Pan mojado
Los tragos se iban sucediendo uno tras otro mientras las risas (y la temperatura del ambiente) iban en aumento a medida que acababa el día al resguardo del albergue.
Enrico, con los ojos vidriosos por la bebida, sonreía detrás de su vaso. Los demás, repartidos alrededor de la gran mesa del comedor, estallaban en carcajadas y silbidos que no lo incomodaron en absoluto. Sin abandonar su sonrisilla, volvió a dar otro trago mientras amainaba la algarabía, esperando para matizar su respuesta.
—No os confundáis —increpó—. Las pajas saben mejor cuando es una mano ajena la que te la menea. Lo hicimos mirando la foto de la profesora de inglés. Era una vieja, pero tenía unas tetazas…
Las chicas, sin parar de reír, se tapaban la cara, rojas de vergüenza. No se podía ser más puerco.
—Siempre iba con escotazos que llegaban hasta el ombligo y, claro, a esa edad que estábamos tan salidos… —insistía él.
—¡Pero con otro tío! Joder, Quico —dijo Celia—. Qué mariconazo.
—Qué ladras, pava. Maricón es el que se la pela pensando en pollas. Nosotros teníamos los ojos puestos en las berzas de la profa guarrona.
—Yo no podría correrme si me la meneara la mano de otro hombre —espetó Aníbal metiéndose en la conversación.
—Todo depende de lo salido que estés y de lo bien que te lo hagan —insistía Quico.
—Eso es cierto —saltó Celia—. A mí no se me ha resistido ninguna polla, por muy mustia o blandengue que estuviera. Si hubiese un campeonato del mundo, yo sería medalla de oro de pajeadoras. —Chocó las palmas con Gloria.
—Ejem, ejem, ejem —carraspeó Alba, mostrando disconformidad—. De plata, querrás decir.
Risas de todos acompañadas de aplausos. Celia levantó una ceja y se cruzó de brazos. Alba sostuvo su mirada con una sonrisilla de autosuficiencia. Hubo un murmullo general mientras ambas amigas se observaban divertidas.
—No querrás apostar algo —dijo Celia.
—No tendrías nada que hacer contra mí.
—Vais muy sobradas vosotros dos, ¿no? —espetó Gloria metiéndose entre ellas—. Gonzalo, díselo.
—Chicas, lo siento —llamó su marido desde su esquina—. Gloria es la mejor pajeadora del mundo. Doy fe.
Nuevas carcajadas y nuevos tragos de bebida que llenaban los estómagos y nublaban la velada un poco más. Los comentarios se sucedían y las risas continuaban llenando la estancia. Hasta que, paulatinamente, el ambiente se fue relajando.
—Podríamos hacer un concurso de pajas —dijo Quico de repente.
Los chicos empezaron a aplaudir.
—Estaría bien —decían algunos—. Podría ser la siguiente prueba. ¿A quién le tocaba ahora?
—A Alba —dijo alguien.
—Che, che, che. Parad el carro que yo ya no juego —dijo ella—. Os lo he dicho antes. Ya voy bastante bebida y suficientes locuras he hecho ya como para apuntarme otra más.
—Un concurso entre las tres —insistió Celia—. Y así resolvemos quién es la mejor.
—Conmigo no contéis —protestó Gloria algo más seria—. Ésta la hacéis entre vosotras.
—Y conmigo tampoco —volvió a repetir Alba—. Ya he dicho antes que me apeaba del juego, y menos sin mi novio presente.
—Pues le llamamos —insistieron algunos.
Alba levantó las manos pidiendo calma.
—En primer lugar, no me voy a poner a hacer pajas a nadie. ¡Solo faltaba! Y en segundo, Dani no va a venir. Está medio muerto en su litera. Además, no le van nada estas movidas vuestras.
—No se lo has preguntado. Seguro que si le dices que se la vas a hacer un pajote, se recupera enseguida —bromeó Gonzalo.
—Ay, Dios, qué soez eres. —Alba arrugó la cara—. Y no, no hace falta que se lo pregunte. He estado con él antes y no puede ni con su alma.
—Has estado mucho tiempo dentro —dijo Gloria.
Alba sonrió con malicia y le guiñó un ojo, pero no añadió nada más.
—Yo le levantaría el alma y algo más —dijo Celia.
—¿Tú a Dani?, pffff —piafó—, ni de palo.
—Le haría correrse antes en su estado que tú a Aníbal en el suyo.
—Oye, tía —se quejó Aníbal— ¿De qué estado hablas?
Varias chicas se rieron. Gloria lo señaló con el dedo.
—Venga, no te hagas el ofendido. Que llevas medio empalmado toda la tarde.
Aníbal se removió en su asiento, pero terminó sonriendo. Después, se acomodó el paquete reconociendo su acusación.
—¿Por qué será? —preguntó enigmático.
Estaban sentados alrededor de una mesa alargada. Algunos como Marcos o Eva se encontraban algo más alejados, pero todos participaban de la misma conversación. Las risitas fueron acompañadas de miraditas hacia Alba.
—Venga, en serio, dile a tu novio que venga y jugamos todos —insistía Gloria.
—Qué obsesión tenéis con él. Dejadle en paz, que bastante tiene con sudar la fiebre que le habéis provocado.
—Obsesión la tuya por mantenerlo apartado de nosotros. —Celia volvía a tomar la palabra—. Seguro que si le dices a qué estamos jugando, se apunta de cabeza.
—¿Para que le haga una paja? Sí, corriendo —volvió a reírse.
—O para que se la haga yo, si tú no puedes hacer que llegue hasta el final.
Alba levantó una ceja. Esta vez, sí entró al trapo. Tenía los ojos colorados del alcohol.
—A Dani le hago llegar donde yo quiero y cuando yo quiero.
—Hecho. Tú con Dani y yo con… —Celia hizo como que escogía entre todos los chicos, señalando a cada uno con el dedo—. Aníbal.
Alba sonreía contenta. —No cuela. No estoy tan borracha. —Apoyó los codos sobre la mesa, echando el cuerpo hacia delante—. Celia: No. Voy. A hacer. Pajas. Delante. De nadie.
Celia no se amilanó e imitó su postura. Estaba frente a ella, así que cuando se apoyó sobre la mesa, ambas quedaron a escasos centímetros, cara a cara.
—Porque Dani no se correría. Ya nos ha quedado claro. —Acercó la cara un poquito más— ¿Y si tú se lo haces a Aníbal? Con lo cachondo que está, lo vas a hacer eyacular enseguida. No digas que no te doy ventaja.
—Se os va mucho la pinza, en serio. —Tras un cruce de brazos, recuperaba su posición, recostándose hacia atrás. Seguía sonriendo, pero la suya era una sonrisa de condescendencia—. Tía, que estás hablando de hacer una paja. ¡Una paja!
—¿A estas alturas nos vamos a escandalizar, Albita? —azuzó Aníbal.
—Tú lo que quieres es que te la menee alguna de nosotras, so listo. Haciendo el circo delante de los demás. Pues eso se lo pides a tu madre, rico.
Risas de todas que veían claras las intenciones del mayor beneficiado.
—Si es para ponerte a huevo lo que estás deseando —cizañó Aníbal—. Que no has dejado de mirarme el bulto toda la noche.
—¿Pero qué… —sacudió la cabeza— qué dices, payaso? —En contra de lo que se pudiera pensar, se ruborizó y se removió sobre el asiento—. Tú, chaval… —Se había quedado sin palabras—. Tú eres un creído.
—A ver, que todas lo hemos visto —malmetió Gloria—. Llevas toda la tarde alterada, desde que nos hemos bañado en bolas en La Sartén. Además del tonteo que os traéis durante todo el camino.
Alba la miró como el que mira lo que sale del culo de un perro.
—Eso te lo estás inventando.
—Es verdad —rebatió Celia—. Incluso lo hemos comentado entre nosotras. Que, desde que hemos salido, estabais un poco… tontitos. Y eso que tu novio venía detrás con Marcos.
Alba entrecerró los ojos sintiéndose observada por cada uno. Al parecer, todos eran de la misma opinión, incluida Martina que apartó la cara cuando cruzaron la vista.
Aníbal había dado vuelta a una silla, sentándose con el respaldo hacia adelante. Apoyaba los codos en él mientras escondía media sonrisa de complicidad. Los demás, tosían y disimulaban bebiendo pequeños sorbos.
—Reconócelo, Albita. Si lo sabe todo el mundo.
—¿El qué?
—Pues eso, las ganas que me tienes. Y ahora, con tu novio fuera de juego, lo tienes a huevo para darte el capricho.
—Tú… no coordinas bien, ¿no? —Se echó hacia atrás como si del techo cayeran pegotes de mierda.
—Venga, sí. Hazte la sorprendida. Como si fueras una santa. —Gloria metía baza—. La manita con la que habéis venido cogidos casi todo el camino, las risitas a solas, los cuchicheos…
—Eso son bobadas —protestó melosa—. Estábamos de colegueo, jugando. Estás viendo visiones donde no hay nada.
—¿Y lo del chapuzón en el lago? —dijo Aníbal sin dar tregua—. ¿Todo el tonteo cuando estábamos en el agua? ¿O es que esto se me ha puesto así él solo?
—Eso ha sido para joderte. Que no parabas quieto con esas manitas tan largas. —apartó la mirada, ruborizada.
—¿Rodearme con las piernas y frotarte conmigo para ponérmela dura? Pues te ha salido bien.
Alba se puso roja.
—Eres idiota.
—Venga, tía —insistía él—, que llevamos con este teatro desde que llegaste de vacaciones. Deja de hacerte la sorprendida que parece que estemos jugando al escondite.
—Yo no juego a nada contigo. Eres tú, que ves visiones donde no hay nada. Estás tan acostumbrado a que las chicas se derritan ante ti, que luego te mareas si alguna no lo hace.
—Ya, ya, claro —contestó condescendiente—. Como cuando estábamos dentro del armario en casa de Gloria y Gonzalo.
Alba se puso roja y Aníbal continuó metiendo el dedo.
—¿Y cuando fuimos a la nudista la primera vez, el día que vino Dani? Tú y yo estábamos en el agua…
—¡Haciendo nada! —cortó Alba casi en un grito—. Estábamos hablando, uno al lado del otro. No lo quieras sacar de quicio, que te veo venir.
Aníbal se carcajeó, echando la cabeza para atrás en una mueca exagerada.
—Creo que no lo recordamos igual.
—Lo recuerdo —intervino Celia—. Estábamos peleando con Dani, haciéndole ahogadillas delante de vosotros. Saliste del agua con medio bikini metido por el culo. Dijiste que fue por una ola.
Aníbal calló, pero un guiño a Celia disparó las especulaciones. Todos sonrieron intrigados. Alba apartaba la mirada, azorada. Después, apretó las mandíbulas clavando la vista en él como si pudiera matarlo. Comenzó a tamborilear con los dedos en la mesa, rompiendo el tenso silencio. Nadie decía nada.
—Eres un manipulador y un intrigante —acusó ella—. Disfrutas ridiculizándome con tus historias, y lo haces para poder salirte con la tuya.
Aníbal apoyaba la barbilla sobre sus puños, sonriendo con malicia. Alba movía la cabeza a un lado y a otro, negando e hirviendo de rabia. Saltaban chispas en aquel duelo de miradas. Su mentón, que se movía a un lado y a otro, se quedó rígido a la vez que entrecerraba los ojos intentando atravesarlo como un láser.
Nadie sabía lo que estaría pasando por su cabeza, pero seguro que tenía que ver con Aníbal atravesando los cinco infiernos. Alguien carraspeó, incómodo previendo alguna salida de tono de aquella leona en forma de mujer.
Por fin, tras una tensa espera en la que más de uno estuvo conteniendo el aliento, Alba pareció relajarse.
—Vale, tú ganas, concurso de pajas. —Y tras unos segundos de pausa, añadió:—. Y yo voy contigo.
El asombro fue general. Todos se miraron entre sí, sin poder creerse lo que acababan de oír. Había accedido a pajearlo. Y lo iba a hacer delante del grupo.
—¿Le va a pajear? ¿En serio? —se oía decir a alguno en voz baja.
—No me jodas, lo flipo —contestaba otro en un susurró inaudible.
Enseguida empezaron las risas flojas. Excepto Martina y Eva, todos los demás cacareaban moviéndose de un sitio a otro, tomando posiciones para ver mejor. Hubo ruidos de mesas y bancos desplazándose para hacer sitio.
Aníbal la miraba con la duda impresa en la cara. Fruncía el ceño sin perder de vista al resto del grupo, tan atónito como él. Alba, que ahora aguardaba serena, no había perdido su mirada asesina.
—¿Y vas a dejar a tu novio conmigo? —preguntaba Celia escéptica—. ¿Estás segura? —Arrugó la frente, incrédula, pero divertida.
Ella se encogió de hombros confirmando su decisión.
—Alba —llamó Martina.
Ésta no hizo caso. En su lugar, mantuvo la mirada al frente, hacia Aníbal, con determinación y suficiencia, aguantando el pulso. Retándolo.
—Entro, le hago la paja, y salgo con un pañuelo lleno de lefa antes de que tú se la hayas puesto dura a Aníbal —dijo Celia.
Se acercó a la puerta del cuarto de las literas. Antes de entrar, se giró hacia atrás para asegurarse de que todo seguía en pie. Alba continuaba sin decir nada, mirando a Aníbal con el mismo odio contenido. Ella y Gloria intercambiaron una mirada. Ante el mutismo de su amiga, volvió a insistir.
—Si gano yo, tendrás que terminarle la paja con la boca. —Y añadió—. Y tragarte su lefa.
—Y si no —contestó Alba, por primera vez, sin apartar la vista del adonis—. Serás tú quien la tenga que lamer de mi mano.
Los murmullos corrían de boca en boca. La cosa se ponía caliente por momentos. Los codazos por lo bajo no tardaron en aparecer.
—Alba, prima. —Martina la llamaba de nuevo con semblante preocupado.
Pero tampoco esta vez la oyó. Con la vista fija en Aníbal y el mentón tenso como un cable.
—Empezamos en cuanto Celia cruce la puerta —intervino Gloria sin perder tiempo, retomando su papel de maestra de ceremonias—. Aníbal, tú te pones ahí.
Se colocó donde señalaba Gloria, apoyando su trasero en la mesa frente a Alba. Ella, sentada en su silla, estaba a escasos tres palmos de su bragueta. Se cruzó de brazos y sonrió con malicia cuando vio soltarse el primer botón del pantalón.
—¡Empezamos! —gritó Gloria.
Sin perder tiempo, Celia desapareció en el cuarto de literas, cerrando la puerta tras de sí. Alba se lo tomó con más calma, tanteando a Aníbal con una sugerente mirada. Él la observaba desde lo alto de su estatura, sonriente.
—¿Te la vas a sacar, o voy a hacerte la paja con la mirada? —se mofó ella.
—Pensaba que me la sacarías tú —contestó con aplomo chulesco.
Sin embargo, Alba no hizo amago de tocarlo y continuó cruzada de brazos. Si el adonis tenía pensado que ella se rebajaría a lanzarse a por su entrepierna, había errado el tiro. Al final, terminó por descubrirse él mismo, bajando sus pantalones y calzoncillos hasta los tobillos. Lo hizo de un tirón, con aire de presentador de circo. Volvió a apoyar su culo, ahora desnudo, sobre el borde de la mesa y las manos a cada lado.
Su polla apareció excelsa, larga, pendulante. Era igual de enorme que siempre o quizá algo más. Poco a poco, comenzó a enderezarse por la excitación del momento. Alba carraspeó y se llevó la mano al pecho. El resto de chicos se miraban entre sí, expectantes.
—Se te está poniendo grande —le dijo con voz sensual—. Mira que si al final tengo que chupártela…
Aníbal sonrió y levantó la cadera ligeramente haciendo que su polla se elevara. Alba volvió a carraspear.
—Si sigues tomándotelo con tanta calma, Celia te va a ganar —apresuró Aníbal.
Ella levantó la vista, cruzándola con la suya y, tras unos instantes, sonrió de medio lado. Después, le guiñó un ojo.
—Primero tendrá que convencerlo para que le deje acercarse a él.
Vio la sombra de la duda en la cara de Aníbal. De repente, él y los demás cayeron en algo que no habían tenido en cuenta hasta ahora. Dani no iba a permitir que Celia flirteara con él y, mucho menos, que le sobara la polla. Es más, si se le ocurría comentarle algo del juego, saldría como un torbellino a pararlo.
El desánimo y la frustración cayeron sobre el grupo como un yunque y comprendieron, de súbito, la estratagema de Alba. Aun así, Aníbal mantuvo la compostura. Tenía la polla al aire, delante de todos, que lo miraban entre la expectación y la decepción de la oportunidad perdida. No se tapó, aunque ya no estaba seguro de que Alba se la fuera a menear.
El tiempo pasaba y ella seguía sin reaccionar. Los demás, lo miraban a él esperando sin saber qué. Pronto empezó a convertirse en el centro de atención con su largo rabo al aire.
—Si no ibas a hacerlo, no sé para qué me haces sacar la polla. ¿Tal vez para alegrarte la vista por lo que no tienes en casa?
—Más bien… para ver cómo meneas el rabo como un perrito bueno. —Su sonrisa era de maldad.
Aníbal movió la cabeza con aire de fastidio y tiró de su pantalón para cubrirse sus partes. Alba saltó al instante.
—Eh, eh, eh, para, para. Estamos en mitad de la prueba. No puedes taparte. —Su tono era juguetón.
—Pero si no lo vas a hacer —protestó escéptico.
—¿Quién ha dicho eso? La prueba acabará cuando Celia salga del cuarto de literas. Mientras tanto, yo utilizo mi tiempo como quiera para hacerte la paja. —Levantó una mano señalándolo—. Así que… bájate los pantalones, putita.
Con los pantalones a medio poner, mantuvo una actitud de desconcierto. Apenas unos segundos después, recuperó parte del esplendor de su sonrisa y los volvió a dejar caer.
—Vale, tú ganas, disfrutas viéndome desnudo. Lo entiendo.
Alba sonrió, pero no entró al trapo. Gozaba haciéndolo sentir el centro de atención como espectáculo de circo. Precisamente el que no había querido hacer ella.
Y mientras soportaba estoico la situación de pie, desnudo en medio de todos, ella lo observaba tranquila, a la espera de que Celia volviera con las manos vacías y la humillación de un resultado estéril. El resto de amigos, se miraban unos a otros, abochornados por haber resultado tan pardillos y la decepción de un espectáculo que creían tener al alcance de su mano.
Martina, por el contrario, sonreía por la jugada de su prima. Ésta le guiñó un ojo, sabedora de su insultante victoria.
El cazador cazado.
Y así transcurrió el tiempo. Con Aníbal obscenamente expuesto a la vista de todos, manteniendo el tipo con el pundonor que caracteriza a un dandy como él. Sonriendo de medio lado, vencido en su propio juego, pero dueño de su propia derrota, aceptando el castigo de su oponente.
No fueron pocas las miradas que, presa del desánimo, comenzaron a apartarse, ruborizadas por tan ridículo resultado.
Sin embargo, todo se iba a torcer drásticamente en unos segundos.
Celia salió del cuarto de literas, cerrando la puerta tras de sí. Se acercó a ellos y lanzó algo sobre la mesa.
—No tenía pañuelo para recoger su semen. He utilizado esto.
La boca de Alba se abrió hasta casi tocar el esternón cuando vio unas bragas manchadas de semen que acababan de aterrizar frente a ella. La ovación no se hizo esperar y un sin fin de aplausos inundaron el salón.
—Nadie se resiste a éstas —dijo cogiéndose las tetas por debajo.
Sin dar crédito, Alba se hizo con ellas y tocó con dos dedos la sustancia viscosa y caliente que las inundaba. No había duda, era semen. Y Dani era la única persona a la que podía pertenecer.
—Creo que te toca acabar la paja con la boca —dijo Aníbal ufano.
Su polla volvía a tomar vigor y, de nuevo, apuntaba hacia ella. Los demás sonreían y volvían a susurrar entre ellos, atentos a que Alba cumpliera su palabra.
—No… no es posible —decía ella, aún incrédula.
—Lo es —insistía Celia—. Tu novio se ha puesto como una moto en cuanto le he puesto las tetas en la cara. Hay que ver lo rápido que reacciona. Ese chico lleva fuego en el cuerpo.
Aníbal separó el culo de la mesa y dio un paso hacia ella quedando su polla a un palmo de su cara. Ella seguía con las bragas de Celia en la mano, tocando una y otra vez el semen espeso de su novio.
—Cómo me va a gustar esto. —Aníbal se pasaba la lengua por los labios—. Y además, delante de todos. Mfffff, qué morbazo.
—Que… que no, que no… que no puede ser. —Ya no había rastro de la Alba risueña y juguetona.
—Sí que puede —decía Celia con sonrisa maledicente—. Y ahora te toca a ti cumplir.
Martina se levantó y se hizo con las bragas de la mano de Alba. Palpó el líquido viscoso con la misma cara de espanto que su prima, constatando con incredulidad que, efectivamente, era su semen. Una mirada lastimera fue lo único que pudo ofrecerle como gesto de consuelo.
—Pero… pero yo… —protestaba Alba.
—Venga, cógemela y… ¿Cómo era? —Hizo como que pensaba—. Ah, sí. Empieza a chupar… putita.
Alba lo miraba con ojos de cordero. Se masajeó las sienes intentando entender la situación de lo que pasaba y, sobre todo, de cómo había llegado a eso. El pollón de Aníbal se había enderezado un poco más. Él avanzó otro medio paso, haciendo que ella tensara la espalda para no tocarla con la cara.
—Estamos esperando —apremió Gloria—. Cuanto más tardes, será peor.
El resto también insistía. Quien más o quien menos, todos deseaban una mamada en directo.
—Tu novio se lo ha pasado bien —chinchaba Celia—. Por si te lo estás preguntando.
Alba parpadeaba escuchándola, como si estuviera hablando en chino, pero era evidente que no mentía. Su semen estaba allí, en aquellas bragas usadas. Dani se había corrido en ellas. Y ahora ella era presa de su palabra.
—Pero… si estaba de coña. No… no puedo.
—Venga ya, no empieces otra vez. No haber apostado. Y si no te gusta el resultado, cúlpale a tu novio, que él bien que ha recibido la paja.
El enfado era general. Todos protestando. Sobre todo Celia. No había excusa. Menos, si cabe, al haber cumplido ella con su parte. “Haberlo pensado antes”, le decían.
Solo Martina mantenía una actitud de empatía. Compungida por lo que su prima se veía obligada a hacer en su presencia. Eva, desde el fondo, observaba en silencio con horror y preocupación.
El alcohol nublaba su mente y sus reflejos eran cada vez más torpes. Todos espoleando y todos insistiendo y presionando para que cumpliera con su palabra. Al final, arrinconada y acosada por el grupo, dejó caer los hombros y terminó por alzar la mano hacia la polla de Aníbal que ya tenía frente a su cara.
Lo hizo como un autómata, tomándola por la base. En esa zona, sus dedos no abarcaban todo el diámetro.
—Joder —se dijo—. Es que…
—Abre la boquita, venga —animaba Aníbal—- Abrela y métete la polla. Solo la punta.
Alba volvió a pasarse la lengua por los labios. Los tenía resecos, igual que la garganta. Sin ser consciente, obedeció y los abrió ligeramente. Aníbal empujó la cadera acercando el glande peligrosamente.
Martina se llevó una mano a la boca, horrorizada por el esperpento que estaba a punto de presenciar.
—Se le va a chupar —susurró alguien—. Joder, se la va a chupar a Aníbal. Qué fuerte.
Hipnotizada y aún en shock, cerró los ojos. Aníbal puso una mano en su nuca y… empujó hacia él.
Sus labios lo tocaron justo cuando Martina apartaba la mirada para no verlo.
El contacto provocó que ella retrocediera. Aníbal, sin embargo, no la dejó zafarse al tenerla bien asida de la nuca, lo que obligó a que tuviese que abrir más la boca para evitar el roce de aquel pedazo de carne con sus labios. Su glande era enorme, así que tuvo que abrir su mandíbula bastante mientras éste, sin oposición, se introducía milímetro a milímetro.
—Joder, lo flipo —susurró alguien.
Aníbal se estaba deslizando dentro inexorablemente, con la resistencia de su cuello, tenso hacia atrás, pero sin apenas rozarla. La gente contenía el aliento. Algunos abrían la boca a cámara lenta acompañando el gesto, como esas madres que intentan meter la cuchara de papilla en la boquita de su bebé y esperan que éste las imite para que separe sus labios. La mano de ella seguía asida a su tronco.
Aníbal aumentó la presión sobre su nuca hasta que, paulatinamente, el glande al completo terminó desapareciendo de la vista. Alba apretaba los ojos con más fuerza y Aníbal soltó un gemido.
—Hummmmm.
Y entonces, como si despertara de un sueño, Alba se retiró como un muelle, zafándose de la mano de su nuca. Se levantó de su silla, separándose del grupo y levantó las manos pidiendo calma.
—No puedo. No puedo. De verdad que no puedo.
—Alba —llamó Celia—, yo he hecho mi parte. Cumple con la tuya.
—No puedo. No puedo —repetía una y otra vez—. Así no.
—Yo he pajeado a Dani. Estaba abierto de piernas como una rana mientras se la meneaba. ¿Sabes lo que hacía él? ¿Crees que se arrepentía o preguntaba por ti? —se encaraba con su amiga que seguía dando vueltas por la estancia—. No, bonita, no. Me sobaba las tetas, babeando.
Alba se paró en seco y se quedó mirándola, incrédula.
—Sí, Albita, sí. Me las sobaba. Porque es lo que les pasa a los tíos. Que se vuelven locos por éstas —dijo palpándose las tetas—. Y no te digo las lindezas que me dijo. Que hay que ver qué boquita tiene tu novio. Hasta preñarme quería. Y más cosas que no se pueden decir aquí.
Ella echaba fuego por los ojos. No se sabía si por culpa de Dani o de su amiga que no daba tregua.
—Ahora está dormido. Y te aseguro que se va a tirar roncando toda la noche del tirón. Le he dejado seco. Eso sí que ha sido sudar del esfuerzo y no por la fiebre esa.
La Alba asustada estaba dejando paso a la Alba guerrera que llevaba dentro. Cada vez más enfadada, quizás con Dani, quizás con su amiga o, quizás, con ella misma. En cualquier caso, había dejado de caminar de un lado a otro y se encaraba al grupo brazos en jarras.
—Me da igual lo que haya hecho Dani, lo que hayas hecho tú o lo que queráis hacer el resto. He dicho que no se la voy a chupar a nadie y punto.
—Eso no es justo —bramaron todos al unísono.
Los chicos se enfadaban y protestaban por lo que era la enésima promesa no cumplida. Gloria y Celia eran las más beligerantes. Alba los mandó callar de un bufido.
—Lo que no es justo es que se la tenga que chupar a uno de vosotros mientras el resto mira, como si fuera una puta barata. O como el payaso del circo del que todos se ríen.
—Eran las reglas. En eso hemos quedado —decía Celia—. Cúlpale a Dani. Que no se hubiera dejado pajear cuando me vio las tetas.
—Pues… pues… son una mierda de reglas. Pasara lo que pasara, yo siempre pierdo. Y ya estoy hasta el gorro de acabar siempre igual. —Apuntó con el dedo a Celia—. Si tú no hubieras tocado a Dani, que todavía estoy flipando de que hayas conseguido eso de él, por cierto, nada de esto pasaría, ni para ti ni para mí. Y esto se hubiera quedado en una tontería.
—Pues ya ves. Tu novio se ha dejado hacer en cuanto le he puesto la mano encima. Y no sufría muchos remordimientos que digamos. Ahora, cumple tu parte.
Alba respiraba agitadamente con los brazos en jarras. Mirándolos de uno en uno. Comenzó a negar con la cabeza.
—No… no puedo.
—Alba.
—Que no. En serio. Que no puedo. Lo siento chicos, pero tenéis que pensar en otra cosa. Que no puedo hacer esto, joder.
—Puedes —insistía Celia— y lo harás. Me lo debes.
Se quedó callada. Bloqueada. Pensando. Los demás, esperaban que entrara en razón.
—Es que… es que… ¡una mamada!
—Lo que hemos apostado, Albi —intercedía una Gloria más conciliadora—. Venga, tía, si es un juego. Lo pasamos bien y nos echamos unas risas.
—Mírame a mí. —Celia tomaba de nuevo la palabra—. Yo he hecho una paja y no ha sido para tanto.
Alba la fulminó con la mirada. Esa paja le estaba escociendo más de la cuenta.
Mucho más.
—Celia tiene razón, Albi. Ella ha hecho su parte sin protestar. Tal vez tú fueras de coña con la prueba, pero ella la ha hecho en serio. No es justo que ahora te rajes. Venga, tía. Te toca cumplir.
Caminaba de un lado a otro, cavilando. Su cabeza era un hervidero intentando salir de aquel atolladero. Los demás aguardaban con la esperanza de que entrara en razón. Dándole tiempo para asimilarlo. Gonzalo y Aníbal se miraron y se guiñaron un ojo.
—Si tengo que hacer una mamada, entonces nos la deberíamos rifar todos. No voy a ser la única que se juegue el tipo mientras los demás miran. —Hizo una pausa—. Así que, el que quiera verme mamando, va a tener que compartir el riesgo.
De nuevo se hizo el silencio en el que todos se miraban unos a otros mientras Alba mantenía la pose, enrocada en sí misma.
—Jugamos a la galleta empapada —dijo por fin—. Y lo hacemos todos.
—¡Y una mierda! —saltó Gonzalo que hablaba por primera vez.
—¡Qué! ¿Qué es eso? —preguntó León.
—O eso o nada —zanjó Alba.
—Has perdido la apuesta que has hecho con Celia —insistía él—. Te aguantas y cumples. No nos metas en tus mierdas.
—¿Pero qué es eso? —insistía León.
—Es que… —se lamentaba como una niña— hacer una paja a uno de vosotros me parece una sobrada, y una mamada… ni te cuento. Y encima con mi novio ahí dentro. Si vosotros no queréis esto, yo paso. —dijo cruzándose de brazos.
—Podría estar bien lo de la galleta. —Celia no parecía disgustada con la proposición de Alba—. Le daría un puntito caliente al juego.
—No entiendo nada —dijo Aníbal que parecía tan perdido como el resto—. ¿Qué es eso de la galleta empapada?
—Un juego de mierda que han inventado en Inglaterra —bramó Gonzalo—. Un grupo de tíos se pajean hasta eyacular encima de una galleta, el último en correrse, se la come.
—Buoooj —León imitó una arcada y, al igual que el resto, arrugó la cara de asco—. ¿Pero, por qué hacen eso?
—Yo qué sé. Porque son ingleses y gilipollas y se han aburrido de romperse las piernas saltando desde los balcones —respondió—. Yo no voy a participar.
—Me parece bien. Si tú no participas, yo tampoco la chupo —contestó Alba.
De nuevo se entabló una discusión. A algunos, la idea les parecía excitante. Otros, en cambio, se negaban en redondo a participar en una ruleta rusa como aquella. Insistiendo a Alba para que hiciera la mamada.
—Si la tengo que chupar, será porque uno de vosotros se va a comer la lefada de los demás.
Celia sonreía y animaba al resto a jugar a aquella locura. Aníbal, taciturno, escuchaba la conversación y las discusiones del grupo. Por fin rompió su silencio y lo que dijo, no dejó indiferente a nadie.
—Si voy a participar en eso, el premio será un polvo —dijo serio—. Si cambias las reglas, sube la apuesta.
Alba lo miró retadora.
—Hecho.
—Yo no quiero que mi novio eche un polvo con mi prima si gana —se quejó Martina con una vocecita y la cara mudada de incredulidad viendo los derroteros que estaba tomando la situación.
—Pues menéala con brío —bromeó León medio borracho.
Tal vez el exceso de alcohol o tal vez el calor del ambiente, pero varias parejas empezaban a tomar posiciones. Martina y Eva se quedaron solas protestando. El resto empezó a llamarlas para que se acercaran.
Al final, Alba se salió con la suya y las parejas se colocaron alrededor de una banqueta alta. Como no tenían galletas, utilizaron una rebanada de pan tierno que pusieron en el centro.
—Pan con crema —bromeó León—. ¿Quién se la comerá?
La imagen provocó malas caras y ceños fruncidos, pero enseguida, las risas flojas y los comentarios nerviosos fueron haciéndose dueños de la situación.
—Sois cinco parejas. El juego acaba cuando se corre el cuarto de vosotros. Ese es el que se come la rebanada de semen. El que queda sin correrse, es el que gana la prueba. —Hizo una pausa—. Si queda más de uno sin eyacular, se reparten la rebanada entre los que quedan, chicas incluidas, y la prueba se anula.
—El que gane —interrumpió Aníbal—, follará contigo encima de la litera de tu novio. También a él le va a caer lefa en la cara.
Alba tensó la mandíbula. Después, se volvió hacia Celia.
—Si vence Aníbal, la rebanada te la comes tú. Eres la única que no se juega nada. No vaya a ser que te tiente hacerle ganar.
Celia correspondió con una sonrisa y asintió con la cabeza —sin problema.
Las espadas estaban en todo lo alto.
— · —
—No me puedo creer que le esté haciendo una paja a mi novio delante de todos —decía Lidia conteniendo una risa avergonzada.
Estaba colorada como un tomate. Ella, junto a las demás, meneaba con rapidez la polla de su pareja con la esperanza de no tener que verlo acostándose con otra.
—Pues así es como queríais que estuviera yo —espetó Alba desde su rincón—. Mira tú por dónde.
Todos se pusieron tensos al darse cuenta de que, de nuevo, les había tomado el pelo y se salía con la suya. Ahora eran ellos los que se pajeaban y Alba la que miraba.
La situación había dado un giro de 180 grados y el cazador volvía a ser cazado.
Mientras tanto, ella permanecía de brazos cruzados observando a todos y cada uno. Poco a poco, el ambiente se fue relajando a la vez que la tensión de la situación les iba invadiendo. Los chicos, nerviosos por la inconfesable posibilidad de tirarse a un pibón como ella pese al riesgo de comerse lo más asqueroso que hubieran imaginado nunca; la chicas, pajeándolos desde atrás con rapidez, incapaces de imaginarse a sus novios acostándose con otra delante de sus narices.
—Más despacio, Lidia, joder —se sulfuraba León.
Los chicos se rieron al ver tan claras sus intenciones. Lidia, en cambio, aumentó la velocidad de la paja, sulfurada.
Había dos posibles objetivos entre los chicos. Uno era el de no perder, corriéndose cuanto antes para no tener que comerse una rebanada llena de semen caliente. Otro, mucho más arriesgado, era el de intentar ganar, ralentizando todo lo posible su orgasmo, lo que les acercaba al precipicio del todo o nada.
El que parecía más tranquilo era Aníbal. Su enorme pollón era recorrido por la mano de una experta Celia que daba pases en toda su longitud, con especial cuidado en la parte del glande. Todos se miraban entre sí, midiéndose con cara de póker. Tratando de emitir la imagen de ganador que haría mascar el polvo a cualquiera que intentara disputarle la victoria.
Llevaban un buen rato de postureo y trabajo masturbatorio que indicaba que la prueba iría para rato. Sin embargo, pronto uno de ellos iba a apearse de la apuesta.
—Jod-der, Lidia. Te he dicho que más despacio. —Puso los ojos en blanco y echó la cabeza para atrás.
Un chorro de semen salió a borbotones de su polla. Lidia se apresuró en apuntar hacia la rebanada para que todo el líquido quedara bien recogido. Todos se fijaron en el aspecto de aquel pan reblandecido y sus caras convulsionaron.
Respiraba a bocanadas, extenuado. Las últimas gotas de líquido blancuzco terminaban de caer de su polla.
—Bueno, por lo menos me he librado de comer esta mierda —se consoló.
Los cuatro restantes levantaron la mirada y la cruzaron entre ellos. Aníbal les sonrió seguro de sí mismo. Seguía erecto, pero con signos de estar muy lejos del límite.
—Creo que ya sé quién se la va a comer —dijo ufano.
Siguieron su mirada. Quico tenía los ojos cerrados y la boca medio abierta. Concentrado en sí mismo. Apretaba los puños mientras Eva le masajeaba lo mejor que sabía. El glande aparecía y desaparecía en su mano con cada sube y baja. Marcos sonrió y guiñó un ojo a Gonzalo que nadie vio.
A partir de ahí, la paja múltiple pareció congelarse en el tiempo. Nadie gemía, nadie respiraba llenando sus pulmones. Parecían haber conseguido entrar en algún tipo de estado contemplativo consigo mismos. Hasta que por fin…
—Mmmmmfffff.
Marcos soltó un gemido perdiendo la concentración. Seguidamente, sacudió la cabeza y volvió a recuperar su semblante hierático, intentando dar la imagen imperturbable que tenía Aníbal. Pero el fino sudor de su frente lo delataba.
—¿Qué haces? —preguntó enfadada Martina—. Córrete ya.
Hizo caso omiso y se negó a ceder presa de sus caricias. Casi se podía adivinar que su mente estaba a kilómetros de allí, intentando abstraerse de ella y de todos. Estaba claro, su objetivo era ganar.
Gloria, sin embargo, utilizó otra táctica con su marido.
—¿Te imaginas que ganas tú y te la follas? —susurró tras su nuca—. ¿Y que te corres dentro? Tiene los labios del coño oscuros, como a ti te gustan.
Gonzalo, al límite desde hacía rato, no pudo evitar formar la imagen en su cabeza. Al abrir los ojos, dio directamente con la estampa de Alba frente a él. Su polla no pudo aguantar más.
—Mierda… me corrooh.
Gloria, con una sonrisa de oreja a oreja, se encargó de que ni una gota de su semen cayera fuera de la rebanada. Entre él y León, habían dejado el pan bien cubierto. Cuando su mujer terminó de ordeñar hasta lo último de sus huevos, se quedó mirando el taburete, impresionado.
—Qué asco me está dando. Menos mal que yo ya no me la como.
Se retiró hacia atrás, dejando el hueco para que los otros tres estuvieran menos apretados. Su mujer y él se besaron divertidos y se sentaron a ver el espectáculo.
Martina se estaba impacientando con su novio.
—Marcos, joder. Déjate ir y acaba esto ya. Parece que quieres ganar un polvo con mi prima.
Pero Marcos estaba en modo Mute, abstrayéndose para poder vencer, pese a las consecuencias con su inminente futura mujer. Aníbal se daba cuenta y sonreía.
—Dejadlo ya, chavales, sabéis que yo soy el que tiene más aguante.
Sin embargo, la tensión de su cuello y el sudor cada vez más profuso de su frente lo delataban. Ninguno de los tres estaba lejos de correrse. Para empeorar las cosas, Celia aumentó el ritmo y, con la otra mano, atrapó sus huevos. La sonrisa chulesca de su cara desapareció en el acto.
—Celia, joder, ¿qué haces?
—¿Tú qué crees? No me voy a comer esa guarrada.
Cierto, si Aníbal ganaba, ella pagaría el pato de la rebanada. Así, las tres chicas tenían motivos suficientes para que su pareja no fuera el último en correrse.
—Hostia, pero los huevos…
No pudo terminar la frase y se mordió los labios aguantando un acceso de placer que acababa de recorrerle la espalda hasta la nuca. No volvió a sonreír. Celia, que aceleraba la paja, había impregnado la palma con abundante saliva haciendo que el goce en cada recorrido se multiplicara.
—No llevo bragas —le decía para complicarle las cosas—. Y si me las volviera a poner, estarían llenas de semen.
Aníbal la odió en silencio. Intentando abstraerse de la imagen tan obscena como morbosa. El aplomo de antaño había desaparecido y, en su lugar, aparecía una frente perlada de sudor y arrugada por el esfuerzo.
No pasó inadvertido para los otros dos que notaron su glande babear en los dedos de Celia. Aníbal clavó los ojos en ellos y levantó la barbilla recuperando el aplomo.
—¿Te imaginas —atacaba Celia— que al final eres tú el que te follas a Alba sobre la litera de su novio?
No respondió, impermeable a sus palabras, manteniendo su imagen imperturbable, sin apartar la vista de sus contrincantes.
—Alba y tú lo habéis pasado bien en La Sartén, ¿eh?, jugando en bolas en el agua.
Cerró los ojos un segundo. —Para —ordenó.
—Hay que ver lo buena que está desnuda, ¿verdad? —susurraba en su nuca—. Y tan cerca.
—Celia, para —volvió a ordenar. En esta ocasión mantuvo los ojos cerrados durante más tiempo a la vez que apretaba los labios intentando deshacer la obscena imagen que acababa de evocar. —¡Joder!
Cuando volvió a posar la vista en sus oponentes, ya no estaba tan relajado y sus ojos echaban fuego de rabia.
—¿Qué ha pasado debajo del agua? Se os veía muy juguetones —insistía—. ¿Por qué Alba ha salido tan rápido?
El tono meloso de su pajeadora humedecía su mente todavía más. Derribando, una por una, todas sus defensas contra ella.
Aníbal crispó la cara. Inmediatamente después, recuperó su semblante ganador relajando las mejillas y cerrando de nuevo los ojos
…para que nadie le viera ponerlos en blanco.
Y así, con toda su chulería y con su porte de dandy conquistador; con aquella serenidad que tan seguro le hacía parecer, comenzó a derramar chorros de blanco y espeso semen sobre la rebanada de pan tierno ya de por sí saturado. Cuando acabó de eyacular, tenía los ojos desencajados, incapaz de creer que hubiera perdido con tanta facilidad.
Celia se esmeró en vaciar por completo sus ya enormes pelotas con una sonrisa entre la suficiencia y la satisfacción de la victoria, la suya. Acabada la tarea, se apartó y tomó asiento junto a la pared a disfrutar del desenlace.
Después, ya solo, Aníbal se fue subiendo los pantalones poco a poco mientras se retiraba, dejando que los otros dos ocuparan el hueco que acababa de dejar. Permitiendo que ellos coparan la atención mientras se escabullía lo más honorablemente que podía.
Marcos sonrió al ver caer a otro rival. Quizás el más fuerte de todos. Quico seguía con la boca semiabierta y la frente perlada de sudor, con los ojos idos de puro éxtasis.
—Te me has vuelto a escapar —dijo un sonriente Aníbal a Alba, sentándose junto a ella—. Aunque sé que lo lamentas, por mucho que intentes disimular.
Ella sonrió de medio lado, sin mirarlo. —Te lo tienes muy creído. Ya te lo he dicho varias veces.
—¿Te das cuenta de que te vas a dejar follar por uno de esos dos perdedores por no querer hacerme una paja? —susurró para ella—. O mejor, la mamada que tanto estás deseando.
Eva giró la cabeza hacia ellos. Fue solo un momento. En su cara se veía la angustia que estaba soportando.
—Ya veremos —contestó Alba—. Si ninguno se corre, ambos pierden, y yo me libro.
Tenía la vista fija en sus penes. El de Quico estaba flácido a causa de la cantidad de alcohol que llevaba ingiriendo toda la tarde. Marcos, simplemente se abstraía tanto que estaba consiguiendo inhibir la excitación del premio y de la paja de su novia.
—Lo tenías a huevo, Alba —insistía él con su matraca—. Podríamos habernos metido en el cuarto pequeño si no querías hacerlo delante de todos. Tu novio nunca se habría enterado, si tanto te preocupa.
—No sé de qué me estás hablando —replicó.
—Hablo del tonteo que te traes conmigo desde que has llegado a este pueblo. El mismo con el que terminamos hace cuatro años y que todavía te reconcome. Por eso no dejas de montar toda esta… pavada de tus remordimientos y tu Dani.
—Para ya, Aníbal, que te estás haciendo una película que no es. Ya lo hablamos aquel día mientras encerrasteis a mi novio en el puto armario y creo que te lo dejé clarito. Dani no es Rafa y lo que pasó hace cuatros años es agua pasada. Y respecto al tonteo, tiene más que ver con Dani que contigo. Son movidas mías y tú solo eres un oportunista idiota que no se entera.
Aníbal se acercó al oído de Alba.
—Yo creo que el idiota que no se entera es el cornudo de tu novio. Como lo de esta tarde en el lago. Joder, que me la has estado cascando debajo del agua. Me he pasado toda la tarde empalmado por tu culpa. Si no fuera por eso, esta paja la hubiera ganado yo de calle.
—Estábamos de cachondeo, igual que Marcos y la mujer de Gonzalo, salpicándonos y pasándolo bien los cuatro, pero tú no parabas quieto con esas puñeteras manitas tan largas. Lo de la paja ha sido para joderte y que no pudieras salir del agua.
Aníbal levantó una ceja, escéptico.
—Yo creo que ha sido porque no has podido aguantarte a tocármela. Y si no llega a ser porque esos dos estaban al lado, nos lo hubiéramos acabado haciendo. Por eso tenías los pezones como los tenías cuando has salido del agua.
—¿Ves? Ya estás. Con tu mente calenturienta. Eso era por el frío. Gloria estaba igual que yo.
—No, no lo era, y lo de Gloria tampoco. Marcos y ella jugaban a lo mismo que tú y yo.
—¿Gloria y Marcos? Por favor, que es la mujer de su mejor amigo.
Aníbal se rió de ella. Alba soltó un bufido y se apartó de él, volviendo a concentrarse en los dos pajeados. Para ambos finalistas, se jugaba el todo o nada. Uno de ellos follaría con la buenorra del grupo; el otro se iba a comer una rebanada de pan completamente empapada de semen. Se encontraban frente a frente, retándose con la mirada. Sus novias, tras ellos, empezaban a dar muestras de fatiga.
Eva, que no había dejado de mirar a Alba mientras hablaba con Aníbal, ya había cambiado de mano varias veces. Martina se había escupido la palma y se concentraba en la punta mientras masajeaba los huevos con la otra.
—Marcos, joder, ¿qué tratas de hacer? que es mi prima.
Pero Marcos no contestaba. Alba tampoco era ajena a aquel inusitado interés del que creía que era amigo de toda la vida.
Eva también se lamentaba, pero lo hacía para sí misma. Sabía que a Quico le daba igual cómo le hiciera sentir que deseara a otra por encima de ella. No obstante, ponía el mismo empecinamiento que las demás. No iba a dejar que su novio se tirara a otra en sus narices, y menos a esa.
—Quico —llamó Marcos en un susurro.
Enrico posó lentamente sus ojos vidriosos en él. Seguía con la boca semiabierta y la frente empapada.
Marcos hizo un gesto para indicarle que claudicara y se dejara llevar. Por toda respuesta, su amigo sonrió como un lelo, dejando claro que deseaba la victoria tanto como él. Marcos se enfureció.
—Quico, joder.
Nuevo gesto amenazador que esta vez no tuvo respuesta. Enrico, simplemente cerró los ojos intentando abstraerse de aquella paja. Marcos se puso más nervioso.
—Quico. Quico, mírame. ¡Quico!
Martina le hubiera apretado los huevos hasta hacerle gritar de dolor si no fuera porque eso iba contra sus intereses. Dolida por la actitud tan obstinada y descarada de su novio con su prima, tomó la decisión de cambiar de estrategia.
Acercó los labios a la nuca de su novio y le susurró.
—Alba se ha bañado en pelotas en el lago con vosotros. Con todo al aire. Las tetas, el coño… todo.
La lúbrica imagen de Alba se formó en la mente de Marcos. Sus pupilas se dilataron al comprender lo que pretendía su novia. Sacudió la cabeza deshaciéndose de ella e intentó concentrarse en un punto de la pared.
—Y menudos pezones tiene, como a ti te gustan, grandes y oscuros. ¿Te fijaste si los tenía duros?
Apretó las mandíbulas, odiándola. Quico sonrió. Él también recordaba haberla visto así. Pero inmediatamente, al igual que Marcos, se deshizo de la imagen lo más rápido que pudo.
—Estábais saltando y haciendo posturas. Seguro que se le ha visto mucho más de lo que quería enseñar. —Acercó los labios a su nuca—. Pero mucho mucho.
Movió la cabeza a un lado y a otro intentando no oírla. Quico tampoco fue ajeno a sus palabras pese a que hablaba en voz queda. Se pasó la lengua por los labios resecos y tragó saliva. Parecía evidente que hubo panorámicas dignas de un catálogo porno que no habían pasado desapercibidas para nadie.
—¿Qué ha pasado cuando estabais con Aníbal en el agua? —preguntó Martina con voz sensual. Acto seguido, besó su cuello y lo lamió hasta debajo de la oreja.
Tal y como pretendía, provocó que su novio se desconcentrara. Su mente volvió a aquel lago, recreando la imagen de los cuatro. Salpicones, tetas botando y juegos no tan inocuos bajo el agua.
—Mierda, mierda. —Agarró la banqueta por los costados y sacudió la cabeza, intentando deshacerse de los pensamientos tan sucios—. Martina, por favor, Martina…
Pero había cruzado el punto de no retorno y ya no hubo marcha atrás. Su cara se crispó y un ahogado gemido involuntario se escapó de su garganta cuando sintió un espasmo recorriendo su cuerpo desde sus testículos hasta la punta de su pene. Lo siguiente fue notar un chorro de semen saliendo disparado de su polla.
—No. NOOO. Me la tenía que follar yo. ¡JODEEER! —bramó en un aullido ahogado, con los ojos en blanco y la cabeza hacia atrás.
Los espasmos de placer se repitieron inexorables uno detrás de otro, haciendo vaciar sus huevos hasta quedar secos. Se mordió los labios y apretó los ojos con fuerza, arrepentido, y con la desesperanza como única compañera.
Se le vino el mundo encima cuando miró hacia abajo constatando la realidad. El primer chorro de lefa había cruzado la rebanada de lado a lado. Las siguientes eyaculaciones habían seguido el mismo camino a ambos lados de la primera. Martina había dirigido con diligencia la polla para que no se derramara ninguna gota de semen fuera del pan. Le ordeñó con la angustia contenida de la última media hora.
—¡Y ahora te la comes! —rugió de rabia.
La explosión de júbilo no se hizo esperar. Contentos al ver el final de la prueba, como el pitido final de un partido de fútbol. Todos felices y todos nerviosos por ver cómo los dos grandes protagonistas, Marcos y Alba, iban a cumplir con su respectivo castigo.
Su suerte estaba echada.
Martina se metió en el cuarto de literas como un vendaval, cerrando tras de sí. La noche había acabado para ella. Eva continuaba pajeando a su novio en un intento, ya estéril, por no verlo follar con otra. Soltó un sollozo cuando su novio le apartó la mano.
Alba permanecía en su sitio, hierática, sin exteriorizar sus emociones. Observando expectante la rebanada de pan tierno sobre el taburete. Marcos se había subido los pantalones y se había apartado. Estaba completamente colorado y no solo por el esfuerzo.
—Tengo que hablar con Martina —dijo.
—Claro, claro. Es normal. —León se había puesto a su lado—. Estará enfadadísima. Al fin y al cabo, te querías tirar a su prima en su puta cara. Se te ha visto el plumero muy descarado.
Colocó el taburete frente a él. —Pero primero te comes esto. Lleva parte de mí y lo mejor de los demás.
Marcos lo miró con rabia, tensando la mandíbula y se acercó a su cara para que nadie pudiera oírlo. —León, joder, no seas cabrón.
Sin embargo, éste, soltó una carcajada sonora y levantó la voz casi al grito. —¡El pavo este se quiere escaquear!
Marcos lo fulminó con la mirada. —Pero, pero… a ver. Lo de la galleta empapada, era una forma de hacer el juego. Lo de comérsela, no iba en serio. Solo es una forma de…
León se partía de la risa. —Ni hablar, colega. No te pases de listo. Tú te comes la rebanada; Alba folla.
—Por mí, que no se la coma —intervino Gonzalo—. La gracia estaba en ver quién conseguía ganar lo de las pajas.
—Me parece bien —dijo Alba tranquila—, yo tampoco cumplo castigo.
—Pues que se la coma. —Quico, borracho como una cuba, terminaba de abrocharse el pantalón.
Hubo más quejas. Casi un cuarto de hora de discusión entre Marcos y los demás para que se la comiera. Alba se mantuvo todo el tiempo apartada, observando. Al final, Marcos claudicó y tomó la rebanada entre sus manos.
—Date prisa que eso frío no vale nada —bromeaba León—. Se van a oxidar las vitaminas.
— · —
Daba hondas respiraciones cuando se la acercó a la boca, como si hiperventilara. Al final, espoleado por todos que coreaban “come, come, come”, se la metió a la boca de golpe, inflando los mofletes. Tuvo que ayudarse con los dedos, apretando para meterla por completo.
Comenzó a masticar con los ojos cerrados con fuerza, amagando arcadas. En uno de los tosidos, una gotita blanca asomó por la nariz. Las chicas giraron la cabeza para no ver aquel esperpento. Todas con la cara contraída, incluso Celia, que se reía sin parar.
Cuando Marcos terminó de tragar, se lanzó a por una cerveza y se la bebió entera, intentando eliminar el sabor del semen de su boca. Después, la tiró con fuerza.
—Yo ya he cumplido. Ahora que cumpla la siguiente.
Dicho esto, desapareció en el cuarto de literas. Le tocaba hacer mucha terapia con Martina.
Ausentado Marcos, el silencio invadió el salón. Todos esperando a Alba. Enrico, tras un trago de cerveza, clavaba la vista en ella, salivando por lo que estaba a punto de saborear.
—Quico, perdóname la apuesta, porfa. —Ponía ojitos tiernos intentando ablandarlo.
—Eres la tía más buena que he conocido jamás. No perdonaría esta oportunidad contigo ni por todo el oro del mundo. —Le costaba pronunciar con coherencia cada palabra.
Alba volvió a insistir. —Venga, Quico. No le puedo hacer esto a Dani. Te lo pido por favor.
—Me pides demasiado. Además, el pobre Marcos se ha tenido que comer la lefa de todos. Si mañana se entera de que tú no has cumplido tu parte…
—Piensa en tu novia. ¿Es eso lo que quieres para ella, hacerle una cornuda por follarme a mí?
Enrico miró hacia su novia antes de volver a beber. Movió la cabeza a un lado y a otro sopesando lo que iba a decir.
—¿Quieres saber qué puse en mi confesión la noche de los juegos en casa de Gonzalo? —Dio un nuevo sorbo para aumentar la expectación—. Follar con Alba hasta hacerle gritar como una perra —confesó orgulloso.
Varios de ellos miraron a Aníbal. Habían creído que fue él quien lanzó aquella frase. Ahora se destapaba una faceta de Quico que no imaginaban. Aníbal sonrió a Alba sabedor de que ella también lo había pensado.
—Y por fin lo voy a hacer realidad —decía con voz engolada—. Y además, encima de tu novio. Uffff, que dura se me está poniendo.
—No lo dirás en serio. Venga, hombre. Que somos amigos.
—Pues por eso, Alba. Porque somos amigos. Solo va a ser un polvo. Una follada entre dos personas que se conocen. Sin compromisos ni movidas raras. Solo sexo entre colegas. —Se quedó mirándola—. ¿Sabes la de pajas que me he hecho contigo?
—Para mí no va a ser nada de eso. Y encima con Dani debajo. Joder, menudo canteo. Venga, va. Ya encontraré la forma de compensarte.
—Que no, tía, que no. No me he jugado comerme la mierda esa para quedarme ahora con el rabo tieso y dos palmos de narices. Te toca follar y me lo pienso pasar de puta madre.
Alba le mantuvo la mirada, pero Enrico no dio el brazo a torcer e incluso se permitió pasarse la lengua por los labios resecos evocando el momento.
—Eres un cabrón. —Arrugó la nariz, asqueada.
—Sí, pero un cabrón con suerte. Y voy a follar con la buenorra de Alba. —Se pasó la mano por la frente—. No sabes las ganas que tengo de sobarte y correrme dentro de ti. Me van a faltar manos para agarrarte esas tetazas.
Se puso tiesa como un palo, apretando las mandíbulas de frustración.
—Te espero en la cama —susurró él acercándose a su oído.
Permaneció más tiempo del necesario a milímetros de su mejilla, haciendo que ella masticara su aliento mientras aprovechaba a oler su perfume. Cuando se fue a retirar, ella le sujetó de la pechera reteniéndolo unos instantes. Ahora fue Alba quien se pegó peligrosamente a su oído. —No me toques las tetas, no me beses, no me hables y, sobre todo, no me eches tu puto aliento de borracho.
—Entendido —respondió sonriendo—. Solo meter polla.
La gente ya había entrado para coger sitio. Celia fue de las últimas en pasar a su lado de camino a las literas.
—Que lo pases igual de bien que tu novio conmigo.
—Todavía no sé qué has hecho para que Dani te deje pajearlo —respondió, pero sigo pensando que hay algo que no huele bien.
—Pregúntaselo a tu novio mañana, y, de paso, le cuentas todo lo de esta noche.
Solo quedaba por entrar Aníbal. Tras él estaba Eva que parecía desolada. Él puso la mano en la pared para impedir que Alba avanzara.
—Al final vas a dejarte follar por ese borracho por no dar el brazo a torcer y desquitarte conmigo. Sigues siendo igual de soberbia que hace cuatro años.
—Y tú igual de creído. No hago nada de esto por ti.
—Ya, como la última vez con tu ex —sonrió—. Venga, Alba. Si lo sabemos todos. Te mueres por hacértelo conmigo. Por tenerme entre tus piernas. Pero tu orgullo y el puto pedestal en el que tú sola te has subido te impide reconocerlo —susurró en su oído.
Ella giró levemente la cara hasta quedar frente a su boca, a escasos centímetros y sonrió.
—Creo recordar que la última vez fuiste tú el que viniste con el rabo entre las piernas desde tu pedestal de machito rompebragas.
—¿Eso es lo que quieres?, ¿que te suplique? —acercó los labios un poco más—. ¿Para dejar claro que eres tú la que tiene el control?
Alba no contestó. En su lugar se mantuvo firme aguantando su mirada. Aníbal se acercó un poco más a ella, casi rozando con sus labios la comisura de los de ella.
—Dile a Quico que lo deje —dijo Alba por fin—. Es amigo tuyo. A ti te hará caso si se lo pides.
Aníbal meneó la cabeza, dudando.
—Podría conseguir que te perdone el polvo. —Hizo una pequeña pausa que utilizó para deslizar su boca por su mejilla hasta alcanzar el lóbulo que atrapó con suavidad entre sus labios—. Me debe algún favor que todavía no me he cobrado. —Besuqueó su cuello con suavidad—. Y se me ocurre cómo podrías agradecérmelo. —Se separó de ella, rozándola con la punta de sus labios en su recorrido de vuelta hasta su boca. Después, la besó con un pico—. Pero no va a ser hoy.
La dejó allí plantada mientras se adentraba en la oscuridad de las literas.
— · —
Tanteó hasta encontrar la escalera que ascendía al segundo nivel de camas. Subió por la litera de Dani y se encontró a Quico que ya estaba desnudo. Su polla larga se veía con la nitidez que daba la escasa luz de alguno de los móviles que aún permanecían encendidos. Cogió aire y se tumbó junto a él.
Abajo, en la litera de Alba, Eva se había colocado junto a Dani, lamentando lo que sus respectivas parejas iban a hacer sobre sus cabezas. Sobre todo sintió lástima por él, que había permanecido ajeno a todo aunque, en gran parte, había sido responsable. Nunca hubiera esperado que hubiese cedido a sus instintos a espaldas de su novia, y menos con Celia.
Pronto el traqueteo en la litera superior comenzó a balancear ambas camas. Dani se removió y Eva no pudo reprimir la tentación de abrazarlo, rogando por que no se enterara de nada.
Al menos no hubo gemidos obscenos por parte de su novio que todavía continuó un buen rato con el mete-saca.
Esa noche, Eva no durmió.
Fin capítulo XLIII