo.
  • Bueno… ¿y ahora qué? - preguntó Drake, dejándose caer sobre la hierba - ¿Dónde están esos caballos mágicos?
Wong se secó el sudor de la frente y observó al inglés durante un instante. Jugaba con un cuervo posado en su mano, lanzándole gusanos de tierra al aire y viendo cómo el ave oscura los atrapaba con precisión. A su lado, Isabella acunaba al pequeño Drake entre sus brazos, susurrando bellas canciones salidas del amor que inundaba su corazón. El guía no pudo evitar sonreír: eran un matrimonio extraño… y, al mismo tiempo, sorprendentemente hermoso.
  • Ya lo dijo el guía, capitán… - musitó Ren cerca de él, sin levantar la vista de su cuaderno.
No llegó a terminar la frase.
  • ¡Ya te dije que no me llamaras capitán, maldita sea! - rugió Drake, espantando al cuervo, que alzó el vuelo con un graznido ofendido - ¡¿Cuantas veces tengo que repetirlo?!
Ren dio un respingo, cerró el cuaderno de golpe y comenzó a disculparse atropelladamente, inclinándose tantas veces que al final se le calló el cuaderno de las manos. Automáticamente, Gipsy saltó del hombro de Grace y corrió a robarlo. El cartógrafo empezó a correr tras él, pidiéndole que se lo devolviera. Bum-Bum, que observaba la escena con solemnidad infantil, estalló en carcajadas sin dejar de señalar la persecución. Incluso Yara dejó escapar un bufido divertido. Al final, Drake también rió, negando con la cabeza, y la tensión acumulada se disolvió por un instante entre risas cansadas.
  • ¿Y cómo se supone que vamos a encontrarlos? - preguntó Bhagirath, apoyándose en el mango de su arma - ¿Alguna idea, Wong?
El guía frunció el ceño, meditando unos segundos antes de responder.
  • Sinceramente… no tengo la más mínima idea.
  • ¡Pero tú conocer historia de caballos! - bramó Yrsa - ¡Tú decir que caballos existir!
  • Y existen… pero…
Wong no terminó la frase. Y como respuesta la voz ronca de Cortés resonó en el aire.
  • Así que hemos andado duras semanas para nada… - bufó el español - Si tuviera fuerzas ahora mismo, Sombrero de Paja… juro que te ponía una silla a la espalda y te montaba hasta llegar al oeste.
Las risas se desataron, mientras el español yacía boca arriba sobre la hierba, exhausto, con los pies hinchados y el ánimo a punto de desfallecer. De aquella barriga que tanto había intentado rebajar no quedaba ni rastro. Aibori, a su lado, se dejó caer suavemente sobre su pecho y apoyó la cabeza en él. Permaneció allí relajada y con una sonrisa de oreja a oreja, contemplando el cielo azul y despejado, disfrutando de la brisa que acariciaba su piel marcada por cicatrices. Y con ese simple gesto, Cortés pareció olvidar cualquier preocupación.

Grace los observó un instante y sonrió con cariño.
  • No hemos andado en vano, Ronco - dijo tras beber un trago de agua y pasarle el odre a Vihaan - Debíamos pasar por aquí… ¿no es así, Wong?
El guía asintió despacio.
  • Así es… capitana.
  • Creo que a Cortés no le preocupa lo que hemos andado - sonrió Vihaan dandole de beber al pequeño Maverick - Sino lo que nos queda por andar…
  • Tú lo has dicho, compañero… - musitó el español a punto de quedarse dormido - Tú lo has dicho…
Aibori seguía recostada sobre su pecho, con los ojos cerrados, dejando que la respiración de Cortés levantara y bajara su cabeza con un ritmo lento y sereno. En ese vaivén tranquilo, su mente se alejó del cansancio y de la guerra, y viajó hacia la leyenda de la que había hablado Wong. Para las amazonas, los caballos no eran simples monturas. Eran hermanos de camino, espíritus de cuatro patas nacidos del mismo pulso que hacía latir la tierra. Desde niñas aprendían a escuchar su aliento, a leer la tensión de sus músculos, a sentir su miedo y su furia como si fueran propios. Un buen caballo no obedecía órdenes: compartía voluntad. En batalla, guerrera y montura eran un solo ser lanzado al galope; en la calma, dormían juntos, espalda contra torso, protegiéndose del frío y de los malos sueños. Pensó que, si aquellas leyendas eran ciertas, si existían caballos capaces de correr más rápido que el viento, no sería por su fuerza ni por su velocidad, sino por el vínculo que los unía a quienes sabían escuchar su alma. Abrió los ojos despacio y giró la cabeza hacia Wong.
  • Guía… - dijo con voz suave - ¿Conoces bien esta tierra?
Wong asintió sin dudar.
  • La conozco bien. He caminado estos senderos desde antes de que mis rodillas empezaran a dolerme al amanecer.
Aibori sonrió apenas.
  • Entonces… ¿sabes dónde nace el Urdi’Kero-en?
El guía frunció el ceño y la miró con absoluta confusión.
  • ¿El… qué has dicho?
Aibori dejó escapar una risa breve y musical, incorporándose un poco.
  • Perdón - dijo, negando con la cabeza - Es como lo llamamos en mi pueblo.
Pensó un instante y reformuló la pregunta.
  • ¿Sabes dónde nacen las plantas aturdidoras?
  • ¿Plantas aturdidoras? - repitió Wong - ¿A qué te refieres?
Yara se dejó caer de espaldas sobre el suelo, con los brazos abiertos, como si se rindiera al peso del mundo. Miró al cielo unos segundos y con los ojos cerrados empezó a enumerar, con voz tranquila, casi didáctica, un sinfín de nombres que parecían invocaciones antiguas.
  • Amanita muscaria, ayahuasca, beleño negro, belladona, peyote, mandrágora…
Algunos la miraron con inquietud. Otros, sin entender absolutamente nada de lo que decía. Wong ladeó la cabeza, pensativo. Sus ojos se entornaron mientras recorría mentalmente montañas, ríos y valles ocultos, como si desplegara un mapa invisible aprendido a base de pasos y ampollas.
  • Ah… - murmuró al fin - Eso sí puede que lo sepa. Pero… ¿para qué queréis ahora encontrar plantas y hongos venenosos?
  • No son venenosos - corrigió Yara sin abrir los ojos - Todo lo que nace de la naturaleza tiene un propósito y sirve para una causa. Simplemente hay que saber cómo y para qué usarlo.
Wong asintió despacio.
  • Bueno, sí… te doy la razón - concedió - Pero sigo sin entender qué tiene que ver eso con los caballos…
Fue entonces cuando Aibori habló. Se incorporó con calma, apartándose del pecho de Cortés, y durante un instante pareció volver a ser una niña. Su voz cambió, se volvió más suave, cargada de memoria.
  • Cuando era pequeña - empezó - mientras aprendía a montar, noté algo extraño. Cada vez que desmontábamos y dejábamos pastar libres a los caballos… siempre salían corriendo hacia el bosque.
Sonrió levemente al recordar su infancia.
  • Yo creía que era por sentirse libres otra vez. Pensaba que corrían por puro instinto, por la alegría de no llevar peso sobre el lomo. Por correr, simplemente - hizo una breve pausa - Hasta que mi maestra me mostró la verdad.
Los ojos de Aibori se alzaron hacia Wong, su belleza indómita lo atravesó por completo.
  • Los caballos no corrían al azar. Siempre se dirigían al mismo lugar del bosque. A un claro oculto, húmedo y silencioso, donde nacía el Urdi’Kero-en.
Al pronunciar el nombre, el viento pareció detenerse un instante.
  • Es una planta de flor lila - continuó - Pequeña, frágil a simple vista. Se usa en medicina desde hace generaciones. Alivia el dolor, calma la mente… provoca una sensación de paz y armonía profunda. Algo muy parecido a lo que vosotros llamáis opio, pero sin robarle el alma a quien la consume.
Aibori apretó los dedos contra la tierra del mundo de la superficie, sintiendo una añoranza profunda y verdadera en su corazón, por la tierra que había dejado atrás.
  • Los caballos la buscaban. Sabían donde encontrarla y el placer que les provocaba cuando la comían… Los animales siguen anclados a la tierra, la saben escuchar y la comprenden mejor que nosotros. Y los caballos… más que ninguno.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue reverente… pero duró poco.
  • Quizá a los caballos de tu tierra les guste consumir sustancias, Aibori - rió Cortés - Quizá sean sumamente inteligentes… Pero los de nuestro mundo son más bien tontos y beatos.
Las carcajadas se propagaron de nuevo entre el grupo. La amazona respondió sin perder la sonrisa, propinándole un golpe seco en el estómago que le arrancó el aire.
  • Los caballos son caballos en todos los rincones del mundo, idiota - dijo - Y sé muy bien de lo que hablo. Si encontramos las plantas y los hongos, los encontraremos a ellos.
  • ¿Estás segura de eso? - preguntó Grace, con el ceño levemente fruncido.
  • Capitana… si de algo sé, es de caballos.
  • ¡Y de pelear! - rugió Yrsa con orgullo.
  • Sí - rió Aibori - De eso también, amiga.
  • Está bien - intervino Bhagirath - ¿Y cómo lo hacemos?
Vihaan se puso en pie, sacudiéndose la hierba de las rodillas, como si la respuesta hubiese estado siempre delante de ellos.
  • Fácil… soltemos a Sirius y a Rigel. Y sigámoslos.
Hubo un instante de silencio. No de respeto esta vez, sino de duda. El plan sonaba tan sencillo como ingenuo. No había análisis, ni cálculos, ni certezas. No estaba sustentado en pruebas ni en estrategias. Era, en el fondo, una idea improvisada, sostenida con alfileres y fe. Lo bastante absurda como para que, quizá, funcionara. Diego y Vihaan se acercaron a los caballos. Con movimientos tranquilos, casi ceremoniales, aflojaron cinchas y retiraron las monturas. El cuero cayó al suelo con un sonido seco, liberador. Luego se apartaron unos pasos. Durante un largo momento, humanos y animales se observaron mutuamente. Los hombres contuvieron la respiración. Los caballos, inmóviles, masticaban la hierba con parsimonia. Nada ocurrió. Sirius bajó la cabeza. Rigel hizo lo mismo. Siguieron pastando, tranquilos, ajenos a cualquier expectativa. Cortés soltó una risa triunfal.
  • ¿Lo veis? Tenía razón. Beatos y tontos.
Aibori le sujetó el brazo con firmeza, pidiendo silencio.
  • Dejad de mirarlos. Que no se sientan observados… Los caballos son tranquilos y pacientes… necesitan su tiempo.
Uno a uno, los miembros del grupo apartaron la mirada, fingiendo desinterés. Algunos se sentaron. Otros curaban heridas o simplemente se relajaban bajo el cielo infinito. El tiempo pasó lento, casi perezoso. Y sin previo aviso, al final ocurrió. Rigel alzó la cabeza. Sus orejas se tensaron, como si hubiera captado un murmullo que nadie más podía oír. Sirius lo imitó. Ambos olfatearon el aire. Giraron sobre sí mismos, inquietos, y por primera vez desde que les habían quitado las monturas, dejaron de pastar. Sin prisa, pero con determinación, empezaron a caminar hacia el borde del claro. Hacia el bosque. Aibori sonrió.
  • Os lo dije… - murmuró - Al final, siempre buscan alivio en la tierra.
Los siguieron sin prisas, manteniendo la distancia justa, como se sigue a algo sagrado que no debe sentirse observado. Nadie habló. Nadie respiro demasiado alto. Incluso el crujir de las hojas bajo las botas parecía demasiado ruidoso, así que avanzaban pisando donde la tierra estaba blanda, donde el musgo amortiguaba el paso. Era una marcha silenciosa, casi ritual, como una procesión de devotos que escoltan a su santo sin atreverse a molestarlo. El bosque los fue engullendo poco a poco. Los troncos se alzaban altos y rectos, oscuros por la humedad, y sus copas cerraban el cielo en una bóveda verde que filtraba la luz en haces temblorosos. Sirius y Rigel caminaban con calma, olfateando el suelo, espantando las moscas con el rabo, deteniéndose a veces sin motivo aparente. Cada vez que uno de los caballos se paraba, el grupo entero se detenía también, conteniendo incluso la respiración, como si el más leve aliento pudiera romper el hechizo.

Avanzaron así durante largo rato. Las sombras se volvieron más densas. El aire, más fresco. El mundo exterior quedó atrás, reducido a un recuerdo lejano. Solo existía el bosque y el paso tranquilo de los caballos bajo los árboles centenarios. Entonces sucedió. Ambos animales se detuvieron al mismo tiempo. Las cabezas se alzaron. Las orejas se tensaron hacia delante. Los músculos de sus cuellos se marcaron bajo la piel, rígidos como cuerdas a punto de romperse.

Y todos lo vieron. Algo cruzó el bosque.

No fue una figura clara, ni una forma definida. Fue un destello. Un latigazo de movimiento entre los troncos, tan rápido que el ojo apenas pudo seguirlo. Una sombra alargada, grande, imposible. No produjo sonido alguno. No quebró ramas. Simplemente… pasó. Aibori reaccionó al instante. Alzó la mano y la bajó con un gesto seco. La orden fue clara: Agacharse y quedarse quietos. Todos obedecieron sin pensar. Se dejaron caer entre helechos y raíces, pegando el cuerpo a la tierra. El corazón de más de uno golpeaba con fuerza, pero nadie se movió. Nadie habló.

Esperaron bajo las sombras profundas del bosque, con los caballos inmóviles como estatuas vivas, y comprendieron que no estaban solos. Que aquello que acababan de ver no pertenecía al mundo lento de los hombres.

Sirius fue el primero en inquietarse. Resopló, golpeó la arena con el casco de la pata y dio un paso atrás. Rigel lo imitó al instante, sacudiendo la cabeza, con las orejas girando en todas direcciones. Sus cuerpos, hasta entonces serenos, se tensaron como cuerdas sometidas a una fuerza invisible. Y el viento volvió a moverse. No fue una brisa constante, sino una ráfaga breve, afilada, que atravesó el claro sin levantar hojas ni polvo, como si no perteneciera del todo a este mundo. El aire se cargó de electricidad, de algo antiguo. Los caballos relincharon bajo, nerviosos, y retrocedieron un par de pasos más, marcando el suelo con golpes secos y desacompasados.

Entonces Bum-Bum alzó el dedo. Sus ojos estaban abiertos de par en par, fijos en un punto entre los árboles, incapaz de articular palabra. Allí, entre las sombras, algo empezó a tomar forma. Primero fue un contorno, una silueta recortada contra la penumbra. Luego, el movimiento. Emergiendo sin romper una sola rama, sin delatar su peso, apareció el Qìkōng Mǎ.

Era un caballo… y al mismo tiempo no lo era. Su cuerpo era grande y esbelto, de un gris imposible, como ceniza viva bajo la luz filtrada del bosque. Su pelaje parecía absorber el entorno, ondulando con cada paso como si estuviera hecho de humo sólido. No caminaba: se deslizaba. Cada apoyo de sus cuatro patas apenas rozaba la tierra, y aun así el suelo parecía inclinarse ante él. Sus ojos eran profundos, antiguos, conocedores de rutas que ningún hombre había pisado jamás. Sirius y Rigel bajaron la cabeza. No por miedo sino por respeto. Luego, con un movimiento lento y solemne, doblaron las patas delanteras y apoyaron las rodillas en la tierra húmeda, inclinándose ante él. No era sumisión lo que los guiaba, sino reconocimiento. Una reverencia antigua, instintiva, como la que se rinde ante un rey cuyo nombre no hace falta pronunciar. No hubo látigos, ni órdenes, ni palabras humanas capaces de provocar aquel gesto. Solo el más profundo de los respetos.

El Qìkōng Mǎ se detuvo frente a ellos, inmóvil, observándolos desde lo alto de su silenciosa grandeza. El viento acarició su crin gris y el bosque entero pareció contener el aliento. Wong negó lentamente con la cabeza, incapaz de apartar la mirada. Su voz salió como un suspiro quebrado, casi una oración.
  • No puede ser… - murmuró - Es real… Existe… ¡Existe de verdad!
Grace se giró hacia él, sin perder de vista a la criatura.
  • ¿Qué sucede, Wong?
El guía tragó saliva. Por primera vez desde que lo conocían, parecía sorprendido ante algo.
  • Sombragrís… - dijo - El señor de todos los caballos.
El Qìkōng Mǎ alzó la cabeza, y el viento respondió. Las hojas temblaron. Las sombras se estiraron. Durante un latido eterno, el bosque entero pareció inclinarse ante su presencia. Al instante, todos comprendieron que no estaban ante una bestia… sino ante una leyenda viva.

Y ante aquella criatura majestuosa, todos pensaron lo mismo. Lo hemos encontrado, sí. ¿Y ahora qué? ¿Salimos de nuestro escondite, hacemos una reverencia y le pedimos que nos lleve al oeste? ¿Cómo demonios se negocia con un caballo? Es más… ¿Cómo lo harían con el Rey de todos ellos?

Mientras los adultos se rendían a la duda, al cálculo y al miedo a equivocarse, un niño tomó la delantera, empujado por algo que ninguno de ellos conservaba ya del todo: ilusión pura, sin filtros ni prudencia. Bum-Bum se puso en pie de un salto.
  • ¡Eh…! - alcanzó a decir Yara, extendiendo la mano para detenerlo.
Demasiado tarde. El muchacho salió corriendo del escondite como un relámpago, riendo, con los brazos abiertos, directo hacia Sombragrís. Sus pies apenas tocaban el suelo. No había miedo en su rostro, solo alegría, como si corriera hacia un viejo amigo. El Qìkōng Mǎ se sobresaltó. El grito infantil lo tomó por sorpresa. El aire vibró. El Señor de todos los Caballos reculó un instante… y luego, en lugar de huir como el viento que lo había engendrado, se lanzó contra él. Se encabritó con un relincho atronador. Sus patas delanteras se alzaron en el aire, enormes, poderosas, y con un golpe seco lanzó a Bum-Bum contra el suelo. El niño rodó por la arena y quedó boca arriba. Todos contuvieron la respiración. Puños cerrados. Mandíbulas tensas. El tiempo se volvió espeso, cruel.

Sombragrís permaneció erguido sobre sus patas traseras, relinchando con furia. Las delanteras bajaban y subían una y otra vez, rápidas, amenazantes, como si fuera a aplastar al intruso bajo su peso sagrado. La tierra tembló bajo sus cascos. Bum-Bum alzó los brazos, instintivamente, intentando protegerse del golpe que parecía inevitable.
  • ¡No! - exclamó Yara, poniéndose en pie de un salto.
Desenfundó las pistolas en un movimiento fluido, mortal, dispuesta a disparar aunque supiera que aquello podía condenarlos a todos. Pero una mano firme se posó sobre su muñeca. La mano de Wong. Negó despacio con la cabeza. Sus ojos no parpadeaban. Entonces ocurrió algo inesperado. Sombragrís cayó hacia delante… pero no golpeó al muchacho. Sus patas se clavaron en la tierra a ambos lados del pequeño cuerpo, levantando polvo y hojas, sin tocarlo. Su respiración era rápida, ardiente, como un fuelle. Los ojos, iracundos, encendidos por una furia antigua. El enorme caballo bajó la cabeza. Acerco el hocico al rostro de Bum-Bum. Y empezó a olfatearlo. Largo rato. Profundamente. Como si leyera algo invisible en su aliento, en su miedo, en su risa todavía temblorosa. El bosque entero guardó silencio, aguardando el veredicto del Rey del Viento.

Bum-Bum dejó de protegerse. Bajó los brazos despacio, como si comprendiera, sin saber cómo, que aquel peligro ya no lo era. Con manos pequeñas y ásperas por el viaje y sus experimentos, se atrevió a tocar el hocico de la bestia. Sus dedos temblaban, pero no se retiraron. Acarició la piel caliente, marcada por el polvo y el viento. El Qìkōng Mǎ bufó. No fue un relincho de amenaza, sino un resoplido profundo y relajado, casi complacido por aquellas caricias. El fuego de sus ojos se apagó un grado, transformándose en algo más antiguo y sereno. En un movimiento rápido y preciso, mordió con cuidado los ropajes del muchacho y, con una habilidad imposible para una bestia de su tamaño, lo alzó en el aire.

El muchacho soltó una carcajada. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sombragrís lo depositó sobre su lomo con suavidad inesperada. El niño, aún riendo, le dio unos golpes nerviosos en el costado del lomo con la palma abierta y se aferró con fuerza a la crin, enterrando los dedos como si llevara toda la vida esperando ese momento.

Entonces, el mundo estalló. Sombra Gris arrancó a correr. No fue un galope. Fue un desgarro del aire. En un parpadeo dejó atrás el claro, los árboles, las sombras. Tan rápido que los ojos no pudieron seguirlo. Sirius y Rigel salieron tras él, relinchando, impulsados por un instinto imposible de contener, pero lo perdieron enseguida, tragados por la velocidad. Corrieron hacia el este. Y cuando levantaron la cabeza, Sombra Gris ya estaba en el oeste. Sus orejas se alzaron, confundidas, girando de un lado a otro. Cambiaron el rumbo, galoparon de nuevo, frenaron en seco, sin saber hacia dónde ir. El velocidad del viento los había superado por completo.

Los demás, aún ocultos entre los arbustos del bosque, no pudieron ver nada. Solo escucharon.
Las risas de Bum-Bum nacían y morían por todos lados, surgiendo de entre los árboles, alejándose, regresando, multiplicándose, como si el bosque mismo se riera con él. De repente Wong se puso en pie. Salió del escondite sin miedo, con una sonrisa tan amplia que parecía partirle el rostro en dos. Aquel gesto, en otro momento imprudente, ahora parecía inevitable. Los demás lo miraron desde el suelo, sin saber si imitarlo o seguir ocultos, atrapados entre el asombro y el temor. Wong alzó la voz, clara y firme, cargada de respeto.
  • El Señor de los Caballos ha aceptado al pequeño - dijo - El viento lo ha reconocido como digno.
Se giró hacia ellos, aún sonriendo.
  • Ya no somos intrusos - añadió - Es hora de presentarnos y de rendirle respeto.
El bosque, por primera vez, pareció asentir las palabras del guía. Y uno a uno, fueron poniéndose en pie. Emergieron de la maleza con cautela, como quien sale de un templo tras una revelación, todavía sin saber muy bien dónde termina lo sagrado y empieza lo mundano. Hojas y barro resbalaron por sus ropas, el bosque los devolvió a la luz a regañadientes.

Y como siempre… Cortés fue el primero en romper la solemnidad. Se sacudió la tierra de las rodillas, se limpió la ropa con exagerado cuidado y, tras escupirse en la palma de la mano, se pasó los dedos por el cabello, intentando domarlo con una dignidad tan absurda como decidida. Incluso estiró el cuello, hinchando el pecho.

Drake, a su lado, lo observó con una ceja alzada, incrédulo.
  • ¿Qué demonios estás haciendo, español?
Cortés sonrió, ladeado, y le guiñó un ojo.
  • Vamos a presentarnos ante un rey - dijo - Hay que ir acorde a la situación, Cuervo.
Aibori, que avanzaba unos pasos por delante, no pudo evitar soltar una risa breve y sincera. Se giró hacia él, con los ojos brillantes.
  • Así que… tontos y beatos, ¿eh?
Cortés alzó las manos en gesto de rendición.
  • Dicen que rectificar es de sabios, mi princesa - respondió con una reverencia exagerada - Y aunque no lo sea, me esfuerzo por algún día llegar a serlo…
Las sonrisas se extendieron entre el grupo, suaves, contenidas, pero reales. En aquel bosque cargado de leyenda y peligro, habían encontrado a un poderoso y veloz aliado.

Y ahora… caminaban hacia él.
Hacía un Rey…

Un Rey que no necesitaba corona.
Sombra Gris…

El Señor de todos los Caballos.

Continuará…
 
Capítulo 99 - Los siete hijos del viento: Una despedida agridulce

Todos aguardaban en pie, formando una fila irregular en mitad del bosque, con la solemnidad improvisada de quienes jamás habían ensayado una ceremonia, ni habían estado en presencia de un Rey; pero incluso así, comprendían - sin necesidad de palabras - el peso exacto de aquel momento. Nadie hablaba y apenas se atrevían a respirar demasiado alto, como si tuvieran miedo que cualquier mínimo ruido, provocase que el majestuoso caballo desapareciera por siempre. El aire mismo parecía sostenerlos, tenso, expectante, como si el mundo contuviera el aliento.

Sombragrís regresó al trote.
Elegante y altivo.

Cada uno de sus pasos era medido, consciente de sí mismo y del impacto que generaba su sola presencia. Avanzó frente a ellos una vez. Luego otra. Despacio. Observándolos de arriba abajo, como si los desnudara más allá de la carne, como si pesara algo invisible en cada una de sus almas. Sus ojos grises y antiguos no juzgaban, simplemente evaluaban sus corazones.

Finalmente se detuvo. Con un movimiento suave, casi reverencial, permitió que Bum-Bum descendiera de su lomo. El niño cayó al suelo entre risas y, sin mirar atrás, echó a correr hacia Yara. Ella lo atrapó al vuelo, lo alzó con fuerza y lo estrechó contra su pecho. No hubo regaños. Solo respiraciones agitadas y unos ojos brillantes, cargados de alivio y algo parecido a la gratitud.

Wong dio un paso al frente. Apoyó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza, en un gesto solemne y sincero, similar a una reverencia… pero ajeno a cualquier protocolo humano. Uno a uno, los demás lo imitaron. Sin órdenes. Sin miradas. Movidos por una certeza silenciosa que ninguno habría sabido explicar.
  • ¿Qué demonios hacemos ahora? - susurró Grace a su lado, sin alzar la vista.
  • Esperar, capitana… - respondió Wong en el mismo tono - Tan solo eso…
Entonces, el Señor de los Caballos comenzó su inspección. Se acercó a ellos y los olfateó uno a uno, del mismo modo que había hecho con Bum-Bum. Su hocico rozaba ropas, manos, alientos. No había violencia en aquel gesto, sino una curiosidad profunda, antigua, casi ritual. Ninguno de ellos se había arrodillado jamás ante un rey, y de haber tenido que hacerlo, muchos se habrían negado sin dudarlo. No eran personas forjadas para rendir pleitesía. Ni a coronas, ni a tronos, ni a banderas o estandartes. Pero aquello era distinto. Esa criatura poseía algo que no se heredaba ni se compraba. No era Rey por sangre, ni por pactos, ni por títulos o política. Lo era por derecho natural. Por esencia. Sombragrís no necesitaba corona alguna para ser Rey: su simple presencia bastaba.

De pronto, se detuvo. Justo frente a Diego. El aire pareció comprimirse a su alrededor. Wong levantó ligeramente la cabeza y lo supo al instante: el animal resoplaba con suavidad, ladeando la cabeza, como si escuchara algo que los demás no podían oír. Sin girarse, sin apenas moverse, susurró:
  • Ponte en pie, Diego… quiere hablar contigo.
El bosque contuvo el aliento. De la Vega avanzó un paso hacia él, sin temor, sin arrogancia, con la naturalidad de quien reconoce algo familiar. Sombragrís inclinó la cabeza, y ambos quedaron frente a frente. Sus pieles se tocaron. No hicieron falta palabras. Tan solo cerraron los ojos, y el viento reaccionó al instante.

No fue un vendaval ni un estruendo, sino algo más sutil y, por ello, más poderoso. Una corriente suave recorrió el claro, agitando las hojas sin arrancarlas, haciendo vibrar las crines del Qìkōng Mǎ y la ropa del capitán, como velas tensadas por la brisa marina. El aire los reconocía como propios, como sangre de su sangre. Y en aquel contacto silencioso se dijeron todo: se contaron la libertad que ambos amaban sin fronteras, el ansia de vivir sin amarras, el impulso de correr, de navegar, de no detenerse jamás. La felicidad de dormir bajo las estrellas, de despertar cada mañana en caminos y mares distintos, de llamar hogar a cada puerto, a cada aldea, a cada noche compartida junto al fuego.

Eran hijos del mismo linaje.
Hijos del viento. Almas sin dueño.
Indomables, hermosos, libres.

Sombragrís comprendió. No con lógica humana, sino con instinto puro y profundo que aquel humano no pedía nada para sí, sino para todos sus hermanos. Supo que su propósito era genuino y bondadoso, guiado por el amor a la vida y la libertad, no por la codicia ni la ambición como tantos de su especie. Negarle ayuda habría sido traicionarse a sí mismo. Así que separó la cabeza de Diego. Durante un instante lo observó con aquellos ojos antiguos, grises como el cielo antes de la tormenta. Luego, sin previo aviso, giró sobre sí mismo y partió.

No corrió.
Literalmente… desapareció.

El bosque volvió a estremecerse cuando su silueta se disolvió entre los árboles, tragada por la velocidad imposible que lo definía. En segundos, no quedó rastro alguno, salvo el murmullo del aire y un silencio reverente. Uno a uno, todos se pusieron en pie, confundidos, expectantes. Diego abrió los ojos, sonriendo de oreja a oreja.
  • Ha ido a llamarlos - dijo con calma - A los últimos caballos del viento.
No hubo tiempo para más preguntas. El viento regresó. Esta vez no como un susurro, sino como una presencia múltiple, envolvente. Las hojas comenzaron a agitarse de nuevo, los árboles crujieron suavemente, y entre los troncos apareció de nuevo Sombragrís, avanzando con la misma elegancia indomable… pero ya no estaba solo.

Seis siluetas lo seguían. Seis caballos surgieron del bosque como si hubieran nacido del aire mismo. Sus cuerpos eran estilizados y poderosos, de colores apagados y cambiantes: grises perlados, cenizas azuladas, blancos rotos por vetas de plata. Sus crines flotaban incluso cuando se detenían, como si el viento mismo se negara a soltarlos.

No miraron al grupo, apenas les prestaron atención. Fueron directos hacía Diego. Lo rodearon con naturalidad, sin cautela ni miedo. Uno apoyó el hocico en su hombro, propinándole golpes toscos y cariñosos. Otro le rozó la mejilla con un cabezazo suave. Un tercero resopló cálidamente contra su pecho. Había caricias torpes, empujones afectuosos, narices húmedas buscando manos humanas. Diego soltó una carcajada, sorprendido y emocionado a la vez.
  • Eh… eh… tranquilos, amigos… - rió, mientras los acariciaba - Uno a uno, por favor…
El capitán les besó el hocico, la frente, acarició la crin de cada uno de ellos, como si los conociera de toda la vida. Maverick, nervioso y emocionado, alzó la mano y empezó a abrirla y cerrarla, con los ojos abiertos de par en par.
  • ¿Quieres tocarlos, pequeño? - preguntó Vihaan con una sonrisa amplia, mientras se acercaba a las bestias salvajes.
Yara e Isabella también se acercaron, ambas sosteniendo en brazos a Dante y Bum-Bum. Los niños parecían hipnotizados, atraídos por la fuerza y la majestuosidad de los caballos. Diego, con esa sonrisa abierta que solo aparecía cuando el mundo tenía sentido, comenzó a presentarlos.
  • Este de aquí es Brumaluz - dijo, señalando a un caballo de pelaje claro, casi espectral - Hijo de la niebla y el amanecer.
Brumaluz resopló suavemente y le dio un leve cabezazo a Vihaan, quien extendió la mano con una mezcla de reverencia y ternura. Maverick se inclinó y tocó su crin, mientras Diego observaba con satisfacción.
  • Ella es Nubegrís - continuó, acariciando el lomo de una yegua esbelta y ágil - La hermana pequeña del Sombragrís.
Nubegrís se acercó a Aibori, rozándole la mejilla con el hocico, y luego se dejó acariciar por la guerrera. Princesa humana y princesa caballo se fundieron en un abrazo que pareció eterno, como si se reconocieran de algún modo. Mientras, una yegua joven e inquieta, rebuscó entre las piernas de Bum-Bum con su hocico húmedo, casi jugando, mientras el niño se reía sin poder contenerse. Yara lo soltó de inmediato, dejándolo libre en compañía de los caballos.
  • Tú debes ser Vientoscuro - añadió Diego, señalando al enorme caballo negro como una noche sin estrellas.
Vientoscuro olfateó primero a Grace, y luego a Bhagirath, tocándolos con la nariz con un gesto de reconocimiento silencioso. Bhagirath se inclinó levemente y le devolvió la caricia, con respeto y fascinación. Grace, emocionada, se acercó y el caballo apoyó suavemente su hocico en su hombro, pidiendo caricias.
  • Y tú te llamas… - Diego cerró los ojos, como si las bestias le hablaran - Brilloceniza.
Brilloceniza avanzó y se frotó contra Yrsa, quien lo recibió con ambas manos sobre la crin, mientras otro caballo inclinaba la cabeza para rozar a Yara con un gesto de afecto silencioso.
  • Te presento a Solerrante, Yara - susurró Diego, contemplado al caballo que brillaba con matices cálidos, como un sol filtrándose a través de la ceniza.
Solerrante se acercó aún más, rozándole el brazo a la cubana con la cabeza y luego dando un leve relincho, casi como una risa amistosa. Ella se inclinó y dejó que el caballo le tocara la frente con su hocico, sonriendo y completamente maravillada por su hermosura.
Y por último, Diego contempló a la yegua más joven, inquieta y de mirada vivaz, que jugaba divertida con Bum-Bum.
  • Ella es Friatormenta… la última hija del viento.
Friatormenta se movió entre los niños, rozándolos y jugando suavemente, como invitándolos a tocarla y divertirse. Bum-Bum la abrazó, mientras Dante estiraba la mano para acariciar su crin, y la joven yegua respondió con suaves cabezazos juguetones.

El grupo permanecía en silencio, sobrecogido, sintiendo el calor y la prisa que emanaba de aquellos majestuosos animales. No había respeto distante ni temor reverencial. Solo ternura, reconocimiento, familia. SombraGrís los contemplaba desde atrás, inmóvil, con la calma del rey que cumple su promesa. Y el viento, satisfecho, volvió a respirar tranquilo entre los árboles, llevando consigo la esencia de libertad y lealtad que aquella familia de humanos y caballos empezaba a compartir.

Pero mientras humanos y animales compartían aquel instante de paz, Grace frunció el ceño. Su espíritu, impetuoso como un fuego indómito, ya pensaba en el siguiente paso, y una inquietud comenzó a arder en su pecho, desbordándose y haciéndola sentir pequeña ante la inmensidad de la decisión que debía tomar. Se acercó a Diego, que acariciaba la crin de Sombragrís con calma reverente, y su voz, suave pero cargada de determinación, rompió el silencio.
  • ¿No hay más, Diego?
El capitán apartó la mirada de los ojos del caballo y suspiró profundamente, posando la mano sobre la frente del animal con un gesto de respeto que hablaba, por si sola, de la conexión que compartía con aquella bestia. Luego, en un murmullo casi secreto, como si tradujera las palabras del propio animal, pronunció:
  • Desgraciadamente, no… No quedan más, pequeña. Estos… - señaló a Sombragrís y a los seis caballos que lo acompañaban - son los últimos hijos del viento. Nadie más cabalga con ellos. Nadie más puede seguir su camino.
Grace inspiró hondo, dejando que el peso de la revelación se asentara en su pecho. Siete caballos eran demasiado pocos para todos, y la idea de separarse le dolía más que cualquier herida. Miró a Rigel y Sirius, que relinchaban con impaciencia, deseando seguir la estela de los Qìkōng Mǎ, y comprendió que incluso ellos no podrían acompañar al grupo en esta parte del viaje. Diego, observándola con ternura y paciencia, continuó, con voz pausada y firme, como si el propio Sombragrís guiara sus palabras.
  • No todos pueden seguir el paso de los Qìkōng Mǎ. Sé que no quieres dejar a nadie atrás… pero ha llegado el momento. Una decisión ha de tomarse, capitana…
Grace bajó la cabeza, sus pensamientos luchando contra la resistencia de su corazón. La familia que habían formado, los lazos que los unían por el viaje, las alegrías y las batallas; por las noches de tormenta y los atardeceres sobre cubierta, todo aquel sin fin de sagradas experiencias; hacía insoportable pensar en separarse. Pero Diego, sin apartar la mano de la crin del señor de todos los caballos, añadió:
  • Eso no significa abandonarles. Pues siempre iremos juntos hacia el horizonte, aunque nuestros caminos se separen. Cada paso que demos, cada combate que libremos, cada viaje que concluyamos… lo haremos unidos, aunque los senderos sean distintos.
Grace cerró los ojos un instante, dejando que aquella serenidad la envolviera. Luego los abrió de nuevo y observó a los caballos, a Diego, y finalmente a todos los suyos: a los hermanos de armas y corazón. A la familia con quien había compartido risas, lágrimas y victorias imposibles. Los miró largo rato, uno a uno, sintiendo una mezcla de orgullo, amor y gratitud que le llenaba el alma hasta doler. Diego se acercó a ella, suavemente.
  • ¿Acaso no sientes el espíritu de aquellos que cayeron en batalla o fueron tragados por el mar? - susurró, tocándose el pecho - Siempre están aquí, pequeña. Jamás los perderemos… y donde tú vayas, ellos te seguirán. El amor no entiende de finales…
Grace sonrió, con los ojos brillantes, dejando que la emoción le estremeciera el cuerpo.
  • Eso es precisamente lo que temo, Diego… - musitó ella, con un hilo de risa en la voz.
  • ¿A qué te refieres?
  • Que, al igual que el amor… mi gente tampoco entiende de finales - y dejó escapar una lágrima al ver a los suyos interactuar con los caballos, felices y libres.
Diego entendió al instante. ¿Quién seguiría hacia el oeste y quién tomaría otro camino? No es que fuera una decisión difícil, el problema estaba en que ninguno de ellos se ofrecería voluntario a abandonar a los suyos. Era algo más profundo que la voluntad o la lealtad, era una sensación de pertenencia, de clan. Eran una roca que no se podía disolver, una unidad que habían luchado contra viento y marea por defenderla, siempre juntos, con tal de mantenerla.

Con firmeza y cariño, posó su mano sobre el hombro de Grace.
  • Sabrás qué hacer, pequeña… Te has convertido en una gran capitana, siempre lo has sido en realidad. Tomes la decisión que tomes, todos la respetarán.
  • ¿Pedirles que nos separemos? - Grace negó, con un suspiro - Lo dudo, sinceramente…
  • Por eso, precisamente, eres una buena capitana - dijo Diego, con una sonrisa cálida - Es admirable como todos te siguen con esa lealtad y fe ciega. Imposible de comprar o adiestrar. Te siguen porque te aman, Grace… así que no temas. Te escucharán y aunque protesten y maldigan a los dioses, por no poder seguir luchando a tu lado… respetarán tu decisión.
Grace apoyó su mano sobre la de él y le besó la mejilla.
  • Sé que no te lo digo lo suficiente, pero gracias…
  • ¿Por qué lo dices?
  • Porque yo no sería quien soy sin ti… te lo debo todo, Diego.
  • No me debes nada, pequeña. Eres lo que siempre has sido… La Capitana Grace O’Malley. La niña que heredó un nombre, la pirata más temida de los siete mares… la hija del fuego.
Se miraron en silencio, sintiendo un respeto y cariño profundo, más allá de la sangre o del tiempo compartido. Era un vínculo forjado en el camino, un vínculo como el que poseen una hija y un padre, de pura confianza inquebrantable. Y con ese simple gesto y esas palabras medio susurradas, Diego le dio a Grace la fuerza que necesitaba. Ella reunió a todos de nuevo, y juntos acudieron a la llamada del fuego, consciente de que, aunque los caminos se dividieran, su familia siempre permanecería unida, hacia el horizonte.
  • Hermanos… atended un momento, por favor - dijo Grace, acercándose con paso firme pero con el rostro ligeramente abatido - Tengo una mala noticia que daros.
Cortés dio unos pasos hacia ella, la preocupación marcada en el rostro, la mano instintivamente rozando la empuñadura de su espada. Como un acto reflejo.
  • ¿Qué sucede, capitana? - preguntó con voz firme y decidida - ¿Problemas?
  • No exactamente… - respondió Grace, sin poder mirarlo directamente a los ojos - Es solo que…
Yara, cambiante como las corrientes del mar, pasó en un instante de la paz y la tranquilidad al nerviosismo y la premura. Soltó un chasquido con la lengua y agitó las manos con un gesto impaciente al verla tan dubitativa.
  • ¡Hay siete caballos y nosotros somos demasiados! - exclamó sin apartar la mirada de Grace - Así que debemos decidir quién sigue y quién se queda atrás.
Cortés se giró al escucharla y, sin dudar, proclamó su opinión, asegurándose un lugar en aquel último viaje, antes de que nadie se lo pudiera quitar.
  • ¡Pues uno de esos caballos lleva mi nombre! - señaló a Vientoscuro como podría haber señalado a cualquier otro - ¡Que quede claro! ¡No estoy dispuesto a negociar! ¡Donde vaya mi capitana, allá iré yo! ¡Hice una promesa cuando me liberó de aquella maldita prisión! ¡Y la palabra de un hombre vale más que todo el oro del mundo!
Diego sonrió al escucharlo vociferar. Conocía a aquel hombre mejor que nadie; pues había navegado a su lado sobre la cubierta del Español Errante durante una eternidad y, aunque los años pasaran, aunque la lejanía del mar lo agotara y arrugara su piel, su espíritu terco y leal permanecía intacto como el primer día en que lo conoció.
  • ¡Si Ronco cabalga! - saltó Hernando rápidamente - ¡Yo iré con él!
  • ¡Lo mismo digo! - gritó Santiago, acercándose a sus hermanos con decisión.
Grace intentó poner calma, levantando las manos con parsimonia y mostrando una sonrisa que apenas disimulaba su tensión. Pero Yara ya había desatado un verdadero tsunami en aquel claro del bosque. Y como era de esperar, nadie estaba dispuesto a quedarse atrás.
  • ¡Yo también hice un juramento! - intervino Aibori, con la mirada firme y el cuerpo rígido - Mi espada es tuya, capitana, desde el momento en que hice mi promesa y hasta la eternidad. ¡Keleth Vinir Ardinvor! ¡La Diosa es testigo y no pienso echarme atrás!
Yrsa se acercó a su lado, mirándola con orgullo y admiración.
  • ¡Si guerrera luchar, yo luchar junto a hermana! - dijo, desafiando con la mirada a todos - ¡Y si alguien no estar de acuerdo, yo convencer rápidamente!
Los tres españoles contemplaron a la vikinga, más alta que cualquiera de ellos, golpeando suavemente su martillo contra la palma de su mano izquierda. Donde muchos se hubieran echado atrás por miedo, ellos permanecieron firmes; porque la convicción siempre pesa más que el temor.

Bhagirath, siempre calmado y conciliador, se interpuso entre los dos bandos antes de que llegaran a las manos. El hindú parecía un adiestrador entre tigres salvajes, intentando calmar lo que era imposible de domar.
  • Pensad un momento antes de lanzaros como fieras, os lo pido - dijo, manteniendo la compostura - Hay siete caballos, de los cuales cuatro ya tienen montura… Pues mi señor, la señorita Yara, la señorita Grace y el capitán De la Vega deben seguir…
Grace le lanzó una mirada agradecida, en silencio. Pero la tregua duró apenas un parpadeo.
  • ¡Peor lo pones, bigotes! - exclamó Halcón, levantando las manos con indignación - ¡Ahora debemos pelearnos por menos botín!
  • No estamos hablando de tesoros, tuerto avaricioso - lo interrumpió Drake, con la voz cargada de ironía - Hablamos del destino de la humanidad, ¡maldita sea!
  • Es solo una forma de hablar, capitán - intervino Ren, intentando imponer un poco de calma.
  • ¡¿Tú eres tonto o te lo haces?! ¡Que no me llames capitán! ¡Maldita sea! - bramó Drake, perdiendo los nervios.
El caos estalló. El claro del bosque se convirtió en un escenario de pura y bella anarquía familiar. Isabella, con Dante acunado en brazos, corrió entre los combatientes, intentando frenar a Drake que, enfurecido, quería golpear al cartógrafo hasta dejarlo inconsciente. Cortés y los españoles se cruzaban miradas y provocaciones contra Yrsa y Aibori, mientras Baghirath trataba de contener la violencia que crecía con cada bravuconada.

Entre empujones y gritos, las risas comenzaron a brotar, irreprimibles, estallando en el claro como una tormenta de alegría y desorden. Los caballos contemplaban aquella escena con cierta incredulidad; sin entender como en un instante habían pasado de la paz más serena a la completa locura. Pero, aunque los gritos parecían los de una batalla entre dos ejércitos, la mezcla de furia, orgullo y cariño hacía que cada bofetada fuera leve y cada empujón se sintiera más como una riña familiar que como una pelea de verdad.

Grace, navegando entre la desesperación y el afecto, contemplaba a todos desde el borde del tumulto. Sus ojos recorrían cada gesto, cada intento de imponerse, cada mirada desafiante. Y finalmente, se fijó en Yara. La cubana sonreía, una mueca que mezclaba picardía y satisfacción.
  • Ya te vale, amiga… - murmuró sin poder evitar reír.
Yara se encogió de hombros, disfrutando plenamente del caos familiar que había ayudado a desatar, mientras todos los demás continuaban discutiendo, riendo y luchando en aquel claro que parecía más un hogar que un campo de batalla. Y entonces, de golpe, Vihaan alzó la voz.
  • ¡Callad!
El grito se extendió como un trueno, pero no era un grito cualquiera. La tierra respondió, temblando levemente bajo los pies de todos, y el bosque entero pareció someterse a su rugido. Cada golpe, cada risa, cada movimiento se detuvo al instante. El silencio cayó como una losa pesada y opresiva. Algunos tuvieron que recomponerse para no perder el equilibrio, apoyándose con las manos sobre los troncos de los árboles o agarrándose entre ellos. Todos los ojos se posaron en él, fijos, hipnotizados por aquella presencia que parecía más divina que humana.

Detrás de sus ojos ardía algo que no se podía ignorar: un fuego sereno y terrible a la vez, un susurro apenas audible que emanaba vida y calor, pero también severidad. Su voz, cuando habló de nuevo, era suave pero firme, impregnada de la paciencia de siglos y del cansancio que surge al ver a quienes se ama discutir sin razón.
  • Está claro que nadie va a dar su brazo a torcer. Así que lo echaremos a suertes. Que la fortuna decida quién seguirá y quién deberá dar un paso a un lado.
Hubo un instante de tensión absoluta. Nadie respiraba, nadie movía un músculo, como si el propio bosque contuviera el aliento en señal de respeto. Vihaan giró lentamente su mirada hacia Grace. En ese instante, la dureza de su rostro se suavizó. Sus ojos, antes tan severos, volvieron a la calma, a la normalidad, como si aquel fuego que los iluminaba se transformara en confianza y comprensión.
  • ¿Te parece bien, capitana? - preguntó, sin parpadear, firme pero con un matiz de cuidado y afecto.
Grace inspiró hondo, asintiendo. La tensión en sus hombros se relajó apenas un instante, y su voz, cargada de determinación, respondió.
  • ¡Que así sea!… Que el destino decida.
El silencio permaneció un segundo más, reverente, antes de que cada miembro del grupo empezara a asumir la magnitud de la decisión. La anarquía había cesado, reemplazada por la solemne aceptación de que, aunque el camino fuera incierto, todos formaban parte de algo más grande que ellos mismos. Yara se agachó lentamente sobre la hierba húmeda del bosque, sus dedos buscando entre hojas secas y ramas caídas. Bum-Bum, curioso y entusiasmado, se arrodilló a su lado, imitando cada movimiento con cuidado.
  • Mira, así… solo estas ramitas - le susurró Yara con ternura, señalando con el dedo las más rectas y lisas - Coge una para cada uno, no más. Que sean más o menos iguales, ¿entendido?
El niño asintió, concentrado, mientras sus manos pequeñas seleccionaban las ramas bajo la guía de la cubana. Poco a poco, fueron reuniendo un puñado, lo suficiente para que hubiera una para cada miembro del grupo, mientras la luz que se filtraba entre los árboles dibujaba sombras danzantes sobre sus rostros. Cuando las tuvieron todas, con solemnidad, Yara las depositó sobre la tierra, alineándolas una junto a otra, como si aún siguiera en Bristol haciendo juegos de manos para los ricos e ingenuos mercaderes. Luego señaló las tres que sobresalían ligeramente por su longitud, como si quisieran ser elegidas por su propio derecho.
  • Quien agarre una de estas tres… - dijo, alzando la cabeza para mirarlos - Seguirá adelante.
Todos contuvieron la respiración. Yara se puso en pie y, con un gesto hábil, tomó todas las ramas en su mano y cerro el puño. Con maestría, acomodó cada una para que todas parecieran del mismo tamaño, como si la fortuna misma se preparara para decidir sin mostrar favoritismos.
El bosque guardó un silencio expectante. Incluso el viento parecía haberse detenido, esperando que la suerte hablase y que el destino eligiera a quienes continuarían su camino.
  • ¿Dónde ha quedado el coraje de hace un momento, amigos? - rió la cubana al ver que nadie se atrevía a dar el primer paso.
Cortés soltó un bufido, apartando a Yrsa y Aibori que estaban enfrente de él, como dos guardianas intimidantes.
  • ¡Que no se diga jamás que un español no tuvo coraje! ¡Me cago en Dios!
Se acercó a Yara, tragando saliva con teatral nerviosismo. Lentamente, empezó a deslizar un dedo por la superficie de las ramas, de un lado al otro, sin detenerse y sin apartar la mirada de ella, como si pudiera leer el destino en sus ojos. Pero la yoruba permanecía imperturbable, una estatua de hielo que no delataba nada. Cortés suspiró profundamente y se santiguó, murmurando en su idioma natal.
  • ¡Virgencita mía! Sé que no me confieso desde hace siglos, que ya no piso misa los domingos, pero sabes que te pido poco… ¡por favor, ayúdame esta vez! Solo te pido eso…
Halcón, inquieto como todos los demás, se inclinó cerca y le gritó en la oreja.
  • Apúrate, idiota… ¡todos esperan!
Cortés cerró los ojos, mordiéndose el labio, tomó aire y sacó un palo con gesto solemne, preparado para asumir su destino. Las risas empezaron a brotar tímidamente. Y cuando abrió un ojo lentamente y vio que la rama que había tomado era una de las pequeñas… su reacción fue instantánea. La rabia le cortó la respiración un segundo antes de que empezara a blasfemar con sumo entusiasmo. Alzó el puño al cielo y rugió como un excomulgado.
  • ¡Maldita sea la podrida iglesia! ¡Y tú, Virgen bendita de mis cojones, que me desamparas ahora! ¡Que te parta un rayo, a ti, y a todos los santos inútiles que te rodean!
El grupo entero estalló en risas ante el espectáculo. Cortés, rojo de indignación y fastidio, agitaba los brazos como un devoto frustrado mientras se quejaba de la Virgen y de toda la institución eclesiástica, el Papa incluido. Dejando claro que, a pesar de no seguir, su terquedad y su humor seguirían intactos, acompañándolos siempre.

Yrsa dio un paso al frente sin dudarlo, los hombros rectos y el mentón alzado, dispuesta a ser la siguiente. No había miedo en su gesto, solo determinación. Pero antes de que pudiera estirar la mano, Bhagirath la detuvo con suavidad, apoyándole la palma abierta en el pecho y señalando a Halcón para que pasara primero.
  • ¿Qué hacer? - gruñó ella, fulminándolo con la mirada - ¿Por qué detener?
Bhagirath se inclinó hacia su oído y susurró con una sonrisa tranquila, casi divertida.
  • Matemáticas, mi amor.
Yrsa parpadeó. Una vez. Luego otra. Lo miró como si acabara de hablar en una lengua muerta.
Él, paciente, continuó explicándole en voz baja, señalando con la mirada las ramas que Yara sostenía.
  • Hay menos ramas largas que cortas. Ahora mismo, las probabilidades de sacar una pequeña son mayores. Mucho mayores. Si quieres ir, porque estoy seguro que así es… será mejor que esperes.
Yrsa frunció el ceño, procesando aquellas palabras como si fueran un acertijo antiguo. Miró las ramas. Luego a Bhagirath. Luego otra vez a las ramas. Finalmente bufó.
  • No entender… - admitió - Pero tú no mentir, nunca. Yo esperar…
Y, con un gruñido resignado, cruzó los brazos sobre el pecho y dio un paso atrás, mientras Halcón probaba fortuna. La decisión no le gustaba, pero si algo había aprendido era a confiar en aquel hombre cuando hablaba con esa calma que siempre escondía razón. Bhagirath sonrió, satisfecho, mientras la vikinga esperaba su turno mascullando algo en su idioma que sonaba peligrosamente parecido a una amenaza dirigida a las matemáticas y a sus testículos por igual.

Halcón alargó la mano con desgana y, sin ceremonia alguna, extrajo una rama. Bastó una mirada para saberlo. Era corta. Bajó la cabeza, los hombros cayendo como si llevara el peso del mundo encima, y dio un paso atrás sin decir palabra. Gipsy, que hasta ese momento permanecía en su hombro, ladeó la cabeza, observándolo con curiosidad. Sus ojillos negros brillaron con algo parecido a la compasión. Chasqueó la lengua una vez. Luego otra. Y, como si una chispa de genialidad se hubiera encendido en su diminuto cerebro simiesco, decidió actuar. Sin previo aviso, dio un salto. Luego otro. Rebotó entre hombros, cabezas y brazos, provocando alguna queja ahogada y más de una risa contenida, hasta aterrizar con precisión perfecta sobre el hombro de la capitana. Grace alzó la vista, sorprendida, y enseguida sonrió. Alargó la mano y le acarició el mentón con suavidad.
  • Tú vendrás conmigo, sí o sí, pequeñín - susurró - Jamás te dejaría atrás.
El capuchino respondió frotando su cabecita peluda contra su cuello, emitiendo un sonido satisfecho, diminuto, casi ronroneante. Allí se quedó, cómodo, seguro, como si aquel hubiera sido siempre su sitio. Capitana y mono ladrón… Siempre inseparables.

Uno a uno fueron acercándose a Yara. Y lo hacían como si la cubana fuera el ángel de la muerte y trajera con ella el juicio final de Dios. Las manos temblaban más de lo que nadie habría admitido en voz alta. Cada rama extraída traía consigo una expresión nueva: cejas que caían, sonrisas forzadas, miradas que se desviaban hacia el suelo. Las ramas cortas se acumulaban más rápido que las largas, y con ellas, la resignación cuando la fortuna no estaba siendo generosa. Alguno intentó bromear, otro bufó sin disimular su frustración, pero el peso del momento acabó imponiéndose. Las pocas sonrisas auténticas contrastaban con la mayoría de los rostros apagados, conscientes de lo que aquello significaba.

Cuando la última rama fue revelada, no hizo falta decir nada. El destino había hablado. Los tres elegidos para seguir a los cuatro guardianes de los elementos eran Aibori, Bhagirath e Yrsa.

Nadie protestó. Nadie discutió. No hubo reproches ni quejas. La decisión había sido justa, y todos lo sabían. La suerte había dictado su veredicto y no quedaba más que aceptarlo. Pero aceptar no significaba siempre estar preparado para hacerlo. El silencio cayó sobre el claro como un manto pesado. Las miradas se cruzaban, las gargantas cargadas de palabras que no encontraban salida. Sabían lo que venía ahora, y ninguno estaba listo para ello.

Decirse adiós…
Nunca había sido tan difícil.

Primero llegaron los abrazos, largos y firmes, sin control ni mesura, de esos que buscan memorizar el tacto y el aroma del que parte. Hubo risas entrecortadas, lágrimas que no se intentaron ocultar, palmadas en la espalda acompañadas de promesas de buena suerte y juramentos susurrados. Grace observó a los suyos durante un instante, con el corazón apretado, y dio un paso al frente. Su voz, firme pero cargada de emoción, se alzó entre ellos.
  • No os digáis adiós… porque no lo es - Respiró hondo, las lagrimas recorriendo libres por sus mejillas - Es solo un hasta pronto… ¿Me escucháis? Porque os prometo que nos volveremos a ver.
Y aunque nadie supo decir cuándo ni dónde, todos quisieron creerla. Porque a veces, la esperanza es lo único que mantiene unido a aquello que el destino se empeña en separar constantemente.

La despedida no llegó de golpe.
Nadie tuvo prisa por tomar su camino.

Cada uno parecía saborear aquel instante, como si al alargarlo pudiera engañar al tiempo y retrasar lo inevitable. Yrsa se arrodilló frente a Gláfur. Herrera y bestia se fundieron en un abrazo bruto y poderoso, más salvaje que cariñoso, de esos abrazos que no necesitan suavidad ni bonitas palabras, tan solo esencia pura y dura. El cuerpo enorme del animal tembló apenas, apoyando la frente contra la de ella, como si comprendiera más de lo que nadie imaginaria en un animal. Yrsa cerró los ojos, respirando su olor profundamente, grabando aquel momento en la memoria para siempre. No muy lejos de ellos, Yara tenía a Bum-Bum entre sus brazos. Lo cubría de besos sin descanso, uno tras otro, riendo y llorando al mismo tiempo, como si pudiera borrar con ellos cada herida, cada quemadura, cada miedo grabado en su piel. El pequeño alquimista, incapaz de contenerse, lloraba como nunca antes lo había hecho, aferrándose a ella con desesperación infantil. Por otro lado, Cortés y Aibori se encontraron en silencio. Se abrazaron con una fuerza que hablaba de batallas compartidas y promesas no dichas. Luego se besaron, sin pudor ni reservas, con un amor tan intenso que dolía solo mirarlo. Cuando se separaron, permanecieron así, frente a frente, una eternidad suspendida, mirándose a los ojos sin necesidad de palabras. Todo lo que eran, todo lo que sentían, estaba allí.

Wong se acercó entonces a Grace, justo en un momento en que nadie buscaba su abrazo y su contacto. Su voz fue serena, casi un susurro.
  • Bueno… parece que ha llegado el momento, capitana - sonrió - Os dejo en buenas manos, no obstante. Los Qìkōng Mǎ os guiarán mejor de lo que yo jamás habría podido.
Grace inclinó la cabeza, agradecida, y lo abrazó con sincero afecto.
  • Gracias por todo, Wong - dijo devolviéndole la sonrisa - Y cuídalos, te lo pido por favor. Son lo único que tengo en esta vida.
Wong asintió con solemnidad.
  • No te preocupes… Los llevaré a la Montaña Arcoíris. No existe lugar más seguro en todo el Reino Medio.
  • Gracias de nuevo… - de repente, Grace recordó algo - ¡Ah! Se me olvidaba… ¿Cuanto acordamos?
Sacó de su zurrón una pequeña bolsa de cuero llena de monedas. Pero antes de que pudiera abrirla, el Sombrero de Paja la detuvo con amabilidad.
  • No hace falta, de verdad…
  • ¡Insisto amigo! Un trato es un trato.
Wong soltó una carcajada suave y afectuosa.
  • Hagamos una cosa, capitana. Aceptaré el pago cuando vuelvas sana y salva… - el guía le tendió la mano - ¿Trato hecho?
  • ¡Trato hecho! - sonrió ella apretándola con firmeza.
Mientras tanto, Vihaan se despedía de Drake e Isabella. Tras abrazarla a ella con cuidado, le entregó a Maverick. La italiana lo recibió entre sus brazos y se quedó inmóvil, sin palabras, sin comprender del todo lo que aquello significaba. Grace llegó a su lado. Besó a Isabella en la mejilla y luego cubrió a Maverick de besos suaves, demorándose más de lo necesario. Alzó la vista y dijo con voz temblorosa.
  • Cuida de él, ¿me harás ese favor?
  • ¿Estás segura? - preguntó Isabella, con la voz rota.
Grace asintió, mirando un instante a Vihaan.
  • Ya lo hemos puesto demasiadas veces en peligro… Estará más seguro con vosotros dos.
Las lágrimas corrieron libres por el rostro de ambas. Drake asintió con firmeza, dejando claro en ese gesto, que protegería aquel niño con su propia vida si fuera necesario.
  • Lo cuidaré como si fuera mi propio hijo, capitana - dijo entre sollozos Isabella - Te doy mi palabra.
Grace la abrazó con fuerza.
  • Nada de capitana… Somos hermanas, ¿de acuerdo? No lo olvides nunca.
A su lado, Drake y Vihaan se estrecharon en un abrazo largo y sincero, cargado de respeto y de un afecto que no necesitaba explicación. Y así, entre abrazos que dolían y promesas que ardían en el pecho, la familia se despedía. No como quienes se separan, sino como quienes confían en volver a encontrarse, porque algunos lazos no entienden de distancia… solo de lealtad y amor eterno.

Los siete montaron en silencio. No hubo discursos ni palabras grandilocuentes. Solo manos que se aferraban a crines vivas, respiraciones entrecortadas y corazones golpeando demasiado fuerte contra el pecho. Los Qìkōng Mǎ permanecieron quietos un instante más, como si aguardaran algo invisible, como si escucharan aquello que no se dice en voz alta.

El viento sopló suave, como una señal y entonces comenzaron a avanzar.
Pero no fue una carrera. No desaparecieron de repente.

Esta vez, los caballos del viento, nacidos para devorar horizontes y no conocer fronteras, se movieron despacio. Con una solemnidad casi sagrada. Cada paso era medido, respetuoso, como si comprendieran que aquella no era una despedida cualquiera, sino una herida abierta que necesitaría tiempo para cerrarse.

Grace notó cómo Sombragrís, al frente de todos, con Diego encima de él, contenía su ímpetu. Cómo su cuerpo poderoso se resistía a correr. Por primera vez, el destino no tiraba de ellos hacia delante… les permitía quedarse un poco más.

Y entonces ocurrió.
Uno a uno, los siete que marchaban voltearon la cabeza.
Nunca lo hacían. Jamás.
Pues los valientes no miran atrás.

No porque no amen lo que dejan, sino porque su destino siempre está delante. Mirar atrás es anclarse. Es dudar. Es romper el juramento silencioso que los empuja a seguir. Pero esta vez… Esta vez si lo hicieron.

Vieron a su familia hacerse pequeña entre los árboles. Vieron manos alzadas, lágrimas que no se ocultaban, sonrisas rotas intentando ser firmes. Vieron todo lo que eran, todo lo que habían sido y todo lo que, de algún modo, siempre serían. Grace sintió cómo el pecho se le quebraba. Las lágrimas corrieron libres, sin vergüenza, mientras alzaba una mano en un gesto torpe, infantil, despidiéndose sin palabras. No era un adiós. Se negó a que lo fuera. A su lado, Yrsa mantenía la espalda recta, pero los ojos húmedos la traicionaban. Aibori cerró los párpados un segundo más de la cuenta, como si grabara aquella imagen en el alma. Bhagirath inclinó la cabeza en una despedida silenciosa, solemne, eterna. Yara sonreía entre lágrimas, desafiando al dolor como siempre había hecho: de frente y desnuda.

Los caballos relincharon suavemente, no como un canto de partida, sino como un lamento contenido. También ellos sentían. También ellos entendían. Y poco a poco, sin romper el hechizo, comenzaron a alejarse.

Paso a paso.
Latido a latido.

Hasta que el claro quedó atrás.
Hasta que las figuras se volvieron sombras.
Hasta que mirar atrás dejó de ser posible.

Cuando por fin el viento reclamó lo que era suyo, los Qìkōng Mǎ alzaron el ritmo. No hacia una huida, sino hacia un futuro incierto y necesario. El dolor no desapareció… pero se transformó en promesa.

Porque hay despedidas que no separan.
Hay amores que no se rompen con la distancia.
Y hay familias que, aunque sigan caminos distintos, siempre cabalgan hacia el mismo horizonte.

Y así, con lágrimas aún frescas y el corazón ardiendo, los valientes siguieron adelante.
Por primera vez habiendo mirado atrás.
Y como siempre, sabiendo exactamente por qué avanzaban.

Continuará…
 
Me niego a creer que vayan a dejar atrás a sus amigos para siempre y menos a sus hijos.
En todo caso terminarán el objetivo que tengan y luego volverán a ver a sus amigos, porque si no , anteponer el objetivo que tengan a sus amigos y sus familias habla muy muy muy mal de ellos.
 
Me niego a creer que vayan a dejar atrás a sus amigos para siempre y menos a sus hijos.
En todo caso terminarán el objetivo que tengan y luego volverán a ver a sus amigos, porque si no , anteponer el objetivo que tengan a sus amigos y sus familias habla muy muy muy mal de ellos.
Hay una paradoja ahí: Dejar atrás a lo que más quieres por salvar a los que no conoces. Dejar atrás a pocos para salvar a muchos.
¿Quizás la maldición de Grace a empezado a tomar forma? Quien sabe...
Ni yo mismo lo sé, la verdad jajajja

¡Veremos que sucede!

Voy a ponerme con el siguiente capítulo. Se acerca la recta final...
¡Vamos para allá! 🏴‍☠️
 
Capítulo 100 - Yara y el Templo del Agua: El renacer de una superviviente

¿Había remordimientos en los siete que partieron hacia el oeste?
Sí. Los había. Y no pocos, precisamente.

Dejar atrás a los suyos, separarse de amigos, de hermanos, de hijos, de aquello que habían llamado familia, de aquello por lo que habían luchado hasta la muerte por defenderla y protegerla; fue una herida abierta para todos. Pues algunas uniones no están hechas para romperse; existen vínculos que no admiten distancia ni silencio, porque no saben vivir el uno sin el otro. Así es el equilibrio de la vida, tan cruel como perfecto.

La existencia se sostiene sobre fuerzas que se oponen y se necesitan: la vida que nutre y la muerte que arrebata, el bien que construye y el mal que destruye, la felicidad que llena el corazón y el llanto que desgarra el alma. Así eran también los elementos: el fuego que transforma y el agua que preserva, el viento que huye y la tierra que permanece. Antagónicos, sí. Enfrentados, también. Pero inútiles, incompletos, imposibles de comprender sin la presencia de su contrario.

Y esta vez, como en todas las anteriores, la paradoja de la existencia volvió a alzarse ante ellos.

La familia indivisible, el clan férreo e irrompible, tuvo que separarse. No por falta de amor, sino precisamente por él. No por debilidad, sino por necesidad. Por destino. Por la voluntad de aquello que jamás podremos domar ni negociar. Y apenas llegaremos a comprender del todo.

¿Había remordimientos?
Sí. Por supuesto que los había.

Pero los remordimientos pertenecen a quienes pueden detenerse, a quienes tienen tiempo para mirar atrás y dudar. Y en el instante en que los Qìkōng Mǎ comenzaron a correr, el mundo dejó de recordar… y no se detuvo ni un instante.

Los Siete Hijos del Viento no corrían: arrasaban el camino. Bajo sus cascos, la tierra no era suelo sino aire endurecido, una línea borrosa incapaz de sostenerlos. El sendero se plegaba sobre sí mismo, los árboles se convertían en sombras alargadas y el horizonte, cobarde, retrocedía a cada embestida de sus cuerpos.

La velocidad no era humana.
Ni siquiera era animal.
Era algo antiguo. Primigenio.

Como si aquellas siete monturas no se desplazaran por el mundo, sino que obligaran al mundo a apartarse de su camino.

Grace, aferrada a la crin de Nubegrís, sintió cómo el aire le arrancaba el aliento del pecho. No podía gritar, no podía pensar. El viento le quemaba los ojos, le desgarraba la piel y, aun así, reía. Reía con la boca abierta, con el corazón desbocado, con la certeza brutal de estar viva como nunca antes lo había estado. El viento avivó su llama ancestral y cada latido de su corazón parecía quedarse atrás, incapaz de seguir el ritmo de aquel galope imposible. Delante suyo, apenas podía distinguir a Diego sobre Sombragrís, el cual no tocaba el suelo durante largos instantes. Saltaba, planeaba, se deslizaba sobre la nada como si el viento lo sostuviera por puro respeto. Sus músculos no se tensaban: fluían. No había esfuerzo, no había fatiga. Solo una cadencia perfecta, una armonía salvaje que convertía la carrera en danza.

Aibori, gritó como una auténtica Amazona, Friatormenta relinchó con el mismo poder que su jinete; y la guerrera sintió que su cuerpo ya no le pertenecía. El mundo era una línea recta y vibrante, y ella una flecha lanzada sin retorno. Bhagirath, encima de Brilloceniza, cerró los ojos un instante y comprendió, con una lucidez casi dolorosa, que aquello no era velocidad: era libertad absoluta. No era huir de algo, sino dejar de estar atado a todo. Yrsa, cabalgaba con Vientoscuro, lanzando carcajadas que se perdieron entre el estruendo del viento. Su sangre cantaba. Cada golpe de los cascos era un tambor de guerra, un juramento antiguo que resonaba en sus huesos.

No había miedo. No podía haberlo.
A esa velocidad, el miedo se quedaba atrás, reducido a polvo.

Yara, agarrada al cuello de Solerrante, sintió cómo las lágrimas se le escapaban sin saber si eran de dolor, de felicidad o de puro asombro. El mundo se volvía pequeño, manejable, insignificante frente a aquella fuerza indomable. Comprendió entonces que ningún barco, ninguna ola, ningún huracán había sido jamás tan rápido como aquello.

El aire rugía.
El cielo temblaba.
La tierra… cedía.

Los siete comprendieron al mismo tiempo una verdad imposible de ignorar: los Qìkōng Mǎ no corrían para llegar antes. Corrían porque la idea de detenerse no existía para ellos. Porque el viento no conoce reposo. Porque avanzar es su única forma de estar vivo. Y mientras el mundo se deshacía a su paso, los Siete del Viento apretaron el ritmo. No por orgullo, no por prisa. Sino porque, por fin, estaban donde siempre habían pertenecido: en el epicentro mismo de la velocidad.

Vihaan cerraba la expedición sobre Brumaluz, pero no sentía el vértigo del abismo ni la euforia ciega de la libertad. Sentía el desgarro más profundo y doloroso. Él era el portador del espíritu de la tierra: del hogar que espera, de la calma que sostiene, de la vida que germina en silencio. La tierra no huye ni persigue; la tierra acoge. Es unión, es raíz, es memoria. Es el lugar al que siempre se vuelve. Y por eso, de todos ellos, Vihaan era quien peor soportaba dejar a los suyos atrás. El viento, sin embargo, no pedía permiso. La promesa de libertad era embriagadora, imposible de rechazar: no conocer fronteras, no obedecer caminos, no deber explicaciones. Ser tan libre como el propio aliento del mundo. Y aun así, su corazón - hecho de roca firme y de calidez humana, de sustento y pertenencia - se resquebrajaba con cada zancada.

En apenas unos segundos, habían devorado miles de millas. Los campos de arroz, las montañas, los pueblos, los rostros de los campesinos que alzaban la vista confundidos ante aquella ráfaga imposible… todo se desdibujaba. Nada permanecía. Nada dejaba huella. Eran, simplemente, pisadas en la arena junto al mar: efímeras, ligeras, condenadas a desaparecer sin testigos ni memoria. Y Vihaan, con cada latido que los alejaba más, sentía cómo algo dentro de él se apagaba lentamente.

Pero aun así, apretó los dientes. El astrónomo alzó la mirada hacia el horizonte, aferrándose al propósito que los guiaba, a la misión que aún debía cumplirse. En esta vida nada es sencillo, nada que importe lo es; nada que merezca la pena lo ha sido jamás. Y él lo sabía mejor que nadie. Sentía el peso del mundo sobre los hombros, la responsabilidad silenciosa que cargaba desde siempre. Pensó entonces supo que quizá no era del todo malo correr tan rápido. Que avanzar sin detenerse significaba llegar antes. Y llegar antes significaba volver antes, también. Volver a casa. Volver a reír con sus hermanos. Volver a estrechar entre sus brazos a su querido hijo. Y con ese pensamiento - por esa promesa íntima - siguió cabalgando.

Entonces… ¿solo Vihaan sentía aquel peso? En apariencia, parecía exactamente eso. Era el único que se resistía a que el viento borrase su memoria, el único que sufría por romper el lazo que los había unido a todos. ¿Acaso los demás no sentían nada? La respuesta era sencilla y, al mismo tiempo, compleja. Pues dentro de ellos coexistían dos verdades: la parte mortal y humana, que recordaba y sufría, y la esencia de lo que sus almas representaban, el eco de lo divino, de aquello para lo que habían sido forjados.

Diego era el pulso del viento mismo, un alma tan libre que jamás podría detenerse. Aquella velocidad que arrasaba con todo no era solo su don, era su esencia: recorrer el mundo sin hogar, un vagabundo entregado al camino y al horizonte. Grace sentía que el aire la vivificaba, avivando su llama, y con cada ráfaga se sentía más y más poderosa, indómita como ella solo podía serlo. Yara, aunque aún no comprendía del todo lo que habitaba ya en su corazón, hallaba en el viento un poder que agitaba las corrientes internas de su ser; su pulso era ambiguo como el mar: cambiante, caótico, imparable.

Baghirath, Yrsa y Aibori, aunque no fueran guardianes si eran protectores de los elementos. Ellos se movían impulsados por una fe absoluta. Habían dejado atrás parte de su familia, sí, pero llevaban consigo otra parte. Su voluntad era firme y resuelta: la voluntad de protegerlos y seguir su camino, sin vacilar. Siempre fieles, siempre dispuestos a luchar por lo que amaban.

La realidad no se trataba de ser más o menos sensibles, ni de amar con mayor o menor intensidad. No era una cuestión de pertenencia o desarraigo. Era, simple y llanamente, la naturaleza de los elementos. El aire era libertad, el fuego era rumbo, el mar era misterio y la tierra unidad y sostén. Pero faltaba uno: el último elemento, el éter, el deseo, aquello que mueve y equilibra todo. Y ese impulso vital, innegable y poderoso, los empujaba una vez más, hacia el horizonte, hacia nuevos desafíos, hacia la próxima historia que el destino había reservado para ellos.

Recorrieron distancias inmensas en apenas unos latidos; semanas enteras de travesía reducidas a un parpadeo. No hubo necesidad de detenerse a descansar, ni de curar llagas abiertas, ni de sumergir pies ardientes en el alivio de un río. El cansancio no tenía tiempo de nacer. Tampoco pudieron hablar entre ellos. El viento se llevaba las palabras antes incluso de que alcanzaran la garganta. No era una presencia: era el mundo entero. Un dominio absoluto que no reclamaba solo sus cuerpos, sino también sus almas, como si quisiera despojarlos de todo peso humano para convertirlos en puro movimiento.

Y entonces, sin aviso alguno, el paisaje cambió.
Habían entrado en las grandes llanuras de Xining.

La tierra se abrió ante ellos como un mar inmóvil. Extensiones infinitas de hierba corta y dura, onduladas por el viento como si respiraran. Colinas suaves, casi humildes, se sucedían tras otras, hasta perderse en el horizonte, vigiladas por montañas lejanas cuyas cumbres parecían tocar el cielo. Aquí y allá, campamentos dispersos: tiendas mongolas de fieltro, carpas tibetanas, puestos fortificados chinos levantados con madera oscura y piedra. Ninguno dominaba del todo aquel territorio, y todos lo reclamaban. Xining no pertenecía a nadie… y por eso todos la deseaban.

Era un punto neurálgico de la Ruta de la Seda, un cruce de caminos donde el comercio y la guerra caminaban de la mano. Caravanas cargadas de sal, té prensado, lana, jade y seda se movían bajo la atenta mirada de soldados y mercenarios. Allí donde el oro circula, la sangre no tarda en seguirlo. Wong lo había advertido: una tierra disputada, tensa, siempre al borde del conflicto. Y no tardaron en sentirlo en sus propias carnes.

Banderas extranjeras ondeaban junto a estandartes locales. Hombres armados vigilaban los pasos, los mercados, los ríos. Entre ellos, mercaderes europeos - discretos pero persistentes - tejían redes invisibles de corrupción y ambición. La Compañía de las Indias Orientales no necesitaba ejércitos abiertos: compraba voluntades, enfrentaba pueblos, sembraba discordia allí donde el comercio podía florecer.

Pero los Qìkōng Mǎ no se detuvieron. El viento no quiso quedarse en Xining. Giró, cambió de rumbo, como si algo antiguo y poderoso lo llamara. Las llanuras quedaron atrás, deslizándose bajo ellos sin dejar rastro, y la tierra empezó a elevarse de nuevo, abriéndose hacia un vasto espejo azul. Y entonces lo vieron: Qinghai Hu. El Gran Lago. Un océano interior rodeado de montañas, tan extenso que parecía no tener orillas. Sus aguas, profundas y serenas, reflejaban el cielo con una quietud casi sagrada. Allí se alzaba el Templo del Agua: un lugar antiguo, venerado y temido al mismo tiempo, donde los ríos nacen y los juramentos no se rompen sin pagar un precio. Y hacia allí corrió el viento. No por azar, pues nunca lo hacía.

Los Siete Hijos del Viento se detuvieron de golpe, como si una voluntad invisible hubiese tirado de las riendas del mundo. Sus cascos se hundieron en la tierra húmeda, arrancando surcos largos y profundos que se extendieron varios metros, cicatrices frescas en la piel del prado. La hierba aplastada quedó temblando, aún incrédula de aquella velocidad que acababa de morir.

El silencio cayó de golpe.
Los siete jinetes giraron la cabeza al unísono.
Ante ellos, el Gran Lago.

Qinghai Hu se abría como una herida azul en la tierra, inmenso, insondable. El horizonte se perdía en una línea difusa donde el agua y el cielo se confundían, y el viento frío que nacía de sus entrañas traía consigo un peso antiguo, casi sagrado. No era solo un lago. Era un umbral. Y ante aquella imagen llena de solemnidad, Yara fue la primera en moverse. Acarició el cuello de Solerrante con la palma abierta, despacio, como si quisiera memorizar su calor. Sus dedos siguieron el ritmo nervioso del animal mientras mantenía la mirada fija en la inmensidad azul que tenía delante. No había miedo en sus ojos, pero sí una certeza serena, pesada como una verdad largamente esperada. Los demás la observaron en silencio. Todos lo supieron al mismo tiempo.

Había llegado su momento.

Yara desmontó. Sus botas tocaron la tierra con un gesto firme, definitivo, y avanzó hacia la orilla del lago. Se detuvo a unos pasos del agua y se quedó allí, inmóvil, contemplando el horizonte como si pudiera leer en él lo que estaba por venir. Grace fue tras ella, como lo había hecho siempre desde que era apenas una niña desnutrida, malviviendo en los callejones de Bristol. Se colocó a su lado sin decir nada, compartiendo la mirada, el frío, y la vastedad que parecía querer engullirlas. Permanecieron así unos instantes que se alargaron una eternidad, con la respiración contenida, mientras a su espalda los demás desmontaban. Los caballos del viento, incapaces de permanecer quietos demasiado tiempo, salieron al galope por el prado, describiendo amplios círculos, libres, inquietos, vivos.

El viento era cortante. La inmensidad, sobrecogedora.
  • Hemos llegado al fin… - dijo Grace, con la voz baja, casi reverente.
Yara asintió sin apartar la vista del lago.
  • Supongo que ahora es mi turno…
Grace la miró entonces. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí con fuerza, como si quisiera anclarla a aquel mundo un instante más.
  • Pase lo que pase ahí dentro - susurró - recuerda quién te espera aquí fuera. Se que no volverás siendo la misma, hermana… pero también se que lo harás. Solo mantente a salvo y no te hundas jamás…
Yara cerró los ojos. Respondió al abrazo con la misma intensidad, apoyando la frente en su hombro. Luego alzó el rostro, le dio un beso lento y sincero, y sostuvo a Grace un segundo más, como si ese gesto pudiera bastar para llevarla de vuelta. Asintió en silencio y después, se dio la vuelta. Sus pies tocaron el agua helada del Gran Lago, y Yara empezó a adentrase en él, paso a paso, sin mirar atrás, mientras el viento agitaba la superficie azul y el destino, paciente, aguardaba bajo las aguas.

La yoruba comenzó a nadar, cuando sus pies no encontraron suelo firme. Cada brazada la alejaba de la orilla, y con ella se alejaba también del calor de los cuerpos, de las manos entrelazadas, de los abrazos compartidos en silencio. Desde la ribera, los suyos la contemplaban sin decir palabra, como se observa un rito antiguo que no admite interrupciones. No había gritos, ni despedidas tardías. Solo respiraciones contenidas y corazones latiendo al mismo compás.

El lago la recibió sin resistencia. El frío se filtró pronto en su piel, lento al principio, casi respetuoso, y después implacable. El agua empapó sus ropas, las volvió pesadas, tirando de ella hacia abajo, reclamándola. Yara empezó a desnudarse y a cada prenda quitada se volvía más ligera. Pero también el frio la mordía con más fuerza. Rápidamente notó que cada movimiento exigía más esfuerzo que el anterior, como si el propio lago quisiera medir su determinación. Sus ojos empezaron a buscar con nerviosismo. Una señal, un camino, un rumbo… algo que le dijera hacia donde debía ir. Pero no había nada. No había arcos de piedra como en el Templo en que se adentró Vihaan, ni arcos de madera chamusca como el que cruzó Grace, ni umbrales visibles que guiaran por donde seguir. No encontró ningún símbolo que indicara el inicio del Templo. Solo agua, cielo y una inmensidad azul que parecía no terminar jamás. Yara siguió adelante aun así, guiada únicamente por una fe desnuda y primitiva; con la certeza íntima de que el destino no siempre se muestra: a veces ha de encontrarse.

El frío empezó a morder con un hambre letal. Sus músculos protestaron, primero con un temblor leve, luego con punzadas más profundas. Los calambres se instalaron en las piernas, en los brazos, en la espalda. Mantenerse a flote se volvió un acto consciente, doloroso. Cada respiración salía acompañada de un esfuerzo que ya no podía ocultarse. Se detuvo, totalmente agotada. Giró el cuerpo para buscar la orilla, pero no la encontró. Solo azul. Azul por todas partes, arriba y abajo, alrededor de ella. El lago se había cerrado como un círculo perfecto, borrando el camino de regreso. El agua, salada, le quemaba los labios resecos. Estaba exhausta. Así que dejó de luchar. Y flotó.

Quedó suspendida en mitad de la vasta nada, con el cuerpo rendido y los ojos clavados en el cielo inmenso. Las nubes pasaban lentas, indiferentes, quizás como testigos antiguos de infinitos intentos semejantes al suyo. El mundo parecía haberse detenido allí, entre una respiración y la siguiente. Y entonces, algo sucedió.

Sus ojos aún seguían en la superficie, pero el agua del lago le cubría los oídos. No fue un susurro, ni unas palabras llegadas desde el abismo, no supo muy bien como describirlo, pero lo sintió. Algo había bajo su espalda, algo que la llamaba desde la oscuridad de las profundidades. Cerró los ojos, como quien deja atrás lo mundano y lo tangible; y se detuvo a escuchar. Un pensamiento le atravesó el cuerpo de inmediato, traspasó su fría piel, su atormentada alma, incluso lo que había más allá de ella. “¡Claro!” Pensó para sus adentros.

La entrada no estaba delante de ella.
Ni a los lados. Ni en la superficie.
La entrada estaba abajo. En lo más profundo del abismo.
Estaba bajo el peso del agua, bajo el miedo, bajo la renuncia.

Yara aún con los ojos cerrados, tomó todo el aire que cabía en sus pulmones y en ese mismo gesto reunió también su fuerza, su voluntad y su fe. Y, sin mirar atrás, se sumergió. Descendió como una ancla tirada al mar y el agua se cerró sobre ella como una tumba líquida. Cada palmo que caía hacia abajo era una frontera cruzada, una renuncia silenciosa. El oxígeno, atrapado en sus pulmones, comenzó a consumirse gota a gota, robado por la sangre con una crueldad matemática. Cada latido la empujaba más hondo. Cada segundo la acercaba un paso más a la muerte… y, al mismo tiempo, a su destino.

Abrió los ojos, con la esperanza de verlo. De ver por última vez la luz del sol, quebrada y distante, filtrándose a través del azul del lago como un recuerdo que ya no le pertenecía. Un resplandor débil, tembloroso. Y en un suspiro, nada. La oscuridad cayó de golpe. No fue gradual. Fue total. Compacta. Absoluta. Y con ella llegó el silencio. Dejó de oír. No había viento, ni burbujas, ni el latido de su propio cuerpo. El lago no tenía voz. Era un silencio antiguo, tan denso que parecía aplastarla desde dentro. Un silencio que no solo anulaba el sonido, sino la idea misma de que el sonido pudiera existir. Entonces empezó a morir. No fue una muerte física. No aún. Fue algo peor. Una muerte existencial, el fin de su propia identidad. Yara dejó de sentir sus manos, sus piernas, su piel. El frío no dolía: había ido más allá del dolor. Le arrancó las sensaciones una a una, como si le estuviera robando el cuerpo. Ya no sentía calor ni frío, ni arriba ni abajo. Solo era un fragmento de materia sin vida cayendo en la inmensidad de la inexistencia.

Cuando el lecho del lago la sostuvo, no lo comprendió de inmediato. Fue un impacto sordo, amortiguado por el barro y la ingravidez. El mundo no reaccionó. No hubo resistencia, ni alivio. Solo estaba ahí, detenida sin saberlo, suspendida entre lo que había sido y lo que estaba a punto de dejar de ser. No había rumbo. No había señales. No había luz, ni tacto, ni olor. Solo la nada. La absoluta y omnipresente nada. Y con ella, llegó el miedo, el terror, y la muerte. Pero antes de que pudiera rendirse, algo se iluminó dentro de su alma. Sí existía algo… algo débil, algo minúsculo, pero poderoso a la vez. Solo una cosa existía en aquel abismo: su mente. Y dentro de ella, una voluntad que se negaba a extinguirse.

Yara apretó los dientes y gritó. Un grito mudo, apagado por el peso del agua. El poco aire que le quedaba en los pulmones escapó para no volver jamás. Y con un esfuerzo inhumano, empezó a moverse. Se arrastró como una serpiente marina. Sus manos se hundieron en el barro espeso y resbaladizo. Las algas se enredaban en sus dedos, entre sus piernas, dificultando el avance. Las piedras afiladas rasgaban su piel sin que pudiera sentir el dolor. Avanzaba a ciegas, sin dirección, empujándose centímetro a centímetro con una determinación que no nacía del cuerpo, sino de algo más profundo, más antiguo. La falta de aire comenzó a arderle dentro del pecho, consumiéndola. No era una llama suave. Era fuego. Un incendio en los pulmones, una presión insoportable que le pedía gritar, inhalar, rendirse. Se estaba ahogando y lo sabía. Con una claridad brutal entendió que ya no podía volver a subir, pues nunca habría llegado. La superficie era un mito, un recuerdo imposible. Así que siguió arrastrándose. Porque si iba a morir, no sería retrocediendo. Sería avanzando. Ese era su sino. Esa era la voluntad de la Hija del Agua.

Pero no todo es voluntad en el ser humano. Desgraciadamente, el cuerpo decidió por ella. La mente aún resistía, sí; aferrada a la nada con uñas rabiosas, pero la carne no entiende de juramentos ni de destinos. El reflejo de su parte mundana llegó como un amigo traicionero: Yara abrió la boca buscando aire… pero solo encontró agua.

Entró a borbotones. Fría. Pesada. Implacable. El pecho se le convulsionó en un espasmo violento, el instinto animal reclamando oxígeno donde ya no lo había. Tragó. Sin querer. Sin poder detenerlo. El líquido invadió su garganta, descendió por sus pulmones como una sentencia irrevocable. La sensación de ahogo la paralizó por completo. Se llevó ambas manos al cuello. Los dedos se clavaron en la piel, inútiles. Los ojos se le salieron de las cuencas, abiertos de par en par en una expresión muda de horror primigenio. Notó cómo su cuerpo se hinchaba, cómo el agua ocupaba cada espacio que antes había sido suyo. Tragaba y tragaba, incapaz de impedirlo, mientras la presión interna la desgarraba desde dentro.

Y entonces… Yara murió.
No hubo luz. No hubo revelación.
No hubo futuro, ni esperanza.
Solo un apagón absoluto.

El cuerpo sin vida de la yoruba quedó tendido sobre el lecho del lago, inerte, pesado, sin latido. La mente dejó de pensar. La voluntad, esa llama obstinada, se disolvió como sal en el agua. Ya no hubo miedo, ni propósito, ni nombre. Solo materia abandonada en el fondo de la inmensidad. Y fue justo en ese instante. Cuando ya no quedaba aliento. Cuando todo era agua, fuera y dentro de ella. Que el arco del Templo se mostró.

Emergió de la oscuridad como un recuerdo que despierta tarde. Madera antigua, hinchada por los siglos, cubierta de algas y crustáceos. Un arco imposible, erguido en el abismo, iluminado por un fulgor marino: azul profundo, magnético, vivo. Relucía como un fuego fatuo bajo el agua, atrayendo incluso a la propio muerte. Y al mismo instante, la concha de Yemayá, posada sobre el pecho frío y sin latido de Yara, respondió. No fue un destello. Fue una llamada desesperada. Su luz se expandió en ondas suaves, y con ella, el lago despertó.

Aparecieron los peces. Pequeños. Abisales. Seres huidizos escapando de sombras mayores. De la nada surgieron criaturas de cuerpos translúcidos, más agua que carne, deslizándose con una calma reverente entre las tinieblas. El fondo del lago cobró movimiento, respiración, intención.

Las algas comenzaron a agitarse. No al azar. Bailaban. Una coreografía caótica y perfecta lo rodeó todo, envolviendo también el cuerpo de la yoruba. Se enroscaron en sus brazos, treparon por sus piernas, abrazaron su torso, cerraron un lazo lento y ceremonial alrededor de su cuello.
Y entonces brotó la sangre… Un rojo oscuro se abrió paso en el azul infinito, expandiéndose como una flor imposible en el agua. No fue violento. Fue solemne. La vida reclamando espacio incluso en la muerte. Y el lago observó. Paciente. Antiguo. Esperando una respuesta.

Las algas se tensaron aún más, como cuchillas sedientas de sangre. No como plantas, sino como manos obedientes. Unos cortes limpios se abrieron en la piel del cuello de Yara, precisos, rituales. No fueron profundos, pero sí suficientes. La sangre se mezcló con el agua y, en ese instante exacto, el lago cambió su naturaleza para ella.

El agua dejó de ser muerte. Y se volvió aliento.
Entró en sus pulmones… y no quemó.
No ahogó. No pesó.

El líquido se transformó en oxígeno dentro de su cuerpo, como si siempre hubiera sabido hacerlo y solo hubiera estado esperando permiso. Yara despertó de golpe. El corazón le golpeó el pecho con una violencia salvaje, desbocado, reclamando la vida a gritos. Su cuerpo entero se arqueó en un espasmo instintivo, buscando aire… pero solo encontró calma. Respiró… bajo el agua. Una vez. Dos. Tres. Cada inspiración era profunda, plena, natural, como si jamás hubiera respirado de otro modo. Abrió los ojos y volvió a nacer. Todo seguía ahí… pero ya nada era lo mismo. Veía más. Sentía más. El lago ya no era un abismo hostil, sino un vientre inmenso. Los colores vibraban con una intensidad imposible, los movimientos eran lentos y precisos, cargados de significado. Cada criatura, cada corriente, cada sombra formaba parte de un orden antiguo y perfecto. Alzó la mano sin pensar. La concha de Yemayá descansaba en su palma. La sostuvo con fuerza, como una niña aferrándose al amuleto que le recuerda quién había sido siempre. La miró maravillada, y al hacerlo comprendió: no era un regalo. Nunca lo había sido. Aquel poder siempre había estado dentro de ella. Dormido. Esperando el momento adecuado.

Un poder primigenio había despertado en su interior.
Antiguo como las mareas.
Paciente como los océanos.
Feroz como una tormenta que decide nacer.

La vida la atravesó de arriba abajo.

Sintió el ciclo completo: nacimiento y muerte, presa y depredador, calma y violencia. Vio criaturas desgarrarse unas a otras sin odio, sin maldad, solo siguiendo la ley más pura de la existencia. Y por primera vez, no juzgó. Entendió.

Entonces lo vio. El arco. Iluminado en la inmensa oscuridad como un faro imposible. No imponía respeto. Ofrecía hogar. Un lugar al que volver incluso sin haber estado nunca antes. La madera antigua brillaba con el mismo fulgor azul que latía ahora dentro de su pecho. Y Yara no dudó.
Se impulsó hacia delante. Nadó. Su cuerpo se movía con una gracia nueva, poderosa, instintiva. El agua la obedecía sin someterse. Los depredadores pasaron cerca, enormes sombras de dientes y músculo, pero no la atacaron. La rodearon. La reconocieron. Ella avanzó entre la vida y la muerte como quien cruza un sendero conocido.

No era reina. No era dueña de nada.
Era parte del todo.

Y mientras nadaba hacia la luz, comprendió la última verdad…
No era el templo lo que la llamaba. Era Yemayá en su interior.
Era ella misma… La madre de los océanos. La dadora y la devoradora.

La Bailarina del Agua.

Yara avanzó, guiada por esa luz que nacía dentro de ella, sabiendo que, pasara lo que pasara al cruzar aquel arco, ya no volvería a ser la misma. Había muerto, sí. Del mismo modo que Vihaan murió sepultado en la tierra y Grace quemada en vida bajo la lava del volcán. Ahora, ella se había ahogado en la profundidad del agua y renacido en el abrazo eterno del mar.

Alcanzó el arco y lo cruzó. Al otro lado seguía habiendo agua, sí… pero era distinta. Más ligera. Más dócil. Como si ya no pesara sobre el cuerpo, sino que lo sostuviera con cuidado. Yara apoyó los pies en el lecho marino y, para su asombro, caminó. No nadó. Caminó, como quien avanza sobre la tierra firme, con el vestido ondulando por las corrientes a su alrededor y el corazón aún temblando por lo imposible. Entonces lo vio. Y lloró. La belleza la golpeó con una fuerza que no supo contener. Las lágrimas brotaron sin permiso, flotando a su alrededor como pequeñas perlas saladas, indistinguibles del propio mar. Ante ella se extendía un mundo entero, vivo, palpitante, sagrado.

Corales de formas imposibles alzaban sus estructuras como catedrales antiguas, rojos, azules, dorados y violetas que desafiaban cualquier recuerdo del mundo de la superficie. Columnas de esponjas, abanicos marinos y jardines de algas se mecían al ritmo de corrientes invisibles, como si el océano respirara lentamente. La luz descendía desde lo alto en haces plateados, fragmentándose en miles de destellos que danzaban sobre las escamas de los peces, sobre los caparazones de los crustáceos, sobre la piel lisa de los mamíferos que cruzaban aquel reino con solemnidad. Cada rayo era un susurro, cada reflejo una promesa. Vio criaturas que jamás había imaginado: cuerpos translúcidos que brillaban desde dentro, seres alargados como cintas de luz, peces con ojos antiguos que parecían guardar memorias de siglos. Escuchó sonidos que no eran ruido ni palabra, sino vibraciones profundas, cantos lentos, pulsaciones que le atravesaban el pecho y le erizaban la piel.

Era la esencia pura del mar.
Profunda. Salvaje. Inalcanzable.

Yara avanzó sin poder apartar la mirada, pequeña ante aquella inmensidad que, sin embargo, no la rechazaba. Grandes bancos de peces la rodeaban, cerrándose en espirales perfectas. Pasaban junto a ella, la observaban un instante - como si la reconocieran - y luego se disolvían siguiendo otra corriente. Las tortugas surcaban el agua con una elegancia serena, moviéndose con una velocidad que en la superficie jamás habrían alcanzado. Al pasar junto a ella, parecían inclinar ligeramente el rumbo, en un gesto silencioso de bienvenida.

Allí donde mirara había vida. Y muerte.
Y el tránsito eterno entre ambas.

No había mando ni voz que ordenara aquel mundo. No había tronos ni leyes escritas. Y, sin embargo, todo estaba en perfecta armonía. Una armonía nacida del caos, sin dueño ni señor, pero absoluta. Equilibrada en su totalidad.

Y entonces la escuchó.
Una voz. Humana. Femenina.

La lengua en que habló era la suya. La lengua de sus ancestros. Cada sílaba resonó en su interior como un recuerdo que no sabía que poseía. Yara se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco. Alzó la vista lentamente. Aún no la veía. Pero lo supo. Antes incluso de comprenderlo, antes de ponerle nombre, su alma ya lo sabía. Era ella. La madre del mar. La que da y la que arrebata.
La que acoge y la que reclama. Yemayá.
  • Yara Adeyemi, ọmọ mi, kaabọ si okun - habló el mar, cada palabra vibrando en el pecho de la joven, llenándola de un calor que nada en el mundo podía apagar.
Yara, sobrecogida, no pudo contenerse. En un impulso reverente, se arrodilló sobre el lecho marino, bajando la cabeza con humildad y respeto, como si cada músculo de su cuerpo comprendiera la grandeza de aquel instante. Su voz, temblorosa pero firme, respondió en la lengua de sus ancestros.
  • Yemayá, iya okun, iranṣẹ́ rẹ́ tootọ́ n fi ìbá ṣe - la reverencia acompasaba su respiración y cada movimiento.
El agua pareció detenerse un instante a su alrededor. Cada corriente, cada destello de luz, cada burbuja contenía un silencio sagrado. La madre del mar descendió un poco más, acercando su mano luminosa hacia Yara, y en ese contacto, la joven sintió que todo su ser se alineaba con la esencia del océano: fuerza, calma y eternidad entrelazadas. Yara sintió la cercanía de Yemayá como un abrazo de agua y luz; por un instante creyó haberse fundido con la diosa, como si su propio cuerpo y alma se disolvieran en aquel ser que era mar, vida y tormenta a la vez. La corriente rozó su barbilla, obligándola a alzar la vista, y entonces la vio.

Desde los pies, firmes y resplandecientes como columnas de coral vivo, hasta la cabeza coronada por cabellos que ondulaban como algas iluminadas por la luz del sol filtrándose en lo profundo, Yemayá se mostraba en toda su majestad. Su piel brillaba como la superficie del océano al amanecer, reflejando matices de azul y verde que cambiaban con cada giro de su cuerpo. Sus manos, largas y elegantes, irradiaban calma y poder, capaces de acariciar o de arrasar con un gesto.

Yara elevó la mirada y los encontró, sus ojos. Bondadosos y profundos, como aguas tranquilas que acarician la arena, pero al mismo tiempo llenos de furia y tempestad, de una intensidad que podía arrastrarlo todo sin piedad. La sonrisa de Yemayá se desplegó, cálida y maternal, pero también cruel y despiadada, capaz de enseñar lecciones y de destruirlo todo con una caricia que llevaba el peso de océanos enteros. Con un movimiento suave pero cargado de fuerza descomunal, la diosa ayudó a Yara a ponerse en pie. Yara notó ese poder, un peso que podría aplastar montañas, pero también la ternura de quien protege y da vida. Allí, en medio del azul inmenso, se quedaron frente a frente. Hija ante madre. Humana frente a diosa.

Entonces, percibió la esencia pura del mar concentrada en aquel ser: la dualidad perfecta, amable y cruel, fiel y traidora, vibrante y cambiante, imposible de comprender por completo. Un abismo de vida y muerte, de calma y tormenta, que lo era todo y nada a la vez, y en ese instante supo que frente a ella estaba la totalidad de lo que significa existir en equilibrio con lo sublime y lo indómito.
  • ¿Es esta la primera prueba? - preguntó la yoruba, con un hilo de voz tembloroso.
  • ¿Prueba? - respondió Yemayá, esbozando una sonrisa ambigua - ¿Por qué dices eso?
  • Vihaan, Grace… mis amigos, mi familia… me dijeron que el Templo te pone a prueba, que exige demostrar si eres digno de su poder.
Yemayá rió. Y su risa, antigua como el primer océano, alteró las corrientes. Todo reaccionó a aquel gesto mínimo: bancos de peces cambiaron de rumbo hacia aguas más cálidas; criaturas errantes se perdieron en rutas que jamás volverían a encontrar. Muy arriba, en la piel del mundo, el mar se alzó en muros de agua y espuma que engulleron navíos enteros. Su poder era inconmensurable, tan vasto que ni la propia diosa parecía medirlo del todo.
  • No hay pruebas para ti, hija mía - dijo al fin, clavando en Yara una mirada que pesaba como el fondo del océano - No eres la primera que viene en busca del abrazo de su madre. Muchos lo intentaron antes que tú y muchos fracasaron. Tú eres una más entre ellos… y, sin embargo, hay algo distinto en ti. Algo que te hace especial.
Yara se ruborizó, como una niña sorprendida por el orgullo de una madre severa. Una madre que exige, que observa en silencio, pero que sabe reconocer - con amor y firmeza - cuando su hija ha alcanzado lo que parecía imposible.
  • Reconozco tu voz, Yara… - continuó Yemayá - No es la primera vez que la escucho. Ya me llamaste antes. Muchas veces, en realidad. Y al final, dada tu insistencia, no me quedó más remedio que acudir. ¿Recuerdas aquel faro perdido en mitad de la nada? Cuando me llamaste ante el peligro de la maldad que habita en mi inmenso reino… ¿Sabes que ninguno de tus hermanos, jamás, había hecho algo semejante?
  • ¿A qué te refieres? - susurró Yara - ¿Hacer qué?
  • Nadie había logrado llamarme sin que yo lo permitiera. Pero tú… - la Diosa sonrió con un orgullo feroz - Tu voz es pura, hija mía. La más pura que haya escuchado jamás.
La diosa dio un paso más cerca, y el agua y todo lo que habita en ella, pareció inclinarse ante su presencia.
  • Sé quién eres, Yara Adeyemi. Sé quién fue tu madre, y la madre de tu madre, y todos los hombres y mujeres que caminaron antes que ellas. Sé que naciste en una pequeña isla rodeada por mi infinito poder. Sé que tuviste que dejarla atrás, con el corazón roto y el alma hecha trizas. Sé que has perdido a lo que más amabas, una y otra vez… Sé que tu vida ha sido una prueba constante, desde el instante en que respiraste por primera vez… hasta el momento en que moriste. Y lo seguirá siendo - añadió con severidad - ahora que has renacido.
Yemayá acarició su cabello. No había límites en aquel gesto: era amor sin fronteras, un orgullo tan vasto y profundo que dolía en el alma.
  • Así que… ¡Dime! ¿Qué prueba podría ponerte, entonces? - preguntó la diosa - Desde que tu madre se abrió de piernas y llegaste a este mundo entre sangre y gritos, no has dejado de demostrarme que eres digna del poder del mar.
Sus ojos se endurecieron, no por crueldad, sino por una verdad absoluta.
  • Por eso jamás debes arrodillarte. Ni siquiera ante mí. Tú eres el mar, hija mía. Eres mi viva imagen. Eres mi elegida. La portadora de mi voluntad. No lo olvides jamás.
Yara bajó la cabeza, dejando que sus cabellos bailaran con el agua que la rodeaba. Sus lágrimas se mezclaron con el mar, y su voz temblorosa se elevó apenas sobre el rumor de las corrientes.
  • Tengo miedo, madre… - susurró - No sé si podré hacer el bien con el poder que me has dado…
Yemayá se inclinó ligeramente, dejando que el agua vibrara con su presencia, y habló con la voz que contenía siglos de océanos y tormentas.
  • Hija mía - dijo, pausadamente, mientras cada palabra parecía recorrer la vastedad del mar - no existe bien ni mal en el océano. El mar no juzga. No recompensa ni castiga. Solo es. Tan profundo como la calma, tan implacable como la tormenta. A veces sostiene, a veces arrastra, a veces da vida y otras veces la arrebata. Esa es su esencia: pura dualidad, eterna, indivisible.
Yara alzó un poco la cabeza, intentando comprender, y Yemayá continuó.
  • Tu poder no es para hacer el bien o el mal. Es para vivir, para actuar, para sentir. Tú decidirás cómo navegarlo, cómo abrazar tu fuerza, pero nunca olvides esto: la esencia de todo lo que tocas, como el mar, es infinita, imprevisible y necesaria. No hay error que no pueda ser enseñanza, no hay decisión que no forme parte de la corriente. Fluye, adáptate, cambia tu forma a voluntad. Eres una superviviente, hija. Ese es tu camino, ese ha sido siempre tu corriente. Nada puede detener a quien sabe adaptarse a cualquier dificultad. Debes dejar atrás las ataduras y empezar a bailar, a sentir el flujo del agua en tu interior y seguirlo sin preguntarte donde te llevará. Cuando aceptes esa gran verdad, nada podrá detenerte.
La diosa la observó fijamente, y un fulgor azul profundo iluminó su rostro y el horizonte a su alrededor.
  • Yo te reconozco, Yara Adeyemi - dijo con un orgullo que resonaba en cada ola - Como a mi hija. Como a la portadora de mi voluntad. No porque seas perfecta, sino porque sabes adaptarte a cualquier situación. Porque eres pura como el agua que brota de los manantiales, porqué eres fuerte como las olas en alta mar y acogedora como el fluir de un riachuelo. Eres tú, y solo tú, quien debe portar mi poder, porque eres mía. Así que no bajes nunca más la cabeza… Vive como el océano, pues eres impredecible, poderosa y hermosa en tu totalidad.
Yara sintió cómo las lágrimas que aún surcaban sus mejillas se transformaban en un fuego tranquilo dentro de su pecho. Por primera vez comprendió que no temía al poder, sino a la responsabilidad de abrazar su naturaleza, en toda su complejidad. Y en ese instante, entre la inmensidad azul y la mirada maternal de Yemayá, se sintió completamente viva, hija del mar y del mundo, lista para surcar su destino. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia ella y la abrazó. La Diosa no pudo contener la sorpresa al sentir aquel agarre. Por primera vez en su existencia eterna, alguien había logrado contenerla. Por primera vez, percibió límites, y no pudo más que sonreír. Se fundieron en aquel abrazo, bajo la inmensidad de las profundidades, carne y esencia entrelazadas, con un amor tan puro y sobrecogedor que ningún poeta habría sido capaz de narrarlo en toda su magnitud. La concha, apretada entre ellas, estalló con furia, y una corriente descomunal las separó de golpe. Una fuerza inmensa alzó a Yara hacia la superficie, tan veloz que ni Sombragrís habría podido igualarla.

Grace, sentada frente al lago, esperaba impaciente el regreso de su hermana. Rebuscaba entre las piedras planas del suelo, las examinaba y las lanzaba contra el agua, observando cómo rebotaban hasta desaparecer. Tomó otra piedra, la sostuvo con cuidado, y al intentar lanzarla, se le escapó de las manos. Su boca quedó abierta, los ojos enormes como platos, la respiración contenida, mientras contemplaba cómo Yara emergía del lago con la majestuosidad de una diosa que había regresado al reino de los mortales.

El agua explotó a su alrededor como un cañón liberando su furia. Yara emergió del lago con una fuerza que desafiaba toda lógica, y al caer no se hundió al tocar la superficie; sus pies se apoyaron sobre el agua como si el lago mismo la acogiera, firme y obediente. Cada gota que caía de su cabello y su ropa parecía electrizar el aire, chisporroteando con un brillo que la hacía parecer una criatura nacida de leyendas.

Sus ojos, antes oscuros y vivaces, eran ahora azules y profundos como la misma eternidad marina, destellaban con un fulgor nacido de las profundidades, reflejando la inmensidad del poder que ahora portaba. La brisa del aire, los reflejos del sol sobre el lago, incluso los pequeños remolinos que dejaban sus pasos flotando, parecían rendirse ante ella.

Yara había vuelto, sí. Pero no estaba sola: traía consigo la esencia del océano, su fuerza indomable y salvaje, su inmensidad y su caos impredecible. Era la manifestación del poder más absoluto y posiblemente, el más poderoso de los cuatro elementos, un poder que no se medía en armas, en hechizos o en fuerza física: era el poder del mar, infinito, imprevisible y eterno, y ahora fluía a través de ella, transformándola en un vínculo viviente entre la humanidad y la vasta e imparable naturaleza.

Cada movimiento suyo resonaba con la fuerza de olas gigantes y corrientes que rompían barreras invisibles. Su presencia era majestuosa, y aunque todos permanecieran a distancia, observándola con profundo respeto y cierto temor, no podían apartar la vista. Sabían, sin necesidad de palabras, que la hija del mar había vuelto, y con ella, algo que ningún hombre o dios podría contener jamás.

Yara había muerto y había renacido.
La bailarina del agua, la llamarían.
Y su voluntad sería acatada sin presentar resistencia.
Pues su poder, no conocía límites.

Continuará…
 
Capítulo 101 - Una leyenda se hace real: La Furiosa, el Susurrador y la Bailarina

A veces hay momentos en los que las palabras no sirven para nada.
A veces existen situaciones en las que la voz no puede alzarse.
A veces hay emociones que no encuentran forma ni nombre.

Tal era la pureza del amor que sentían los unos por los otros que no supieron que decirse cuando Yara volvió con vida del Templo del Agua. Y es que, en ocasiones - y solo en ocasiones muy concretas - un gesto vale más que mil palabras.

Cuando Yara pisó tierra firme, el aura que parecía envolverla descendió de intensidad, como si el propio lago hubiese decidido retirarse un paso atrás. Y, sin pensarlo, todos se acercaron a ella, con urgencia, desatados. La rodearon sin pedir permiso. La abrazaron con toda la fuerza de sus brazos. El silencio solo fue interrumpido por el viento, aunque no nacía de las corrientes del mundo, sino del galope lejano de los Qìkōng Mǎ, surcando la vasta planicie como si nada pudiera escapar a sus patas veloces e imparables.

En aquel abrazo habitó algo que trascendía cualquier lenguaje. Yara había vuelto. Distinta. Transformada en algo que ninguno de ellos podía comprender del todo. Y, aun así, era ella: su cuerpo, su aroma, su calor. Solo una cosa había cambiado. Algo que se ocultaba bajo su piel humana. En aquella belleza indómita latía ahora el mismo poder del mar. Y todos lo sintieron al tenerla cerca, como una marea silenciosa que los envolvía. Entre lágrimas y calor compartido, Yara pidió permiso para respirar. La estaban ahogando de tanto amor.

Tardaron un rato en separarse, entre risas nerviosas y lágrimas borradas con dedos temblorosos. Entonces, un sonido rompió la calma de aquel paraje inhóspito y perdido en mitad de la nada: el estómago de la yoruba rugió con un hambre profunda, casi abismal. La respuesta fue inmediata. Todos los estómagos rugieron, como si hablaran entre ellos. Como si sus cuerpos se entendieran sin palabras, todos sintieron el mismo vacío y decidieron partir en busca de alimento. Pero esta vez no estaba la voz de Wong, calmada y risueña, para indicarles un lugar seguro dónde dirigirse y reponer fuerzas. Tuvo que ser Diego quien se dirigiera al señor de todos los caballos y le preguntase en silencio, hacía donde debían ir.

Sombragrís lo escuchó con atención. No respondió, pues el viento nunca lo hace. Las preguntas se lanzan, y se reza porque sean escuchadas, pero jamás vuelven. El Rey del Viento, alzó la cabeza, inquieto, los ojos abiertos hacia un punto indefinido que solo él parecía recordar. Su cuerpo se tensó, como si una memoria antigua hubiese despertado bajo su piel. El horizonte no era desconocido para el Señor de los Caballos, pues el viento ha surcado todos los caminos, conoce todas las rutas, donde hay peligro y donde hay seguridad. Donde su paso es ligero y donde encuentra obstáculos.

No hicieron más preguntas. Montaron de nuevo y, antes de que pudieran siquiera pensarlo, el mundo volvió a plegarse bajo sus cascos. El viento los devoró… y el destino los aguardaba ya al final de la carrera. En menos que canta un gallo, en menos que un recién nacido llora buscando el pecho de su madre, en menos que un verdugo deja caer el hacha para segar una vida, habían llegado a su destino.
  • Si hubiéramos conocido antes, a semejantes aliados - sonrió Grace al desmontar - ya haría tiempo que habríamos alcanzado nuestro destino.
Bhagirath desmontó a su lado, el bigote imposible curvándose bajo una sonrisa serena.
  • No es importante el final del camino, señorita Grace - respondió con calma - sino todo lo que ocurre mientras se cruza.
Grace se llevó ambas manos al corazón con teatralidad, esbozando la sonrisa burlona que la caracterizaba. Fingió que había sido atravesada por una flecha de Cupido, mientras Vihaan, que no pudo evitar reír al verla, se acercó al hindú y le dio un par de palmadas en la espalda, con afecto sincero.
  • Qué pena que el mundo se haya perdido a tan gran poeta, viejo amigo.
Yrsa se acercó entonces, ruda y orgullosa como siempre, los brazos cruzados sobre el pecho.
  • Quizá mundo perder poeta… - dijo con una media sonrisa - pero nosotros ganar gran guerrero. Y yo, mejor amante…
Las risas estallaron entre ellos, francas y necesarias, mientras dejaban a los caballos correr libres por los márgenes del camino. El viento jugaba con sus crines como si también quisiera reír. Diego se adelantó unos pasos, sosteniendo el Mulakaboko con naturalidad, como quien lleva una extensión de sí mismo. Su mirada se perdió en la aldea que se abría ante ellos.

Un enjambre de casas bajas de adobe y madera oscura, tejados cargados de historia y polvo, callejones estrechos que parecían retorcerse unos sobre otros. El aire olía a humo, a grasa caliente y a tierra húmeda. Era una encrucijada viva, nerviosa, donde convergían rutas, ambiciones y odios antiguos. Mongoles, tibetanos, chinos… demasiadas banderas reclamando el mismo suelo. Demasiadas manos extranjeras - las de la Compañía de las Indias Orientales entre ellas - moviendo hilos en la sombra. Y aunque no pudieran verlos, sabían a ciencia cierta, que la sombra de la nueva cabeza del Dragón, seguía vigilándolos en silencio.
  • Comamos algo y marchémonos de aquí - murmuró Diego sin apartar la vista del pueblo - No es prudente quedarnos más de lo necesario.
  • ¿Y si nos alejamos un poco y cazamos algo? - propuso Aibori - Será más seguro que adentrarnos en ese avispero.
Yara respondió con un bufido cargado de hastío, casi un gruñido animal.
  • Estoy harta de comer caza, hermana - dijo, cruzándose de brazos - Harta de carne dura, de fuego improvisado y de masticar siempre lo mismo.
Alzó la vista, como si pudiera ver más allá de las paredes de los establecimientos, y una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.
  • Quiero fideos calentitos - continuó - De esos largos y suaves, nadando en una sopa espesa que te abrace el pecho. Quiero caldo hirviendo con jengibre y especias, cebollas tiernas, trozos de carne que se deshagan sin luchar… Quiero salsas oscuras y brillantes, aceitosas, que te manchen los dedos y te obliguen a lamerlos sin vergüenza. Y cerveza - añadió, cerrando los ojos - Fría. Tan fría que te queme la garganta al bajar.
El efecto fue inmediato. Uno a uno, todos se llevaron las manos al estómago. Bhagirath tragó saliva con descaro. Vihaan frunció el ceño, como si estuviera librando una batalla interna entre el hambre y la prudencia. Grace notó cómo su boca se llenaba de saliva sin permiso. Incluso Diego apretó los labios, traicionado por un leve gruñido de su propio vientre.
  • Maldita seas… - rió Aibori - ahora sí que tengo hambre de verdad.
Yara abrió los ojos y sonrió, satisfecha, como quien ha ganado una guerra sin desenvainar la espada.
  • ¡Pues no perdamos tiempo! - dijo encogiéndose de hombros - Morir por un plato decente sería una forma digna de hacerlo.
Diego la miró de reojo, resignado.
  • Entramos, comemos… y salimos - sentenció - Rápido y sin llamar la atención más de lo necesario.
Pero incluso mientras lo decía, supo que iba a ser imposible.

Se internaron en la aldea con paso firme. Al instante, Vihaan lo sintió: la tierra no estaba en calma. No era una sensación física, sino algo más profundo, una vibración incómoda bajo la piel, como si el suelo mismo desconfiara de quien lo pisaba. Vestían como campesinos chinos, telas sencillas, colores apagados, cabezas cubiertas por sombreros de paja. Pero aun así, el disfraz no bastaba. Las miradas se alzaban a su paso. Susurros apagados llenos de desconfianza y preguntas insolentes.

Y es que, por muchos disfraces que llevasen puestos, era imposible pasar desapercibidos.

Una vikinga que rozaba los dos metros, ancha como un roble y con tatuajes que hablaban de dioses lejanos. Dos hombres de piel morena, rasgos del sur, ajenos a aquellas tierras. Una inglesa de cabellos rojizos imposibles de ocultar del todo. Una mujer de piel tostada por el sol, con el mar aún latiéndole en los ojos. Un español de mirada audaz, demasiado viva para pasar desapercibida. Y una amazona de porte salvaje, con una presencia que hacía retroceder a los más valientes.

Las conversaciones se apagaban cuando pasaban. Los mercaderes dejaban de gritar sus precios. Alguna puerta se cerraba con demasiada prisa. Un niño tiraba de la manga de su madre, señalándolos con los ojos muy abiertos.
  • No les gustamos - murmuró Grace.
  • Eso parece… - asintió Diego - Y aquí, cuando no gustas, no te ignoran. Te miden.
Aceleraron el paso hacia una taberna de fachada desgastada, con un cartel de madera que había visto demasiados inviernos. El murmullo creció a sus espaldas.
  • Comed rápido - advirtió Diego en voz baja mientras cruzaban el umbral - Esta tierra está en disputa… y nosotros no somos bienvenidos en ninguna de las versiones de la historia.
La puerta se cerró tras ellos. Y fuera, en las calles de aquel poblado a las afueras de Xining, la tensión siguió creciendo, paciente, como una tormenta que aún no ha decidido cuándo descargar. Al cruzar el umbral, el olor los golpeó antes que cualquier palabra: caldo hirviendo, grasa caliente, especias tostadas y humo viejo incrustado en las vigas. El local era bajo, de techos ahumados y paredes de madera oscurecida por los años. Farolillos de papel colgaban torcidos, lanzando una luz amarillenta que hacía brillar los cuencos de cerámica y las mesas pegajosas de tanto uso. El murmullo de los comensales se apagó al instante. No del todo, pero sí lo suficiente como para notarlo.

Una mujer asiática joven se acercó a ellos casi corriendo. Tenía el delantal manchado, el cabello recogido de cualquier manera y una sonrisa nerviosa, automática, de esas que se aprenden para sobrevivir. Habló rápido, en chino, inclinando la cabeza varias veces, las manos juntas en un gesto servicial. Al no obtener respuesta, parpadeó, confundida, y su sonrisa vaciló. Miró por encima del hombro y alzó la voz.

Desde el fondo apareció otra mujer. Mayor. Más rígida. El cabello gris tirante, los ojos atentos como cuchillas. No sonreía. Nunca lo hacía, se notaba. Se acercó despacio, evaluándolos uno a uno: la altura de Yrsa, la piel de los hindúes, el cabello rojizo de Grace, la mirada afilada de Diego. Cuando habló, lo hizo en un inglés tosco, roto, como una piedra golpeando otra.
  • Sentarse. Aquí.
Los condujo hasta una mesa larga, arrimada a la pared. Las sillas crujieron al moverse. Al sentarse, la mujer apoyó las manos sobre la madera y los miró sin parpadear.
  • ¿Comer? ¿Beber?
Yara no esperó ni un segundo.
  • Mucha comida - dijo, clara y decidida - Y cuando digo mucha, es mucha. Y cerveza, también. Toda la que tengas.
La mujer frunció el ceño un instante, calculando.
  • Solo vino de arroz - respondió al fin.
Los ojos de Yara se iluminaron como si le hubieran ofrecido un tesoro.
  • ¡Pues mucho mejor! - exclamó, dando palmas sin poder contenerse - ¡Que corra como el agua! ¡Venga!
La mujer mayor asintió una sola vez y se marchó sin decir nada más. Y los platos comenzaron a llegar en oleadas: cuencos rebosantes de fideos, sopas espesas humeando, bandejas de verduras salteadas, carne oscura bañada en salsas brillantes, panecillos al vapor que quemaban los dedos. Jarras de vino se alinearon como soldados sobre la mesa. Entonces, desapareció cualquier rastro de civilización. Comieron como brutos, como náufragos rescatados demasiado tarde. No por falta de modales, que también, sino porque el hambre era una bestia que no entiende de normas. Manos que se cruzaban, cuencos vaciados en segundos, bocados demasiado grandes, sorbos largos que terminaban en suspiros casi obscenos. Yrsa devoraba como si cada plato fuera el último combate de su vida. Bhagirath cerraba los ojos al probar el caldo, murmurando algo parecido a una oración entre la fe y el sexo. Grace reía entre mordisco y mordisco, con la boca manchada de salsa. Yara… Yara parecía haber encontrado la paz.

Diego, sin embargo, no. Comía despacio, más por prudencia que por hambre. Cada bocado iba acompañado de una mirada de reojo. Observaba las miradas furtivas, los silencios demasiado largos, los cuchicheos que nacían y morían en las mesas cercanas. Sabía que eran el centro de atención. Lo sentía en la piel, en esa presión incómoda entre los hombros. Allí dentro, rodeados de calor y comida, no dejaban de ser extraños. Y en Xining, eso nunca era buena señal.
  • Esto no llenar - gruñó Yrsa con la boca llena, señalando el cuenco de los panecillos - No ser comida. Estar vacío por dentro… solo aire.
  • Eso es porque no has probado la ternera - replicó Yara, chupándose los dedos sin el menor pudor - Acércaselo Vihaan, haz el favor…
Vihaan dejó de sorber la sopa y le acercó la bandeja llena de carne en salsa a la Vikinga. Yara se incorporó sobre la mesa para asegurarse de que volviera de vuelta.
  • Juro por Yemayá que podría conquistar el mundo, solo por esta bandeja de carne y una jarra más de sake.
  • ¿Solo una? - Grace alzó su copa - Hermana, estás hablando solo del aperitivo.
Las copas chocaron con un golpe seco. El líquido turbio salpicó la mesa.
  • Si mi madre me viera ahora… - murmuró Vihaan, soplando sobre los fideos antes de atacarlos - Diría que he perdido toda la dignidad.
  • Su madre estaría orgullosa, señor - dijo Bhagirath, sin apartar la vista de su plato - Un hombre que come bien es una hombre que sobrevive.
  • Y uno que bebe… - añadió Aibori, con las mejillas sonrojadas - es invencible.
Grace rió, alzó la copa de nuevo y bebió largo. Mientras Yrsa intentaba sostener con gran dificultad un trozo de carne con los palillos. Sin paciencia alguna, los tiró sobre la mesa y empezó a comer con las manos, la satisfacción se reflejó en su rostro al instante.
  • Esto si ser comida - dijo masticando torpemente - Estar muy rico, Yara… Muy rico.
  • Brindemos entonces - propuso Bhagirath, levantando su copa con solemnidad exagerada - Por seguir vivos un día más. Y por que la comida no este envenenada.
  • ¡Eh! - protestó Yara - No invoques desgracias con la boca llena.
  • Demasiado tarde - intervino Aibori - Aunque da igual… Si morimos, al menos será bien comidos. Hay finales peores.
Yrsa soltó una carcajada grave, golpeando la mesa con el puño.
  • Yo morir feliz. Pan caliente. Carne sabrosa. Bebida sin fin y buena compañía - miró a Bhagirath de reojo - Y lo mejor estar por llegar… ¿Verdad Bhaghi? Tú decir que postres ser lo mejor…
El hindú casi se atragantó. Sintiendo su mano grande y poderosa por debajo de la mesa.
  • ¡Yrsa! Por favor…
  • ¿Qué? - dijo encogiendo los hombros - Decir verdad no ser insulto.
Las risas estallaron alrededor de la mesa. Incluso Diego dejó escapar una sonrisa breve antes de volver a vigilar el local.
  • Por cierto - dijo Yara, limpiándose la boca con el dorso de la mano - Cuando salgamos de aquí, si alguien propone volver a comer raíces o carne seca, lo arrojo al rio de una patada en el trasero.
  • ¿Eso incluye a Aibori? - apuntó Grace, señalándola con la cabeza.
  • Especialmente ella… - confirmó Yara - ¡Harta me tiene de jabalí y zanahorias silvestres!
  • Anotado queda - respondió la amazona divertida - Pero cuando tengamos a medio pueblo detrás, recordad quién dijo que no debíamos entrar.
  • No pensemos en el futuro… - replicó Vihaan, sirviéndose más sopa - Ahora mismo, que nos busquen si quieren, pues nada evitara que nos encuentren con el estómago lleno.
Bhagirath asintió, ebrio hasta decir basta, aunque intentaba mantener la compostura. Y lo consiguió hasta que los palillos resbalaron de su mano y se manchó las ropas con la salsa. Yrsa lo señaló, triunfal.
  • Poeta caído en combate - rió a carcajadas.
  • ¡Maldita sea! - protestó él, limpiándose con rapidez - Me he puesto perdido. No hay Dios que pueda sacar esta mancha…
Las copas volvieron a chocar. Las risas subieron de volumen. Durante unos instantes, entre humo, comida y bebida, el mundo exterior dejó de existir. Aunque no por mucho tiempo.

La puerta de la taberna se abrió de golpe, como si el propio mundo hubiese sido empujado a un lado para dejarles paso. Entró primero un capitán, llevando el sello de la Compañía de las Indias Orientales en el pecho. Alto, recto, la barbilla alzada con la seguridad de quien no pide permiso porque nunca lo ha necesitado. Vestía telas caras, demasiado limpias para aquel lugar, y llevaba la espada más como símbolo que como arma. Tras él, seis hombres lo siguieron escoltándolo, botas firmes, miradas frías, armados hasta los dientes, ocupando el espacio con la naturalidad de quien cree que todo lo que le rodea es una extensión de su propiedad. La tabernera nerviosa que atendía a los comensales, apenas tuvo tiempo de reaccionar. No llegó ni a abrir la boca cuando el capitán ya había elegido mesa. No pidió, no preguntó. Se sentó. Los demás hicieron lo mismo a su alrededor, empujando bancos, ocupando sitio, adueñándose del lugar con su sola presencia. Uno de ellos chasqueó los dedos, exigiendo bebida como quien reclama tributo.

El murmullo del local se apagó poco a poco. Diego alzó apenas la cabeza. Un leve gesto con el mentón bastó para señalar a los recién llegados. Y al instante, las emociones alrededor de la mesa cambiaron de golpe. Las risas se extinguieron como brasas ahogadas. Las copas dejaron de chocar. Las voces se apagaron hasta convertirse en susurros que ni siquiera llegaron a nacer. Siguieron comiendo, sí, pero ya no con hambre alegre, sino con esa disciplina tensa que precede a la tormenta. Cada bocado pesaba. Cada trago sabía más amargo. Grace bajó la mirada al cuenco, la mandíbula firme. Yara dejó la copa sobre la mesa sin intención de volver a beber. Yrsa tensó los hombros, conteniéndose como una bestia encadenada. Aibori masticaba despacio, los ojos atentos. Bhagirath parecía rezar en silencio. Vihaan, inmóvil, escuchaba el local como quien mide el pulso de un animal herido. A su espalda, el enemigo reía. Risas altas, confiadas, cargadas de desprecio. Hombres que no miraban alrededor porque nunca habían tenido que hacerlo.

La felicidad había retrocedido. La ligereza se había evaporado. Solo quedaba ese peso incómodo, espeso, de compartir espacio con aquellos que traían consigo la corrupción, la codicia y la certeza de que, en aquella tierra disputada, nadie estaba realmente a salvo.

Intentaron pasar desapercibidos, pero era inútil. Aunque comieran en silencio, aunque fingieran no ser quienes eran, su mera existencia bastaba para delatarlos. Fue uno de los soldados quien, sin decir palabra, inclinó apenas la cabeza y señaló a los extraños que comían a su espalda. El capitán siguió el gesto. Se giró despacio, con la parsimonia de quien sabe que el tiempo le pertenece. Su aliento, cargado de alcohol, parecía precederlo. Los observó uno a uno, sin pudor, con la mirada fría y calculadora de quien evalúa ganado antes de la venta. Y entonces se encontró con los ojos de Grace. El cruce fue breve, apenas un latido, pero suficiente. En aquel instante no hubo dudas ni máscaras: se reconocieron como enemigos. No por palabras, ni por banderas, sino por instinto. Grace se levantó con calma, demasiado controlada para ser natural. Se caló el sombrero de paja, bajándolo lo justo para ocultar parte del rostro, y habló sin girarse, en un susurro que no admitía réplica.
  • Voy a pagar y nos vamos…
Todos asintieron de inmediato. Las cucharas se movieron con prisa contenida, las sopas desaparecieron a tragos rápidos, la carne se masticó sin saborearla. Yara, práctica incluso en la tensión, deslizó varios panecillos en los bolsillos de su ropa, como si el cuerpo recordara viejas costumbres de supervivencia. Grace avanzó hacia la cocina, donde justo en frente había un pequeño mostrador donde las dos camareras cobraban las facturas. Pasó junto a la mesa de los soldados con la mirada fija al frente, la espalda recta, el paso firme. Estaba a solo un paso de dejarla atrás cuando ocurrió. Una mano se cerró alrededor de su muñeca. No fue violenta. No fue brusca. Fue segura. Como si aquel hombre estuviera convencido de que tenía derecho a tocarla.
  • ¿No te había visto antes, mujer? - preguntó el capitán, sin soltarla.
  • No lo creo, señor…
Grace se contuvo. Bajo su piel ardía un fuego capaz de reducirlo todo a cenizas, pero recordó las enseñanzas del Templo: a veces, el fuego debe aprender a recogerse antes de arrasar el mundo. Desde la mesa, sus compañeros la observaban con una atención tensa y medida; una mano seguía comiendo, la otra permanecía oculta bajo la madera, cerca de las armas. Bastaba un segundo. Una palabra mal dicha. Un gesto demasiado rápido. Y la taberna entera se convertiría en un matadero.
  • Tu rostro me es familiar… - insistió él, entornando los ojos - Estoy seguro de haberte visto en algún lugar.
  • Se confunde señor, solo soy una humilde campesina. Nada más.
Grace intentó avanzar, pero la mano se cerró con mayor firmeza alrededor de su muñeca. Aquel tirón bastó para que un mechón rebelde escapara del recogido y se deslizara bajo el ala del sombrero de paja.
  • Cabellos de fuego… - murmuró un soldado tenso, sin apartar la mirada.
El ceño del capitán se frunció al instante, como si una sospecha antigua acabara de ser revelada. ¿Y si era ella en realidad? ¿Y si era la mujer que su rostro salía en todos los carteles de ‘Se Busca? Aquella por la que pagaban una fortuna en oro, aquella que valía el doble muerta que viva. Entonces se incorporó del taburete con lentitud calculada.
  • ¿Por qué no te quitas ese sombrero, pirata? - dijo, su voz ya no fingía sospecha - Déjame ver tu rostro… Capitana Grace O’Malley.
El nombre cayó sobre la taberna como una blasfemia pronunciada en un templo.
No fueron solo palabras: fue un presagio. Las conversaciones murieron al instante. Las risas quedaron suspendidas en el aire, los cuencos temblaron entre manos sudorosas. Incluso el fuego de los fogones pareció encogerse, como si hubiera escuchado algo que no debía. ¿Era ella de verdad? ¿La autentica Grace O’Malley? ¿Aquella que llamaban la Furiosa? ¿La mujer que había desafiado a reyes y ahogado flotas enteras con la furia de sus cañones? ¿La capitana más temida de los siete mares? ¿Aquella que - decían - había sellado un pacto con el mismísimo diablo para no arrodillarse jamás ante ningún hombre ni dios?

La tensión era un hilo tenso a punto de romperse y solo bastó pronunciar un nombre.

Un nombre que no se decía en voz alta sin invocar desgracia. Un nombre que traía tormentas al pronunciarlo. Todos en aquella maldita taberna se giraron hacia ella. Grace lo hizo entonces. Se volvió despacio, con una calma que solo poseen los depredadores cuando ya han decidido. El sombrero seguía ocultando su rostro, pero sus labios quedaban al descubierto. En ellos no había miedo. Había desafío. Había una furia antigua, contenida a duras penas, como lava a punto de romper la roca que la aprisiona. Cuando habló, fue en un susurro. Uno de esos susurros que no buscan ser oídos, sino obedecidos. Una advertencia que el capitán tomó como desafío.
  • Estamos de paso - dijo con una calma funesta - Déjanos ir y sigue tu camino…
Se detuvo un instante. Lo justo para que cada palabra encontrara su sitio, lo justo para que el aire se volviera denso, irrespirable.
  • Haz como si no me hubieras visto, pues no es necesario que nadie salga herido…
  • ¿Cómo has dicho? - escupió el capitán, y la rabia le trepó por el cuello inflamando sus venas.
Entonces Grace levantó la mano libre. El gesto fue lento. Deliberado. Cruel en su elegancia.
Sus dedos se cerraron sobre el ala del sombrero y comenzaron a alzarlo, milímetro a milímetro. Nadie respiró. Nadie se movió. Todos los ojos estaban clavados en ella, como si presenciaran un ritual prohibido, como si el mundo fuera a quebrarse en cuanto su rostro quedara al descubierto. Y lo hizo. Los ojos del capitán se encontraron con los de la Furiosa… y retrocedieron.

No eran ojos humanos, no… En su interior ardía un fuego vivo, una llama antigua y furiosa, una ira primordial que no conocía misericordia. El iris, traslúcido y fino, apenas lograba contener aquella hoguera que rugía detrás, como si su mirada fuera una puerta a un infierno lleno de horrores.
El capitán soltó un grito ahogado y apartó la mano de la muñeca de Grace de golpe. Su piel comenzó a arder al contacto, roja, ampollada, como metal recién sacado de las brasas. El dolor lo obligó a retroceder, tambaleante, con el orgullo hecho cenizas. Grace lo observó. Y en esa mirada ya no había advertencia. Había sentencia.
  • Iros ahora mismo - dijo, con una voz tan firme que parecía grabada en piedra - Si no queréis morir.
El silencio que siguió fue absoluto. Tan denso que parecía tener peso propio. Tan profundo que incluso el crujido de la madera bajo las botas sonaba como un sacrilegio. El capitán y sus hombres no se movieron de inmediato. La miraban. Todos lo hacían. Con los ojos muy abiertos, con la respiración entrecortada, con el temblor incontrolable recorriéndoles los brazos. La piel de ella aún humeaba, un hilo de vapor gris elevándose como una advertencia muda. Aquello no era normal. Aquello no era humano. Grace O’Malley no era solo una pirata. Ya no.

Las leyendas quizá no eran exageraciones de borrachos. Quizá sí había hecho un pacto sellado en la oscuridad, un juramento de sangre y fuego. Quizá era cierto… el diablo tenía nombre de mujer y ojos de llama viva. El miedo estaba allí. Omnipresente. Palpitante. Pero no era lo único. En el interior del capitán, más fuerte que el terror, creció otra cosa. Algo más joven y más ruin: La ambición. Sabía lo que significaría capturarla. Sabía lo que su nombre provocaría al ser pronunciado en los despachos de las Indias Orientales: Ascensos. Oro. Poder. La recompensa por su cabeza. La gloria de haber abatido a la Furiosa.

Y ese pensamiento, idiota y soberbio, le dio el valor que solo tienen los necios.

Con un gesto brusco, sacó el revólver. El sonido metálico fue claro. Seco. Definitivo. Sus seis hombres lo imitaron al instante, casi por reflejo. Armas alzadas. Manos sudorosas. Dientes apretados hasta crujir. El aire se llenó de pólvora antes incluso de que se disparara una sola bala.
Y entonces ocurrió. Antes de que el capitán pudiera siquiera sonreír, la mesa a su espalda respondió. Seis figuras se pusieron en pie. Precisión absoluta. Armas emergiendo como si siempre hubieran estado allí. Miradas afiladas como cuchillas. Cuerpos tensos, preparados para matar sin dudarlo un segundo. Vihaan, Diego, Yara, Yrsa, Bhagirath y Aibori. Todos en pie. Todos preparados para saltar. Ninguno respiraba.

Dos grupos enemigos.
Dos fuegos enfrentados.
Dos destinos en extremos opuestos.
Y en medio de la refriega, Grace O’Malley.

En ese mismo instante, el establecimiento quedó vacío. Los campesinos, los comerciantes, hombres y mujeres, incluso los cocineros y las dos taberneras… huyeron. Bancos volcados, cuencos rodando por el suelo, puertas abiertas de par en par. Corrieron como almas perseguidas por el demonio, tropezando, gritando, sin mirar atrás. Nadie quería estar allí cuando aquello estallara. La taberna quedó en silencio otra vez. Pero ya no era el silencio del miedo. Era el silencio que precede a la tempestad.

La noticia se propagó como una chispa en un campo seco. Primero fue un susurro, apenas un aliento tembloroso escapando de labios agrietados por el miedo. Luego, un murmullo insistente. Y finalmente, un rugido imposible de contener.
  • ¡La Furiosa está aquí!
  • ¡La Furiosa ha vuelto!
  • ¡Es ella. Es Grace O’Malley!
El nombre saltó de boca en boca, atravesó callejones, se coló por ventanas abiertas, se derramó sobre mercados y patios como un incendio desatado. Los comerciantes dejaron caer las balanzas. Los artesanos abandonaron sus bancos de trabajo. En las casas de té, las conversaciones murieron de golpe. En los templos, incluso los rezos se interrumpieron.

Algunos rieron, incrédulos.
  • Cuentos - decían con escepticismo - Leyendas de marineros borrachos.
  • La capitana Grace O’Malley murió hace años, el Dragón acabó con ella…
Pero aun así… caminaron hacia allí. Porque los mitos, cuando se pronuncian en voz alta, tienen un peso imposible de ignorar. Y aquel nombre pesaba como una maldición antigua. Las calles empezaron a llenarse. Sombras armadas emergieron de rincones olvidados. Mercenarios de fortuna, con cicatrices viejas y ojos ávidos, ajustaron correas y empuñaron armas soñando con cofres rebosantes de oro ensangrentado. La recompensa por su cabeza ardía en sus pensamientos más que la pólvora en los cañones. Llegaron soldados de la Compañía de las Indias Orientales, formales, disciplinados, con el odio aprendido y el miedo mal disimulado. Militares tibetanos observaron desde la distancia, atentos, midiendo la tensión de la tierra bajo sus pies. Guerreros mongoles, duros como el acero de sus sables, se acercaron sin prisa, evaluando si aquella mujer merecía realmente su fama. Incluso aparecieron hombres con el estandarte del Dragón, silenciosos, hieráticos, con los ojos estrechos y la mano siempre cerca del acero. Nadie quería quedarse fuera. Nadie quería perderse la verdad. La ciudad entera parecía inclinarse hacia la taberna, como si una fuerza invisible tirara de ella.

Curiosidad. Ambición. Miedo.
Deseo de gloria. Sed de sangre.
Todo convergía en un mismo punto.

Y en el centro de aquel remolino humano, dentro del local cercado por miradas afiladas y acero impaciente, Grace O’Malley aguardaba junto a su tripulación. Se contaban muchas historias sobre ellos. Demasiadas en realidad. Historias susurradas en cualquier taberna del mundo o al calor de una hoguera moribunda, cuando la noche era espesa y el miedo pedía compañía. Hablaban de la maldición que seguía a la Víbora Roja, de la tripulación de almas condenadas que navegaba junto a ella, como si el infierno mismo les hubiera marcado el rumbo.

Decían que eran hombres y mujeres empujados por una furia demoníaca, capaces de seguir luchando aun sangrando, aun con la muerte mordiéndoles los talones. Que no conocían retirada, ni súplica, ni descanso. Contaban que la voz de la capitana era el rugido de un león antiguo, un bramido que enturbiaba las mentes y arrastraba a quienes lo escuchaban a un trance violento, sediento de sangre, imposible de apagar.

Algunos juraban que una mujer que hablaba con los espíritus marchaba a su lado: una santera llegada de las Antillas, con dos pistolas bendecidas por los santos orishas, capaces de matar cuerpos y condenar almas. Otros hablaban de un hombre venido de Oriente, que albergaba en su interior el espíritu de un tigre de Bengala; decían que, cuando liberaba su poder, su fuerza era tan salvaje como incontrolable, y que ningún muro ni carne podían detenerlo.

Se decía también que una guerrera más alta que una montaña, una bestia nacida en las tierras del norte, luchaba junto a ellos. Que podía abatir a cien hombres con un solo golpe de martillo. Hablaban de un capitán maldito por brujos jamaicanos, que conversaba con los cuervos y los lanzaba a la batalla con un silbido que cortaba el aire como una cuchilla. Y, en voz más baja aún, susurraban sobre la Muerte Silenciosa: una sombra que habitaba la oscuridad, cuyo beso era la muerte y cuyo aliento traía el frío del final.

Las leyendas eran incontables.
El respeto, mezclado con terror, una certeza.

Y mientras aquellas historias se asentaban, incómodas y vivas, en la memoria de todos los que aguardaban fuera, Grace O’Malley no pensaba correr. No pensaba esconderse. El fuego que corría por sus venas ya había prendido la ciudad entera. Y ahora, como siempre, el mundo acudía a contemplarla arder… o a intentar, inútilmente, apagarla.

La calle que desembocaba en la taberna era un tumulto de carne y acero, sí, pero también un lugar detenido en el tiempo. Nadie avanzaba. Nadie retrocedía. Hombres armados hasta los dientes, mercenarios curtidos, soldados entrenados para matar sin pestañear… todos habían acudido al mismo punto, atraídos como polillas hacia una luz prohibida. Y, sin embargo, ninguno se atrevía a cruzar el umbral.

La puerta del establecimiento se alzaba ante ellos como un arco sagrado, semejante a los de los Templos antiguos: no un simple acceso, sino una frontera. Más allá de ella no había certezas, solo condena o gloria. Permanecían allí, en silencio, los nudillos blancos aferrados al acero, los corazones golpeando las costillas con violencia, los pulmones luchando por robar aire a una atmósfera cargada de presagios.

El miedo era denso. Pesaba más que las armas.
Y justo antes de que algún insensato confundiera el valor con la imprudencia… el mundo ardió.

No fue una explosión común. No fue un accidente. Fue una revelación. La taberna estalló en llamas con un rugido primigenio, como si la tierra misma hubiera abierto la boca para exhalar su ira. El fuego brotó por puertas y ventanas, devorándolo todo en un instante: madera, vigas, mesas, cristales. El aire se quebró con el estruendo. El calor golpeó como una ola sólida, arrancando gritos de gargantas que no sabían rezar. Los más cercanos cayeron de espaldas, lanzados al suelo como muñecos sin voluntad. Se arrastraron entre barro y polvo, con los ojos desorbitados, negando con la cabeza, balbuceando palabras sin sentido, incapaces de aceptar lo que estaban presenciando. Algunos gritaban. Otros buscaban amuletos con manos temblorosas, rotos por dentro.

Las llamas tocaron el cielo. No era un fuego mortal. No era un incendio cualquiera.
Era la llama de Belcebú. El aliento mismo del infierno desatado sobre la tierra.

No consumía: condenaba.
No quemaba: sentenciaba.

La luz lo arrasó todo, cegadora, absoluta, y durante un instante eterno pareció que el mundo entero iba a reducirse a cenizas. Allí, en medio de aquella calle anónima, se había manifestado algo que no pertenecía al reino de los hombres.

El Juicio Final no llegó con trompetas ni ángeles.
Llegó con fuego.

Y llevaba el nombre de la Furiosa grabado en su corazón ardiente.

Los mosquetes se alzaron al unísono cuando una silueta oscura se dibujó entre las llamas. Al principio nadie gritó. Nadie pudo. Cuando la vieron atravesar el fuego sin quemarse, sin siquiera vacilar, las gargantas solo produjeron murmullos rotos, balbuceos inestables, sonidos propios de quien contempla algo que no debería existir. El miedo no estalla siempre en los alaridos; a veces se manifiesta así, en susurros sin forma, en la negación muda de la realidad.

Era ella. No cabía duda alguna.
La Furiosa. El diablo forjado en el fuego.
La mujer cuya llama no conocía fin.

El incendio la rodeaba como si fuera parte de su cuerpo, como si el fuego la reconociera como a su dueña legítima. Pero no caminaba sola. A su lado avanzaba él: el Susurrador, el hombre de roca y barro, aquel que hablaba con la tierra y al que la tierra obedecía. Cada uno de sus pasos parecía anclar el mundo bajo sus pies. Luego surgieron los demás. Cinco figuras más, recortadas contra el resplandor infernal, igual de salvajes, igualmente monstruosos. No corrían. No se ocultaban. Avanzaban con la calma de quienes saben que ya son leyenda antes incluso de que empiece la batalla. Se detuvieron frente a la multitud. No hubo palabras. No hubo desafíos. No hubo órdenes. Solo un silencio que cortaba las respiraciones. Un silencio tan denso que dolía en los oídos. Y entonces, sin que nadie diera la señal, la pólvora prendió.

El estruendo fue brutal. Seco. Absoluto. El disparo de centenares de mosquetes desgarró el aire y lo llenó todo de humo negro. El día soleado murió en un parpadeo, devorado por una nube espesa que lo apagó todo, como si una noche antinatural hubiera caído de golpe sobre la tierra.
Durante un instante eterno, solo existieron el eco de los disparos y el olor acre de la pólvora. Y cuando el humo empezó a disiparse… vieron lo imposible por segunda vez.

Frente a ellos se alzaba un muro de piedra y raíces.
No improvisado. No frágil.
Era un baluarte nacido del suelo mismo.

Las balas estaban incrustadas en la roca, detenidas, inútiles, como dientes rotos contra una verdad inamovible. El Susurrador permanecía inmóvil tras el muro, una mano aún extendida, como si la tierra siguiera escuchando su voz. Entonces Yara dio un paso al frente. Se acercó a Grace y sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que ha tomado una decisión peligrosa.
  • Déjamelos a mí… - susurró con la mirada fija.
Grace la miró a los ojos. Y lo vio. La piel de Yara empezó a moverse, a ondular como si dejara de ser carne para convertirse en agua viva. Un azul profundo, antiguo, brotó de sus pupilas, un color que no pertenecía a este mundo, sino a las entrañas del océano. Grace no necesitó explicación alguna. Comprendió, en ese instante, que Yara no quería vencer, ni matar. Quería probarse. Quería saber hasta dónde llegaba el poder que ahora latía en su interior. Y el mar, paciente y eterno, furioso e implacable, parecía dispuesto a responder.

Los mosquetes comenzaron a recargarse con manos temblorosas. Algunos ya habían decidido huir. Se alejaban a la carrera, resbalando en el barro, empujándose unos a otros, no por cobardía, sino por instinto: el instinto antiguo que sabe reconocer cuándo la muerte ha dejado de ser una posibilidad y se ha convertido en una certeza. Los que se quedaron… lo hicieron por oro. Por la promesa de una recompensa que ya no se limitaba a la cabeza de la capitana, sino que se extendía a todos los rebeldes que luchaban a su lado. A cada una de esas almas malditas que se le había puesto un precio, y la ambición, como siempre, fue más ruidosa que el miedo.

Mientras aquellos insensatos se preparaban para presentar batalla, algo empezó a cambiar.

El muro que Vihaan había alzado comenzó a supurar. No se resquebrajó. No se derrumbó.
Empezó a llorar. El agua empezó a filtrarse entre la tierra y la piedra, a serpentear por la superficie, a surcar el suelo cuando cayó en pequeñas corrientes oscuras. Y entonces, los que habían decidido quedarse vieron lo imposible por tercera vez.

El agua se alzó. Se desprendió del suelo como si hubiera perdido todo peso, girando sobre sí misma en un remolino ingrávido, silencioso, antinatural. Poco a poco fue tomando forma, alargándose, afinándose, hasta convertirse en un cuerpo humano. El cuerpo de una mujer.
Era hermosa. De una belleza que arrancaba el aliento y helaba la sangre al mismo tiempo. Su silueta estaba hecha de mareas y corrientes, de espuma y profundidad, pero en sus ojos habitaba algo más: un azul tan hondo que parecía no tener fondo, un azul que no miraba… ahogaba.

Los mosquetes volvieron a retumbar. Esta vez no hubo muro. Las balas atravesaron su cuerpo sin resistencia, sin impacto, cruzando la figura líquida como si dispararan contra el océano. Salieron por su espalda y cayeron al suelo, inútiles, derrotadas, sin haber cumplido su propósito. Yara permaneció en pie. Bajó la mirada y contempló su propio cuerpo, hecho de agua viva, como si ella misma estuviera descubriéndose por primera vez. Luego alzó la vista y los observó y sonrió.

No fue una sonrisa amable. Fue una sonrisa tenebrosa, cruel, nacida de la certeza absoluta. Los sables se desenvainaron. Las lanzas se tensaron. Los mortales rugieron. Se lanzaron contra ella todos a la vez, furiosos, desesperados, dispuestos a matarla aunque la realidad se estuviera deshaciendo ante sus ojos.

Y la hija del mar, simplemente… empezó a bailar.

Vihaan bajó el muro con un simple susurro, apenas lo suficiente para que todos pudieran verla. La piedra obedeció como si también quisiera contemplarla. Nadie habló. Nadie respiró igual después de verla. Yara luchó sola contra cientos. Pero esta vez no había pistolas en sus manos. No hubo rugidos en su garganta. Esta vez, la yoruba no elevó plegarias al cielo, ni susurró nombres antiguos para que la protegieran. En realidad, ni luchaba. Yara fluía.

Se movía como el agua cuando decide no obedecer a nadie: impredecible, adaptable, cambiante. Cada gesto era suave, medido, hermoso. No había prisa en ella, ni rabia. Donde la furia la buscaba, ella la rechazaba… pero no con fuerza, sino con una caricia. El acero la persiguió sin descanso. Y la hija de Yemayá lo besó. Las hojas afiladas rozaban su piel líquida, y ella las recibía como quien recibe amor. Sus manos se deslizaban por los filos, por los brazos tensos que los empuñaban, por los cuerpos endurecidos por la violencia. No para herirlos. No para someterlos. Sino para desarmarlos por dentro.

Era una bailarina impecable. Sus pasos eran la danza del oleaje, ese vaivén antiguo que no conoce derrota. Su cuerpo, curvilíneo y tostado por el sol, era la marea que besa la orilla en los atardeceres imposibles, en preciosa playa un día de primavera. Cada giro era una promesa de amor eterno. Cada pausa, un suspiro robado al corazón de un amante locamente enamorado. Los hombres que se abalanzaban sobre ella empezaron a dudar. Algo nació en sus corazones ennegrecidos por la ambición. Algo que no sabían nombrar. Algo que los desarmaba más rápido que cualquier golpe. Sus ojos dejaron de ver un enemigo… y comenzaron a ver el misterio de la seducción. Sus embestidas perdieron fuerza. Los gritos se apagaron. La furia se volvió torpeza. Cada sonrisa de Yara era una grieta en su voluntad. Cada movimiento, un hechizo sin palabras. No entendían lo que sentían, pero lo sentían con una claridad dolorosa: el deseo de no hacerle daño, de detenerse, de rendirse, de amarla, de poseerla, de lanzarse entre sus piernas y entrar dentro de ella. Y uno a uno, fueron cayendo. No por muerte. No por miedo. Sino rendidos ante una belleza que no podían explicar, ni combatir, ni comprender. Y en medio del barro, del acero inútil y de los corazones vencidos, Yara siguió danzando.

Bailó como el mar…
Bailó para recordarles a los hombres… que jamás fue hecha para ser conquistada.

Continuará…
 
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Gente! no se si me dará tiempo a subir nuevo capítulo hoy. Así que os deseo felices fiestas a todos y nos leemos a la vuelta!
Un abrazo enorme!
 
Capítulo 102 - El retorno del viento: Una cabaña en mitad de la nada
  • Es todo lo que tengo - sonrió Grace con tristeza - Lo siento de corazón… espero que sea suficiente.
  • Ser suficiente, ser suficiente… - repetía la tabernera una y otra vez, inclinándose en profundas reverencias, como si cada palabra fuera una plegaria - Gracias, gracias…
Grace imitó el gesto con torpeza, forzando una amabilidad que no lograba ocultar del todo el profundo pesar que sentía dentro de su corazón. Sus ojos captaron lo inevitable: el terror desnudo en la mirada de la anciana. Cuando Vihaan se acercó, la mujer se inclinó todavía más, casi doblándose sobre sí misma, y salió a toda prisa, rozando la carrera. Se alejaba mirando atrás cada pocos pasos, como si temiera que el suelo mismo pudiera abrirse bajo sus pies o las llamas brotaran de la nada. Grace y Vihaan la siguieron con la mirada hasta que se perdió entre la gente.
  • ¿Le has dado todo el dinero? - preguntó Vihaan, con una media sonrisa cansada.
  • Es lo mínimo que puedo hacer, Vi - respondió Grace, sin apartar los ojos del tumulto que los observaba desde la distancia - Sobre todo después de quemarle su sustento.
Vihaan la miró con un amor imposible de disimular y le besó la mejilla. La rodeó con el brazo, atrayéndola hacía él. Grace suspiró, dejando que aquel gesto sencillo la sostuviera por dentro, como un ancla en medio del caos. Cada vez que sentía su contacto, notaba como su fuego interior se relajaba, convirtiéndose en hogar, calidez.
  • Es difícil de controlar, ¿verdad?
  • ¿Difícil? - corrigió ella en voz baja - Diría más bien… imposible.
  • Ya… - rió él suavemente, besándole el cabello enmarañado una y otra vez - Ya falta poco, mi amor… Un templo más y todo habrá terminado.
Grace giró apenas el rostro hacia él.
  • ¿De verdad piensas eso?
  • No sé si lo pienso… o si simplemente deseo creerlo.
No dijeron nada más. Enfrente de ellos, campesinos y mercaderes seguían observándolos con descaro. Ojos que no sabían si bajar la mirada o sostenerla. En ellos se mezclaban el respeto y el miedo, la fascinación y la desconfianza. Sabían - pues lo acababan de ver con sus propios ojos - que aquellos extranjeros no eran del todo humanos, que algo antiguo y peligroso caminaba con ellos. Grace y Vihaan permanecieron en mitad del camino, juntos, compartiendo calor, apoyándose uno en el otro como si el mundo pudiera desmoronarse en cualquier momento. El peso de lo que cargaban era inmenso, casi insoportable, y con él crecía una necesidad cada vez más urgente: terminar aquel viaje, cerrar el círculo, devolverlo todo a su orden necesario.

Cuando estaban quietos, cuando no eran arrastrados por el viento salvaje que Sombragrís y sus seis hermanos desataban, tenían tiempo para recordar. Recordar a los suyos. A su familia. A su hijo. Y en medio de la mirada ajena, del murmullo distante y del miedo que aún flotaba en el aire, ambos pensaron lo mismo, con una claridad dolorosa y hermosa a la vez: Volver a casa y disfrutar, aunque solo fuera por un instante fugaz, de la calma sencilla y sagrada del hogar. Vihaan sonrió profundamente al pensarlo, Grace sintió una tristeza profunda. Pues ella llevaba un peso más profundo que el propio destino del mundo a sus espaldas; estaba marcada por una condena, una que el mismo viento le había regalado. Y a cada instante que se acercaban a su destino, sentía la magnitud asfixiante de lo que no podía cambiarse.

Diego regresó seguido de los Qìkōng Mǎ, y en cuanto sus siluetas surgieron entre el polvo del camino que sus patas levantaban, no hizo falta decir nada. Todos montaron con rapidez, como si los caballos y los jinetes compartieran una misma urgencia primitiva: partir, dejar atrás aquel lugar antes de que el mundo volviera a romperse. Yara fue la última en subir a su montura. Fue entonces cuando ocurrió algo tan insólito como perturbador. Los mismos hombres que apenas unos instantes antes habían intentado matarla - armas en alto y rabia en los ojos - ahora la seguían como posesos, hechizados, convertidos en una procesión absurda y devota. Corrían tras ella ofreciendo bolsas de oro, provisiones, promesas atropelladas de buena ventura, juramentos torpes pronunciados con la voz quebrada. Algunos alzaban las manos como si quisieran tocarla; otros simplemente corrían mudos, con los ojos brillantes y la respiración agitada, como quien acaba de ver al amor de su vida y no sabe qué hacer con la suya después. Ella los miraba desde lo alto de Solerrante, divertida, casi enternecida. Sonreía. Y con cada sonrisa, los suspiros se multiplicaban, los corazones se aceleraban, las voluntades se rendían sin resistencia.

Grace observaba la escena con una ceja alzada, navegando entre la incredulidad y la sorpresa. Había algo profundamente ridículo en todo aquello: hombres curtidos por la guerra, mercenarios peligrosos, soldados endurecidos por la sangre y el hambre, reducidos ahora a poco más que muchachos deslumbrados por un amor imposible. Florecillas torpes mecidas por un viento que no entendían. Yara, consciente de ello, aceptaba los cumplidos con naturalidad, casi con gratitud. Palabras hermosas, promesas grandilocuentes, miradas rendidas… todo parecía resbalarle por la piel como agua cálida. Sonreía poderosa, serena, absoluta, erguida sobre Solerrante, con el porte de quien ha tocado lo eterno y ha regresado distinta.

La capitana negó despacio con la cabeza, sin poder evitar una media sonrisa. Pensó que se lo merecía.
Pues el mundo había intentado devorar a Yara una y otra vez desde que había llegado a él.
Y ahora, sin saber cómo, se hacía justicia… el mundo entero se arrodillaba ante ella.

En cuanto Sombragrís apretó el paso, los siete desaparecieron en un suspiro de polvo y viento. Donde antes había cuerpos y caballos, solo quedó el eco de su velocidad y la sensación imposible de atraparlos. Y con su partida, dejaron tras de sí algo más que un recuerdo: una huella imborrable, la marca indeleble de su existencia. La leyenda de los Qìkōng Mǎ y de sus jinetes no había hecho más que crecer; su historia sería susurrada, cantada y recordada, y aquellos que osaran enfrentarlos entenderían de golpe una verdad inquebrantable, dura como roca: no hay fuerza mortal que detenga a los elegidos de los elementos.

Solo quedaba un Templo por visitar antes de que el ciclo llegara a su fin. Su destino era Harbin, el imperio del hielo, como lo había llamado Wong. Al norte del Reino Medio, donde los mapas se rendían y la frontera del hombre cedía a la naturaleza más salvaje y brutal. Donde la tierra reclamaba todo con una fuerza primigenia.

La distancia era imposible de medir con cálculos humanos. Habrían necesitado un año entero, quizás más, para recorrerla a pie, y aun así habrían sentido cada jornada como una eternidad. Pero ahora, sobre los hijos del viento, cualquier travesía se convertía en un suspiro. El mundo se estiraba ante ellos, vasto e infinito, y a cada latido del galope, el horizonte parecía acercarse, como si la misma naturaleza conspirara para que cumplieran su destino cuanto antes.

A medida que los siete cabalgaban hacia el norte, el mundo que dejaban atrás empezaba a transformarse lentamente. Aldeas, pueblos y ciudades quedaron atrás, con sus calles estrechas, techos de tejas curvas y aldeanos que, desde las puertas de sus casas, los miraban con una mezcla de asombro y miedo reverente. Los campos verdes se difuminaban, reemplazados por colinas rocosas, ríos de agua helada y bosques cada vez más escasos, donde los árboles parecían encogerse bajo el peso del viento gélido. Los pueblos eran distintos ahora: casas de madera oscura, tejados cubiertos de escarcha, chimeneas humeantes que apenas podían combatir el frío. La gente que encontraban por el camino parecían endurecidas por la vida, con rostros curtidos por el viento y la nieve, moviéndose con cuidado, conscientes de que el norte no perdona a quien es débil.

El aire se volvió cortante, cada bocanada parecía perforar los pulmones. La nieve empezó a cubrir los caminos, primero en ligeros copos, luego en mantos espesos que tapizaban cada piedra y cada sendero. Las montañas nevadas se alzaban a lo lejos como murallas imposibles, y a medida que se acercaban, el frío se intensificaba, calando hasta los huesos de quienes cabalgaban sobre los Qìkōng Mǎ. Los animales, poderosos y veloces, parecían sentir la dureza de aquel mundo y, aun así, avanzaban sin vacilar, con la fuerza y la gracia de los hijos del viento.

Habían pasado tres días de travesía, y el sol empezaba a morir en el firmamento cuando Diego percibió que el aire ya era más que frio, era demasiado cruel. Alzó la voz hacia Sombragrís, quien entendió al instante. El caballo aminoró el paso, sus cascos resonando sobre la nieve endurecida, mientras los demás caballos seguían su ejemplo. Diego escuchó en silencio y rápidamente señaló un pequeño claro protegido por peñas y un bosquecillo de abetos que se resistían a sucumbir a ese paraje desolador. Corrieron hacía allí y el viento se calmó lo suficiente como para que los humanos pudieran resguardarse. Todos lo supieron al desmontar. Aquella era la última parada antes del mundo agreste y helado que se extendía más allá, donde solo lo salvaje y lo fuerte prosperan. Allí, bajo la sombra de las montañas que se acercaban como gigantes dormidos, los siete descansaron, respirando con dificultad. El frío los envolvía, afilando sus sentidos, y mientras sentían la urgencia de protegerse con mantos y pieles, sabían que lo que estaba por venir no ofrecía clemencia. El norte los esperaba, duro, implacable y majestuoso, y Harbin, el imperio del hielo, se alzaba en el horizonte, como el último desafío antes de que su viaje llegara a su conclusión.

Mientras Bhagirath reunía unos troncos, Vihaan formó un círculo con piedras, despejando la nieve del suelo para delimitar el lugar de la hoguera. Diego y Yara trajeron troncos más grandes y algunas piedras donde poder sentarse, acomodándolos con cuidado alrededor del círculo que pronto sería fuego. Aibori e Yrsa se adentraron en el bosque, siempre vigilantes, explorando el terreno en busca de peligros y animales desprevenidos que pudieran cazar para la cena. Bhagirath colocó los troncos en el centro del círculo y buscó su mechero de rueda, pero al intentar encenderlo, el pedernal no respondió. Grace, sentada en una roca, retiró suavemente su mano y posó su palma sobre los troncos. En un instante, como por arte de magia, el fuego estalló, iluminando sus rostros y llenando de calor sus cuerpos entumecidos por el hielo del norte.

Todos se acercaron, arropándose con la luz y el calor de la llama, mientras Yara los contemplaba. Supo que el fuego no era suficiente, que debía haber algo más. Inspiró profundamente y comenzó a cantar. Su voz brotó clara y melodiosa, como un río que atraviesa el hielo, y el calor no solo se sintió en sus cuerpos, sino que emanó de sus labios, purificando el aire, abrazando el espíritu. Cada nota disipaba el frío, envolviendo a los cinco en un calor tan tierno y poderoso que por un instante, todo el gélido mundo del norte pareció desaparecer. El canto de Yara era más que música: era un abrazo de hogar, una luz en la oscuridad, un lazo que los unía frente a la inmensidad helada.

“Mi madre fue paloma, blanca voló del nido. Blanca perdió en silencio sus dos alas en el olvido.
Se quedaron los sueños, también la libertad. Y la fe que un día tuvo en aquel dios que la hizo pagar.

Pajarillo negro ¿dónde va tu vuelo? Que no oigo tu canto en medio de este cielo.
Pajarillo negro, negro y solitario. No eres de este mundo, raro y sin amor.

Mi padre fue paloma, blanca y aventurera. Blanca le arrebataron sus dos alas con tal violencia,
que ya no hubo más sueños, tampoco libertad. Porque me lo mataron una noche cerca del mar.

Pajarillo negro ¿dónde va tu vuelo? Que no oigo tu canto en medio de este cielo.
Pajarillo negro, negro y solitario No eres de este mundo, raro y sin amor.

Mi hija será paloma blanca, sola en mi anhelo. Blanca verá el destino si con sus alas vuela sin miedo. Camino hacia los sueños con toda libertad y la sabiduría de los que la vieron llegar”
  • Es preciosa, hermana… - susurró Grace, con ternura en la voz, mientras las últimas notas se perdían en el bosque - Siempre me ha encantado esa canción…
  • Lo sé… - respondió Yara, sonriendo suavemente, con las manos cerca de la llama - Me la cantaba siempre mi madre… que los santos cuiden de su alma.
  • ¿Eras muy pequeña cuando los perdiste? - preguntó Diego con solemnidad.
  • No los perdí… - sus ojos se clavaron en la hoguera, y un odio antiguo y profundo invadió su rostro - Me los arrebataron.
Diego la observó en silencio, y reconoció en ella la misma dureza que tenía el mundo helado que los rodeaba. En esos ojos, en esa postura firme, se reflejaba un alma que había tenido que luchar incluso antes de aprender a caminar, un alma que conoció la pérdida y el dolor antes de conocer la calma y el hogar. Cada cicatriz invisible, cada gesto contenido, hablaba de una fuerza nacida del dolor y de la supervivencia, de un espíritu que no se doblegaba ante nada. Entonces Diego inclinó ligeramente la cabeza, con suavidad, como si hablara a su propia conciencia y a la de todos al mismo tiempo.
  • Aunque no los veas a tu alrededor, Yara… Ellos están aquí, contigo. Te observan y te acompañan, llenos de orgullo, porque eres todo lo que podían haber soñado. Y seguro están felices de tener una hija como tú, fuerte, valiente y pura…
  • Gracias Diego… - murmuró Yara con los ojos vidriosos.
  • Nunca estás sola, ni lo has estado, ni lo estarás jamás. Recuérdalo siempre.
El fuego crepitó, las sombras danzaron sobre la nieve, y por un instante, todo el frío del mundo pareció ceder ante la calidez de esas palabras. La cubana respiró hondo, dejando que la certeza de ser vista, de ser acompañada en todo momento por sus ancestros, envolviera su corazón.
  • ¿Como eran tus padres Diego? - preguntó de repente Grace - Creo que nunca llegué a preguntártelo…
Diego sonrió y sopló entre sus manos, frotándolas con insistencia.
  • Gente humilde, pequeña - dijo con calma - Mi padre era carpintero, se ganaba honestamente la vida aunque su esfuerzo no alcanzase para darnos de comer a todos… Mi madre nos cuidaba a mis hermanos y a mí, mientras sacaba algunas monedas de pequeños encargos que le encomendaban. Tenía buenas manos la pobre mujer, era una gran costurera sin duda…
  • ¿Hermanos? - preguntó de nuevo Grace - No sabía que tuvieras hermanos.
  • Los tuve, sí. Muchos en realidad… conmigo éramos nueve.
  • Menuda guerra debía ser manteneros a todos a raya - rió Bhagirath alegremente.
  • No hace falta que lo jures, amigo - Diego rió con él, lleno de nostalgia - Bendita sea la paciencia de mi madre… Si pudiera volver atrás, no la hubiera hecho sufrir tanto…
De repente, unos pasos rápidos rompieron la calma, y todos se pusieron en alerta. Las cabezas giraron al unísono, y las manos buscaron armas por instinto. Cuando vieron a Aibori e Yrsa aparecer a toda velocidad, no relajaron la tensión: si las guerreras corrían así, es que había peligro… o quizás no. A veces, el destino se deleita jugando con la vida de los mortales.
  • ¿Qué sucede? - preguntó Grace, ya de pie, lista para arder.
Las dos llegaron a la hoguera, jadeando, apoyándose una en la otra mientras recuperaban el aliento.
  • Tienes que ver algo, capitana… - dijo Aibori entrecortada.
  • Una cabaña… haber una cabaña - intervino Yrsa, soltando una risa que pronto se contagió a su compañera.
Los demás las miraban perplejos. Se habían puesto de pie, preparados para cualquier amenaza, pero las risas de las guerreras los dejaron completamente confundidos.
  • ¿Una cabaña? - preguntó Vihaan, incrédulo.
  • ¿Por qué demonios os reís? - inquirió Yara, frunciendo el ceño.
  • ¡Explicadlo de una vez, maldita sea! - ordenó Grace, su voz firme pero con un hilo de curiosidad.
No obtuvieron respuesta. Yrsa tomó a Grace por la muñeca y la obligó a seguirla, todavía riendo. Uno a uno, los demás se pusieron en marcha, sin comprender absolutamente nada.
  • ¿Qué demonios sucede, Aibori? - preguntó Grace, al ver que la vikinga no podía más que reír
  • Será mejor que lo veas con tus propios ojos - rió también la amazona, su risa tan contagiosa como la alegría de la nórdica.
El aire helado parecía contener su dureza, y por un instante, la tensión del viaje, del frío, del peligro que los rodeaba a cada instante, se desvaneció ante aquella inesperada comicidad. La cabaña se alzaba solitaria en medio del bosque, un refugio humilde entre los troncos y la nieve acumulada. Sus paredes de madera eran toscas, pero robustas; el humo que escapaba de la chimenea prometía calor y resguardo. Pieles colgaban por doquier, amontonadas junto a utensilios y herramientas, el hogar de un zapador, un hogar sencillo pero lleno de vida. De su interior brotaba una luz cálida, un faro de consuelo en medio del frío implacable del norte.

Yrsa avanzaba con pasos largos y seguros, cada zancada firme como un tambor, arrastrando a Grace que aún caminaba confundida y sin comprender. Los demás la seguían, intrigados y expectantes, hasta quedar todos frente a la puerta de la cabaña. Desde el interior llegaba el crepitar del fuego y un murmullo suave, armonioso, como si alguien canturreara una vieja canción de cuna, cargada de recuerdos y nostalgias.
  • ¿Qué hay ahí dentro? - preguntó Grace, con la respiración contenida, la curiosidad mezclada con un presentimiento.
Yrsa negó con la cabeza, su expresión mitad seria, mitad traviesa.
  • No ser “qué”, capitana… - susurró - Ser “quién”.
Entonces empujó la puerta de un manotazo y la abrió de par en par. La luz del interior iluminó los rostros de todos, pero especialmente el de Diego, cuyos ojos se abrieron de par en par, la boca entreabierta, congelada por la sorpresa y la incredulidad. Lo que vio era imposible… imposible y reconocible al mismo tiempo.
  • No puede ser… - murmuró, mientras la felicidad lo invadía por completo, derramándose desde su pecho hasta cada extremidad de su cuerpo helado.
Dentro, entre pieles y luces titilantes, un anciano esperaba, su figura bañada por el resplandor del fuego, cantando con suavidad aquella vieja canción que parecía haber viajado desde tiempos inmemoriales. Un instante detenido en la eternidad, un momento en que todo lo perdido, todo lo sufrido, parecía fundirse en un solo y perfecto milagro.
  • Largo tiempo ha pasado… - sonrió con la calma de quien ha vivido una eternidad - mis jovenes y queridos amigos.
Grace saltó y corrió hacía él. Como si volviera a ser aquella niña en los callejones de Bristol. Se abrazó con tal fuerza que casi lo derriba. Fue más empujón que abrazo, más dolor que amor.
  • ¡No es posible! - gritó Yara corriendo tras ella - ¡Maldito saco de huesos! ¡Como me alegro de verte!
  • ¡¿Bisnu?! - preguntó Vihaan confundido, siguiendo a la yoruba - ¡¿Eres tú, de verdad?!
La cabaña estalló en vida y alegría. La emoción de encontrar, por sorpresa y en el lugar más recóndito de todos, a un viejo amigo que todos creían perdido. Los troncos crujían bajo los pies mientras todos se agolpaban alrededor del anciano, gritos, risas y lágrimas mezclándose en un coro caótico de felicidad desatada. Los abrazos se multiplicaban: fuertes, torpes, llenos de meses de ausencia, de recuerdos que habían viajado junto al tiempo, de nostalgias que parecían derrumbarse de golpe. Besos sobre mejillas arrugadas, manos que se aferraban a hombros, sollozos que se mezclaban con carcajadas, todo vivía en un desorden tan cálido que la nieve del exterior parecía un recuerdo lejano.

Bishnu, con sus brazos huesudos temblando, trataba de abarcarlos a todos, de tocar cada rostro que se acercaba a él. Sus manos se alzaban, los cuerpos se entrelazaban, y sus carcajadas resonaban como campanas antiguas, llenando cada rincón del humilde refugio. Intentaba alcanzar a todos, pero eran demasiados, demasiado entusiasmo y demasiado amor contenido en un solo espacio. Su voz quebrada por los años se mezclaba con el murmullo de la llama, con los ecos de la cabaña que parecía expandirse para contenerlos a todos.

Diego entró con calma, pausado, cerrando la puerta tras de sí. Se detuvo un instante, dejando que la escena se desplegara frente a él: la felicidad desenfrenada, la risa que rompía el silencioso recuerdo, los abrazos que curaban heridas invisibles. Lo contempló todo en silencio, sintiendo el peso de aquel reencuentro, mientras el viento volvía a soplar, colándose por pequeñas rendijas, recorriendo la cabaña como un suspiro de la naturaleza misma. El viento siempre vuelve, justo cuando es necesario, acariciando el alma de quien es paciente, recordándole que, a veces, el mundo puede seguir siendo hermoso, y que todavía hay milagros, aunque solo fueran por un instante.

Y mientras el viejo sabio se rendía, paciente y complacido, a la avalancha de preguntas de los jóvenes - dispuesto a responderlas todas sin perder la sonrisa grabada en su rostro arrugado - muy lejos de allí, en lo alto de una montaña protegida por una magia antigua, otro anciano recibía la visita de unos invitados tan inesperados como largamente presentidos. Esta vez, el Arco los dejó cruzar a todos. Y, al igual que les ocurriera a quienes habían llegado antes, quedaron mudos al contemplar la belleza imposible del Templo Arcoíris, suspendido entre cielo y tierra como un sueño que se negara a desvanecerse. Los colores danzaban sobre la piedra viva, y el aire mismo parecía cantar con cada suspiro. Lao Hé, como Bishnu, se vio rodeado de voces jóvenes, de miradas llenas de hambre por comprender, de manos que señalaban, de preguntas que brotaban atropelladas. Y del mismo modo, respondió a todas. Una a una. Sin prisa. Con la serenidad de quien ha aprendido que el tiempo ya no es un enemigo. Su sonrisa no era distinta a la del otro anciano: no nacía de la vanidad, sino de una felicidad profunda y silenciosa.

Porque hay una dicha que solo conocen los viejos cuando los jóvenes acuden a ellos no por obligación, sino por necesidad. Cuando buscan respuestas en sus palabras, consuelo en su experiencia, consejo en las cicatrices que el tiempo ha dejado sobre su piel. Para ambos ancianos, cada pregunta era mucho más que eso, era un reconocimiento, una caricia invisible que les decía: aún importas. Aún eres necesario. En aquellos tiempos, los viejos no eran un estorbo ni una carga que arrastrar como lo son hoy en día. Aunque empezara a hacerlo poco a poco, el mundo aún no se media en dinero. La importancia de un hombre para la sociedad no consistía en su capacidad de producir, sino en su sabiduría. En aquella época, los ancianos aún seguían siendo pilares. Eran memoria viva. Eran el pozo de conocimientos al que se acudía cuando la sed de respuestas quemaba el alma. Habían visto caer imperios, nacer promesas, repetirse errores; y por eso, su voz no era ruido, sino brújula. La sociedad aún lo entendía entonces: que sin quienes recuerdan, los pasos se repiten en círculos; que sin quienes enseñan, la fuerza se vuelve ciega; que sin quienes han vivido, el futuro camina desarmado. Y así, en dos lugares distintos del mundo, bajo techos distintos y magias diferentes, dos ancianos sonreían del mismo modo. Porque no hay mayor recompensa para quien ha sobrevivido al tiempo que ver cómo su saber sigue vivo en los que aún tienen todo por recorrer.
  • Lo siento, maestro - dijo Wong, rascándose la nuca - Creo que todo esto es culpa mía… Les dije que usted resolvería sus dudas…
  • No te preocupes, hijo - sonrió Lao Hé de oreja a oreja - Imaginé una situación muy parecida a esta cuando os sentí subir la montaña. E incluso así, os dejé pasar. - Alzó ligeramente el rostro, como si escuchara algo en el aire - Sopla viento del norte esta noche… va a refrescar. ¿Por qué no preparas un poco de té?
Wong asintió con convicción y se puso en marcha de inmediato, casi aliviado de poder ocupar las manos y aquietar la mente. Lao Hé, con una paciencia infinita, abrió los brazos e invitó al resto a entrar en el templo. El recorrido fue corto, pero estuvo lleno de voces superpuestas, gritos nerviosos y preguntas que brotaban sin orden ni descanso. Él avanzaba despacio, cerrando la marcha como un pastor al final de su rebaño, guiándolos hacia el interior sagrado sin prisas, sin reproches.

Había en su mirada una felicidad serena, antigua. La alegría silenciosa de un abuelo que vuelve a estar rodeado de sus nietos. Y, sin darse cuenta, se dejó contagiar por la juventud que lo rodeaba, por aquella energía inagotable que iluminaba los pasillos del templo como si, por unas horas, el tiempo hubiera decidido retroceder.

Pero entre toda aquella urgencia, una voz destacaba por encima de todos. No tanto por su tono ronco ni por las blasfemias que escupía con naturalidad - las cuales, para sorpresa de muchos, resultaban profundamente divertidas a Lao Hé -, sino por su insistencia. Incluso cuando el anciano lo obligó, literalmente, a sentarse frente a la humilde mesa, él siguió preguntando. Como si el mundo entero se redujera a una sola certeza: saber si Aibori seguía con vida.
  • ¿Quién es Aibori, joven? - preguntó por fin el anciano, con genuina curiosidad.
  • Una mujer hermosa. Una guerrera sin parangón, viejo - respondió Cortés sin dudar - Es la mujer que me a birlado el corazón, y necesito saber si sigue viva.
  • No tengo el placer de conocerla…
  • ¡¿Cómo?! - lo interrumpió él, nervioso, inclinándose hacia delante - ¡Pero si el Sombrero de Paja dijo que usted tenía todas las respuestas!
  • Wong me tiene en alta estima - rió suavemente Lao Hé - Habla más desde el afecto que desde la verdad.
Wong sonrió mientras acercaba la tetera a la mesa. Lao Hé percibió de inmediato la inquietud en el rostro del español, esa ansiedad que no nace del miedo, sino del amor más puro y salvaje. Y sin dilación, intentó apaciguarlo.
  • No temas por la mujer que amas, hijo. De los siete que partieron con los Qìkōng Mǎ, todos siguen en pié… todos continúan recorriendo su senda…
Cortés respiró por fin. Fue como si hasta ese instante hubiera estado conteniendo el aire en los pulmones. No hizo más preguntas. No las necesitó. Aquella sola frase le bastó para seguir respirando y por fin, relajarse. Pero aún quedaban muchas preguntas que saciar y una multitud de dudas que no cesaron, ni siquiera cuando Wong regresó con el agua hirviendo y comenzaron a servir té, se detuvieron. Bum-Bum, con un nerviosismo desmedido incluso para él, no dejaba de preguntar por Yara.
  • ¿Yara, has dicho? Sí… la recuerdo - asintió Lao Hé frunciendo el ceño - La hija del mar. Hermosa criatura… Ella ha superado su prueba; lo sentí en el agua del riachuelo, hará unos tres días… Pero ya no se encuentra en el Gran Lago. Vuestros amigos están al norte, muy al norte… a punto de enfrentar la última prueba.
  • Entonces maestro… ¿Llegaron al Templo del Viento? - preguntó Wong con urgencia.
  • Sí, hijo. Aunque temo… que aún no sean conscientes.
Isabella, con los dos niños en brazos, lo miró fijamente.
  • ¿A qué se refiere, anciano? - preguntó inquieta.
Lao Hé dio un sorbo a su vaso. Y con aquel gesto sencillo, pareció rejuvenecer. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una calma inmensa, escogiendo cada palabra como quien coloca piedras en un sendero sagrado.
  • ¿Cómo se detiene al viento? - preguntó, sin esperar respuesta, pues sabía que no la había.
El silencio se hizo dentro del templo. Algunos se miraron, buscando algo adecuado que poder decir. El anciano sonrió con calma eterna.
  • Exactamente esa es la respuesta, jovenes amigos. No se puede…
  • ¿Entonces? - Halcón dejó el baso de té encima de la mesa - ¿No existe el último templo? ¿Es eso lo que quiere decir?
  • Si existe… Pues se alzó uno para cada elemento, y cada uno de ellos aceptó permanecer en él. No como una prisión, sino como un hogar; un lugar donde descansar, donde detenerse a pensar y relajarse. Y lo mismo se hizo con el viento. Los ancianos levantaron su templo para que pudiera sentirse en casa…
Hizo una pausa, y su mirada se perdió en algún punto invisible.
  • Pero el viento no entiende de reposo… La última prueba no aguarda tras un arco ni descansa dentro de un templo. Pues el viento es impaciente como un niño, rápido y nervioso como la misma juventud. No espera. No se deja atrapar. Y si vuestros amigos, no comprenden esa gran verdad, temo se perderán inevitablemente… - Lao Hé acercó el té caliente a sus labios de nuevo - se perderán siguiendo el rastro de un espíritu que jamás puede ser perseguido.
  • ¿Perderse? - repitió Isabella, con la voz teñida de inquietud.
Lao Hé captó al instante el temblor que se le había instalado en los ojos de la bella mujer y respondió sin demora, con la serenidad de quien ha aprendido a leer los miedos ajenos como si fueran pergaminos escritos en letras claras.
  • No hay peligro, hija. - Sonrió con suavidad - Cuando digo perderse, hablo de tiempo, no de vidas. Darán rodeos, errarán, quizá se desesperen… pero son jóvenes. Y mientras se es joven, el tiempo todavía camina a tu favor.
Drake, que deambulaba por el templo con la mirada encendida, fascinado por las pinturas que cubrían los muros como relatos detenidos en tela y color, se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia el anciano y lo observó con una ceja alzada.
  • No se ofenda, anciano - dijo con franqueza - Pero si usted ya conocía esa verdad, ¿por qué no se la dijo cuando estuvieron aquí? Les habría sido de gran ayuda, sin duda.
Lao Hé soltó una risa baja, casi un murmullo, y negó despacio con la cabeza.
  • No funcionan así las cosas, joven. Mi voz existe para guiar, no para trazar el camino por otros. Los misterios de la vida no pueden ser entregados como mapas. Deben ser comprendidos. Si no, no hay aprendizaje… solo obediencia vacía.
Drake frunció el ceño y dio un paso más hacia él, incapaz de dejar la idea reposar.
  • Con todo el respeto - insistió - a veces una palabra a tiempo evita errores y sufrimiento innecesario. ¿No es también sabiduría proteger cuando se puede?
El anciano lo miró entonces con atención plena, como si por primera vez enfocara toda su mirada en él. Sus ojos, antiguos y claros, parecieron profundizar hasta tocar algo más hondo que la simple pregunta.
  • Dime, muchacho - respondió con calma - si alguien te hubiera dicho cada paso que debías dar en tu vida… ¿serías el hombre que eres ahora?
El silencio se deslizó entre ambos. Drake no pudo evitar sonreír.
  • Por supuesto que no… tendría menos cicatrices y dormiría mejor por las noches…
  • Cierto… - sonrió Lao Hé - Pero el dolor, el error y la duda no son enemigos del camino. Son sus maestros más severos, y por eso, los más honestos. Si yo les hubiera hablado del viento, no lo habrían entendido. Lo habrían escuchado… pero no sentido. Y el viento no se comprende con los oídos, sino con el cuerpo y el alma enfrentándose a él.
Drake bajó ligeramente la mirada, pensativo.
  • Hay verdades - prosiguió el anciano - que solo se revelan cuando uno se equivoca, cuando se cansa, cuando cree haber llegado al final y descubre que no sabe nada. Quitarles eso sería robarles la experiencia que los convertirá en lo que deben ser.
Alzó una leve sonrisa, sin rastro de dureza.
  • No hay que temer que se pierdan. Sino, más bien, que no se pierdan lo suficiente como para encontrarse de verdad.
Drake no respondió. Volvió la vista hacia los murales del templo, a esos dibujos trazados con precisión, pintados con mimo y detalle. Por primera vez no los vio solo como obras antiguas, sino como huellas de quienes, antes que ellos, también tuvieron que aprender sin respuestas fáciles.

Mientras unos bebían té bajo el techo alto de un templo, otros tomaban sopa alrededor del fuego de una cabaña. Lo hacían en silencio, los ojos abiertos de par en par, los oídos atentos a la voz risueña y relajada de Bishnu. El anciano hablaba sin prisa, removiendo de vez en cuando la sopa con una cuchara de madera gastada, como si cada palabra necesitara el mismo tiempo que el agua para hervir.
  • He estado… donde el viento me ha llevado - dijo al fin, encogiéndose de hombros - Nunca he sido bueno para quedarme quieto.
Sonrió, y en esa sonrisa había algo que no pertenecía del todo a este mundo.
  • Crucé las llanuras del Punjab cuando aún ardían de guerra, dormí entre los campos de trigo y aprendí a escuchar cómo el aire cambia justo antes de que los hombres decidan matarse. Estuve en Samarcanda, entre cúpulas azules y mercados donde el polvo huele a especias y a promesas rotas. Allí comprendí que el viento no solo mueve telas y caravanas… también transporta rumores, miedos y esperanzas.
Los jóvenes no decían nada. Solo bebían, sin apartar la mirada.
  • Atravesé el desierto de Taklamakán - continuó - donde el viento canta como un lamento eterno. Allí no hay caminos, solo restos de quienes creyeron que podían dominarlo. Aprendí a no luchar contra él, a dejar que me enterrara y me desenterrara cuando quisiera. El viento no es cruel… solo es sincero.
Bishnu levantó la vista hacia las pieles que cubrían la cabaña, como si pudiera ver a través de ellas.
  • He cruzado mares sin barco, apoyándome en las corrientes que nacen antes incluso de que el agua sepa que va a moverse. He tocado las costas de Zanzíbar, donde el aire huele a sal y clavo, y los monzones traen historias de tierras que nadie cree reales. Estuve en Estambul, en Lisboa, en puertos donde los hombres hablan lenguas distintas pero rezan con el mismo miedo antes de embarcar.
Rió suavemente.
  • No viajé para conocer el mundo… viajé porque quedarme me dolía más. Porque cuando el viento te habita, no entiende de hogares fijos. Tu casa es el movimiento. Tu descanso, el cambio.
Grace notó cómo aquellas palabras se le clavaban en el pecho.
  • Dormí en monasterios del Tíbet, en cuevas del Cáucaso, bajo cielos tan abiertos que uno se siente diminuto. Y también estuve encerrado, más veces de las que recuerdo. El viento me sacó de mis prisiones, pero nunca de mis decisiones.
Guardó silencio un instante, y el crepitar del fuego ocupó su lugar.
  • He visto reyes caer porque no supieron escuchar, y mendigos sobrevivir porque entendían cuándo hacerlo. He aprendido que el viento no empuja… invita. Y quien no sabe leer su invitación, acaba roto.
Alzó la cuchara, brindando con ella como si fuera una copa invisible.
  • Así que aquí estoy - concluyó - No porque haya terminado de viajar, sino porque el viento, por primera vez en mucho tiempo, me dijo que me detuviera. Que esperara. Que vosotros ibais a llegar. Y sentí la necesidad de volveros a abrazar.
Nadie habló. Afuera, el aire se deslizaba entre los árboles como si escuchara también.
Y en ese silencio compartido, todos comprendieron que Bishnu no había vivido una vida errante.
Había vivido la única que sabía vivir.
  • ¿Cómo conseguiste hacer todo eso sin el poder del Mulakaboko? - preguntó Grace antes de dar un sorbo largo, dejando que el calor le inundara las entrañas como un abrazo tardío.
  • ¿El qué, capitana? - respondió Bishnu, genuinamente confundido.
Diego no dijo nada. En silencio, tomó el bastón y se lo mostró. Lo sostuvo con ambas manos, con el respeto de quien ofrece algo que no le pertenece del todo. El anciano se acercó despacio, como si temiera que el objeto pudiera desvanecerse. Sus ojos recorrieron la madera antigua, y entonces la sorpresa cruzó su rostro, suave pero profunda, como un recuerdo que regresa desde muy lejos.
  • Ah… ya recuerdo - sonrió - El bastón mágico… sí.
  • Cógelo, si quieres - murmuró Diego, tendiéndoselo - En el fondo, te pertenece.
Pero Bishnu negó con la cabeza sin perder la calma ni la alegría. Las arrugas de su rostro se estiraron al sonreír, formando un mapa de piel y tiempo, un testimonio silencioso de cada lugar al que el viento lo había llevado.
  • No soy yo quien debe llevarlo… - dijo, volviendo a su sopa como si aquello fuera lo más natural del mundo - Si el Mulakaboko reposa en tus manos, es porque así debe ser. El viento parece no saber nunca adónde va; su esencia es caótica, impredecible. Pero siempre sabe dónde quedarse. Y si está contigo, es porque ahí se siente a gusto. Y yo no soy quien para interponerme.
Diego retiró las manos y apoyó el bastón en el suelo, dejándolo descansar contra su hombro. Grace, sin dejar de comer, observaba a Bishnu con una impaciencia contenida, esperando la respuesta que no había llegado. Pero esta vez no insistió. Como siempre, recordó que con el anciano nunca servía forzar las preguntas. Las respuestas de Bishnu eran como el viento mismo:
llegaban cuando querían, sin aviso, sin prisa, y sin necesidad. Los dos cruzaron una mirada en silencio y de repente el viejo pareció recordar algo.
  • Decidme, capitana… - sonrió de nuevo el anciano - ¿Qué os ha traído hasta este lugar tan recóndito del mundo? Estáis muy lejos de vuestro navío… y, si no recuerdo mal, nunca os gustó alejaros demasiado de él.
  • Ya no hay navío, viejo - respondió Grace con una tristeza desnuda - Lo quemaron.
  • ¡Oh, vaya! Lamento escuchar eso… - frunció el ceño con sincera pena - ¿Quién fue el irresponsable que lo quemó?
  • El maldito traidor de Hong Long - refunfuñó Yara, escupiendo el nombre como si aún supiera a ceniza.
La expresión de Bishnu volvió a cambiar. Aquella mirada perdida, suave, casi infantil. La mirada de quien no recuerda. Bhagirath lo notó al instante.
  • Te acuerdas de Hong Long, ¿verdad? - dijo con cuidado - El hombre que gobernaba la Ciudad Flotante…
Y entonces empezó a contarle. Le habló de vivencias, de viajes recorridos, de noches de risas compartidas y de peligros sorteados juntos. De caminos recorridos codo con codo, de decisiones que habían marcado destinos. Y mientras lo hacía, Bishnu negaba lentamente con la cabeza, sin perder la sonrisa. No era el gesto de quien ha olvidado. Era el gesto de quien ya no es el mismo. Como si aquel anciano que había vivido todo eso perteneciera a otra vida. Como si Bishnu fuera ahora el eco de alguien que había sido, pero que el viento había desdibujado con el paso del tiempo.
  • Perdonadme… - dijo al fin, con una voz suave, casi apenada - No es que no quiera recordar. Es que el viento no guarda nombres ni rostros. No se aferra a los lugares por los que pasa, ni a las huellas que deja atrás.
Miró el fuego, hipnotizado por las llamas danzantes.
  • Si lo hiciera, dejaría de ser viento. Se volvería pesado… y acabaría cayendo al suelo. Yo he vivido así durante demasiado tiempo, dejando que me lleven las corrientes. Algunas memorias se quedaron atrás, en montañas, en desiertos, en mares lejanos… - sonrió con una ternura infinita - No las perdí. Simplemente, las dejé seguir su propio camino.
Alzó la vista hacia Bhagirath, con una paz que desarmaba.
  • Si ese hombre que recuerdas, existió… entonces fue amado, luchó y vivió con intensidad. Y eso, para mí, es más que suficiente.
  • ¿Has olvidado quién eres? - preguntó Diego, incapaz de ocultar la inquietud que le oprimía el pecho.
El anciano no respondió de inmediato. Con una calma casi insoportable, dejó el cuenco de sopa junto al fuego. El caldo aún humeaba cuando se incorporó lentamente. Sus huesos crujieron al protestar por el movimiento, como ramas viejas agitadas por una tormenta lejana. No apartó la mirada de Diego ni un solo instante. Entonces alzó un dedo… y lo señaló.

El aire reaccionó al instante, como si ese simple gesto lo hubiera llamado con urgencia. Una corriente súbita sacudió la cabaña como un latigazo invisible. El fuego rugió, las llamas se alzaron voraces, el frío del exterior se coló por cada rendija, levantando cabellos, haciendo ondear pieles y ropajes. El viento no entró: irrumpió. Y el rostro de Bishnu cambió.

La sonrisa se extinguió. La serenidad se quebró como una máscara de arcilla. Algo emergió de él, algo antiguo, vasto, inconmensurable. Ya no parecía un anciano, no parecía ni un hombre en realidad. Parecía una mujer, una diosa antigua, bella y poderosa.
  • ¿Y tú? - dijo entonces.
Pero aquella voz… aquella voz no le pertenecía. Era profunda, resonante, como si hablara desde todos los rincones de la cabaña al mismo tiempo, como si el aire mismo hubiera decidido tomar palabra.
  • ¿Has olvidado quién eres?
Diego se puso en pie. El Mulakaboko respondió al instante, vibrando entre sus manos, mutable, vivo, como si reconociera la llamada. El aire a su alrededor se tensó, giró, aguardó. Diego no pestañeó.
  • Sé quién soy, maestro - dijo con firmeza - No tengo dudas.
  • Dímelo, pues…
Diego inspiró. El viento llenó sus pulmones. No como un aliento prestado, sino como un recuerdo antiguo que siempre había sido suyo.
  • ¡Soy el hijo del viento! - exclamó, con una certeza que hizo temblar la cabaña - Y tú… - añadió, apretando el bastón - …tú no eres Bishnu.
El silencio cayó como el plomo. El fuego crepitó una última vez. El viento giró sobre sí mismo, expectante, afilado, consciente. Los demás contuvieron la respiración, comprendiendo al fin la verdad que se alzaba ante ellos como una muralla invisible.

No habían encontrado a un viejo amigo. Habían llegado a su destino.
A la última prueba. A la que no se anuncia, a la que no aguardaba.
Los elementos, una vez más, los observaban.

Y esta vez el viento…
Estaba a punto de comprobar, si su elegido era digno de su poder.

Continuará…
 
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